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Post-Franquismo: simulacros de la transacción

Lionel Bechara. Kaos / La hiedra, 17-08-2012 | 19 agosto 2012

Este artículo realiza una crítica a la visión institucionalizada de la Transición en el Estado Español

 

Este artículo realiza una crítica a la visión institucionalizada de la Transición en el Estado Español como proceso consensuado, modélico y pacífico. A su vez, analiza las reminiscencias franquistas en la política actual, como en el caso de Baltasar Garzón.

“La ideología no corresponde a otra cosa que a una malversación de la realidad mediante los signos, la simulación corresponde a un cortocircuito de la realidad y a su reduplicación a través de los signos”1
Jean Baudrillard

La Historia no existe o, en el mejor de los casos, no es Una. No es una narración “en crudo” de fenómenos, no es neutral y mucho menos única. Más bien, se puede argumentar que existe una historia, que puede -y debe- investigarse y compararse si se quiere con otra, de una manera empírica. Sin embargo, existe la historia oficial, la canónica y estatal, que marca las líneas férreas por las que luego arrollará el tren de su verdad, aunque éste funcione a fuego de muerte.

Esta historia es la base ideológica sobre la que se estructuran los símbolos que representan el pensamiento y mantienen el orden social, la autoridad y el imaginario colectivo. La praxis del presente se explica no sólo a partir de la praxis pasada, sino de la imagen virtual de la praxis pasada. Es decir, la ideología, en su sentido material, está profundamente ligada al relato de los acontecimientos del pasado. Es, por lo tanto, deber de la historia oficial y de sus historiadores asentar en la memoria colectiva un relato histórico sobre los fenómenos que se quieran reproducir, en sí misma, como sociedad, así como recrear los símbolos que estructuren y den sentido a la ideología de la sociedad. Este artículo pretende revelar cuáles son algunos de los símbolos que representan la ideología dominante, necesarios para mantener los intereses de la clase dominante y el aparato del Estado en su forma actual.

Cualquiera puede preguntarse: ¿por qué se escriben en la memoria unos símbolos y no otros? ¿Quiénes son las personas que los promueven? ¿Qué valores defienden?

La historia oficial, a diferencia de todas las demás, posee un subterfugio a la verdad: el ocultamiento. Pues no se trata tanto negar la verdad de lo ocurrido, de mentir, sino más bien de ocultar una parte. La parte que relata los hechos que ponen en cuestión la autoridad y el orden social. El ocultamiento, en su forma social, se transforma en olvido.

Y es que poco se ha hablado, públicamente, de los más de 130.000 cuerpos enterrados en las cunetas, que pertenecen a personas asesinadas durante la Guerra Civil y la represión de los años oscuros posteriores. Cuerpos que continúan enterrados, como símbolo no sólo de la brutal represión del legado franquista, sino de la supremacía de unos sobre otros, pues reflejan la impotencia de aquellas familiares y también luchadoras que, en el presente y anhelando conocer su pasado, tratan de ser amparadas por la justicia. Justicia que, pensábamos, era lo único que le quedaba a los y las vencidas. Pero estábamos equivocadas ya que, como bien demuestran los acontecimientos recientes, ni siquiera ésta está reservada para ellas, pues esta institución tiene la soberana potestad de legitimar la injusticia.

La ‘Transacción’…

Tras los 40 años de amnesia colectiva impuesta por el franquismo, a la hora de enfrentarse a un posible cambio de estructuras se encontró el único camino posible: las huelgas, la lucha y la insurrección.

Como bien remarca Nicolás Sartorius, conocido militante antifranquista: “El dictador murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle”2.

En el periodo entre 1974 y 1978 hubo en el Estado español más huelgas que en cualquier país de Europa. Pero las movilizaciones fueron duramente reprimidas por organizaciones terroristas de extrema derecha y del aparato estatal.

En enero de 1976, unos 6.000 trabajadores y trabajadoras se pusieron en huelga en Vitoria en contra del decreto de topes salariales y en defensa de mejores condiciones de trabajo. Sólo dos meses después ya convocaban una tercera huelga general con un seguimiento masivo. El 3 de marzo del 76, en la Iglesia San Francisco de Asís, donde se encontraban trabajadoras a punto de hacer una asamblea, la policía lanzó gases lacrimógenos en el interior y disparó a quemarropa a las personas que salían, asesinando a 5. En junio de 2011 fue rechazada, con los votos en contra del PSE, PP y UPyD, una proposición de ley en el Parlamento Vasco sobre la necesidad de declarar “víctimas del terrorismo” a estas personas.

Durante aquellos turbulentos años de transición, la extrema derecha campaba a sus anchas por las calles. El 23 de enero de 1977, el grupo de extrema derecha Alianza Apostólica Anticomunista (AAA) asesinó a Arturo Ruiz García, un estudiante y albañil de Madrid afiliado a CCOO. Durante la manifestación convocada al día siguiente, la policía asesinó a la estudiante de Ciencias Políticas de la UCM, María Luz Nájera. Por la tarde, el día 24, AAA perpetuó “la matanza de la calle Atocha”, donde fueron brutalmente asesinadas 5 personas.

Ellas son verdaderas víctimas de la transición. Personas que fueron asesinadas por su pensamiento político, que no tienen ningún reconocimiento oficial y que han sido ocultadas en la historia oficial, reducidas a recuerdos. Este ocultamiento trata de sostener mitos pomposos, que pretenden dar el plus de orgullo a este período y reconstruir una imagen virtual mitificada, según la cual:

“La transición fue negociada y pacífica”.

“La prudencia de las élites garantizó un proceso sosegado”.

Lo que de verdad pasó es que se oyó un grito desde el poder: “¡O hacemos la transición, o nos la hacen!”. Y se apresuraron a relatar un autocontrolado traspaso de poderes, donde la composición del aparato del Estado en muchos casos quedó intacta. Con los mismos jueces, mismo ejército, mismos policías, mismos rectores, y el rey. Todos ellos se fueron a dormir fascistas y se levantaron demócratas. De aquí que a esa falsa transición le quede mejor el nombre de “transacción”.

Santos Juliá, hijo de militares que apoyaron el golpe, que ahora ejerce como profesor en la UCM y la UNED y es uno de los que escriben la historia oficial, asegura que fue “[…] resultado de una madurez política por parte de vencedores y vencidos que condujo a una transición modélica de la que los españoles deberíamos estar orgullosos.”3

¿Transición modélica para quién? Únicamente para la clase dominante ya que no hubo un referéndum para elegir al rey, no hubo un saneamiento de la esfera pública, se aplastaron reivindicaciones de los y las trabajadoras y se nos impuso una Constitución no consensuada ni discutida públicamente.

Como argumenta Vicenç Navarro: “Es una vergüenza y es bochornoso. ¿Cómo se puede decir que la Transición fue modélica? Se podrá argumentar que no se pudo hacer otra, pero no que fue modélica”.

Aunque en esta afirmación subyace otro de los mitos de la transición: no había alternativa.

… y el pacto de ‘Amnesia’

La amnistía había sido una proclama antifranquista durante la dictadura para que volvieran las personas exiliadas y para liberar a las presas con penas de raíz política. Pero al final se convirtió en un engaño colectivo y en una forma de protección a los opresores.

En la semana del 8 al 15 de mayo de 1977, se convocó en Euskadi una semana de lucha pro-amnistía, que acabó en masacre. La policía, que en las distintas manifestaciones y encierros ejercía una represión brutal, dejó tras de sí siete personas asesinadas4. El lunes 16 se convocó una huelga general con seguimiento total en Euskadi y Navarra, que no se trasladó al resto del Estado por la negativa de Marcelino Camacho, secretario de CCOO, para quien “Toda actuación que venga a desestabilizar es contraria a la clase obrera”5.

Estos trágicos acontecimientos constituyeron un fuerte golpe moral para las trabajadoras de Euskadi, que veían cómo eran asesinadas sin una respuesta de la clase trabajadora en su conjunto. Tras las elecciones de junio de 1977, en un intento de dejarlo todo atado y bien atado, se promovió la Ley de Amnistía. Como resultado, se  dejó en libertad a simplemente 89 presos de conciencia, ya que otras 1.000 personas ya fueron liberadas como “ofrenda” entre la coronación del rey y julio de 1976.

Esta ley trajo consigo el pacto de no enjuiciar actos cometidos por el bando nacional y la dictadura. Es decir, abolió de un plumazo las responsabilidades políticas del Estado frente a la ciudadanía. Como dice el Artículo 2 de la misma, se amnistían “los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas”.

La reflexión implícita viene a decir que todas somos culpables y de igual manera ante el pasado, ante las atrocidades del régimen franquista.

De esta manera surgió lo que Gregorio Morán –escritor y periodista– ha descrito como “[…] la igualdad ante el pasado como consecuencia de un proceso de desmemoria colectiva”6.

La ley de amnistía ha sido denunciada por organismos internacionales en defensa de los Derechos Humanos pues, según los tratados sobre derechos humanos firmados por el Estado español, no se pueden amnistiar crímenes contra la Humanidad. Esta ley sigue vigente y es la causante de que no se puedan investigar los crímenes del franquismo.

Ley de Memoria Histórica

Ya en 2007, y siete años después de que organizaciones como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) hubieran empezado a exhumar cuerpos, se aprobó la ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura, conocida como Ley de Memoria Histórica. Dicha ley asegura en su preámbulo: “[…] la memoria de las víctimas del franquismo es personal y familiar”.

Para empezar, ya hay una clara confusión. El recuerdo es algo individual, pero la memoria es colectiva. Se pretende que se reduzcan al ámbito privado los crímenes de Estado, sin un reconocimiento oficial y público. Este preámbulo da cobertura a las víctimas, pero sin denunciar a los culpables de los hechos. ¿Cómo se pretende establecer un Estado de Derecho de esta manera?

A lo largo del texto de la ley no hay intención de recuperar y reinstaurar la memoria colectiva abriendo e investigando las fosas, sino más bien tapar los dolores de las familiares afectadas. Se les está diciendo algo así como que saquen los cuerpos, pero que no se quejen más. Por otra parte, los costes de las exhumaciones no son costeados por la Administración, sino que cada familia o asociación debe costearse sus víctimas.

Fuertes movimientos sociales demandan una mayor profundización en la ley, al ser insuficiente. Pero el aparato estatal está viciado: no existió una transición a la democracia, sino una transacción al post-franquismo.

Garzón al paredón… ¿y la memoria al cajón?

El juez Garzón es, sin duda alguna, polémico en sus intervenciones y se ha ganado muchos enemigos a lo largo de su carrera judicial. Ha procesado a los GAL, a las dictaduras militares de Argentina y Chile, al narcotráfico y un largo etcétera.

Por una parte, se le debe reconocer la valentía de llevar algunos casos adelante, como los juicios a las dictaduras militares, a los recientes casos de corrupción o el de la memoria histórica. Pero en los casos referentes a la izquierda independentista vasca y catalana, el abuso de poder quedó manifiesto. En la disputa que tuvo con la izquierda abertzale, cerró el diario Egunkaria, único que se escribía íntegramente en euskera, y levantó varios autos contra el Movimiento de Liberación Nacional Vasco investigando concretamente a Xaki, Ekin, Jarrai, Haika y Segi, argumentando que se trataba de organizaciones del entramado de ETA. Llevó adelante varios registros en las sedes y detuvo a varias de sus integrantes. También promovió la ilegalización de Batasuna, Euskal Herritarrok y Herri Batasuna en 2002. En 2009 detuvo a Arnaldo Otegi, Miren Zabaleta, Rafael Díez Usabiaga, entre otra gente a quien la Audiencia Nacional condenó de 8 a 10 años por pertenecía a ETA.

Del mismo modo, juzgó a varias personas de la izquierda independentista de Catalunya, concretamente de Terra Lliure. En 1992 detuvo a 38 personas por supuesta pertenencia a dicha organización, aunque ya se había disuelto.

En estos casos se ganó el favor de los sectores cavernarios de la Audiencia Nacional, interesados en mantener “la unidad de España” bajo cualquier pretexto. A la vez se ganó la antipatía de la mayoría de la izquierda radical y/o independentista, que ve que partidos como el PP, que no condenan el franquismo, pueden presentarse a las elecciones o asociarse legalmente.

Villano y temerario

Por el caso Gürtel, trama de corrupción que salpica desde València hasta Génova, el Tribunal Supremo le condena a 11 años de inhabilitación por las supuestas escuchas ilegales. Esta acusación es claramente una tapadera.

En el caso de la Memoria Histórica se le acusa de prevaricación (delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta), con respecto a la Ley de Amnistía de 1977. Se viola dicha ley por abrir una causa al franquismo y mostrarse competente para investigar los crímenes de la Guerra Civil y de la dictadura.

Sobre el tapiz, se trata de un juicio individual. Pero en la manga están los detalles simbólicos de un juicio ideológico, que se postula como una correlación de fuerzas políticas. A Garzón no se le acusa sino que se le utiliza.

Primero, su condición de polémico hace que las posturas frente a su juicio se dividan. La extrema derecha brinda al verlo sentado como acusado, y las izquierdas independentistas se alegran de igual manera. Este es un gran error de lectura de los tiempos que corren. No hay que olvidar quién denuncia a Garzón en el caso de la Memoria Histórica:

• El sindicato de extrema derecha Manos Limpias, dirigido por Miguel Bernad Remón, ex-dirigente de Fuerza Nueva, partido que daba apoyo a las organizaciones del terrorismo tardofranquista.

• La Falange de España de las JONS, partido fascista y brazo político del franquismo.

• La asociación Libertad e Identidad, asociación ultranacionalista.

Todas estas entidades están encuadradas en una ultraderecha populista que no debe tener victorias y menos en los espacios públicos. Si echamos un vistazo al ascenso de la derecha radical, xenófoba y ultranacionalista de Europa, vemos como en los últimos años han conseguido puestos en los parlamentos. Alfunos ejemplos del porcentaje conseguido son Finlandia (19%), Suiza (29%), Hungría (16,7%), Austria (28,2%) , Grecia (5,6%) o Italia (10,7%)7 sin ir más lejos. En el Estado español a PxC le faltaron apenas unos cientos de votos para entrar en el parlamento de Catalunya. Son la verdadera amenaza de las crisis, sobre todo si no se les confronta como los fascistas que son8.

Segundo, a Garzón se le acusa por prevaricar ante la Ley de Amnistía, una ley injusta que ha sido denunciada como tal y que ha servido mayoritariamente para defender a los opresores.

Lo que verdaderamente se está juzgando, de manera implícita, son los crímenes del franquismo y, por lo tanto, al franquismo como tal y no a Garzón. Sólo el hecho de que se acepte a trámite dicha acusación ya demuestra que la transición fue un fracaso en su pretensión de resolver un conflicto social que resurge encarnado en el propio juicio.

El camino a seguir es investigar los crímenes del franquismo, realizar un juicio público y popular a los culpables y restaurar la dignidad colectiva, promoviendo la memoria de las personas que lucharon contra el régimen y por las libertades. Por otra parte, se debe disolver y reformular el aparato del Estado, lo que implica un proceso constituyente para romper definitivamente con el régimen del post-franquismo.

Tratar de ocultar el pasado bajo la idea de la reconciliación de “las dos Españas” ha sido un fracaso. Es tiempo de cambiar el rumbo y reescribir la historia.

Lucha, historia e ideología

Nosotras, jóvenes sin futuro, nos hayamos sobre una línea de pensamiento y acción que viene de muy lejos. Nuestra memoria no se reduce a nuestras vidas, sino que se debe a la construcción colectiva de las diferentes vidas que lucharon por las libertades y que reivindicamos como historia.

La batalla, entonces, se presenta en este terreno: por el control de la ideología, que pasa por el control de los símbolos. La construcción de una historia digna pasa por redefinir los referentes simbólicos que estructuran nuestro orden social.

En palabras de Naomi Klein: “El Estado de Shock es aquel momento en que perdemos nuestro marco de referencia y nos desorientamos. Lo que nos mantiene orientados es nuestra historia. Es importante reflexionar sobre la Historia, sobre nuestra continuidad en ella y situarnos en la larga Historia humana de la lucha”.9

Nosotras, las jóvenes sin pasado, vagamos por el post-franquismo, un simulacro ideológico y virtual que no hemos elegido. Se nos imponen recuerdos y olvidos que no reconocemos. Su lógica de la Historia ha sido el ocultamiento, el control de la memoria colectiva y de los símbolos, controlando así la ideología dominante.

Queremos construir nuestra Historia, nuestra verdad.

Aseguramos, como el poeta J. Gelman, que: “Al olvido no hay que oponer la memoria, sino la verdad.”

Nuestra mirada a la Historia ha dejado de ser una simple recuperación de la memoria colectiva. Reivindicamos la historia de las luchas que confrontaron el poder, subvirtiendo la realidad ideológica y simbólica impuesta. Entendemos la Historia de la Humanidad como la historia de la lucha de clases.

Nuestro pasado común son las luchadoras contra la opresión, del tipo que fuera. Nuestro presente común son las que deshacen la actual historia del poder. Nuestro futuro común son aquellas personas que, a través de la lucha de clases, pretenden que las clases sean historia.

Lionel Berchara es militante de En lluita / En lucha
Artículo publicado en la revista anticapitalista La hiedra:

http://enlucha.wordpress.com/2012/05/29/post-franquismo-simulacros-de-la-transaccion/

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/27831-post-franquismo-simulacros-de-la-transacci%C3%B3n.html