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Se ha ido José Murillo, el Comandante Ríos

| 2 septiembre 2012

El jefe de la guerrilla antifranquista en Sierra Morena falleció anoche en Madrid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Murillo, primero por la derecha, en la prisión de Burgos

 

Paisajes de la Guerrilla, 2010
La Guerrilla en Sierra Morena: “Comandante Ríos”

La victoria de Franco en la Guerra Civil no supuso que hubiese llegado la paz y la concordia con los vencidos, pues convirtió en ciudadanos “ilegales” a decenas de miles de españoles que habían luchado con el ejército republicano, simpatizado o pertenecido a partidos políticos de izquierda o democráticos o, sencillamente sospechosos de no ser adictos al “nuevo orden” de los vencedores. Más de medio millón de personas huyeron del país para salvarse de la represión y poder seguir viviendo en libertad.

Los que probaron suerte y se quedaron en España se encontraron con una repetición del servicio militar de 3 años y que casi todos los puestos de trabajo disponibles estaban reservados a los ex-combatientes del bando “nacional”. Comenzaba un nuevo y duro periplo por la supervivencia de éstos y sus familias.

José Murillo cumplía 17 años cuando un familiar falangista avisó a su padre de que escapara para salvar la vida. También le dijo que se llevara a su hijo mayor para que no tomaran represalias con él. La vida se había complicado para ellos en el Viso de los Pedroches (Córdoba), el pequeño pueblo cordobés donde la familia Murillo vivía de las labores del campo y la ganadería.

“A mi padre lo perseguían porque había sido simpatizante de la UGT y sus cargos nos visitaban cuando la República, ya que era un ganadero de gran prestigio y sus consejos sobre mezcla genética en el ganado eran de gran utilidad para los campesinos y las cooperativas.

Si no nos avisan a tiempo, nos habrían “paseado”. A mi madre la encarcelaron durante 5 años, con su hijita de dos meses, como represalia por no habernos capturado a nosotros. Nos despedimos de la familia y subimos a la Sierra. Tuvimos suerte porque al día siguiente nos dio el alto un grupo de guerrilleros. Nos preguntaron qué hacíamos por ahí y después de que mi padre les contara su historia y por qué nos perseguían, nos permitieron unirnos a ellos”.

Murillo recuerda su juventud guerrillera sin nostalgia, como un hecho que simplemente no pudo ser de otra manera. “A mi padre lo andaban persiguiendo porque había sido simpatizante de la UGT y visitaba la casa del pueblo durante la república. Si no nos avisan de que nos escapáramos no lo habríamos contado. Con esas cosas no se podía jugar porque no se andaban con chiquitas; a mi madre la encarcelaron cinco años con una niña de dos meses como represalia por no habernos capturado a nosotros”.
Corría el año 1941 y en los montes de Sierra Morena actuaban varios grupos de guerrilleros.

“Al principio fue muy duro acostumbrarnos a aquella vida. Dedicábamos la mayor parte de tiempo a tratar de sobrevivir; obteniendo comida y esquivando las batidas de la guardia civil. Teníamos que cambiar nuestros campamentos constantemente para evitar ser descubiertos. Nos movíamos por la zona que delimita Córdoba y Badajoz. Pasábamos el invierno en grandes chozas, reunidos con otros grupos con los que teníamos cierta confianza. Nunca decíamos nuestros verdaderos nombres, ni de dónde veníamos, para proteger a nuestra familia de las represalias”.

La vida de los guerrilleros era diferente dependiendo de las época y de las zonas de España donde actuaran. Para algunos su trabajo consistía meramente en resistir, conseguir alimentos y no caer en manos de la Guardia Civil, la Contrapartida y el somatén de los falangistas. Había zonas donde las partidas realizaban labores de sabotaje. Por ejemplo en León, donde las minas de wolframio abastecían al ejército alemán durante la 2ª Guerra Mundial. La misión de impedir que el preciado metal de uso bélico llegara a manos de los nazis. Para ello asaltaban trenes o saboteaban puentes. En otras zonas realizaban “golpes económicos” (atracos o secuestros a grandes propietarios) en los que a veces conseguían grandes cantidades de dinero para su causa.

“Había un terrateniente que se llamaba D. Manuel Naranjo y tuvimos la suerte de alcanzarlo un día antes de entrar en el pueblo, ya casi de noche. Le dijimos: “Somos los guerrilleros de la República y luchamos contra la dictadura de Franco. Tenemos entendido -eso era falso- que usted es un hombre que le gusta salir al campo, ver su finca, a los trabajadores porque gracias a ellos tiene beneficios, pero usted no tiene nada que ver con la dictadura de Franco, no es falangista ni nada de eso. Y venimos a ofrecerle en nombre de la República, que nosotros somos sus guerrilleros, que colabore con la guerrilla. Usted no va a coger un arma para acompañarnos, pero usted tiene dinero. No le vamos a pedir treinta ni cuarenta millones sino mil pesetas o lo que haga falta, cuando lo necesitemos. No le vamos a atosigar, pero otra suma sí. El tío se puso totalmente a nuestra disposición. Nosotros nos suministrábamos, mis seis hombres como estaba estipulado, hicimos un trabajo sobre los terratenientes, hablábamos con ellos y le convencíamos para que nos ayudaran, aunque no quisieran. No sólo dinero. Cerdos acá, quesos por allá, un pavo, cinco mil pesetas. Otras veces eran diez, otras veces dos. Si no te propasabas, los tíos colaboraban con la Guerrilla”

En 1946 en el Banco Español de Crédito de Puertollano, el “Gafas” y su partida se hicieron con 250.000 pesetas, una pequeña fortuna para la época. Ya en 1944, los pequeños grupos guerrilleros comenzaron a organizarse en Agrupaciones.

José Murillo fue nombrado jefe de su guerrilla con 22 años. Su área de operaciones comprendería Sierra Morena, y zonas limítrofes con Badajoz, Sevilla y Córdoba, en un perímetro que contemplaba desde cazalla de la Sierra hasta Constantina. Desde entonces comienzaron a llamarle “Comandante Ríos”, por lo bien que cruzaba de orilla a orilla en las noches de marcha.

“Un hombre que conoce los ríos, sabe que hay piedras debajo de la corriente y hay que buscar el sitio adecuado para cruzarlos. Y, además, no podíamos descuidarnos, sino ver si al otro lado estaba la Guardia Civil apostada. Hay que acostumbrarse a cruzar con las botas puestas. Lo fundamental, era encontrar el paso donde la corriente era serena. Y eso se nota muy bien viendo la corriente, la maniobra que el agua va haciendo. Antes de meterme, les decía: “miradme y por donde yo vaya, seguidme”.

Una noche se dio el caso de que cruzábamos el río con los pantalones y las botas puestos. A uno se le cayó la pistola al lecho del río y se dio cuenta a la noche, cuando estábamos fumando bajo la manta. Les digo: “Esperaros, que yo voy a por ella”. Ellos pensaron que tardaría tres o cuatro horas. No puedo decir que fue en una hora o en una hora y cuarto, pero la encontré y volví con la dichosa pistola”

Una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial y se vió que el bando aliado, que tanto habia ilusionado a los guerrilleros españoles con la vuelta a la democracia en España, no atacaba la Dictadura de Franco, la única de corte fascista que quedaba en la Europa occidental, la guerrilla cayó en el desencanto y se vieron abandonados. Los que pudieron huyeron a Francia o a Tánger, muchos siendo víctimas de las mafias del Estrecho, pero ese no fue el caso de Murillo, que tuvo un duro encuentro nocturno con las fuerzas del orden.

“Era una noche muy cerrada. Iba con el jefe de otro grupo guerrillero y un enlace y en ese momento los guardias civiles nos dieron el alto. Comenzó un intenso tiroteo. Recibí cinco disparos en el mismo hombro, destrozándolo. Todavía los tengo aquí, ya enquistados.. Siempre me suena en el control de seguridad de los aeropuertos. Tuve suerte de que los proyectiles no fuesen “dum-dum”, muy habituales en ellos, y que la Guardia Civil utilizara fusiles ametralladores MP-28 “naranjeros”, porque disparan todas las balas en un mismo punto. Mis compañeros que consiguieron escapar me vieron caer abatido y pensaron que había muerto”.

De hecho, algunos historiadores, como Pons Prades, en sus investigaciones pierden su pista y le dan por muerto, y así figura en sus libros posteriormente publicados.

Cuando Murillo recuperó la consciencia todo había pasado. “Hice algunas de las señales que teníamos acordadas para reunirnos en la oscuridad, pero nadie contestó. Entonces me arrastré como pude y llegué a una carretera. Salí inmediatamente de ella para no dejar rastros de sangre. Con una manta que llevaba anudada me hice una especie de torniquete. Caminé por una montaña, el dolor de los balazos era intensísimo y había perdido abundante sangre. Buscaba una cabaña donde recordaba que vivía la familia de un pastor. Al final caí en una maraña de zarzas y perdí el conocimiento”.

El comandante Ríos tuvo suerte porque la familia del pastor no lo delató. Lo curaron, él cambió de identidad y se hizo pasar por pastor durante casi dos años, mientras se recuperaba de sus graves heridas. Pero fue delatado en Guadalcanal, sus captores no podían creer que un chaval tan joven y deaspecto inofensivo fuese el “temido” Comandante Ríos, y entró en prisión en 1949. Fue condenado a muerte y se le conmutó la pena por 30 años de prisión.

José Murillo estuvo en las cárceles de Ocaña y Burgos durante catorce años, donde coincidió e hizo gran amistad con el guerrillero gaditano “Currito” o “Quico”. Cuando Murillo salió en libertad había cumplido los cuarenta años. Poco después se casó con la hermana de un compañero de celda que también tenía identidad falsa.

El comandante Ríos había fingido que la hermana de su compañero de celda era la suya. Con ella se había carteado durante cuatro años y al quedar en libertad les unía una intensa experiencia que han compartido hasta hoy. En los veintitrés años que habían pasado desde que se echó al monte, sólo había visto a su madre en una sola ocasión.

“Me enteré de que mi madre había salido de la cárcel después de su cautiverio de 5 años, y bajé al pueblo. Pasé dos horas con ella y con mis hermanos. Mi padre en cambio fue herido en un enfrentamiento con la policía y detenido. Después me dijeron que mi padre se “ahorcó” en su celda en 1944, aunque nunca me he creído la versión de su muerte. Sé muy bien como las gastaban en la prisión, que lo torturaron hasta la muerte y lo ahorcaron”.

José Murillo pertenece a una generación que vio morir y sufrir a muchos compañeros, lo dió todo soñando con la libertad y un futuro como los demás jóvenes. Él y su familia, como muchas otras, sufrieron la persecución de sus ideas. Sus años en el monte y en la cárcel le impidieron trabajar cotizando a la Seguridad Social y hoy sobrevive como puede con una miserable pensión.

Nueve años como guerrillero, 17 como preso político, dos condenas de muerte y cinco balas que nadie pudo extraerle del hombro derecho eran todo su patrimonio. La vida recomenzaba a los 40 años para el guerrillero conocido como “Comandante Ríos”.

Testimonios de José Murillo y Currito en las Jornadas sobre las GGAA de Algeciras-2002
El “Comandante Ríos” (1º por la izda,), en el Penal de Burgos, junto con otro superviviente de la Guerrilla en la zona sur de Andalucía, “Currito” (Con la niña en brazos), tambien conocido como “Quico” o “Requeté” , en un dia de visita. La razón de aparecer con niños en la fotografía es que, al estar prohibido a los solteros hacerse fotografías en la carcel, éstos posaban con los que sí tenían hijos, o se hacían pasar por padres.

Para los dias de visita se proporcionaba a los presos ropas limpias y de aspecto nuevo, con el objetivo de proyectar hacia el exterior la “humanidad” con la que se trataba a los presos políticos en España.

http://paisajesdelaguerrilla.blogspot.com.es/2010/03/la-guerrilla-en-sierra-morena.html

 
El País, 2003
Comandante Ríos, un ex maquis pacifista
Con 77 años y tras nueve de lucha, José Murillo está convencido de que las armas sólo le convienen al capital
MARGOT MOLINA Sevilla 19 ENE 2003

José Murillo se echó al monte con 17 años para esquivar su destino. Como ocurre en la película Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda, en su pueblo, El Viso de los Pedroches (Córdoba), cuando terminó la Guerra Civil se repartieron los papeles y a su familia le tocó una temible papeleta: rojos. En todos sitios se buscaron chivos expiatorios y cada municipio tenía que tener su ración de vencidos para que los vencedores pudieran saborear el poder.

Su padre, un pastor con ideas socialistas que no militaba en ningún partido, tuvo que marcharse tras sufrir el acoso de los falangistas del pueblo y él le siguió los pasos “para luchar por mi vida y no morir de rodillas”. Este ex maquis tiene ahora 77 años y es uno de los supervivientes andaluces de los miles que lucharon contra el régimen franquista. José Moreno, cordobés de 79 años, y Miguel Padial, granadino de 81 años, también formaron parte de la resistencia contra la dictadura, pero su frágil salud les ha impedido acudir a Tocina (Sevilla) a una cita de la asociación Archivo, Guerra y Exilio (AGE) de la que forman parte.

José Murillo, conocido como comandante Ríos por su pericia para atravesar los cauces, ha participado en las Jornadas de investigación y debate sobre represión, exilio y posguerra que, desde el pasado 8 de enero y hasta el 14 de febrero, se celebran en Tocina. La agrupación local del PSOE de este pueblo sevillano de 10.000 habitantes se ha propuesto refrescar una memoria sobre la que siempre se ha echado tierra encima. “España tiene una deuda histórica con todos los que durante la posguerra arriesgaron sus vidas para luchar contra la dictadura. Nosotros nos hemos propuesto romper ese pacto de silencio que firmaron todos los partidos políticos durante la transición”, asegura Dolores Cabra, secretaria general de AGE, quien también ha participado en las jornadas de Tocina. La asociación, de la que forman parte Murillo y los tres compañeros de guerrilla que le acompañaron en la mesa redonda, tiene 648 socios en todo el país; de los cuales 40 son ex guerrilleros y 25 enlaces. El más veterano es el cántabro Felipe Matarranz, de 88 años.

Además de José Murillo, han pasado por las jornadas Alfonso Guerra, presidente de la Fundación Pablo Iglesias y ex vicepresidente del Gobierno; el historiador y escritor Francisco Espinosa; el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica Emilio Silva, y Dolores Cabra, entre otros. La escritora y periodista Dulce Chacón estará el 8 de febrero con su conferencia La voz dormida y el ciclo terminará, el 14 de febrero, con la intervención del ex brigadista internacional Teo Franco.

Tras nueve años de lucha y 15 de encarcelamiento, el Comandante Ríos tiene una cosa muy clara: “Soy enemigo de las armas y de solucionar los problemas pegando tiros. Las armas sólo le convienen al capital, que es el que vive de eso. Yo tengo una fe enorme en las nuevas generaciones. Los jóvenes de ahora, que tienen cultura, deben conocer la historia de su país y de los 40 años de dictadura, que ha sido lo peor que hemos pasado”, explica José Murillo.

El comandante Ríos, que vive en Madrid desde que en 1963 salió de la cárcel, participó el pasado jueves en Tocina en una mesa redonda junto a otros tres maquis de León, Extremadura y Levante.

Cuando salió de su casa José Murillo tenía 17 años y era un pastor casi analfabeto. Se vio obligado a seguir los pasos de su padre para escapar al destino que los falangistas de El Viso le habían adjudicado: la tapia del cementerio. El ex guerrillero pasó nueve años al mando de un comando de seis hombres, hasta que lo detuvieron, luchando en Sierra Morena (Córdoba) y en la provincia de Badajoz. Paradójicamente, a este hombre, ateo confeso, le salvó de ser condenado a cadena perpetua la amnistía que dio el régimen tras la muerte del papa Juan XXIII. “Yo había renunciado a tener una vida normal, sabía que no saldría de la cárcel hasta que no se muriera Franco”, comenta el guerrillero, que conserva una memoria prodigiosa. A José la libertad le cogió por sorpresa, después de torturas en la cárcel y de dos consejos de guerra en los que se libró de la pena de muerte porque el fiscal no pudo probar ningún delito de sangre.

“Cuando me eché al monte yo no tenía ni idea de política. Lo hice porque la vida de mi padre estaba en peligro y no quise abandonarlo. Yo era el mayor de seis hermanos y todos le aconsejaron que huyera y me llevara con él porque, de lo contrario, los falangistas se vengarían conmigo”, afirma.

Entre sus muchos recuerdos no faltan algunos bonitos, como la solidaridad que recibió al salir de la cárcel cuando no encontraba trabajo. “Nunca me faltó un plato de comida y una cama en casa de gente que yo no conocía, de obreros”. Los contactos se los proporcionaba el padre Llanos, el famoso cura del Pozo del Tío Raimundo. Pero de aquellos años de clandestinidad le queda también algo más tangible: cinco balas en el hombro derecho, fruto de sus misiones en las que localizaban polvorines, servían de enlaces o organizaban secuestros para obtener dinero. “Antes cuando estaba en prisión me molestaban mucho para hacer los ejercicios obligatorios, pero ellos no quisieron extraérmelas. Ahora soy yo el que no quiero que me las saquen”, dice José Murillo, un hombre que se encontró con un destino.

http://elpais.com/diario/2003/01/19/andalucia/1042932147_850215.html

 

 

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