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El olvido

Luis García Montero. Público, 20-09-2012 | 21 septiembre 2012

Los jueces territoriales siguen ahora el guión establecido por una sentencia envenenada del Supremo, que absolvió al juez Garzón

 

 

El juzgado número tres de Granada ha archivado las diligencias sobre la apertura de la fosa de Alfacar, donde se supone que está enterrado Federico García Lorca. Los jueces territoriales siguen ahora el guión establecido por una sentencia envenenada del Tribunal Supremo, que absolvió al juez Baltasar Garzón, acusado de prevaricación por asumir la causa de las víctimas del franquismo, cerrando al mismo tiempo las puertas a cualquier reparación judicial de las víctimas. Expulsado ya Garzón de la carrera judicial por otra de las causas abiertas contra él, pareció conveniente evitar el escándalo internacional y esquivar su condena por perseguir crímenes contra la humanidad, detenciones ilegales y desapariciones.

Se trató de una sentencia envenenada, porque perdonaba de manera hipócrita al juez a costa de decretar el desamparo definitivo de las víctimas y sus herederos. Con un argumento muy parecido al utilizado por los grandes dictadores latinoamericanos para silenciar sus crímenes con leyes de punto final, el Tribunal Supremo sentenció que la amnistía de 1977 paralizaba cualquier investigación penal. A los hermanos, hijos y nietos de los asesinados se les comunicó que la muerte de sus familiares no era asunto de jueces, sino de historiadores. El sombra de Franco se imponía al derecho nacional e internacional.

Repite el novelista John Berger que lo opuesto al relato no es el silencio, sino el olvido. La manera más efectiva de cancelar el futuro es borrar el pasado. La falsa idea de que la reconstrucción democrática de España dependía de un olvido generoso, no sólo privó de raíces a la democracia española, sino que la condenó también a un desarrollo muy débil. Ya resulta difícil iniciar una andadura democrática bajo las órdenes de un heredero educado y designado por el dictador. Los silencios y los olvidos obligados son infinitos. Pero lo que parece imposible, además, es consolidar una democracia cuando se hereda con carta blanca a buena parte de los poderes económicos y sociales de la dictadura.

Los defensores de la Santa Transición sostienen que gracias a ella vivimos en una España mejor a la del Caudillo. Y es verdad. Pero me parece muy pobre pensar así, porque los alemanes, por ejemplo, consiguieron en su momento algo más que vivir mejor que en la Europa gobernada por Hitler. Con todas sus deficiencias, lograron desarrollar un sistema democrático sólido con unas inversiones sociales muy superiores a las alcanzadas por España en estos años de democracia. Así que para juzgar nuestra Transición no basta con compararnos con el franquismo. Hay que pensar en aquello a lo que se renunció y en todo lo que no se ha podido resolver.

La España republicana de 1931 se encontró con dos problemas fundamentales: la cuestión social y la articulación territorial. En el año 2012, y después de los grandes logros de la Transición, no encontramos con dos problemas fundamentales: la cuestión social y la articulación territorial. La República intentó utilizar la política para solucionar esos grandes asuntos. En 1936, un golpe militar acabó con la política y con la vida de cientos de miles de ciudadanos. Hoy no creo posible que nadie esgrima la amenaza militarista para acallar los problemas propios de una situación social muy injusta y de una falta de entendimiento territorial. Aunque haya quien sienta tentaciones belicistas, los tiempos no están para eso. El militarismo ha desaparecido. Pero la política,  enterrada en una fosa común bajo los escombros de los especuladores, por desgracia también.

Una democracia sin raíces construye un relato muy débil. Y hoy estamos pagando las consecuencias. Por eso conviene recordar. Que sea injusto el abandono de  la vía penal para investigar los crímenes del franquismo, no significa que debamos desaprovechar las posibilidades administrativas. La Junta de Andalucía debe asumir la creación de un parque de la memoria en los parajes de Viznar y Alfacar donde fue ejecutado García Lorca junto a miles de demócratas granadinos. No hacen falta grandes monumentos. Basta con delimitar de manera digna y respetuosa un lugar contra el olvido.

http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/285/el-olvido/