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Comenzó en Buenos Aires el juicio más importante por los crímenes de la dictadura

Nuevatribuna.es, 29-11-2012 | 30 noviembre 2012

Hasta ahora han sido condenadas 339 personas por delitos de lesa humanidad

 

nuevatribuna.es | Javier M. González | Buenos Aires | 29 Noviembre 2012

Por primera vez se juzga a pilotos de los Vuelos de la Muerte.

Entre los 68 acusados figura Jorge Eduardo Acosta, excapitán de fragata y exjefe de Inteligencia y del Grupo de Tareas de la ESMA.

Sesenta y siete marinos y civiles comenzaron a ser juzgados en Buenos Aires en lo que se conoce como ESMA III, es decir, el tercer juicio por los crímenes cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde funcionó el más importante de los centros clandestinos de detención durante la dictadura (1976-1983). Se calcula que por él pasaron unas 5.000 personas, de las que solo sobrevivieron unas 200. En el juicio, que puede durar hasta dos años, y por el que pasarán unos 900 testigos, se abordarán los delitos cometidos contra 789 prisioneros. Por el número de acusados y la envergadura de las causas, este juicio es el más importante desde que se suspendieron las leyes de amnistía durante el gobierno de Carlos Menem.

En el banquillo de los acusados están algunos de los más terribles y conocidos represores, como Alfredo Astiz, el Tigre Acosta, Antonio Pernías –los tres ya condenados a cadena perpetua-, Adolfo Donda, Jorge Radice o Miguel Cavallo. Y, por primera vez, se juzga a ocho pilotos que participaron en los llamados Vuelos de la Muerte, que arrojaron al Río de la Plata a un número indeterminado de prisioneros políticos, después de ser sometidos a terribles sesiones de torturas.

Entre los pilotos está Julio Alberto Poch, extraditado en mayo del 2010 por España y que trabajaba como piloto de una línea aérea holandesa. Fue denunciado por sus propios compañeros, los pilotos holandeses, que le escucharon jactarse de haber arrojado prisioneros vivos al mar. Algunos de los otros pilotos trabajaron hasta hace bien poco en Aerolíneas Argentinas. El caso de los Vuelos de la Muerte se conocía por testimonios de algunos sobrevivientes, pero fueron plenamente confirmados por un arrepentido, el ex capitán Adolfo Scilingo. Se lo confesó al periodista Horacio Verbitsky, que escribió el libro El Vuelo con su historia. Scilingo fue detenido y procesado en España, siendo condenado a 1.084 años de prisión.

En uno de estos vuelos, el 14 de diciembre de 1977, desaparecieron las integrantes del llamado Grupo de la Santa Cruz, por el nombre de la iglesia donde se reunían, integrado por el núcleo fundador de las Madres de la Plaza de Mayo: Esther Careaga, Mary Ponce de Bianco y Azuzena Villaflor, y las monjas francesas Alice Domon y Leónie Duquet. El premio Nobel de la Paz de 1980, Adolfo Pérez Esquivel, llegó a ser embarcado en uno de estos vuelos, en mayo de 1977; pero se salvó porque una orden en pleno vuelo ordenó al piloto regresar y entregar al prisionero en una cárcel de máxima seguridad en La Plata.

En el juicio se pretende también esclarecer el secuestro de la joven sueca Dagmar Hagelin, hecho en el que está involucrado Alfredo Astiz; de Norma Arrostito, que integraba la cúpula de Montoneros; y de Alicia Eguren, que fuera la esposa de John William Cooke, ex delegado de Perón.

Dos civiles también se sientan en el banquillo de los acusados. El primero es el ex secretario de Hacienda de la dictadura, Juan Alemann, número dos del ministro José Alfredo Martínez de Hoz. Se le acusa de haber estado presente en el interrogatorio de Orlando Ruiz, secuestrado en la ESMA y hoy desaparecido, del que sospechaba que pudiera haber participado en el intento de asesinato en su contra, en noviembre de 1979.

También está acusado por apología del crimen, por declaraciones efectuadas en los últimos años, como cuando dijo en la revista Veintitrés: “no tenemos que hacer ninguna autocrítica”.

El otro civil es el abogado Gonzalo Torres de Tolosa, conocido también como Teniente Vaca, pariente del Tigre Acosta y que ayudaba como voluntario en las tareas represivas. Habría participado en sesiones de tortura y en al menos uno de los Vuelos de la Muerte, según la denuncia que hizo en su momento Scilingo.

La ESMA, donde ahora funciona el Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos, está situada en la Avenida del Libertador, una de las más conocidas de Buenos Aires. No solo fue un centro clandestino, donde se torturó y asesinó a los militantes secuestrados por los grupos de tareas de la Armada. Sirvió también al proyecto del almirante Eduardo Massera, que integró la primera Junta Militar –con Videla y Agosti- que tenía aspiraciones políticas para después de la dictadura.

Massera usó a algunos prisioneros de la ESMA en diversas tareas: algunos le hacían un trabajo de análisis político, otros falsificaban documentos. Todo esto mientras seguían siendo prisioneros, en las peores condiciones posibles. Massera, que falleció hace dos años y que en su delirio quería ser un nuevo Perón, intentó negociar con los Montoneros, sacó el periódico Confirmado para respaldar sus aspiraciones y llegó a fundar el Partido Para la Democracia Social.

Algunos de los prisioneros de la ESMA, entre los que servían al proyecto de Massera, tuvieron el raro privilegio de tener permisos de fin de semana para salir y hasta para festejar que Argentina ganó el mundial de fútbol del ´78. El terror imperante, además de la vigilancia a la que estaban sometidos, hacía que volvieran a la ESMA. Aunque algunos lograron escapar, como Tulio Valenzuela, que fingió colaborar y aceptó una misión para asesinar a la cúpula de los Montoneros en México.

La novela Recuerdo de la Muerte, de Miguel Bonasso, montonero y notable escritor y periodista, es seguramente el mejor texto para entender lo que pasó en la ESMA. Fue escrito antes que el Nunca Más y, por tanto, el primero que documentó el horror que allí se vivió. El libro recibió en 1988 el premio Rodolfo Walsh a la mejor narración testimonial de tema criminal, otorgado por la International Crime Writers Association.

El primero de los juicios sobre la ESMA tuvo un solo acusado, el ex prefecto Héctor Febres, uno de los más crueles torturadores, que murió cuatro días antes de conocerse la sentencia. Oficialmente se dijo que se había suicidado tomando una cápsula de cianuro, como hacían los Montoneros para no caer en manos de los militares. Pero hay muchas dudas sobre la causa real de su muerte. Febres sabía mucho y quizá ahí radica la causa de su final. Era, por ejemplo, el que se llevaba a los bebés nacidos en cautividad y el que sabía de su destino. En el juicio ESMA II se abordaron 85 casos, entre ellos el secuestro y desaparición del mítico escritor y periodista Rodolfo Walsh.

Las últimas cifras oficiales, a fecha noviembre de 2012, registran 339 condenados en causas por delitos de lesa humanidad desde el regreso de la democracia. De ellos solo 50 cuentan con condena firme. En el presente año finalizaron 16 juicios -14 orales, dos escritos- en los que se condenó a 82 personas.

Estos juicios son posibles después de que el Congreso, en agosto de 2003, anulase la amnistía otorgada por el ex presidente Menem. La cúpula militar de la dictadura ya había sido juzgada en 1985, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, pero la presión militar fue tan fuerte –con las rebeliones de los carapintadas- que obligó al primer presidente de la recuperada democracia a capitular, mediante las llamadas Leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Menem completó la operación en 1990 otorgándoles la amnistía.

Habría que esperar al gobierno de Néstor Kirchner para acabar con la impunidad, cuando ya el estamento militar estaba debilitado. La decisión de revertir la situación es un logro indudable del gobierno kirchnerista, que ni siquiera sus opositores discuten.

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