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Felipe Matarranz: «Era soldado de la República pero me juzgaron por bandolerismo»

La Voz de Asturias, 21/07/2011 | 11 agosto 2011

Combatiente republicano. Participó en varias de las batallas más cruentas del frente norte

 

Pedro Alonso Colombres

Tras unos años en la cárcel, en 1942 se unió al maquis, la guerrilla antifranquista

A los 95 años Felipe Matarranz (La Franca, Asturias 2 de septiembre de 1915) está orgulloso de seguir siendo oficialmente declarado en rebeldía. Vive desde hace catorce años en el asilo de Colombres y disfruta de unas facultades físicas y mentales envidiables. Aún muestra indignación al declarar que prefiere morir a vivir arrodillado y manifiesta seguir luchando por sus ideales.

Miliciano republicano, combatió la guerra civil desde el primer día cuando pertenecía a Juventudes Socialistas Unificadas. Herido en varias ocasiones e incluso dado por muerto, sobrevivió a algunos de los combates más duros del norte: cuartel de Simancas (Gijón), La Argañosa (Oviedo), cuartel de Loyola (San Sebastián), La Cabra, Espinosa de Bricia, El Mazuco…

A finales de 1937 fue detenido e ingresó en diferentes cárceles durante la guerra salvando dos condenas a muerte. En 1942 consiguió ser indultado, lo que aprovechó para continuar la lucha en clandestinidad en la guerrilla astur-montañesa (Brigada Machado). En 1946 volvió a ser detenido, pasó cuatro meses incomunicado y le condenaron a seis años de cárcel. Fue en julio de 1952 cuando salió en libertad condicional tras haber pasado en total 12 años encerrado. Se vinculó al Partido Comunista en la clandestinidad y trabajó como encargado en la empresa Dragados y Construcciones.

¿Cuándo comenzó su vinculación política?

A los quince años ingresé en Pioneros, una agrupación de niños en Torrelavega, donde nos enseñaban los intereses que teníamos que defender. Nos explicaron que había dos clases sociales; el capital y el trabajo y nos decían que los obreros nos teníamos que unir para convertirnos en los dueños y señores del mundo. Nos hicimos revolucionarios desde entonces. Después pasamos a las juventudes comunistas hasta que nos reunimos en la Juventud Socialista Unificada.

¿Cómo se organizaron cuando tuvieron conciencia del estallido de la guerra?

Ya éramos conscientes de la situación, sabíamos por nuestros jefes que podía haber un alzamiento. Cuando nos lo ratificaron lo principal era armarse aunque apenas teníamos con qué. En casa disponía de una escopeta del 12, un revólver y una pistola que había traído un tío mío de México. Nos abastecimos de munición y el 17 de julio fuimos directos a tomar el Ayuntamiento de Torrelavega porque ya sabíamos cómo teníamos que actuar. Nada más llegar el alcalde, Pedro Lorenzo, nos dijo que estaba de nuestra parte.

¿Cuáles fueron sus primeras misiones?

Tras el alzamiento en España el 18 de julio, lo primero fue organizar las milicias, éramos unos 30 o 40 hombres y nos organizamos en grupos de cinco. Me convertí en enlace para llevar cosas a Bilbao, San Sebastián, etc.

¿Cómo se desarrollaron los primeros combates?

Los primeros los tuvimos en una llanura arriba del Puerto del Escudo (límite entre las provincias de Cantabria y Burgos). Nos dijeron que el enemigo venía por allí, así que las milicias acudimos en su encuentro. Cuando veíamos los camiones a lo lejos comenzamos a disparar y ellos se retiraban.

¿Cuándo tuvo conciencia de la dureza de la batalla?

Tras habernos aprovisionado de dinamita en Reocín, cortamos la carretera del Escudo y volvimos a ver un camión que se acercaba. Entonces nos dispararon con morteros. Cuando vimos las hogueras y los cráteres que dejaban los disparos nos quedamos anonadados, ni sabíamos con qué nos tiraban. Nunca habíamos visto nada parecido. Poco a poco nos aproximamos hasta que empezaron a hablar las escopetas. Cuando estábamos cerca de su camión retrocedieron y fue entonces cuando vi el primer muerto. Tenía una cara terrible, me quedé fatal. Tiempo después vería cientos y cientos de muertos.

¿Con qué armamento contrarrestaban los ataques?

Los cartuchos de dinamita nos ayudaron mucho, asustaban simplemente por el estruendo que metían. Introducíamos la dinamita en botes de pimientos y después los rellenábamos con piedras, puntas o hierros. Esas eran las bombas que teníamos.

¿La diferencia de armamento marcó el devenir de la contienda?

Así es. Nosotros no contábamos con ningún avión mientras que ellos disponían de 100 bombarderos Bücker y Caproni más los cazas que les respaldaban. Estuvieron ensayando en España el armamento que utilizarían posteriormente en la Segunda Guerra Mundial. Era un campo de operaciones, nunca atacaban de la misma forma. Los aviones venían de tres en tres y barrían todo. Ensayaban constantemente mientras nosotros ni siquiera teníamos armamento para derribar a los aviones. Las partidas que nos llegaban eran armas sobrantes y desfasadas procedentes de la Primera Guerra Mundial.

Usted fue depositado en la pila de los muertos tras recibir un disparo en Las Cabañas de Noceco.

En septiembre del 36 llegó un barco a Santander con armamento para nosotros. Nada más ver los fusiles ligeros ametralladores y los de petaca dije que sabía manejarlos cuando en la vida había visto uno. Salí como cabo tirador y me enrolé en el batallón 110 que partió en dirección al puerto de Los Tornos (Cantabria), donde llegamos el 5 de octubre. Cinco días después nos dijeron que había que atacar un enclave denominado Las Cabañas de Noceco. Siempre me acompañaba el camarada Alfredo Sáiz Fernández, alias Verduguillo, quien me salvó la vida varias veces porque yo era demasiado acelerado. No había forma de entrar en las cabañas, el tiroteo era terrible. Ellos estaban detrás de una pared y nosotros en la puerta. Percibí un calambre en la ingle, pero se me pasó y seguí disparando. Poco después noté que el pie me resbalaba dentro de la bota. Me toqué y vi toda la sangre que caía y poco después perdí el conocimiento. Los camilleros me echaron a la pila de los muertos.

¿Cómo consiguió sobrevivir?

Gracias al médico Francisco Guerra que fue quien se dio cuenta de que estaba vivo cuando nos traían a enterrar a Torrelavega. Años después se convirtió en una eminencia de la medicina e incluso fue propuesto para el premio Nobel. Actualmente vive en Madrid, solemos quedar una vez al año para comer. Una vez fuimos al lugar donde me dieron por muerto. Nunca me ha dado demasiados detalles de aquel episodio, simplemente me dijo que se dio cuenta de que vivía porque todavía no me había quedado tieso. Me llevaron a la Bien Aparecida, donde al tercer día desperté sin saber dónde estaba.

Durante la contienda consiguió zafarse de varias detenciones.

Tenía la experiencia previa de una detención en Vargas (Cantabria) cuando me detuvieron por primera vez junto a unos 20 o 30 camaradas. Uno de los enemigos se acercó a la fila de detenidos y descargó la pistola aleatoriamente sin motivo alguno. Esto me sirvió cuando nos apresaron cerca de Alceda. En ese combate había caído nuestro capitán y todos estábamos desmoralizados. Verduguillo le quitó la gorra al fallecido y me la puso a mí gritando que yo era el nuevo capitán. Por eso temí que podría ser yo el primer ajusticiado, así que me lancé por un precipicio escuchando un tiroteo a mi espalda. El Estado Mayor nos había dicho que si nos teníamos que entregar lo hiciéramos a los italianos, porque te llevaban a campos de concentración, los españoles te eliminaban.

¿Qué combates fueron los más duros?

Los peores y los que más me impresionaron fueron en El Mazuco (Asturias, septiembre de 1937). Se ha llegado a decir que fueron los combates más sangrientos de toda la guerra. Se formaron diferentes batallones y yo milité en la Brigada Montañesa. Cuando subíamos hacia El Mazuco nos cruzábamos con los camilleros que bajaban decenas de muertos y heridos. Había unos 100 aviones bombardeando de tres en tres. La mayoría de los muertos eran a consecuencia de las piedras que saltaban tras los bombazos.

¿Cuándo sospechó que la guerra se estaba decantando para el bando contrario?

Lo empezamos a sospechar en la batalla de Irún cuando nos estábamos quedando sin munición. A escasos metros en Hendaya había un tren procedente de Rusia con armamento para nosotros. Finalmente los bombardeos nos hicieron retroceder y el tren no pasó. Aquella situación nos pareció muy rara y nos hizo reflexionar.

En diciembre de 1937 fue detenido en Torrelavega, le metieron en la cárcel y le condenaron a muerte.

Estuve condenado a muerte dos años menos un mes y 18 días metido en una celda en la que daba tres pasos y no me podía girar porque me mareaba. Como todavía no me habían fusilado me metieron nuevas denuncias y una segunda condena a muerte. En total estuve en 12 cárceles diferentes; Torrelavega, la Tabacalera en Santander, etc.

Una vez terminada la guerra y cuando recibió el indulto en 1942, ¿qué le motivó a seguir la lucha en la clandestinidad?

Fuimos educados para eso, para no ser esclavos voluntarios, antes preferíamos morir. Al día siguiente de salir de la cárcel me convertí en enlace general del comité regional de Asturias y el comité provincial de Santander de la guerrilla. Teníamos que vivir en la clandestinidad y apenas conocíamos datos de los demás enlaces. Me hice pasar por falangista y hasta tenía un carné (con el nombre de José Lobo), llevaba una pistola dentro de un libro de Franco y una chapa religiosa en la solapa.

¿Cuando se echó al monte la vida fue tan dura como en la guerra?

No, en la montaña pasabas frío, dormías entre las fieras y si te sorprendía la Guardia Civil había un pequeño tiroteo. Cuando anochecía subías hasta donde no llegaban ni los lobos porque sabías que hasta allí no iba la Guardia Civil. Tras los años de enlace, tuve que luchar en la montaña durante algo más de un año.

¿Cómo le detuvieron por última vez?

Me habían dado la orden de que la guerrilla tenía que cambiar de puntos de apoyo y de enlaces porque todo estaba bastante corrompido. Tuve una reunión en una cabaña en La Borbolla (Asturias) con otros tres guerrilleros; Gildo el Tresvisano, Madriles y Guerrero. Nos delataron unos chivatos y empezamos a escuchar un tiroteo. Como éramos veteranos de guerra sabíamos cómo actuar. Cuando salté por una ventana tropecé con Madriles al que ya habían matado. Al pasar por un muro me encontré a Gildo sentado. Le habían disparado en un pie y después me enteré que se había dislocado el otro. Aun así consiguió escapar hasta Cabrales a unos 30 kilómetros. Yo me fugué a La Franca, donde me detuvieron al día siguiente.

¿Cómo fue su segunda etapa en la cárcel?

Me metieron en la provincial y pasé cuatro meses incomunicado con 22 diligencias. Creía que me moría y que no podría aguantarlo. A través del váter consiguieron algunos camaradas hablar conmigo y me dijeron que no había caído nadie de los míos.

Durante el franquismo fueron considerados como bandoleros.

A mí me juzgaron por terrorismo y bandolerismo cuando en realidad nosotros éramos soldados de la República que no entregamos el fusil y que seguimos luchando en el llano y en la montaña.

¿Cuándo decidió escribir su biografía?

Le di unos escritos míos a una prima que vivía en Cuba pero sin darle mucha importancia. Al de un tiempo me llamaron para ver si se podían publicar. Finalmente editaron el libro con el título de Manuscrito De Un Superviviente (Cuba, 1987). Tiraron 10.000 ejemplares y a los quince días ya se habían agotado. Me dijeron a ver si podían cambiar el título que yo había puesto; Hay Muchos Cristos. Aquella frase se la oí a mi madre cuando salí de la cárcel por segunda vez. Me dijo que yo había sufrido mucho, como Cristo, y que solo me había faltado morir como murió él.

http://www.lavozdeasturias.es/asturias/soldado-Republica-juzgaron-bandolerismo_0_521347878.html