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Cien batallas, varios campos de concentración y una memoria

Lne.es, | 11 julio 2011

Agustín Fernández, que combatió junto a los republicanos, se libró de una condena a muerte y pasó por las prisiones franquistas y varios batallones de castigo

 

Salas, Ignacio PULIDO

El salense Agustín Fernández, de 93 años, que combatió junto a los republicanos, se libró de una condena a muerte y pasó por las prisiones franquistas y varios batallones de castigo, se considera «un superviviente»

La memoria de Agustín Fernández Álvarez está salpicada por recuerdos, y muy lúcidos, de la Guerra Civil. A sus noventa y tres años de edad, lleva a gala ser un «superviviente». Conocidas batallas como la del monte Cimero o la del Mazuco dejaron en él cicatrices no más dolorosas que una dura posguerra que pasó en varios campos de concentración y batallones disciplinarios. Agustín Fernández está de vuelta de todo. Es historia viva.

Este salense vino al mundo el 20 de julio de 1918. Su padre, César Fernández, poseía una carnicería en la calle de La Pola. «Uno de mis tíos había trabajado en importantes comercios de Oviedo. Cuando él regresó de la mili, mi padre decidió ampliar el negocio familiar y comenzó a regentar una tienda de ultramarinos en un local traspasado por la familia Velarde», comenta.

Su infancia transcurrió entre la escuela y el comercio de su progenitor. Sin embargo, su juventud se vio truncada por la contienda civil. El 18 de julio de 1936, cuando apenas le quedaban dos días para cumplir 18 años, estalló la guerra. «Ese día me encontraba con otros mozos de la zona en las fiestas de Camuño. Los milicianos llegaron, requisaron varios coches y disolvieron el festejo», recuerda.

Los primeros días de la guerra estuvieron bañados por una calma relativa en Salas. El avance imparable de las columnas gallegas desató los temores de los vecinos. «La gente decía que venían los moros. Estaba asustada», subraya. En medio de ese clima, el comité de abastos del Frente Popular en Salas procedió a requisar todos los embutidos y la carne que el padre de Agustín Fernández poseía almacenados en dos paneras. Los víveres en el frente escaseaban. «A cambio trajeron de Avilés dos camiones repletos de otros productos que fueron racionados por ellos mismos. Asimismo, los miembros del comité requisaron las existencias del resto de comercios del pueblo y centralizaron su racionamiento en nuestra casa», comenta.

La medida adoptaba por el Frente Popular conllevó tristes consecuencias para César Fernández, quien, aparte de no estar de acuerdo con su postura, nunca llegó a recuperar el importe de los bienes incautados. El 3 de septiembre Salas cayó en manos de las tropas rebeldes comandadas por Gómez Iglesias y Teijeiro. «Fuimos evacuados a Gijón. Mi padre fue acusado de haber colaborado con el comité de abastos y nuestra casa fue expropiada», lamenta.

Tras establecerse en su nuevo hogar, Agustín Fernández fue llamado a filas e incorporado al batallón n.º 232 Espartaco y posteriormente al n.º 230 Máximo Gorky. Una vez completado su periodo de instrucción fue trasladado a la aldea belmontina de Agüerina. «Estábamos en un palacio e íbamos a los pueblos a cambiar jabón por boroña. Pasábamos hambre», reconoce. Tan sólo estuvo un mes en ese frente donde ni siquiera llegó a entrar en combate. El conflicto le deparaba ser protagonista de episodios que pasaron a las páginas negras de la debacle republicana en el Frente Norte.

El domingo 1 de agosto de 1937 el pasillo de Grado amaneció bajo un sol de justicia. Tres divisiones de infantería republicanas se preparaban para lanzar la que sería su última ofensiva en Asturias. El objetivo era tomar las posiciones rebeldes de Cimero, La Manga y Cotaniello, en las inmediaciones de Peñaflor.

«Nos trasladaron desde Avilés hasta La Reigada y desde allí nos dirigimos a Cimero. El calor era asfixiante». Su acometida fue inútil. «No sirvió para nada», recalca. Tras poco más de doce horas de lucha, los republicanos no lograron avanzar ni un palmo de terreno. Un cúmulo de despropósitos había minado de raíz a la operación. Las cifras de bajas entre los republicanos oscilaron entre los 600 y los 870 fallecidos. «Intentábamos subir pero nos barrían a morterazos», subraya.

Tras el varapalo sufrido en el pasillo de Grado, el batallón de Agustín Fernández fue traslado a principios de septiembre al frente oriental para contener el avance de las brigadas navarras. «Estuve en el Mazuco. Aquello fue la repanocha. Un desastre», puntualiza. Durante varios días la Legión Cóndor bombardeó a placer sus posiciones. «Era horrible. Estábamos completamente indefensos. La diferencia de fuerzas era espantosa. Pensé en múltiples ocasiones que no lograría salir vivo de allí», matiza.

Una acción diversiva de los rebeldes propició la caída de la posición en la que Fernández estaba apostado. «Comenzaron a disparar. Nosotros no les quitábamos ojo. Al rato, miré hacia la retaguardia y vi a unos soldados de Franco ondeando banderas», describe. Al verse copado, salió corriendo en dirección a su puesto de mando, sito en medio de un prado empinado. «Habían tomado también el puesto de mando. Al descubrirme me dieron el alto, pero no pude parar de correr. Empezaron a dispararme. Sentía las balas silbar», describe con énfasis. Una mata de avellanos le sirvió como cobertura. «Me quite el correaje. Me esperaba lo peor, pero no vinieron a por mí y logré escapar por una vaguada», precisa.

El sector de la Cadellada en el frente de Oviedo fue su último destino. «Las cosas estaban tranquilas. Hablábamos con los soldados de Franco. Nos decíamos chirigotas», reconoce entre risas. Desde su trinchera, el veterano salense fue testigo del fin del frente Norte. «A mediados de octubre vi la columna de humo que se originó tras ser bombardeados los depósitos de CAMPSA en Gijón», apostilla. El día 21 del mismo mes la rendición fue total. «Camaradas, esto se acabó. Sálvese el que pueda», les advirtió el teniente Naves, natural de San Esteban de las Cruces.

El soldado salense y sus compañeros se dirigieron caminando hasta Gijón. «Cuando llegamos a la ciudad, las calles estaban patrulladas por presos de derechas que habían sido liberados», advierte. Ese mismo día la cuarta brigada navarra entró a Gijón y Agustín Fernández se reencontró con su hermano Pío, dos años más joven y que no había luchado. Apenas un día antes, su padre había tratado de huir por mar, pero su barco fue interceptado por los nacionales. Poco tiempo después fue condenado a muerte en Oviedo, pena que finalmente le fuera conmutada gracias a la mediación del falangista praviano Santiago López, vinculado a su familia.

«Gijón estaba sembrado de milicianos hambrientos y se corrió el rumor de que en el parque de atracciones daban comida. La gente comenzó a ir y un día los cerraron allí y los trasladaron a la plaza de toros», comenta. Se libró gracias a que su madre, Manuela, les fue a buscar desde Salas un día antes.

No obstante, el sufrimiento no había terminado ahí. A la mañana siguiente, la Guardia Civil les detuvo, fueron llevados al ruedo gijonés, luego a una harinera abandonada y finalmente a un campo de concentración. «Mi hermano acabó en San Marcos de León y yo en Aranda de Duero. Alguien del pueblo nos había denunciado», señala.

Fueron tres duros años de reclusión en batallones de trabajo hasta que un buen día de 1940 fueron liberados. Tan sólo tendrían que jurar bandera para poder volver a su hogar. De todos modos, de nuevo en el municipio salense, una junta clasificadora los declaró desafectos al régimen y fueron detenidos de nuevo en la caja de recluta de Pravia. Su nuevo destino sería un batallón disciplinario ocupado en construir el campo de aviación de La Morgal y, posteriormente, una carretera en las inmediaciones de Melloussa (Marruecos). «Pasamos todo esto por culpa de gente conocida, Franco no sabía quiénes éramos», lamenta.

A mediados de 1942 volvió a respirar de una libertad «aparente». No podían salir de Salas sin un salvoconducto, su casa permanecía expropiada y ocupada por un secretario del Ayuntamiento y las denuncias eran constantes. Su madre había abierto una mercería que aún hoy día permanece en funcionamiento. En el local también había espacio para una carnicería. Con el paso del tiempo, el régimen devolvió el domicilio a su familia a cambio de pagar una renta. «Teníamos que pagar por estar en nuestra propia casa», afirma tras mostrar varios recibos que aún conserva.

Las cosas terminaron volviendo a su cauce. Agustín Fernández se jubiló como carnicero. Hoy, a sus noventa y tres años de edad, disfruta de un retiro apacible. Los servicios sociales del municipio lo recogen tres veces a la semana para cultivar su pasión: la lectura. «Me acercan hasta la biblioteca. Me encanta leer», resalta. Sabe que es un superviviente. «Cuánta gente se quedó por el camino», concluye.

http://www.lne.es/asturias/2011/07/11/cien-batallas-campos-concentracion-memoria/1101010.html