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Durango, 75 años del primer bombardeo civil de la historia

ABC.es, 30/03/2012 | 3 abril 2012

El raid italiano sobre la villa vizcaína fue eclipsado en la prensa de la época por el que sufrió 26 días después Guernica

 

GUILLERMO LLONAGUILLERMOLLONA / MADRID

Este sábado se cumplen 75 años del primer bombardeo «en alfombra» y sobre población civil de la historia. Ocurrió durante la Guerra Civil española, en la villa vizcaína de Durango. Este dato no es conocido popularmente, dado que el bombardeo fue eclipsado en la prensa de la época por el que sufrió 26 días después la también vizcaína villa de Guernica. Con ocasión del aniversario del bombardeo de Durango, el martes pasado se presentó en este municipio el libro La Guerra Civil en el Duranguesado 1936-1937, de Jon Irazabal Agirre, miembro de la asociación cultural duranguesa Gerediaga Elkartea. El ensayo de Irazabal narra con detalle lo acontecido aquel 31 de marzo de 1937 en la villa de Durango.

Ocurrió más de ocho meses después del inicio de la Guerra Civil española. Fue un miércoles. A las siete de la mañana de aquel 31 de marzo dos escuadrillas del grupo de bombardeo pesado Savoia 81 despegaron del aeródromo de Soria, bajo control del bando nacional, rumbo a Vizcaya. Las escuadrillas 214 y 213 del citado grupo habían recibido del coronel Ferdinando Raffaelli la orden de bombardear los municipios de Durango la primera, y Elorrio la segunda. En Logroño se unieron a las dos escuadrillas 18 cazas procedentes del campo de aviación de la capital riojana, que realizarían labores de escolta de los bombarderos.

Los murciélagos

Las escuadrillas se bautizaron con el nombre de guerra de «pipistrelli» (murciélagos), y pintaron en la cola de sus aviones un círculo negro con este animal superpuesto en blanco. A las 8:30 de la mañana, los aviones de la Aviazione Legionaria surcaban el cielo de Durango. Habían sonado las alarmas, pero a los durangueses no les dio tiempo de parapetarse en los precarios refugios que se habían preparado en sótanos de casas particulares y bajeras, en cárcavas, en la iglesia de Santa Ana, en la conocida fábrica de café Baqué y en la planta baja del «batzoki» del PNV. Los sacos terreros que aseguraban la entrada de algunos de los refugios no lograrían evitar la masacre.

El libro de Jon Irazabal describe la entrada de la escuadrilla italiana en la villa vizcaína. Los bombarderos fascistas enfilaron desde el final de la calle Kurutziaga hacia la plaza de Ezkurdi pasando por la iglesia de Santa María, cuya torre les sirvió como punto de referencia para el ataque.

En la primera pasada, la Aviazione vomitó sobre la villa cuatro toneladas de explosivo

La Aviazione Legionaria, con el sol a sus espaldas, realizó esa mañana una primera pasada en la que vomitó sobre la villa vizcaína cuatro toneladas de explosivo en 80 bombas de 50 kilos. En el momento del bombardeo, el sacerdote asturiano Carlos Morilla Carreño se encontraba dando misa en la iglesia de Santa María, y al mismo tiempo, el padre Rafael Billalabeitia hacía lo propio en la de San José, conocida como «Jesuitas». Carlos Morilla había abandonado su Asturias natal por miedo a la persecución religiosa que sufría la región en aquel momento. Ninguno de los dos sacerdotes sobrevivió a la primera pasada de los bombarderos italianos.

Gran parte de las víctimas del ataque murió en los edificios religiosos de Durango. En el convento de Santa Susana fallecieron once monjas y una chica de servicio. Intentaron sobrevivir al raid italiano en una chabola de la huerta del convento, pero una de las bombas cayó sobre el improvisado refugio.

El segundo ataque

Poco antes de las seis de la tarde de aquel día los bombarderos italianos hicieron una segunda pasada, y arrojaron sobre Durango 22 bombas de 100 kilos y 54 bombas de 50 kilos. Tal y como recoge La Guerra Civil en el Duranguesado, en esta ocasión la mayoría de las víctimas no pereció a causa del bombardeo. Los cazas que escoltaban a las escudrillas italianas ametrallaron a los durangueses que huían despavoridos por las campas de Montorreta, Landako y San Roque. En este segundo ataque, los bombarderos destrozaron la estación de tren de Durango, sobre la que lanzaron 3.140 kilos de bombas de fragmentación e incendiarias.

Gran parte de las víctimas murió en los edificios religiosos de Durango

El dos de abril la Aviazione Legionaria italiana volvió a bombardear la villa, pero dado que gran parte de la población residente la había abandonado, el número de víctimas fue mucho menor. La mayor parte de ellas estuvo formada por bomberos y personas dedicadas al desescombro y rescate de cuerpos. Las banderas de la Cruz Roja no evitaron que el raid italiano destrozase las posiciones donde se encontraban.

El bombardeo de Durango dejó 336 muertos y centenares de heridos. La Aviazione Legionaria destruyó 71 casas, y dañó seriamente los templos y demás edificios religiosos de la villa vizcaína. El «diario storico» de la escuadrilla que bombardeó Durango describe el ataque como «extremadamente mortífero». Y añade, «el blanco resulta cubierto por las bombas, ninguna de las cuales falla el objetivo». El mismo diario recoge el objetivo que se había fijado la Aviazione Legionaria en su ataque días después sobre Bilbao: «como propósito directo, destruir las defensas y los objetivos militares enemigos desplegados en los alrededores de Bilbao, e indirecto, el desmoralizar a los adversarios con una exhibición aérea que les dé una impresión clara de la inutilidad de combatir a las fuerzas nacionales dotadas de tan fuertes medios».

La memoria

El fotógrafo Pablo Garitaonandia estrenó el pasado martes el documental El bombardeo de Durango, actualización del trabajo que Jesus María Arruabarrena realizara en 1989, y que había permanecido inédito hasta ahora. Hasta aquel año 89 ningún durangués se atrevió a contar lo que vivió durante el bombardeo de Durango, y después de él. «Unos, los perdedores, por miedo a las represalias, y otros, los vencedores, por vergüenza», afirma Garitaonandia. El documental recoge trece testimonios de aquella tragedia, «personas a las que el bombardeo cogió con veinte años». En las entrevistas, los durangueses que recuerdan la masacre «hablan de manera desapasionada, incluso con síndrome de Estocolmo», afirma el fotógrafo.

Los cazas de escolta ametrallaron a los que huían despavoridos

El seguimiento de los actos de conmemoración de aquella tragedia por parte de la población joven de la villa es desigual. «Los que tienen cierta conciencia política, y quieren reforzarla, se interesan por lo que se produce sobre el bombardeo de Durango, los demás verán el documental como otro más sobre la Guerra», opina Garitaonandia.

El responsable del Archivo Histórico Municipal de Durango, José Ángel Orobio-Urrutia, cree que este ha sido un año especial en la Biblioteca municipal. «Hemos organizado contacuentos, conferencias y exposiciones de libros sobre la Guerra Civil», afirma. Y aunque reconoce que «sobre todo, es gente mayor la que está acudiendo a los actos de conmemoración del bombardeo», también cree que «algo sí se mueve» entre los jóvenes durangueses. «Los jóvenes sólo se suelen preocupar cuando en el colegio les han pedido algún trabajo, sin embargo, este año estudiantes de la ikastola han hecho un documental sobre el bombardeo, y otro grupo de adolescentes hizo una obra de teatro sobre el tema», afirma Orobio-Urrutia.

El responsable del Archivo Histórico durangués constata que «fuera de Durango, el bombardeo no es muy conocido». La tragedia que sufrió Guernica 26 días después eclipsó el bombardeo durangués. En opinión de Orobio-Urrutia, «las fotos que se conocían y el cuadro de Picasso» contribuyeron, de alguna manera, al desconocimiento de lo que pasó en Durango.

75 años después de aquellos acontecimientos, en el mundo se sigue recurriendo al bombardeo indiscriminado. Primero fue Durango. Después vinieron Guernica e Hiroshima. Y el napalm abrasó la piel de Vietnam. Por desgracia, todo indica que en el futuro se seguirá poniendo en práctica la técnica que el fascismo italiano ensayó en la villa vizcaína de Durango. Fue el 31 de marzo de 1937. Eran las 8:30 de la mañana. Y a muchos durangueses no les dio tiempo a refugiarse.

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