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La España franquista en primera persona

La Vanguardia, 27-07-2011 | 4 agosto 2011

A medida que la dictadura franquista queda más lejana, más pertinente es aproximarse a los textos memorialísticos de aquellos años

 

A medida que la dictadura franquista queda más lejana en el tiempo, más pertinente es aproximarse a los textos memorialísticos de aquellos años. Un conjunto de voces –diversas pero a menudo coincidentes– a partir de las que se pueden reconstruir unos episodios fundamentales de la España del siglo XX | Educación, religión, sexo, ideología, familia… son temas recurrentes en los textos autobiográficos de los años del franquismo | Muchos de los autores coinciden en un ‘antifranquismo estético’, una militancia opositora que tenía mucho de juego

LAURA FREIXAS

¿Cómo se vivió el franquismo en la calle? ¿En las casas? ¿En las aulas? ¿En las camas…? Los últimos años del siglo pasado y los primeros de este arrojan un buen número de autobiografías y memorias que, como piezas de un puzle, terminan componiendo un retrato bastante coherente. Aunque, por supuesto, parcial, ya que la gran mayoría de autores coinciden en ser varones, de origen burgués y universitarios. En cuanto a distribución geográfica, es llamativo el predominio de autores catalanes, sin duda porque la autobiografía es un género más practicado en Francia –y no hace falta insistir en la vieja francofilia catalana– que en la adusta Castilla…

En todos estos textos encontramos temas recurrentes. La omnipresencia de la figura de Franco. El progresivo distanciamiento, por parte de los autores y autoras, del franquismo de sus padres, para acercarse al marxismo. Lo mismo con la Iglesia: casi todos reciben una educación católica, pero se hacen ateos. La coexistencia, en el caso de los autores catalanes, de dos lenguas, una familiar y otra culta. La iniciación sexual, que en el caso de los hombres, suele desarrollarse en un prostíbulo. Los conflictos con la autoridad, trátese de la policía o la censura. El conflicto interno derivado de pertenecer a una clase social pero abominar de ella. Y el descubrimiento de dos formas de evasión, dos puertas a otros mundos posibles: el extranjero y la ficción, literaria o cinematográfica.

¡Franco, Franco, Franco!

Todo empieza con el fin de la Guerra Civil y la llegada del caudillo salvador. Es la primera escena que cuenta Esther Tusquets en Habíamos ganado la guerra: la niña o niño asistiendo, con sus padres, a la entrada de las tropas franquistas en Barcelona, y los padres gritando, brazo en alto, con un entusiasmo casi histérico: ¡Franco, Franco, Franco..! Franco traía una buena noticia para todos: el fin de la guerra. Y para los burgueses que se habían visto, durante tres años por lo menos, acosados por las hordas rojas (sus fábricas requisadas, familiares o amigos víctimas del paseo…), significaba además recobrar su posición social y, andando el tiempo, económica; aunque para ello tuvieran que renunciar a su lengua, a sus ideas políticas o, al menos, a su mentalidad liberal.

Ver a Franco en persona, aunque fuese de lejos, fue un privilegio que pocos tuvieron. Carmen Martín Gaite lo recuerda en la catedral de Salamanca, “muy tieso, con sus leggis y su fajín de general, saludando con la mano y tratando de mostrarse arrogante, aunque siempre tuvo un poco de barriga”; Julio Llamazares, que junto con los niños de su escuela –la del pueblo minero de Vegamián, en León– había salido a la carretera a vitorearlo, sólo recuerda “un coche negro y los empujones de los guardias”, pues la comitiva pasó de largo a toda velocidad; el jefe del Estado, al parecer, tenía prisa en llegar a Asturias para pescar salmones (o tal vez los mineros no eran santo de su devoción)… Para casi todo el mundo, el dictador era una presencia constante, pero en efigie, en blanco y negro: una fotografía en todos los despachos oficiales, el sempiterno protagonista del No-Do.

Por el imperio hacia Dios

Junto con la de Franco, la otra omnipresencia en las infancias narradas por nuestros autobiógrafos es la de la religión: un “medio familiar, escolar y ciudadano –escribe Martínez Sarrión– empapado y chorreante de clericalismo y dogma católico”. Todos recibieron la fe; todos la abandonaron. Las confesiones les parecían “un fastidio morboso”, dice Fernando Savater; varios de ellos (Muñoz Molina, por ejemplo) recuerdan en ciertos sacerdotes actitudes extrañas, que más tarde identificarían como pederastia. La Iglesia sostenía al régimen, y a los ricos: Martínez Sarrión recuerda cómo, en su primera comunión, las niñas y niños bien vestidos estaban en primera fila, “apelotonándose detrás un torpísimo y medio dormido rebaño de pelones enfurruñados, sorbiéndose los mocos”. Claro que también socorría a los pobres, pero eso sólo lo cuenta Esther Tusquets, que trabajó como voluntaria en el Cottolengo del Padre Alegre.

Para Tusquets, abandonar el catolicismo fue una gran crisis. Si el Cottolengo le había hecho descubrir “una dimensión distinta de la religión, una versión más auténtica y profunda del cristianismo”, los ejercicios espirituales que hizo a continuación la horrorizaron. Los libros que les hacían leer “tenían un nivel muy bajo”; las mujeres llevaban vestidos muy cerrados, de manga larga –en pleno julio–; y estaban “literalmente prisioneras: la única puerta de salida al exterior estaba cerrada con llave y no te la abrían aunque lo pidieras. Me invadió una crisis de ansiedad y claustrofobia. Sólo podía pensar en algo muy inocente y muy tonto: me veía a mí misma bajando por la Rambla, con un vestido de flores, escotado y ligero, comiendo un helado de Los Italianos”. Terminó abandonando los ejercicios… y a la larga, la fe.

Su caso, con todo, es excepcional; la mayoría de los memorialistas ni fueron tan intensamente creyentes como ella, ni les costó tanto romper con la religión. Giménez-Frontín se asombra de que tantos de su generación dieran, como él, “el paso de una conciencia católica practicante a cierto grado de militancia marxista con tan escaso trauma y tan envidiable naturalidad”.

Antifranquismo estético

Y en efecto, sorprende que estos hijos de los vencedores se hicieran todos, como un solo hombre, antifranquistas. No era a eso a lo que les predisponía su educación, arrullada por cánticos como este que recuerda Juan Goytisolo: “Guerra a la hoz fatal / y al destructor martillo/ ¡viva nuestro Caudillo/ y la España imperial..!” “Muchas veces me he preguntado –medita Castilla del Pino– cómo fue posible que me distanciara tan precozmente del régimen franquista. Atendiendo a mis condicionamientos, debería de haber seguido con mi adhesión inicial: familia de derechas, familiares asesinados por los rojos…”. Y Fernando Savater: “¿Qué podía tener yo, vástago de una familia moderadamente de derechas y biográficamente franquista, contra la dictadura de Franco?” A fin de cuentas, casi todos los memorialistas de la época son beneficiarios del franquismo: nacidos en el seno de familias ricas, socialmente bien consideradas, alineadas con los vencedores, son los cachorros de una clase destinada a mandar. Un Llamazares, hijo de minero, un Muñoz Molina, de agricultores, una Luisa Castro, de padre pescador y madre analfabeta… constituyen excepciones; y más excepcional todavía es una hija de los vencidos y consciente de serlo, como Lidia Falcón. Los demás son, para decirlo sin rodeos, hijos de papá. Su antifranquismo no es social ni político, sino “una cuestión estética e intelectual”, en palabras de Castilla del Pino.

Explica Savater: “El clericalismo y la mojigatería de la dictadura me ofendían hormonalmente, si puedo decirlo así: se dedicaban a prohibir cuanto a mis ojos juvenilmente lúbricos podía hacer la vida grata, divertida o intensa.” De ahí una militancia que tenía mucho de juego: eran “resistentes de tertulia, cachorros rebeldes de la paz fascista”, dice Carlos Barral. Y Giménez-Frontín confiesa: “La mayoría de nuestras manifestaciones callejeras finalizaban puntualmente a la hora de comer, porque se nos esperaba en nuestras casas, donde encontrábamos la mesa preparada”. ¿Y esos obreros a los que decían defender? No los vieron de cerca en su vida. O sólo para darles unas clases de formación política que, dadas las insalvables diferencias culturales, terminaban, como las que cuenta Federico Jiménez Losantos (véase recuadro), en agua de borrajas.

Catalán o castellano

La distribución de las lenguas bajo el régimen de Franco –el catalán en casa o en la calle, el castellano como lengua oficial y culta– parece algo aceptado, con naturalidad o fatalismo, por nuestros autobiógrafos. “Mucho se ha hablado sobre los intelectuales y políticos que salvaron el catalán desde las trincheras de la resistencia –ironiza Terenci Moix–, pero yo he de insistir en la pasmosa naturalidad con que pudo recibirlo un recién nacido, rodeado de personas que se limitan a vivir y bailar el tiroliro después de tres años de tortura”. Mientras familias como la suya mantenían viva la lengua, otras la abandonaban, convencidas de que el catalán había perdido la batalla o deseosas de amalgamarse con los vencedores. Es el caso de los padres de Esther Tusquets, a ella, nacida en 1936, le hablaron catalán, pero a su hermano Óscar, nacido en 1941, castellano; o de los Goytisolo, cuyo padre, castellanohablante, pidió expresamente a los abuelos maternos, catalanes (la madre había muerto durante la guerra, en un bombardeo), que hablaran castellano con los nietos. Resultado, una situación en que ambas lenguas se conocían mal: el catalán porque no se leía ni estudiaba, el castellano, “empobrecido y adulterado”, como dice Juan Goytisolo, por su falta de tradición popular. En cierto modo todos los escritores nacidos en Catalunya han tenido que hacer, no sólo una elección lingüística, sino también una reeducación, enriqueciendo su catalán con los términos cultos que nadie les enseñó, y su castellano con los populares que no recibieron tampoco. Pero es llamativa la rapidez con que algunos de los memorialistas despachan este tema (para una visión contrapuesta, ver el artículo de Jordi Amat en estas mismas páginas). Y es que para estos autores el tema de la lengua parece no haber empezado a vivirse como conflictivo hasta mucho más tarde. Quien más lo desarrolla en sus memorias es el beligerante Jiménez Losantos, que resume así su experiencia barcelonesa: “Yo llegué en moto a Barcelona [procedente de Teruel] en 1971 y salí en ambulancia [tras ser tiroteado por Terra Lliure] en 1981”.

Faldas de plomo

La sexualidad es sin duda uno de los capítulos más lúgubres de la España franquista. Por el lado masculino, parece haber sido lo habitual que la iniciación se desarrollase en un prostíbulo. (Pero ¿cómo se conjuga eso con una España católica a machamartillo? La respuesta podía encontrarse en una institución católica por excelencia: el sacramento de la confesión. Del que algunos, como Jesús Pardo –véase recuadro– usaban y abusaban…)

Martínez Sarrión hace de los burdeles un retrato que es pura España negra cuando recuerda “una casa, la de La Chinchillana u otra madame de igual fuste”, de la que “salía una vaharada de tabaco, sudor, alcohol y cosméticos, acompañada de jipíos, canciones, gritos y risotadas y todo el conjunto envuelto en la luz rojiza que pasaba a través de una cortina descolorida”. Una vez al mes, el niño que él era entonces veía pasar a las prostitutas, “en vergonzante rebaño”, acudiendo a la obligatoria revisión médica: “Marchaban muy juntas y arropadas unas en otras, pintadísimas pero no desafiantes, y lanzando furtivas miradas de odio y desprecio a los transeúntes, combinadas con risas, toses y cuchicheos, emitidos con aquellos sus terribles tonos noctámbulos, tabáquicos y aguardentosos”. Otra posibilidad, para los niños de familias más acomodadas, eran las sirvientas: Caballero Bonald, por ejemplo, recuerda haber “acosado de manera desmañada” a la criada de su casa, la cual “se resistía a medias”; es difícil saber si les gustaba el señorito o tenían miedo a perder el empleo.

Muy distintas eran las cosas por el lado femenino. Sirva de muestra la escena rememorada por Lidia Falcón. Con quince años, se había echado un novio de su edad. “Una tarde nos besábamos sentados en un repecho del campo en el parque de Montjuïc cuando de pronto apareció a nuestro lado un coche de policía. De él salió un energúmeno, vestido de uniforme, que comenzó a gritarnos. Nos amenazó con llevarnos a la comisaría.”

Bien es verdad que otros, como Esther Tusquets, Oriol Regàs, José Ribas, cuentan una historia muy distinta: una juventud relajada, hedonista, sin tabúes. “En el grupito de la gauche divine, el sexo era uno de los juguetes preferidos”, escribe Tusquets. Disfrutaron –o crearon ellos mismos– un islote de libertad en la pacata España franquista. ¿Qué fue lo que lo hizo posible? Tenían poder: eran hijos o nietos de los vencedores de la guerra, con un buen nivel económico y cultural; se ganaban la vida como profesionales liberales o empresarios (Regàs era dueño de Boccaccio, Tusquets de la editorial Lumen, Ribas fundó la revista Ajoblanco); conocían lo que se hacía fuera de nuestras fronteras… Pero no es casualidad que los tres vivieran en Barcelona. Heredera de una tradición liberal, europeísta, cosmopolita, aun en los tenebrosos tiempos del franquismo, Barcelona era un faro. Ya lo sabíamos, y esta ojeada a las autobiografías y memorias de entre 1939 y 1975 nos lo confirma.

http://www.lavanguardia.com/cultura/20110727/54191117013/la-espana-franquista-en-primera-persona.html