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Azaña

Juan Pedro Esteve. Diario Progresista, 26-12-2011 | 27 diciembre 2011

Pocas horas se ha tardado en rectificar el disparate perpetrado en el Congreso de los Diputados

 

LUNES, 26 DE DICIEMBRE DE 2011   JUAN PEDRO ESTEVE GARCÍA

Pocas horas se ha tardado en rectificar, aun con disculpas y argumentos pueriles, el disparate perpetrado en el Congreso de los Diputados contra las efigies de dos figuras destacadas de la historia de nuestro país.

El hecho de que hayan tratado de restar protagonismo a Ernest Lluch no sorprende lo más mínimo: fue uno de los impulsores de que se hiciera realidad la Ley General de Sanidad de 1986, instrumento legal por el que España se aproximó al Estado de Bienestar europeo, ese que ahora se está tratando de demoler desde casi todos los frentes.

Por otra parte, la propia trayectoria vital de Lluch es un torpedo contra la línea de flotación de las falsificaciones de la historia que llevan años tratando de imponernos. Lluch participó en los coloquios de encuentro Cataluña-Castilla de los años 60, es decir, militó entre la gente que hablaba de tender puentes en vez de levantar muros entre las regiones, en contraste con las actitudes cerriles y atrasadas que tantas veces, desde los escaños, desde los micrófonos e incluso desde los estadios, han llamado al ciudadano de Barcelona a creerse que su principal enemigo es el ciudadano de Madrid, y viceversa. No se lo perdonaron los franquistas. Tampoco se lo perdonaron los otros ultranacionalistas, los periféricos, y las balas de ETA acabaron con su vida hace ya una decena larga de años. Su propia muerte es incómoda aun hoy para la derechona rancia, que trata de atribuirse como propias todas las bajas del conflicto vasco, incluso las del socialismo.

Pero vamos a hablar hoy del otro agraviado, de aquel presidente de la República llamado Manuel Azaña. Otro soñador despierto que también creyó en una España de todos y para todos, y que por ello fue igual de incómodo para los extremistas de un lado y para los del otro. Cuando el ejército de Franco ocupó el pequeño pueblo toledano de Azaña de la Sagra, no dudó en cambiarle el nombre al de Numancia de la Sagra (que todavía mantiene) aun cuando el topónimo no tenía nada que ver con el apellido del presidente, que era de Alcalá de Henares y no de Toledo. Poco después, la demolición de la figura de Azaña continuó hasta extremos tan cutres como el de incluir en algunos manuales de ortografía textos para ser empleados por los maestros de escuela en sus dictados, que calificaban al lider republicano de “reptil tuberculoso”. Visto todo esto, podría parecer que Azaña hubiese sido una especie de estalinista peligroso que se comía a los niños crudos (y así se le trato de presentar) cuando en realidad su concepción de España podía adscribirse a lo que hoy llamaríamos un centrismo con matices liberalprogresistas.

Azaña no llegó al republicanismo por una pasión juvenil de primera hora. Su republicanismo vino a edades bastante avanzadas como consecuencia de un largo periodo de reflexiones. Él venía de los reformistas de Melquíades Álvarez, otro de los grandes defensores de la moderación y la paz social frente a los excesos y la pirotecnia verbal, y cuando la monarquía de Alfonso XIII fue desprestigiándose ella sola convenciendo a cada vez menos gente, Azaña fue uno de los que se incorporaron al proyecto de lo que llegaría a ser la Segunda República Española. Su historial de servicios al Estado una vez proclamado ese régimen ya es conocido de todos, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra. Tuvo que hacer frente tanto a los ultraconservadores más montaraces como a los sectores más fanáticos del otro extremo, y cuando en 1936 su amigo y mentor Melquíades Álvarez fue asesinado por elementos de la ultraizquierda, estuvo a punto de renunciar para siempre a la política, pues sentía que aquella República ya no era la que había soñado en 1931. Finalmente, su destino fue casi paralelo al de Antonio Machado, acabar sus días exiliado en tierras de Francia, donde murió en 1940.

¿Esta es la clase de personajes a los que se sigue tratando de arrinconar, aunque sea en efigie, aun cuando destacados derechistas como el propio Aznar han reconocido su valía?. Es comprensible y lógico que el Partido Popular ataque a políticos de aquellos años que sí abrazaron opciones totalitarias y se comportaron en España como meros títeres al servicio de la URSS, pero tratar de deslegitimar a estas alturas el legado de cerebros de los que la clase política de nuestros días debería aprender muchas cosas, es querer sacar las cosas de su orden natural.

http://www.diarioprogresista.es/azana-7922.htm%3e