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El calvario de Miguel de Molina en 140 minutos

El País, 29/08/2011 | 30 agosto 2011

Seis jóvenes reviven a través de un viaje musical los momentos que marcaron un antes y un después en la vida del tonadillero malagueño

 

WENDY ÁLVAREZ HIDALGO – Madrid –

Fue el último exiliado del franquismo en 1942

Corrían tiempos muy difíciles. Eran principios de los años 40. Era la España ya franquista. Sabía que lo intentarían matar, pero Miguel de Molina (Málaga, 1908) estaba ahí. Con sus coplas se paseaba libremente sobre el escenario al compás del flamenco. No tenía miedo a su libertad insultante: gozaba de fama, belleza y arte, pero poseía tres condiciones que el franquismo no toleraba: era republicano, homosexual y amigo de Federico García Lorca. Una noche, sus años de gloria en tierra española llegaron a su fin: tres desconocidos lo apalearon, le desprendieron varias piezas dentales y le desfiguraron su cara mientras le gritaban “esto por rojo y maricón”. Le prohibieron volver actuar en España y lo confinaron en Cáceres y Buñol.

Fue así como el creador de El día que nací o La bien pagá es obligado al destierro y a su patria nunca más volvió. Así comienza Ojos verdes: Miguel de Molina in memoriam, una apuesta escénica que se presentará en Madrid del 8 de septiembre al 2 de octubre en el teatro Fernán Gómez .

La obra, que nació hace cinco años y que ha recibido numerosos reconocimientos, propone un viaje musical por la crónica de España. Lo hace a partir de los hechos que marcaron la vida personal y artística de De Molina. Su infancia rodeada de miseria, su lucha por alcanzar la fama y su exilio es revivida magistralmente en esta retrospectiva de 140 minutos. “Es una obra muy modesta, es un montaje muy honesto, que intenta reinvindicar la canción popular que injustamente se relacionó con el franquismo”, afirma vía telefónica Marc Vilavella, director y creador de la pieza.

La vida del tonadillero malagueño, que murió a los 86 años en un barrio de Buenos Aires tras 50 años de exilio, es recreada por seis catalanes. Entre la sombra y un escenario minimalista , los actores recorren la vida de De Molina. Solo les acompaña una vieja radio, una bandera republicana, varios títeres y las célebres coplas del artista. Vilavella encarna al intérprete de Ojos Verdes que durante los años 30 se paseaba con un clavel en la oreja, camisa de lunares anudada a la cintura de avispa, pantalón ajustadísimo, botines y cabello revuelto.

“La historia te lleva al momento del exilio. Y entonces a partir de ahí hacemos una especie de salto y vamos a su infancia y luego el final de su vida”, explica Vilavella que vio nacer la obra como un proyecto académico. De la vida y obra del tonadillero, el también director de la compañía Barni Teatre reconoce que no sabía nada. Ojos verdes: Miguel de Molina in memoriam “nació por casualidad” en el seno del Instituto del Teatro de Barcelona.

Una amiga del dramaturgo fue quien marcó la pauta de este periplo teatral. “Marc tú tienes que hacer de Miguel de Molina’; y yo le dije ‘¿de quién?’. No tenía idea de quién era. Me dejó el libro y empecé a leer y la verdad es que me enamoré de la historia del personaje y de su mundo musical”. Rápidamente Vilavella se nutrió de Botín de Guerra, un libro escrito por el mismo Miguel de Molina. También se alimentó de las distintas películas y libros que abordan la vida del tonadillero, entre ellos Las cosas del querer (1989) del cineasta español Jaime Chávarri.

Un personaje difícil de imitar

Interpretar a De Molina, sin embargo, no resulta fácil. Es un personaje complejo. No solo en el escenario, sino también en su vida cotidiana. Era multifacético, resentido, extrovertido, provocador y egocentrista. “Miguel de Molina es inimitable. Se debe encontrar un equilibrio entre su carácter sensible, pero a la vez muy fuerte. Tenía el ego muy subido. Él se encantaba porque también supongo que las apuestas que hacía con su vida eran muy fuertes”, afirma Vilavella, quien también ha actuado y dirigido El projecte dels bojos. Una utopía musical .

En la obra se escenifica uno de los momentos claves del creador de Compuesto y sin novia: la Orden Isabel la Católica que el Rey Juan Carlos le impuso ya en el ocaso de su vida, en 1992. En esa ocasión el artista aseguró que España estuvo “siempre en su corazón”, pero afirmó que el reconocimiento le llegaba tarde. Sus palabras fueron un presagio. Al año siguiente murió. La medalla le fue entregada en la embajada española en Argentina, país donde cosechó éxitos y que adoptó y amó como si fuera su tierra. Así lo dejó plasmado en su poema Yo te adoro Buenos Aires .

Pero la España de ahora, no la que un día desterró del escenario y de su patria al artista, se resiste a dejar morir su legado. “La copla forma parte de la cultura popular española. Aunque las nuevas generaciones no tengamos las coplas muy grabadas en nuestra piel, en algún sitio de nuestro ADN o nuestra memoria colectiva están”, asegura Vilavella. “Las canciones De Molina no sólo están pensadas para grandes voces sino también para grandes intérpretes. Era un personaje muy expresivo en el escenario”.

Era tan compleja la vida y obra de Miguel de Molina, que seleccionar las coplas y melodías que formarían parte del musical tampoco fue fácil. “Fue un largo proceso. Fue un trabajo lento. Se fueron escogiendo a medida que el drama se fue construyendo”.

Cada uno vive y respira su personaje

No solo la interpretación de Miguel de Molina resulta compleja en la obra. También lo es para los otros tres artistas que acompañan a Vilavella. En cuestión de minutos el papel de cada uno de los actores varía según el momento que se quiere representar. Gracia Fernández bien lo sabe. En principio Fernández hace de coro, luego encarna a la madre del tonadillero, posteriormente personifica a una prostituta que intenta acostarse con De Molina de cuando era joven, y finalmente figura de pueblo durante la escena que recrea la Guerra Civil.

“En el discurso de Marc Vilavella los actores muchas veces respiramos. Cada uno vive a su manera su interpretación, pero todos comparten un mismo fin: revivir la vida de De Molina. Cada uno interioriza y respira su personaje a su manera cada momento”. Además de Vilavella y Fernández, el reparto de la pieza está integrado por Elía Corral, Nacho Melús y Anais López.

“Es un trabajo muy interno. Marc tiene muy claro lo que quiere de cada actor, pero te deja poner de tu propia cosecha, de tu propio talento. Te va invitando para que tú respires los sentimientos y la manera de entender lo que le está pasando a ese personaje”, afirma Fernández.

Y aunque en un inicio la obra fue pensada como un proyecto académico para una sola representación, lo cierto es que el espectáculo ya lleva cinco años en el escenario y ha reunido hasta 3.000 espectadores en una misma noche. Además fue nominada a dos premios Butacas y ganó dos premios de teatro musical en Madrid al mejor protagonista y mejor actor secundario. Esta vez vuelve a Madrid.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/calvario/Miguel/Molina/140/minutos/elpten/20110826elpepucul_6/Tes