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Los obispos víctimas del franquismo

La Verdad, | 12 agosto 2012

El caso más dramático fue el de monseñor Fidel García, acusado de frecuentar prostíbulos por publicar una encíclica contra el nazismo


JOAQUÍN SANTO MATAS |

Se cumplen este mes seis décadas de la más cruel campaña de difamación que se urdió durante el franquismo contra un obispo de intachable trayectoria que al no poder ser acusado de nacionalista, republicano o rojo, lo fue de putañero. Su nombre, Fidel García Martínez y su pecado, publicar la encíclica que el Papa Pío XI dirigió a los católicos germanos advirtiéndoles del peligro del nazismo y que por ello fue dada a conocer en alemán bajo el título ‘Mit Brennender Sorge’, que significa ‘Con ardiente inquietud’, el 14 de marzo de 1937, leída en todas las iglesias de Alemania pero prohibida en la España en guerra bajo control franquista.

Monseñor García hizo caso omiso y, además, lo remató en 1942 al redactar una ‘Instrucción pastoral sobre algunos errores modernos’ en la que se mostraba crítico con las ideologías ateas en boga, comunismo y nazismo. Este prelado era hijo de un humilde peón caminero leonés, vivió de cerca el drama de la minería de su tierra y la vecina Asturias, tomó conciencia social y muy joven fue nombrado obispo de Calahorra-La Calzada, tras un cuarto de siglo con administradores apostólicos, una diócesis muy antigua pero menor lo que no fue óbice para que el Vaticano lo propusiera en 1931, con solo 51 años, al arzobispado de Toledo que conlleva ser primado de España, tras la expulsión del polémico cardenal Segura del que más adelante hablaremos. Don Fidel renunció porque deseaba seguir con su labor en tierras riojanas.

Buscando enlaces con nuestra diócesis cabe decir que el cardenal Francisco Álvarez Martínez es asturiano, vino desde el obispado de Calahorra al de Orihuela-Alicante, fue después arzobispo de Toledo y comparte segundo apellido con nuestro protagonista.

Pues bien, haciendo caso omiso Roma de las denuncias que le llegaban, don Fidel hubo de sufrir su particular década de calvario con ataques, injurias y calumnias que culminó en agosto de 1952 cuando se le presentó al influyente obispo de Barcelona Gregorio Modrego un informe policial donde se le hacía constar que monseñor García, que a la sazón tenía 72 años, frecuentaba prostíbulos de la Ciudad Condal pero también hoteles y cabarets de Madrid y hasta incluso París, no importándole en sus relaciones lascivas ni minorías de edad ni sexos. Se habían utilizado dobles del obispo y falsos testimonios para denigrarlo hasta siete años después de la caída del nazismo y conocido el horror de este régimen.

Fidel García rehusó contestar a las explicaciones solicitadas por Modrego y, al año siguiente, se retiró a Deusto con los jesuitas, donde moriría en 1973 no sin antes tener una brillantísima actuación en el Concilio Vaticano II pues la Iglesia jamás lo condenó, sabedora de la infamia aunque no limpió su figura en España formalmente.

Fue por aquel entonces, en 1962, cuando Franco, corroído por el remordimiento, deseó devolverle la buena imagen al prelado pero de manera privada para que la opinión pública, cuyos mentideros habían sabido de las supuestas andanzas del obispo libidinoso, no conociera hasta dónde habían sido capaces de llegar sus servicios de información. Monseñor García Martínez despreció la oferta.

Hay que recordar que en 1937 el cardenal primado Gomá redacta la ‘Carta colectiva de los obispos españoles con motivo de la guerra de España’ que declaró la contienda como cruzada y fue firmada por todos los prelados menos cinco, cuatro de ellos ausentes y el quinto, de Menorca, nonagenario, enfermo y ciego. Añadamos que doce obispos y el administrador apostólico de Orihuela serían asesinados por el Frente Popular entre 1936 y 1939.

De los que no estamparon su rúbrica los más reticentes y contrarios fueron el vasco Mateo Múgica, expulsado de España por nacionalista, y el catalán Francesc Vidal i Barraquer que murió el año 1943 en Friburgo por no aceptar su retorno a España el régimen franquista al que criticaba ferozmente a pesar de que estuvo a punto de ser asesinado por anarquistas barceloneses en 1936, huyendo a Italia.

Otro de los no firmantes fue el obispo de Orihuela Francisco Javier Irastorza y Loinaz cuyas extrañas circunstancias no se han esclarecido. He podido comprobar que el 24 de septiembre de 1923 declaró en su San Sebastián natal por un asunto de evasión de capitales. Un investigador vasco afirma que en 1935 pidió dispensa al Vaticano, oficialmente por dos años debido a una ‘enfermedad’, pero al parecer a causa de un mismo tema de fuga de divisas que lo llevó a pasar en Gran Bretaña buena parte de la guerra civil. Acabada ésta retornó a la sede orcelitana.

El último caso curioso de prelado antifranquista y también contrario a la República fue el del cardenal Pedro Segura, arzobispo de Sevilla y antes de Toledo que nunca admitió ni que pusieran en las paredes de la catedral hispalense los nombres de los ‘Caídos por Dios y por España’ ni que Franco entrara bajo palio en los templos, afirmando además que caudillo significaba jefe de banda de forajidos e incluso diablo. El régimen no pudo con él.
http://www.laverdad.es/alicante/v/20120812/cultura/obispos-victimas-franquismo-20120812.html