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El pasado que no acaba de pasar

Helen Graham. Público, 13-03-2012 | 14 marzo 2012

Las raíces de la Guerra Civil  y sus consecuencias en la reseña del libro de Paul Preston ‘El holocausto español’

 

 

La historiadora Helen Graham aborda, en la siguiente reseña del libro de Paul Preston ‘El holocausto español’, las raíces de la Guerra Civil  y sus consecuencias en la España actual.

En la España actual, la guerra civil desencadenada hace 75 años es todavía “el pasado que no acaba de pasar”. Cuando el juez Baltasar Garzón, de renombre internacional por su defensa de los derechos humanos, inició una investigación del centro persistente del conflicto – la tremenda violencia extrajudicial en la que más de 200.000 personas fueron asesinadas – acabó en el banquillo acusado de prevaricación. Aunque Garzón ha sido absuelto recientemente, el mero hecho de que se le sometiera a juicio y de que la investigación judicial de aquella violencia se encuentre hoy por hoy en un callejón sin salida, mantiene sin resolver las intensas polémicas sobre la memoria que existen en la sociedad civil. Todo esto hace que el monumental, riguroso y contundente libro de Paul Preston sea especialmente importante y oportuno, más allá de su gran valor para el mundo académico.

Paul Preston, el más destacado historiador británico especializado en la España contemporánea, comienza su obra reconociendo su deuda con los historiadores españoles que, durante las últimas tres décadas y a pesar de tremendos obstáculos sociales y políticos, han llevado a cabo meticulosas investigaciones en archivos locales que han sacado a la luz esta realidad violenta. Pero su propia contribución es primordial  porque rastrea los orígenes fundamentalistas del golpe militar que desató las  matanzas, y reconstruye las complejas y desgarradoras consecuencias de esa violencia.  Lo que querían los rebeldes era aniquilar el desafío social que representaba el proyecto democrático y reformista de la Segunda República.  Los golpistas y quienes les apoyaron –elites terratenientes, capas medias de provincias, y campesinos del interior del país consideraban que la Segunda República anunciaba el final de un mundo familiar y apreciado, incluso de la misma “España”.

Desde el comienzo,  Paul Preston nos “recuerda” que si bien el conflicto español se convertiría con el tiempo en esa “guerra de dos bandos equiparables” que ha quedado grabada en la memoria del mundo occidental, era algo bien diferente cuando se inició:  se trataba de un asalto militar a una sociedad civil y a un régimen democrático en desarrollo, llevado a cabo en nombre de la “verdadera España” para cuya defensa los rebeldes estaban dispuestos a matar –a hacer limpieza, como proclamaba su retórica: el general Queipo de Llano, cuyas tropas arrasaron el suroeste del país, lo llamaría “movimiento depurador del pueblo español”.   Reconocer que la violencia masiva inicial fue generada precisamente por los mismos militares rebeldes sigue siendo todavía el mayor tabú existente en la esfera pública de la España democrática. Desde la muerte de Franco en 1975, su dictadura no ha sido nunca deslegitimizada pese a la reciente aprobación de algunas medidas simbólicas. Y es esta gran responsabilidad de los militares que Garzón intentó sin éxito esclarecer, la que constituye el núcleo central de la obra de Paul Preston. Partiendo de toda una vida dedicada a investigar la destrucción de la democracia en la España de los años treinta,  el autor demuestra cómo una coalición dirigida por militares triunfó sobre las reformas políticas y sociales y sobre el  dividido e inexperto gobierno de centro-izquierda de la Segunda República.

La determinación de los conspiradores de usar el terror desde el comienzo se manifiesta claramente en las instrucciones previas del director del golpe militar, el general Mola:  “eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”. Su objetivo era anular tanto las políticas redistributivas de la reforma agraria y de las reformas sociales llevadas a cabo por la República, como la transformación cultural que hubiera supuesto la extensión de la alfabetización, la co-educación o la ampliación de los derechos de la mujer. Pero la resistencia a los rebeldes en gran parte de la España urbana generó tantos problemas logísticos que el golpe probablemente hubiera fracasado si Hitler y Mussolini no hubiesen suministrado los aviones necesarios para trasladar a la península el Ejército de África que Franco controlaba. Con esta ayuda, los rebeldes pudieron contar con la fuerza brutal que salvó, de hecho, un golpe de estado que estaba a punto de fracasar.

A partir de ese momento, los militares rebeldes pudieron desatar una matanza masiva de civiles.  El libro analizado narra la espeluznante historia de esa guerra de terror “purificadora” tal y como se iba desarrollando en todo el territorio español. Incluso en zonas donde no hubo resistencia al golpe, las nuevas autoridades militares dirigieron una política de exterminio de los sectores asociados a las transformaciones republicanas, que fue llevado a cabo principalmente por “escuadras de la muerte” formadas por voluntarios civiles. Sus víctimas fueron no solo quienes habían participado activamente en la política o se habían beneficiado directamente de las reformas, sino también aquellos que simbolizaban la transformación cultural de la República, como maestros progresistas,  obreros autodidactas o mujeres independizadas.  Como demuestra Preston, los responsables del ejército sublevado equiparon a todos estos sectores con rebeldes de las colonias.

La utilización en el título de la palabra “holocausto” suscitará polémicas, y con razón.  Pero la intención de Preston no es equiparar la represión producida en España con el Holocausto. Más bien busca transformar las categorías usadas para reflexionar sobre lo que realmente ocurrió en España y sugerir paralelismos e influencias-comparaciones entre los diferentes casos, con el objetivo de comprender mejor las oscuras décadas de mediados del siglo XX en el conjunto de Europa así como los mismos mecanismos de la violencia en las sociedades contemporáneas en general.

Incluso en las zonas donde el golpe militar fracasó hubo un aspecto crucial en que fue un completo “éxito”: la insurrección militar también provocó matanzas extrajudiciales en la zona republicana y estos asesinatos, junto con los que se llevaron a cabo en las zonas controladas por los rebeldes, cambiarían para siempre la sociedad y la política española. En la zona republicana, estas matanzas fueron llevadas a cabo contra sectores civiles que se suponía que apoyaban la insurrección y el gobierno republicano fue incapaz de evitarlas durante un tiempo porque el golpe había colapsado sus instrumentos de orden público. Fueron asesinadas unas 50.000 personas -entre ellas, unos 7.000 religiosos, hombres en su mayoría. Estas matanzas socavaron drásticamente la credibilidad internacional de la República, aunque, como nos recuerda Preston, fue el mismo golpe militar el que las desencadenó, al generar las condiciones que las hicieron posible. La violencia en la zona republicana fue tan repugnante y destructiva como la de los rebeldes; pero también es cierto que surgió como una reacción al golpe de estado. Sin embargo,  una vez desatada cobró vida propia: cuando las autoridades republicanas lograron restablecer el orden público y poner fin a las matanzas, éstas habían fortalecido el apoyo a Franco entre los familiares de sus víctimas.

Tras el triunfo franquista en la primavera de 1939, se manifestó plenamente que los asesinatos masivos eran inherentes al franquismo tal y como se había forjado durante la guerra, como demuestra la última sección del estudio de Preston.  De la cifra base de 150,000 asesinatos extra- o cuasi-judiciales cometidos entre 1936 y finales de la década de los 40 bajo la responsabilidad y el control militar directo de quienes se habían sublevado en 1936, al menos 20,000 ocurrieron después de la rendición del ejército republicano. Para llevar a cabo su objetivo de crear una nación “homogénea”, basada en valores “tradicionales”, y en el mantenimiento de las jerarquías sociales, el régimen organizado por los sublevados emprendió desde sus comienzos una campaña de asesinatos, encarcelamientos masivos y estigmatización social de la población republicana. Para lograrlo, instó a los españoles corrientes a denunciar ante los tribunales militares los “crímenes” de sus compatriotas y lo hicieron decenas de miles de personas, impulsadas por una combinación de convicción política, angustia, duelo, prejuicio social, oportunismo y miedo. Así es como el régimen franquista, que nació del golpe militar que desencadenó las matanzas, se erigió en portador de justicia.  Pero se trataba de una “justicia al revés”, dada la falta de relación entre los verdaderos actos de violencia producidos durante la guerra y los que fueron denunciados y enjuiciados.  Las acusaciones no necesitaban ser corroboradas y no se llevaba a cabo ninguna verdadera investigación.

Sin embargo, como Preston demuestra, el objetivo de esta política no era identificar a los culpables de los crímenes.  Decenas de miles de personas fueron sometidas a juicio simplemente por su vinculación política o social con la República.  Como declaró un fiscal: “No me importa ni tengo que darme por enterado si sois o no inocentes de los cargos que se os hacen.”  Se trata del momento “fatídico”: con la adopción de esta estrategia legitimadora, el régimen movilizó una base social de delatores, apoyándose en sus miedos y en las pérdidas que sufrieron durante la guerra, a la vez que criminalizó a la población republicana, atacando los derechos humanos de forma indiscriminada.

Y peor aún, bajo la cobertura de la Guerra Fría, la dictadura mantuvo vigentes durante casi cuarenta años estas categorías binarias mediante sus políticas de apartheid y su invocación incansable del discurso de  “mártires de la Patria” y “rojos”. Esta toxicidad duradera de su estrategia originaria, que todavía envenena el panorama social y político de la España del siglo veintiuno, treinta y cinco años después de la muerte del dictador, es lo que da al franquismo un carácter particular.

El caso Garzón demuestra de forma diáfana que la esfera pública española está todavía marcada en gran medida por los valores y las percepciones heredadas de cuatro décadas del franquismo. Persisten las sombras de la violencia y, por tanto, la necesidad de su lectura desde una perspectiva democrática, lo que no va a ser posible sin analizar con franqueza este complejo pasado. El libro de Paul Preston, por lo tanto, muestra el valor social que puede tener la historia, en este caso como sustituto del proceso de verdad y reconciliación que en España no se ha llevado a cabo, y antídoto para los que todavía ven en Franco un buen caballero cristiano.  Una muestra clara de que estamos ante una asignatura pendiente es el reciente escándalo de los bebés robados, cuyos orígenes se remontan a las criminales políticas de ingeniería social implementadas por la dictadura.  Es su claro retrato: mutatis mutandis, los grupos sociales víctimas de esa trama son los mismos que en 1936 fueron sometidos a las “medidas profilácticas” de los rebeldes militares.

Traducción de Sandra Souto

http://blogs.publico.es/memoria-publica/2012/03/13/el-pasado-que-no-acaba-de-pasar/