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Un nazi entre nosotros

Deia, | 16 octubre 2011

Paul van Aerschodt, colaboracionista belga condenado a muerte en 1946, consiguió esquivar a la justicia y falleció la semana pasada en Donostia

 

SILVIA MARTÍNEZ – Domingo, 16 de Octubre de 2011

EL consejo de guerra de Charleroi lo condenó a muerte en rebeldía en abril de 1946 por colaborar durante años con el régimen nazi de Adolf Hitler y denunciar a miles de ciudadanos belgas que intentaban evitar los campos de trabajo. Pero parapetado tras un nombre falso consiguió dar esquinazo a la justicia y escapar durante décadas y décadas. Uno de los últimos colaboracionistas belgas del régimen nazi que quedaban con vida, Paul van Aerschodt (La Louviére, 1922), alias Pablo Simons de Aerschot, murió la semana pasada a la edad de 88 años y lo hizo a 1.100 kilómetros de la tierra que le vio nacer, en la ciudad donde pasó sus últimas cuatro décadas, en Donostia. Conocido durante la guerra como El gran rubio del revólver jamás fue juzgado porque cuando fue localizado sus crímenes ya habían prescrito.

Durante cuatro años, desde septiembre de 1940 hasta agosto de 1944, Van Aerschodt recibió formación de las juventudes hitlerianas, trabajó para los nazis y denunció a miles de compatriotas de su región a través de la Werbestelle de La Louviere, un grupo acusado de haber participado “voluntariamente y con conocimiento de causa” en el funcionamiento de un régimen enemigo destinado a reclutar mano de obra para el Reich. En total, el consejo de guerra de Charleroi acusó de colaboracionismo a 26 personas. Siete, entre ellas Van Aerschodt, fueron condenadas a la pena capital. Además, al gran rubio del revólver, que aterrorizó durante años a sus vecinos, se le condenó a pagar medio millón de francos belgas por daños e intereses y se le retiró la nacionalidad belga.

Antes de que se iniciara el proceso y ayudado por familiares, Van Aerschodt consiguió escapar de Bélgica y llegar a España. Ahí se perdió su pista. No se volvió a saber nada de él hasta marzo de 2006. Hasta entonces, la justicia belga lo dio por muerto pero ese año la asociación de antiguos miembros de los servicios de información y acción belgas encontraron su pista en un acta notarial. En ella figuraba el nombre de su hermana, seguido de un tal Juan Pablo Simons y de sus cinco hijos. Con este dato como único elemento se lanzaron de lleno en su búsqueda. Consiguieron crear la suficiente confianza como para que la familia se fuera sincerando. Encontraron fotos, documentos y descubrieron que van Aerschodt seguía muy vivo, relativamente cerca, y visitando regularmente Bélgica.

DE ESPAÑA A BOLIVIA La reconstrucción del más de medio siglo que ha permanecido invisible ha sido posible gracias al trabajo de estos veteranos y a las explicaciones del propio Van Aerschodt, que a principios de febrero de este año concedió una entrevista al diario flamenco De Morgen y al francófono La derniere heure. Se sabe que llegó a España y de donde partió hacia Bolivia donde formó una familia numerosa. Hacia la Sudamérica que tantos criminales y colaboradores nazis acogió tras la guerra y donde llegó a tener contacto con Klaus Barbie Altmann, un alto oficial de la Gestapo conocido como El carnicero de Lyon y condenado posteriormente en Francia a cadena perpetua donde murió en 1991. “Ignoraba que tenía a Klaus Barbie delante. Hablábamos en francés, donde tenía un comercio”, explica.

Con la ayuda de un párroco logró en ocho días un visado de residencia y se estableció en la capital La Paz, bajo el nombre de Juan Pablo Simons. Allí abrió un restaurante, El Corso, y llegó a ver en cuatro ocasiones a otro líder nazi, el secretario personal de Hitler, Martin Borman, supuestamente fallecido en 1945 y que se hacía pasar por un sacerdote redentorista. “Hablamos en alemán. El venía de Paraguay. Preparaba con una veintena de oficiales un golpe de estado para derrocar a Perón en Argentina. Borman era un fanático. Iba con sotana negra. Celebraba comuniones, matrimonios, funerales…”, dice de él. No llegó a denunciar ni a Barbie ni a Borman.

CONEXIÓN HITLER-FRANCO En 1964 Van Aerschodt regresa a la España de Franco y se establece en Donostia. Un periodo en el que pese a su documentación falsa llegará a trabajar para un organismo como Naciones Unidas y una de sus organizaciones dependientes, la Organización Internacional del Trabajo como experto en turismo. Pese a que su paradero se descubrió en 2006 y llegó a ser interpelado por la justicia en uno de sus continuos viajes a Bélgica en 2008, Van Aerschodt terminó sus días sin dar cuenta a nadie. “¿Cómo es posible?”, se interroga la prensa. Simplemente porque los delitos habían prescrito y porque la justicia lo declaró muerto hace ya unas cuantas décadas gracias a un certificado falso enviado desde Bolivia que se ha terminado perdiendo. Según la legislación belga, los crímenes nazis se podían perseguir durante veinte años. Es decir, como la mayoría ocurrieron en 1946 hasta 1966. El parlamento prolongó diez años más ese plazo, salvo para los crímenes contra la humanidad que no expiran, con lo cual el límite para haber jugado a Juan Pablo Simons, que no fue acusado de ellos, expiró en 1976.

El incansable cerco al que le sometió parte de la prensa belga desde su reaparición ha permitido descubrir no solo su invisibilidad sino también conocer de cerca a un personaje que admitió sin tapujos haber colaborado con los nazis. “Sí, fui colaboracionista, ¿y qué?”, aseguraba a principios de febrero, en una entrevista grabada en su piso donostiarra. “Trabajé para la Werbestelle porque creía que era la mejor forma de ser útil para mi país”, explica en francés. “Van Aerschodt reviste su trabajo de un halo de normalidad. Insiste en que hacía un trabajo puramente administrativo por el recibía a finales de cada mes una paga, que la Werbestelle no era como la Gestapo, porque no detenía a gente, y que incluso llegó a sabotear expedientes e impedir deportaciones durante su trabajo.

“No recogía todos los nombres que me pedían en el censo. Era un sabotaje, sí, porque eran personas que no podían ser convocadas”, afirmaba a la pregunta de si salvó vidas durante esta oscura etapa. Reconoce que llegó a ser considerado como el terror de La Louviere. Pero no se reconoce en este calificativo. “Durante la guerra no me daba cuenta de que la gente tenía miedo. ¿Por qué?, Nunca hice daño a nadie. Al contrario, les salvé”, insistía en las páginas de La derniere heure.

http://m.deia.com/2011/10/16/sociedad/euskadi/un-nazi-entre-nosotros