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Fandangos en la trinchera

Público, 25/09/2011 | 27 septiembre 2011

Un libro del cantaor Juan Pinilla rescata la historia del flamenco revolucionario y desmonta el mito que retrata a estos artistas como alérgicos al compromiso social

 

ÁNGEL MUNÁRRIZ Sevilla

En una de sus últimas entrevistas antes de fallecer en diciembre de 2010, a Enrique Morente le hicieron una pregunta con truco. “¿Por qué el flamenco es de izquierdas y los flamencos de derechas?”, le soltó el periodista Paco Espínola. Morente se quedó sorprendido, pero reaccionó desplegando ironía: “Somos de donde más nos convenga. Que viene la izquierda, para la izquierda; que viene la derecha, para la derecha; el centro, para el centro… Menos para atrás, para cualquier lado”.

A Morente le pudo la tentación de dar una respuesta socarrona, de reírse del topicazo que describe al flamenco como un artista pícaro, como un bohemio desinhibido que vive al día, siempre listo para asomar la voz allí donde brillen un par de monedas. Pero bien sabía el geniecillo del Albaicín que la historia suele escribirse en el envés del mito. Él mismo, sin ir más lejos, estuvo siempre en el mismo sitio, en el que dictaba su conciencia.

Lo estuvo el 20 de diciembre del 73, en el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid, cuando arrancó su recital con este fandango de José Cepero: “Pa’ ese coche funeral / yo no me quiero quitar el sombrero. / Pa’ ese coche funeral / que la persona que va dentro / me ha hecho a mí de pasar / los más terribles tormentos”. La letra, aunque grabada desde los treinta, sonó aquel día distinta… teniendo en cuenta que, horas antes, ETA había asesinado a Carrero Blanco. El recital se suspendió y Morente pagó con una multa de 100.000 pesetas y una noche en el calabozo.

Esta historia está recogida en el libro Las voces que no callaron. Flamenco y revolución (Atrapasueños), que acaba de publicar el cantaor Juan Pinilla (Huétor-Tájar, Granada, 1981), premio Lámpara Minera en el Festival de Minas de la Unión de 2007. “El flamenco no va al sol que más calienta, como se suele decir. Los críticos que explican el flamenco como un arte en su burbuja no lo entienden”, opina Pinilla.

El infarto del Chato

Estudiosos como José Manuel Gamboa o Alfredo Grimaldos ya habían documentado la vinculación de numerosos flamencos con la República, el antifranquismo, la causa obrera… La particularidad aquí es que es Pinilla, cantaor de izquierdas, quien rinde homenaje a sus mayores en un compendio de nombres, anécdotas y reflexiones. El cantaor repasa decenas de casos. Está el del Chato de las Ventas, un payo nacido en 1887 que gustaba de dejar oír por Lavapiés sus letrillas jocosas, sin esconder su republicanismo. Murió en la cárcel de Cáceres, en noviembre de 1936, se cree que de un infarto al comunicársele que iba a ser fusilado.

Son muchos los que mostraron compromiso tricolor: La Niña de los Peines, Vallejo, Guerrita, Fanegas… Llegada la dictadura, el castigo era el ostracismo o la persecución. O el exilio. Angelillo, cantaor vinculado a la CNT, se fue a Argentina. Otros muchos, a Francia o a Portugal. Juanito Valderrama, que había combatido en el bando republicano, los homenajeó en El emigrante (1959), de la que el propio Franco llegó a pedirle un bis durante una fiesta en una cacería. “Esto es para enterarse bien de lo que dice y meterme preso”, pensó, según confesó. Pero tuvo suerte.

“Aún está por reivindicar la posición ética y de compromiso de tantos y tantos”, dice Pinilla, que completa el libro con un CD en el que canta una selección de letras reivindicativas. ¿Por qué triunfó el tópico del “olé, María y fandango”? En primer lugar, por el éxito del nacionalflamenquismo promovido por Franco, que subrayaba sus aspectos lúdicos y triviales, postergando su naturaleza de quejío de un pueblo -el gitano- históricamente castigado.

Esto provocó el “absurdo” equívoco de ligar en la opinión generalizada el flamenquismo y la copla con la derecha, señala Félix Grande, poeta y flamencólogo. “Es un mito asentado sólo en que a Franco le gustaba llamar de vez en cuando a un artista para que le cantara algo. ¡A ver quién le decía que no!”, reflexiona Grande, que recuerda que, en las fiestas de señoritos, los flamencos eran en muchos casos “humillados” y sufrían terribles desconsideraciones.

A la formación del tópico de la indolencia se suman los prejuicios sobre el flamenco alentados desde el último tramo del siglo XIX por el antiflamenquismo, una corriente con eco en la Generación del 98 según la cual aquellos cantes quejumbrosos eran el primer indicador del atraso cultural de la atávica España, junto con los toros.

Eugenio Noel (1885-1936) fue de los primeros en abonar la idea del flamenco como patria de hedonistas achulados. “Un hombre flamenco es un ser humano a quien toda clase de cuestiones le tiene sin cuidado, a excepción de las que puedan afectar a su interesante persona”, dejó escrito.

Pero no es así, aunque el control de la dictadura dejó bajo mínimos el flamenco profundo y acalló las voces de los artistas críticos. “Como todo trabajador que depende […] del señorito de turno, no eran artistas libres […]. Algunos hubieron de hacerse carnés de Falange para trabajar”, escribe Pinilla.

Ocurre, además, que tanto el estrato social de los flamencos como su nivel cultural eran más bajos que los de, por ejemplo, los poetas, que sí dominaban más recursos y sutilezas para expresar su rabia y homenajear a colegas represaliados.

La censura puritana

Las letras sufrieron mutilaciones groseras. La copla -prima hermana del flamenco- Ojos verdes, de Rafael de León, cambió su inicio picante, “Apoyá en el quisio de la mansebía”, por otro menos sugerente: “Apoyá en la trama de mi celosía”. El tabú sexual se cebó además con los artistas homosexuales.

La mordaza funcionó. El actor y director teatral Salvador Távora (Sevilla, 1934) observó, ya en los sesenta, que “el flamenco iba por un lado y el pueblo andaluz por otro”. “Cuando el arte y la sociedad se alejan, es que fallan los dos”, opina Távora, que incorporó a las tablas un imaginario flamenco sin folclorismos. Su obra Quejío fue un aldabonazo para la lectura progresista del flamenco, que también reivindicaron Caballero Bonald o Fernando Quiñones. “Hoy el flamenco debe recuperar su papel perdido en las conquistas sociales”, apunta Távora. Pinilla va más lejos: “Antes era el señorito, ahora es la administración, con su control sobre el circuito artístico, la que ejerce una labor castrante”.

Según Távora, en los setenta el flamenco sí consiguió quitarse las ataduras que tan gráficamente empleaba él en Quejío. Fueron por entonces incómodos para el régimen los bailarines y coreógrafos Antonio Gades y Mario Maya. Y un puñado de cantaores que dijeron lo que había que decir, desde el rupturismo o el posibilismo: El Lebrijano, El Cabrero, Manuel Gerena, José Menese, Paco Moyano, Morente… “A mí, por cantar a Lorca, me entraron en mi casa los de Fuerza Nueva, pegaron un tiro y casi me matan. Fui a denunciar y el malo era yo, joé. Claro, gitano y con patillas”, cuenta con gracia el mítico Curro Albayzín, responsable de organizar, por su cuenta y riesgo, los primeros homenajes a Lorca en la curva de Víznar, en los albores de los setenta.

http://www.publico.es/culturas/398302/fandangos-en-la-trinchera