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Aquel 1975: 37 años ya

LoQsomos, | 24 septiembre 2012

La Transición que se inicia tras la muerte del dictador consiste, entre otras cosas, en hacer olvidar que Juan Carlos estaba allí

 

 

 

LUNES, 24 DE SEPTIEMBRE DE 2012

ESCRITO POR REDACCIÓN. LQSOMOS. SEPTIEMBRE 2012

La historia oficial nos dice, si algo dice, que, desde que el Seat 600 se extendió por España hasta la muerte de Franco, no pasó prácticamente nada. Todo era un tran-tran gris y cateto, vale; los Pirineos seguían muy altos, vale; pero ya la fiera casi no mordía. Nadie luchaba, y toda la oposición y sectores nucleares del propio Régimen coincidían en una misma y única estrategia de acción política: esperar a que Franco se muriera. De modo que el franquismo ya no era franquismo, sino una protodemocracia con mucha paciencia.

El resultado es que el periodo que va de mediados de los sesenta a mediados de los setenta es uno de los más desconocidos de la reciente historia de España. Aquellos años de durísima lucha por la libertad se han borrado de la pizarra, hasta el extremo de que las voces “antifranquismo” y “antifranquista” ni siquiera están recogidas en el Diccionario de la Real Academia. La ignorancia, no sólo entre los más jóvenes, es aterradora. Todo para insuflar aliento al gran engaño y al gran olvido que vinieron después y aún continúan.

Paralelismo sangriento

El principio y el fin de ese periodo tienen muchos paralelismos.

Se abre con sangre: el 20 de abril de 1963 Julián Grimau es fusilado (1). El 17 de agosto de ese mismo año, Francisco Granados Data y Joaquín Delgado Martínez son ejecutados a garrote vil. Todo ello tras sendos Consejos de Guerra sumarísimos. El gobierno franquista ratificó las penas de muerte por unanimidad, lo que incluía, naturalmente, a Manuel Fraga Iribarne.

El periodo se cierra con un auto de fe sangriento. Tras sus correspondientes Consejos de Guerra sumarísimos, el 27 de septiembre de 1975, un Franco moribundo, y su consejo de ministros, también por unanimidad (2), hacían fusilar a 5 militantes antifranquistas. Tres de ellos eran del FRAP: José Humberto Baena Alonso, de 25 años, José Luis Sánchez Bravo, de 21, y Ramón García Sanz, de 27. Otros dos, de ETA: Juan Paredes Manot, de 21 años, y Ángel Otaegui, de 33.

José Antonio Sáenz de Santamaría –padre de la actual vicepresidenta de gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría–, entonces general jefe del Estado Mayor de la guardia civil, dirigió parte de los preparativos de esas ejecuciones.

Otro paralelismo: en ambos casos, la presión internacional aísla al Régimen. Por todo el mundo hay manifestaciones de condena, son retirados embajadores, hay peticiones oficiales –hasta papales– de indulto… Nada sirve.

Y el paralelismo básico: al principio y al fin de ese periodo confluían dos tendencias: la progresiva acumulación de luchas obreras y populares, y el agotamiento de un determinado modelo económico. En resumen, en ambos casos, se daba la necesidad de un cambio de ciclo que el franquismo, no ya Franco, quería controlar y dirigir a su conveniencia (aperturismo/Transición). Y lo hacía, también en ambos casos, incorporando nuevos gestores al sistema y golpeando, a muerte y con idénticos métodos, a la izquierda que le cuestionaba o podía llegar a cuestionarle. A fines del mismo año 1963 en que fueron asesinados Granados, Delgado y Grimau era aprobado el I Plan de Desarrollo (1964-1967). Entre estos asesinatos y la Ley de Prensa de Fraga (1966) transcurre el mismo tiempo –tres años– que entre los fusilamientos de 1975 y la aprobación de la Constitución monárquica (1978).

Cuatro días después de los fusilamientos, el 1 de Octubre de 1975, Franco y el entonces príncipe Juan Carlos presiden, desde el balcón del Palacio de Oriente, una concentración de reafirmación fascista. La Transición que se inicia tras la muerte del dictador consiste, entre otras cosas, en hacer olvidar que Juan Carlos estaba allí. Y que había sido designado por su acompañante en aquel balcón, y que había jurado los principios del Movimiento Nacional. Y hacer olvidar también que se había torturado y asesinado, y los nombres de los que habían torturado y asesinado, y de los que habían orquestado y presidido simulacros de juicio para avalar condenas preestablecidas… Y la ilegitimidad radical de esas condenas. Y la ilegitimidad radical del Régimen de Franco y de su sucesor en la Jefatura del Estado.

 

(1) Grimau fue brutalmente torturado en la DGS y arrojado por la ventana desde una segunda planta, con las manos esposadas. El entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, declaró que el detenido había recibido un trato exquisito por parte de la Policía, y que se había arrojado desde la ventana por voluntad propia.

(2) Buena parte de ellos continuaron su actividad política, sobre todo en Alianza Popular y en el Partido Popular. Un caso curioso es el de Fernando Suárez González, ministro de Trabajo y Vicepresidente de Gobierno en 1975. En relación a aquellas sentencias dice: “Era muy difícil no aplicarlas porque era un momento en el que a Carlos Arias lo acusaban de debilidad. Y hubo cinco ejecuciones, las últimas en España (…) Yo no estaba de acuerdo, eso lo sabe todo el mundo; no soy partidario de la pena de muerte. Entonces el problema era si dimites o no dimites.». Y no dimitió. Con esos precedentes, fue nombrado miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 2007.

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