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Llorenç Vitrià, de la gloria olímpica al suicidio en Mauthausen

ABC.es, 13/08/2012 | 14 agosto 2012

Este boxeador español,  participante en los Juegos de París, se arrojaba contra la valla electrificada del campo de concentración nazi a los 33 años

 

ISRAEL VIANA ISRA_VIANA  / MADRID

En 1924, este boxeador español «que esquivaba como una ardilla y era rápido en los ataques» participaba en los Juegos de París con solo 16 años. A los 33, cansado de sufrir, se arrojaba contra la valla electrificada del campo de concentración nazi

La historia de los Juegos Olímpicos está llena también de relatos terribles, pero pocos superan el trágico final del boxeador catalán Llorenç Vitrià, que vivió la gloria del deporte a la temprana edad de 16 años y acabó con poco más de 30 huyendo a Francia tras la Guerra Civil, siendo detenido por los nazis y deportado al campo de concentración de Mauthausen… de donde no salió jamás.

Vitrià había nacido en Barcelona el 2 de febrero de 1908, durante el Gobierno conservador de Antonio Maura y en una época convulsa dominada por las huelgas violentas. Quién sabe si fue ese contexto el que marcó el carácter fuerte y competitivo del joven Llorenç, que desde pequeño comenzó a despuntar en el boxeo a pesar de su pequeño y escuálido cuerpo.

Este deporte había llegado a España en 1875 y, aunque fue prohibido por el Gobierno en 1911, se celebraban veladas en Madrid y Barcelona con la connivencia de las autoridades. Fue en la Ciudad Condal, impulsado por la llegada masiva de extranjeros, cuando el boxeo experimentó un gran auge, tanto que, en agosto de 1922 fue finalmente legalizado.

Vitrià, el campeón adolescente

Un año después, cuando tenía solo 15 años, Vitrià se convirtió en campeón de Cataluña, y recién cumplidos los 16, ganó el primer Campeonato de España en la categoría de «peso mosca», en mayo de 1924. «El mejor amateur del presente y pasado campeonato», decía de él la prensa. Era, en definitiva, la mayor promesa que había dado el deporte español hasta entonces.

Con esas credenciales, el pequeño gran boxeador catalán de 16 años fue seleccionado para acudir a los Juegos Olímpicos de París de 1924. No era mayor de edad y ya vivía sus días de mayor gloría, aunque en la capital francesa fuera un auténtico desconocido. «Si el lector no conoce a Vitrià, diremos que al presentarlo en esta Olimpiada no se esperaba que pasara de las eliminatorias. Con poco más de 15 años, de poquísimo cuerpo, se sabía que no podría hacer nada contra los pesos mosca que se presentan a los torneos olímpicos», escribía el corresponsal del diario «Excelsior». «¡A qué viene aquí este mocoso!», exclamaba la gente según el diario «El Sol», que contaba que la presencia del púgil en el ring «despertó extrañeza y simpatía».

Pero Vitrià, a pesar de su tamaño, no era un hueso fácil de roer. Tanto es así que, al final de su combate, toda la prensa coincidió en que el resultado final había sido un robo: «Ante el canadiense Jock MacGregor, que le dobla la edad y las espaldas, empezó a sacar todo el repertorio de boxeo clásico que atesora y jugó con su adversario como quiso. ¡Qué barbaridad de puntos marcó el pequeño español! Esquivar, esquivó como una ardilla, y al final de los rounds, el entusiasmado público prodigaba sus aplausos», aseguraba la crónica de «El Sol», que al final sentenciaba: «No se dudaba del vencedor, cuando se cometió en la decisión una de las iniquidades más grandes que yo he visto en un ring. La decisión a favor del canadiense fue un atropello, y el público, que se dio cuenta, armó un escándalo formidable que duró todo el combate siguiente, y durante toda la noche no se hicieron más que protestas continuadas».

Y «El Imparcial», por su parte, calificó de «inexplicable» la victoria de McGregor: «El público se hacía cruces de la manera como boxeaba nuestro representante, de su rapidez, de su esquivada, de su ciencia, en fin, tocando en cada momento y como quería a su adversario. Todo el público, con una perfectísima y absoluta unanimidad, ovacionó al insignificante Vitrià, el boxeador de menos edad y menos peso que ha subido al ring del Vel dŽHiv».

 

Carrera profesional

Tras su aparición olímpica, Vitrià se hizo profesional y las crónicas de sus combates eran publicadas asiduamente por ABC, que hablaba de él como «el excampeón olímpico que gustaba al público por su fino juego, limpio y correcto», hasta que, en 1932, perdió el Campeonato de España de peso gallo frente a Carlos Fix.

La última crónica publicada en la que aparece Vitrià data del 2o de diciembre de 1934, en el «Heraldo de Madrid», tras su pelea con el púgil valenciano Arlándiz. Aquel artículo era como la metáfora de lo que sería su vida a partir de entonces. «El combate ha durado apenas diez o doce segundos, pues al iniciar el primer asalto, Arlándiz ha colocado un formidable crochet a Vitrià, tirándole al suelo. Y como éste se ha levantado aún bajo los efectos del golpe, ha vuelto a caer por un nuevo ataque de su contrincante. Al intentar reanudar la pelea, los cuidadores de Vitrià, al reconocer su estado, han tirado la esponja en señal de abandono», decía.

Luego llegó la Guerra Civil, el inicio de su descenso hacia la barbarie nazi. Cuando Franco toma Barcelona después de la encarnizada batalla del Ebro, en enero de 1939, huyó a Francia, trasladándose a vivir, como otros muchos exiliados republicanos españoles, al conocido campo de concentración de Angulema.

Hacia el campo de exterminio

El 20 de agosto de 1940, muy poco después de la firma del armisticio por parte de Francia con la Alemania de Hitler, partió desde Angulema un convoy de deportados hacia los campos de exterminio alemanes. Es el llamado «Convoy de los 927», en referencia al número de personas que lo compusieron. Aquel fue el primer envío de deportados de cualquier etnia o nacionalidad, procedentes de la Europa occidental, con destino a los campos nazis. Entre ellos, se encontraba Vitrià, que tenía entonces 32 años.

Él fue a parar a Mauthausen-Gusen, donde quedaron aproximadamente la mitad de aquellos desgraciados (470 personas), todos hombres y muchachos mayores de 14 años. Las mujeres y los niños por debajo de esa edad (457 personas) continuaron el viaje hasta la frontera de Hendaya, donde fueron entregados a la policía franquista.

Vitrià ingresó con el número 4074 en Gusen, el campo satélite situado a pocos kilómetros de Mauthausen. Según los testimonios de algunos supervivientes, aquel era el lugar donde acababan los prisioneros que habían dejado de ser útiles en las canteras, para ser eliminados a mayor velocidad. Era mucho peor que Mauthausen, decían, y era conocido como un auténtico cementerio de españoles.

Derrotado y deprimido

Uno de los pocos supervivientes españoles de aquel infierno, José Alcubierre, contaba hace dos años a la revista «Magazine» que cuando llegó a Mauthausen con su padre –que también murió en Gusen, pero de los golpes recibidos por parte de tres cabos polacos ansiosos de sangre– conoció a personalidades españolas tan importantes como el futbolista Saturnino Navazo, el conocido militante del Partido Comunista Pepe Perlado y el mismo Vitrià.

Pero en aquellos días, el joven púgil olímpico no era ni una sombra de lo que había sido. Se encontraba absolutamente deprimido y derrotado. Se había abandonado desde que fue internado en el Campo de Angulema, donde intercambiaba la poca comida que caía en sus manos por cigarrillos. Pero fue en Gusen donde tiró finalmente la toalla por última vez en su vida, cansado ya de tantas derrotas y, sobre todo, del horror que debió experimentar en un campo de concentración a pleno rendimiento como aquel.

El 18 de junio de 1941, con 33 años, se arrojaba contra la valla electrificada del campo, junto a otros de aquellos boxeadores presos, y ponía fin a su vida. «A Llorenç Vitrià, la maravilla del ring», reza en la foto que aparece en el museo del campo de concentración de Mauthausen, con una dedicatoria de sus sobrinos.

http://www.abc.es/20120810/archivo/abci-vitria-mauthausen-201208101250.html