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Valdenoceda (Burgos), el penal de los olvidados

El Norte de Castilla, 22.10.11 | 23 octubre 2011

La antigua fábrica burgalesa de sedas se convirtió por el régimen Franquista en una de las cárceles más cruentas de toda España

 

ICAL |

El penal de Valdenoceda albergó durante siete años (1938-1945) a más de tres mil presos republicanos que malvivieron en condiciones infrahumanas en una antigua fábrica de sedas que el régimen Franquista transformó en una de las cárceles más cruentas de toda España. Bajo los muros de este inmueble caminaron, durmieron, penaron y soñaron presos llegados desde rincones tan dispares como Lugo, Córdoba, Albacete y localidades cercanas como Villarcayo o Pancorbo, ambas en territorio burgalés. Sesenta y seis años después de que el último preso saliese por la puerta del penal, recorremos los rincones, la mayor parte de ellos en claro peligro de derrumbe, del que muchos apodaron como “el penal de los inocentes o el de los olvidados”.

La pequeña localidad de Valdenoceda fue el lugar elegido para favorecer uno de los primeros caprichos del Gobierno de Franco: albergar una cárcel en la que trasladar a los miles de presos republicanos que ya no cabían en el resto de penales de España. Una antigua fábrica de sedas, aislada del mundo y cercana al río Ebro, fue el lugar elegido para ubicar un penal en el que fueron a parar comunistas, cenetistas, militantes del Partido Socialista Obrero Español, obreros, campesinos, maestros, políticos y ciudadanos sin tendencia política alguna que, además de combatir el peso del silencio y el aislamiento, se vieron obligados a padecer la furia de las nevadas y las bajas temperaturas de este singular paraje burgalés.

Fernando Cardero Azofra y Fernando Cardero Elso, autores del libro ‘El penal de Valdenoceda’ conocen, como pocos, cómo fue la vida de quienes pasaron por la cárcel. En un libro que ha visto la luz hace pocos meses, fruto del trabajo y la documentación de más de una década, rescatan cómo eral el día a día de los compatriotas y camaradas que con distinto acento, proceder y origen intentaron echarle un pulso a la muerte. “La mayor parte de los presos llegaron desde Castilla-La Mancha, Andalucía y Extremadura y muchos de ellos eran considerados como peligrosos para el régimen”, explica Cardero. De ahí que quienes decidieron la ubicación del penal se preocupasen por intentar “tapar” las prácticas que se llevaban a cabo tapias adentro.

Dionisio García tenía 17 años cuando llegó al penal. Su trayecto, a diferencia del de muchos de sus compañeros fue corto, ya que vino del cercano municipio de Pancorbo donde fue señalado y acusado de traidor al régimen. En la cárcel dejó sus años de juventud y unas ganas de vivir que ya nunca volvería a recuperar. Gregorio García, hijo del ya fallecido Dionisio, se adentra en la cárcel por primera vez y no evita emocionarse a su paso. “Mi padre salió de esta cárcel mudo, sin recuerdos y nunca ninguno de sus hijos supimos nada de lo que pudo pasarle aquí. El sufrimiento fue inmenso”, confiesa a la Agencia Ical.

La mirada de Gregorio recorre el camino que separa el río Ebro de la entrada del penal. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando imagina como en un espacio “tan pequeño” pudieron convivir miles de presos sin apenas alimento, mantas o un espacio en el que guarecerse de las bajas temperaturas. Gregorio, al igual que el resto de sus hermanos se fue enterando de lo que le pasó a su padre de boca de extraños y vecinos que permitieron hilar su paso por Valdenoceda. “Ahora comprendo por qué vivió con miedo durante toda su vida. Esto es una barbaridad”, declara Gregorio.

Vida en el penal

El paso de los años ha convertido al penal de Valdenoceda en un edificio ruinoso del que, sin embargo, se conservan las salas comunes que servían de habitaciones y la escalera metálica que los mismos presos construyeron cuando la nieve y la lluvia se fue comiendo la que había de madera. La maleza ha comido espacio al patio en el que los presos pasaban prácticamente todas las horas del día “charlando, pensando y sentados sobre un cajoncito de madera en el que guardaban las pocas cosas que poseían y que les permitía sentarse en el suelo del patio sin necesidad de tener que hacerlo en el suelo”.

Un cajón de madera y unas madreñas eran los pocos tesoros que poseían los cientos de presos que estaban al mando del director de la prisión, Eduardo Carazo, a quienes los vecinos del municipio recuerdan como un tipo “serio, que no tenía trato con el resto” y que vivía en una espaciosa vivienda anexa a la cárcel donde se entretenía con un huerto en el que, probablemente, trabajaban soldados e incluso presos.

Los dormitorios se instalaron en los pisos superiores de la cárcel. Allí dormían los presos y las chinches e insectos que, ante la falta de higiene, se convirtieron en inquilinos y compañeros de quienes cumplían pena. En las columnas de madera todavía pueden verse las marcas de las puntas que los presos colocaron para colgar sus ropas, sus petates y esconder, en muchos casos, la escasa correspondencia que les llegaban de sus familias. “Asimismo, existía una zona dedicada a la enfermería y un comedor, así como una posible zona de baños o aseos, en los que de vez en cuando dejarían ir a los presos”, relata Cardero.

Lo que hizo que Valdenoceda fuese considerado como uno de los penales más cruentos fueron sus temidas celdas de castigo, que se hallaban en la parte baja o sótano de la antigua fábrica de sedas. La zona más temida por los reclusos, y en la que muchos de ellos perdieron la vida, estaba dispuesta por una sala en la que se almacenaban productos químicos y que, ante las crecidas del Ebro, provocaba que los presos que allí se encontraban aislados pasasen horas con el agua al cuello. “Al miedo de tal práctica hay que sumarle que el agua estaba helada y en muchas ocasiones pudo llegar a congelarles partes de su cuerpo y provocarles la muerte”, sentencia Cardero.

Memoria e historia

Juan Cruz, vecino de Valdenoceda, recuerda a sus 87 años a aquel chiquillo que iba y venía de su casa al penal para hacer los recados de un hombre del municipio a quien apodaban como ‘el Obispo’, por el poder que al parecer ostentaba pese a no pertenecer a jerarquía religiosa alguna. A sus 13 años, Juan acudía a diario al penal para llevar patatas o llevarse las mondaduras de las que habían pelado antes los propios presos. “Nunca tuve contacto con ellos. Los centinelas no nos dejaban, pero los muchachos nos subíamos a un monte para verles. Eran muchos, muchísimos…”, recuerda.

“Nosotros éramos niños y pobres y hacíamos lo que bien nos mandaban”, explica. Vecino de Valdenoceda de toda la vida, donde vive con su esposa, rememora momentos de aquellos años que quedaron para siempre en su cabeza. “Hasta las puertas de la cárcel venían las mujeres de los presos de toda España cargadas de macutos y comidas que entregaban a los guardias a la espera de que éstos se lo diesen a los suyos. Muchas iban con niños pequeños y algunas dormían en las cunetas porque no tenían dinero para pagarse una pensión”. La dureza de las palabras de Juan relata el día a día de la mayor parte de las cárceles españolas y el resultado de una guerra en la que los vencidos y sus familias pagaron las consecuencias de la sinrazón.

Sin embargo, algunos presos (los menos) lograron ganarse la confianza de Carazo, uno de los tres directores que pasaron por el penal, y tuvieron el privilegio de convertirse en hombre de recados. “Los presos que no se negaban a acudir a las enseñanzas del nacional-catolicismo y acudían a misa o se confesaban consiguieron permisos o conmutas de la pena”, agrega Cardero.

Miedo y muerte

El cementerio de Valdenoceda tiene dos puertas: la oficial y una segunda por la que entraron los cuerpos de “los rojos”, y por la que muchos vecinos se negaron durante décadas a acceder al campo santo. Alrededor de 154 presos perdieron la vida a consecuencia de la desnutrición, las infecciones o el frío. Muchos de ellos murieron de tuberculósis y sus enterradores se molestaron en cavar fosas de casi dos metros de longitud para evitar un “posible contagio” con los vivos. Trasladados por sus propios compañeros, como recuerda Juan Cruz, “a cuestas y muchas veces sin ánimo ni fuerza para cargar con el cuerpo del muerto”, los reclusos que perdieron la vida fueron enterrados en el cementerio municipal alejados de sus familias que, en muchos casos, nunca supieron qué fue de ellos.

Una lápida recuerda las vidas que se perdieron en el penal. Fue el alcalde de la localidad, Ángel Arce, -nieto del regidor del pueblo durante el tiempo que estuvo en activo la cárcel- quien en el año 1995 comenzó a preocuparse por la situación de los finados al entender que “ellos, al igual que los muertos del pueblo merecían una sepultura digna”. No sería hasta el año 2003, con la entrada en vigor de la Ley de la Memoria Histórica cuando los restos de los reclusos saliesen a la luz.

Comenzó entonces un trabajo complicado. El de buscar a las familias de los más de 100 cuerpos que durante estos años han ido saliendo a la luz. Una tarea difícil, que en muchos casos no ha dado sus frutos, debido al paso del tiempo y la desorientación de las pistas. “Muchos de los presos eran de regiones del sur de España y algunas familias emigraron o huyeron de sus localidades durante la posguerra para no ser señalados”, recalca Cardero, “por eso algunos restos no han sido todavía reclamados por nadie, y dudo que lo hagan”.

Aunque son muchos los vecinos a quienes les gustaría que su pueblo no fuese conocido por haber albergado el que probablemente es uno de los únicos penales franquistas que permanecen en pie, son también muchos los que se sienten en deuda con quienes pasaron por el valle. Un compromiso que no quedará saldado hasta que se recuperen los cuerpos de 39 presos a quienes sus familias esperan desde hace demasiado tiempo.

http://www.elnortedecastilla.es/20111022/local/burgos/valdenoceda-penal-olvidados-201110221142.html