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Notas sobre “El valle de las sombras” de Jerónimo Tristante. La Transición fracasada

Carlos Rilova Jericó. La novela antihistórica, 20-07-2011 | 26 julio 2011

Los que lean “El valle de las sombras” sacarán unas cuantas ideas equivocadas acerca de aquellos hechos de nuestra Historia reciente

 

Publicado el julio 20, 2011 por Carlos Rilova Jericó

 

“La novela antihistórica”, como la energía, trata de ser fiel al principio de la Termodinámica por el que ésta, la energía, ni se crea ni se destruye. Tan sólo se transforma.

Así, hoy, cuando se cumple un año exacto de la aparición de su primer número, continúa su andadura, pero con un cambio sustancial. Si hasta ahora revestía las características de un proyecto que quería ser colectivo, desde este número pasa a convertirse en cosa de una sola persona. Concretamente del que ahora escribe estas líneas, Carlos Rilova, cuyo nombre ha aparecido en estas páginas casi desde el principio.

No voy a ahondar demasiado en las razones que me conducen a echarme sobre las espaldas este peso con nombre y apellido y en exclusiva, Sólo diré que la experiencia del último año con “La novela antihistórica” ha sido la de un trabajo prácticamente en solitario y, por lo tanto, no me parece que tenga ningún sentido ya hablar de trabajo en grupo cuando es sólo una persona la que lleva muchos meses aportando, en exclusiva, el trabajo y los contenidos escritos y visuales que aparecen en este espacio de Internet cada treinta días exactos.

De ese modo, espero, también descansarán algunos conspicuos colaboradores de la prensa convencional, siempre lovecraftianamente obsesionados con lo que se oculta en las sombras de Internet, al que consideran -con bastante razón- una seria amenaza a su oligopolio mediático.

Dicho esto, ya con unos nombres y apellidos concretos -y un largo currículum como historiador, muy asequible a todo el que le interese a través también de Internet- pasaré a ocuparme de la novela de este mes.

Si existe todavía hoy un tema histórico difícil de tratar en España, ese es la guerra civil desarrollada entre 1936 y 1939, cuyo inicio cumple esta semana 75 polémicos -cómo no- años, la misma que acabó con la victoria de un ejército parafascista que se ocupó muy bien de demostrar que, en efecto, lo era. Ejercitándose en esa tarea durante cerca de cuarenta años, para ser exactos.

Bajo ese punto de vista para este historiador, quizás, lo mejor hubiera sido prescindir de traer a estas páginas nada que estuviera siquiera remotamente relacionado con ese tema. Basta con conectar en la televisión ciertos canales en los que se emiten supuestos debates -en realidad no hay rastro de tal cosa, de debate, porque todos los participantes suelen estar siempre de acuerdo- para convencerse de que, hablar sobre estas cuestiones, se acaba convirtiendo en un lamentable espectáculo en el que se barajan falsedades históricas de muy grueso calibre sobre el periodo de la Segunda República española y la guerra que acaba con ella. Por ejemplo, que esa guerra de 1936 a 1939 era inevitable, que la propia República había desencadenad un caos perpetuo que obligó a los militares -cómo no- a intervenir  para salvar a España, etc., etc… En el mejor de los casos se recita una especie de letanía, o de mantra si lo prefieren, según el cual, aquello fue una terrible guerra “entre hermanos” y que ambas partes cometieron iguales atrocidades en las zonas de retaguardia bajo su control.

Hay casos en esos supuestos debates verdaderamente tragicómicos en los que, incluso, el supuesto moderador se encarga de acallar a alguno de los invitados que se atreve a salirse de ese guión, llamándolo al orden de la que parece ser la nueva interpretación sobre la guerra de 1936-1939 puesta otra vez en nuestras calles por revisionistas -y con eso está todo dicho- como Pío Moa. Los mismos que limitan su más que presunta actividad de historiadores -resulta curioso que nuestros colegios profesionales no pongan orden a ese respecto, como si lo harían los de médicos en caso de una invasión similar de su campo- a cortar y pegar de las obras oficiales de la Dictadura -Arrarás, Causa General, etc…- la versión de los hechos que ésta siempre sostuvo para justificar su traición al régimen republicano y la imposición del propio a sangre y fuego y, conviene no olvidarlo, con la ayuda de, entre otros, Adolf Hitler.

Ese es, en resumen, el ambiente que predomina en España sobre el modo en el que se vuelve la vista atrás en torno a la guerra civil de 1936 a 1939. Una invitación, desde luego, a que cualquier historiador en sus cabales se dedique a estudiar, comentar, investigar, etc… cualquier otro tema menos ese.

Una táctica del avestruz que, a decir verdad, no ha funcionado nada mal para muchos, especialmente en eso que llaman “clase política”, durante los últimos treinta y cinco años. Desde que empezó ese proceso que, de momento, llamamos “la Transición” y que, también de momento, una opinión pública embotada y poco informada con respecto a ciertos temas -sobre todo su propia Historia de, digamos, los últimos dos siglos-, considera, en términos generales, un rotundo éxito.

Sin embargo hay algo que se llama responsabilidad civil y responsabilidad profesional que es la que, finalmente lleva a uno a lanzarse, de cabeza, a una de las más recientes novelas que precisamente han elegido como eje de su narración ese período histórico de la guerra de 1936 a 1939.

 

Se trata de “El valle de las sombras” de Jerónimo Tristante, publicada apenas hace un par de meses antes de que esta nueva edición de “La novela antihistórica” vea la luz.

El juicio que uno se forma de esta novela en la que se mezclan el género policíaco -en el que al autor es considerado un verdadero especialista-, con algo que puede  pasar por novela histórica, es decididamente poco amable.

Para empezar el estilo del profesor Tristante es adolescente. Se inició como escritor con eso que llaman “novelas para jóvenes” y está claro, por lo que se lee en “El valle de las sombras”, que no parece haber superado esa fase de la escritura “para jóvenes”.

Eso, en principio, no debería preocuparnos demasiado. No al menos en esta página de crítica mensual que, como se señala en su presentación, se dedica a analizar sólo la calidad de los conocimientos históricos que llegan al gran público en el formato de la llamada “novela histórica”. Pero en el caso de “El valle de las sombras”, teniendo en cuenta el tema que trata, el continente, el estilo literario, es tan importante como el contenido.

Así es. Jerónimo Tristante nos habla de acontecimientos históricos muy graves, dramáticos, y lo hace con un tono que, en la mayor parte de las páginas de “El valle de las sombras”, causa verdadero espanto a los que conocemos el período desde el punto de vista del ejercicio profesional de la Historia.

En efecto, Tristante se esfuerza en crear personajes redondos -algo que está de moda últimamente entre los autores autorizados a publicar por las grandes editoriales, como se puede deducir de nuestro anterior “paciente”, Juan Granados y su Sartine-, pero le salen otros que parecen tener la edad mental de un chaval de quince años de la actual clase media española. Es decir, el público al que hasta ahora se ha dirigido mayoritariamente Tristante y, de hecho, con el que trabaja habitualmente como profesor de Enseñanza Secundaria.

El autor de “El valle de las sombras” parece no ser consciente de ello o, si lo es, no parece importarle lo más mínimo. Como tampoco parece medir las consecuencias, verdaderamente graves, que puede desencadenar su novela sobre eso que hemos llamado “memoria histórica” que, por cierto, es otro de los caballos de batalla que sulfura a quienes no están dispuestos a aceptar el fin de la Dictadura, ni a asumir las dimensiones de la catástrofe histórica provocada por el golpe de estado del 18 de julio de 1936, la posterior guerra civil y la implantación de un régimen de corte fascista, más o menos difuso pero claramente represivo desde sus salvajes comienzos en el verano de 1936 hasta su final en 1975.

Así, yo diría que inevitablemente, los que lean “El valle de las sombras” sacarán unas cuantas ideas equivocadas acerca de aquellos hechos de nuestra Historia reciente.

Para empezar Tristante repite, casi machaconamente, que para muchos prisioneros republicanos, participar en la construcción del mausoleo del dictador  en Cuelgamuros era un auténtico chollo comparado con las condiciones que existían en las numerosas cárceles que el régimen se encargó de mantener, a pleno rendimiento, durante toda su existencia de 1936 a 1975.

Una vez lanzada esa afirmación bastante opinable, Tristante convierte la existencia en el campo de prisioneros de Cuelgamuros en una especie de colonias juveniles.

Es cierto que el autor no ahorra la descripción de los horrores de las cárceles franquistas o de los auténticos campos de exterminio creados por el régimen para aherrojar en ellos a sus numerosos enemigos -poco más o menos la mitad de España-, hasta decidir qué hacer con ellos, que, como tampoco se ahorra decir Tristante, por boca de su protagonista, el ex-policía y ex-oficial republicano Juan Antonio Tornell, es la muerte. Bien a causa de las condiciones de vida infrahumanas existentes en esas instalaciones, o bien por la venganza indiscriminada de los vencedores que, como señala Tornell, recordando el episodio de un  ametrallamiento colectivo que sufre en Albatera a manos de un alucinado oficial franquista, pueden hacer con ellos lo que quieran, sin tener que dar demasiadas explicaciones. Y es cierto también que el autor de “El valle de las sombras” parece intentar crear un paralelismo, históricamente cierto, entre los campos de exterminio nazis -Mathausen concretamente- y los franquistas.

Sin embargo, el punto de vista histórico que lamentablemente adopta Tristante, casi invariablemente, a lo largo de la mayor parte de esta novela es, sin género de dudas, el mismo con el que los vencedores de la guerra civil y sus epígonos actuales, han infectado la memoria histórica española, destruyendo con ello, sólo para empezar, toda verdadera posibilidad de reconciliación nacional y superación de aquel grave problema. Eso por no hablar de la degradación intelectual en la que se sume a miles de lectores españoles sobre su propio pasado.

Así es. No falta, prácticamente en un sólo momento a lo largo de “El valle de las sombras”, la cantinela impuesta por los vencedores últimamente según la cual “se cometieron atrocidades por igual en ambos bandos”. Falacia histórica que parece justificarlo todo.

Así, la amistad y la reconciliación personal que va creciendo entre los dos principales protagonistas de la novela, el capitán franquista Roberto Alemán y el ex-oficial republicano Juan Antonio Tornell, está salteada de conversaciones en las que ambos repasan los horrores represivos vividos en ambos campos.

Alemán, de hecho, es quien es precisamente por haber sufrido, en primera persona, los horrores de las que los propagandistas de la Derecha española más reaccionaria, han estado llamando desde hace unos setenta años “las checas de Madrid”. Toda la familia de Alemán, es aniquilada en la de Fomento por su filiación católica y porque uno de los hijos es un pistolero falangista de la peor especie. Cuando Alemán se acerque a ella para saber qué ha sido de su familia será detenido, torturado cruelmente y destinado al fusilamiento tan sólo por haberse acercado a la checa a reclamar por la detención y desaparición de su familia.

Afirmaciones como esas, a las que sirven de contrapunto las que aporta  Tornell sobre su experiencia en los campos y cárceles franquistas, acaban por dejar firmemente asentada la idea de que ambos bandos, en efecto, cometieron las mismas atrocidades y, al parecer, con eso debemos dejar zanjada la cuestión, mirando hacia un futuro que, se supone, va a ser mucho mejor y, lo que es peor, rehabilitando -en cierto modo, por omisión- la memoria de un régimen que, entre 1936 y 1945, poco tuvo que envidiar al de su antiguo aliado Adolf Hitler o, si a eso vamos, al de Pol Pot y otros émulos de Stalin. Incluidos los que -es innegable- infectaron las filas de una República paulatinamente abandonada por las democracias occidentales en brazos de la URSS.

Y eso, desde el punto de vista histórico es algo sencillamente inadmisible. Tristante pervierte, conscientemente o no, ese episodio histórico. De hecho, parece entrar en los libros de Historia que se han escrito al respecto, como un elefante en una cacharrería, cogiendo con muy poco criterio, de aquí y de allá, lo que más le conviene para formar una estampa supuestamente histórica que, en realidad, no hace sino reflejar una interpretación subjetiva de aquellos hechos. La misma con la que se sienten generalmente a gusto los vencedores de la guerra civil de 1936 a 1939.

En efecto, los datos sobre checas como las de Fomento que Tristante plasma  en “El valle de las sombras”, parecen haber salido de obras tan sospechosas de parcialidad como las escritas acerca de aquellos hechos por un adalid del régimen franquista como Foxá o más recientemente por autores tan desacreditados -y carentes de licencia de historiador- como el polígrafo César Vidal, cuyo libro sobre este tema ya fue convenientemente desmontado y criticado por colegas historiadores con largos años de investigación sobre el periodo a la espalda que autores como Tristante, como mínimo, tendrían que respetar. Como sería de esperar en alguien que, al fin y al cabo, es otro científico y debería saber, por propia experiencia, lo costoso y minucioso que resulta cualquier trabajo de esta especie. Ya sea en el campo de la Biología o en el de la Historia…

El autor de “El valle de las sombras” debería así haber asumido el contenido general de la difícilmente superable “La guerra civil española” del historiador británico Hugh Thomas, en la que se ha señalado, ya hace muchos años, que la República trató, por todos los medios, de restablecer la ley y el orden aniquilado, precisamente, por la sublevación militar del 18 de julio de 1936, que, lógicamente, desencadena una situación de pánico y caos, en la que todos los abusos son posibles y, de hecho, como el mismo Thomas relataba en el primer volumen de su obra, fueron posibles. Por ejemplo en el cuartel de la Montaña, donde un gigantesco miliciano que había sobrevivido a los duros y mortíferos combates en torno a ese primer frente de la guerra civil, se dedicó a  ejecutar por su propia mano a muchos de los militares sublevados sencillamente arrojándolos desde una de las ventanas del cuartel…

La República, como el propio Thomas señala, trata de contener ese tipo de situaciones por todos los medios y, mal que bien, lo consigue en pocos meses. Sin embargo, el régimen franquista fomenta desde el principio, y mantiene hasta el final, esa política de aniquilación del enemigo sin juicio previo haciendo que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado bajo su control se encarguen no de evitar las sacas de prisioneros y su exterminación, sino apoyando a las patrullas de requetés -especialmente feroces en Navarra, por ejemplo- y falangistas que imponen la ley del fusil por doquier.

Ahí está la diferencia fundamental, históricamente documentada desde hace años, que en “El valle de las sombras” va quedando en el terreno de lo nebuloso, dejando tras de sí -al parecer sin remordimiento alguno- a un lector históricamente desorientado sobre la verdadera naturaleza de los dos bandos que combaten en la guerra de 1936 a 1939.

 

Ante eso la táctica de Tristante que parece ser “una de cal y dos de arena” se queda en nada, en algo que, por duro que suene, resulta verdaderamente mezquino.

En efecto, de poco sirven, en ese marco general de “todos fueron igual de malos” monólogos como el que Tornell sostiene consigo mismo acerca de que, pese a todo, la República fue un bonito sueño, que sus ideas eran buenas por mucho que sus dirigentes y muchos de sus seguidores fallasen.

De hecho, ese monólogo interior que Tornell sostiene a lo largo de varias páginas de la novela, es especialmente falso desde el punto de vista histórico y da un retrato nada favorable sobre cuáles han podido ser las intenciones de Tristante a la hora de escribir, y -lo más importante- conseguir que le publiquen, “El valle de las sombras”.

En efecto, Tornell aprovecha ese monólogo para decir que odia cordialmente a los líderes de la República. Los odia porque han huido con el dinero que le quedaba al régimen, porque con él viven a cuerpo de rey -valga la paradoja- en el exilio y han dejado en la estacada a pobres desgraciados como los que penan en el Valle de los Caídos, pobres ingenuos muchos de ellos que todavía creen que el exilio republicano está haciendo algo en su favor…

Es difícil imaginar un discurso más falso desde el punto de vista histórico sobre lo que fue ese exilio republicano. De hecho, resulta verdaderamente sonrojante el modo en el que el profesor Tristante nada sabe sobre esos hechos o el modo en el que deliberadamente ha decidido ocultar lo que sabe o ha podido saber al respecto.

Muchos de los exiliados, en efecto, se hacen cargo del dinero de la República y viven en una situación de relativa comodidad en el extranjero. Al menos hasta donde eso es posible en una Europa que está bajo la amenaza del régimen nazi que se convertirá en una cruda realidad apenas un año después de que la República sucumba en 1939.

Sin embargo, es absolutamente falso que esos republicanos no hicieran nada y se dedicasen, por lo que insinúa Tristante por boca de Tornell, a vivir del cuento.

El caso de José Antonio Aguirre, por ejemplo, ministro de la República -católico practicante, por cierto, como buen miembro del Partido Nacionalista Vasco-, es una buena muestra. Después de una arriesgada evasión a través de la Europa bajo la amenaza nazi, llegará a Estados Unidos. Una vez relativamente a salvo allí, tratará de reconstruir, con los fondos que ha salvado, una especie de gobierno republicano en el exterior. Tarea nada fácil teniendo en cuenta las disensiones personales y políticas existentes entre los exiliados que, de eso no hay duda, contribuyeron al fracaso republicano sólo en parte, al contrario de lo que insinúa Tristante.

Entre 1939 y 1947 Aguirre y el núcleo en torno a él, tratarán, aparte de hacer valer sus propios intereses partidistas -posible independencia de las tres provincias vascas, sólo para empezar, incluida-, que los Aliados primero y las Naciones Unidas después, vean al régimen de Franco como lo que en realidad era: un aliado de Mussolini y de Hitler cuya existencia debía ser imposible, incompatible, con el estado de cosas que debía imperar en Europa tras la Segunda Guerra Mundial…

Otros de esos exiliados republicanos, como Josep Irla, representante de la Generalitat catalana en el exterior, sencillamente malvivieron. En su caso teniendo que trabajar como portero de finca urbana en México D. F. según consta en documentos tan poco sospechosos de “rojos” como los que el FBI generó en cantidades masivas para tratar de discernir cuál era la situación de España tras la guerra de 1936 a 1939… Piezas que el profesor Tristante podrá consultar en el NARA, los Archivos Nacionales norteamericanos, si es que desea tomarse la molestia, inútil por otra parte, de ir hasta allí sin consultar previamente la bibliografía que existe sobre el exilio republicano en la que puede encontrar decenas de casos similares…

 

En definitiva, la documentación histórica no respalda, en absoluto, la sesgada tesis que Tristante expresa por boca de Tornell. Si España no se libró de Franco y su régimen de asesinatos políticos institucionalizados durante cerca de cuarenta años, fue porque las desavenencias entre los Aliados tras la Segunda Guerra Mundial no permitieron otra cosa. No porque los republicanos exiliados, en su mayoría, no hicieran todo lo posible para lograr que las tropas que habían derrotado a Hitler -muchas de ellas, integradas por soldados, que desfilaron por el París liberado con la tricolor republicana en sus uniformes, tanques y banderas-, invadieran España del mismo modo en el que el 6 de junio de 1944 se había invadido la Francia ocupada.

Es en detalles como estos en los que se revela la clase de obra que es “El valle de las sombras“: una irregular novela policíaca, una mala novela histórica y, en conjunto, un escrito que, sencillamente, acaba por dar la razón, por activa o por pasiva y en contra de toda evidencia histórica razonable, a un conjunto de fracasados perdedores de la Segunda Guerra Mundial -eso fueron en realidad los franquistas- que vegetaron a la sombra de la tolerancia de las potencias vencedoras en 1945, poniendo cara de lacayo dispuesto a todo con tal de seguir conservando su mezquina parcela de poder.

En definitiva, sólo se puede decir que la novela de Jerónimo Tristante es un libro muy poco recomendable para el que quiera saber algo sobre la verdadera Historia de la guerra civil española.

 

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universdad del País Vasco. Director y redactor único de “La novela antihistórica”, creada como medio de poner en evidencia la degradación del conocimiento histórico fomentada por la, en general, mala calidad de las llamadas “novelas históricas”. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica “La colección Reding”. Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.

http://lanovelaantihistorica.wordpress.com/2011/07/20/notas-sobre-%E2%80%9Cel-valle-de-las-sombras%E2%80%9D-de-jeronimo-tristante-la-transicion-fracasada/