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El asalto al barco del exilio

Público, 04/11/2012 | 5 noviembre 2012

En 1937, doce jóvenes gallegos asaltaron el buque ‘El as’ en la Costa da Morte para huir de la Guerra Civil

 

ALEJANDRO TORRÚS Madrid

Los ‘escapados’ llegaron a la costa de Bristol (Inglaterra), desde donde fueron repatriados a la España republicana. La causa militar que abrió el régimen de Franco no pudo condenar a nadie porque ningún vecino los delató.

25 de julio de 1936. El golpe de Estado militar contra el legítimo Gobierno de la República había triunfado sin apenas resistencia en Galicia. La Guardia Civil y la Falange van ocupando las  comarcas y concellos de la Galicia rural. La eliminación del adversario político es rápida y selectiva. La Guerra Civil parece cuestión de días. El 25 de julio, apenas una semana más tarde de la sublevación miliar, la ocupación llega hasta el Concello de Carnota, un pequeño ayuntamiento coruñes formado por varias pequeñas aldeas en el suroeste de la provincia. Decenas de dirigentes políticos, sindicalistas abandonan sus casas y se refugian en los montes de Pindo junto a jóvenes que, simplemente, quieren huir de la guerra.

Entre ellos se encuentra el Catelo, un joven de izquierdas originario de Quilmas (A Coruña), que pronto se convierte en el líder de los “foucellas” de los montes de Pindo, nombre que reciben los republicanos escondidos en las montañas de Galicia. “Por entonces se creía que el conflicto sería breve. Los que se marcharon a las montañas pretendían quitarse de en medio durante los días que durara el conflicto para después regresar a su vida cotidiana”, explica a Público Luis Lamela, autor del libro Escapado, que recuerda la vida de los huidos en el monte Pindo en 1936.

Sin embargo, la Guerra, contra el pronóstico de los locales, se alargaba y el fin no se veía cerca. “El día a día era terrible. Los “foucellas” bajaban a sus casas, pero podían ser sorprendidos en cualquier momento. Un salvador con nombre de chaval se ocupaba de avisar cuando venían las milicias con un Omesomonte!! (Hombres al monte)”, rememora Uvaldo Cerqueiro, autor del diario digital de la Costa da Morte, Que pasa na Costa . Otra táctica que utilizaban los familiares de los huidos para comunicarse con ello fue el de la bandera blanca, en este caso, la señal de peligro.

Los jóvenes decidieron huir por mar tras más de un año escondidos en los montes

Desde los montes de Pindo era posible divisar la gran nave conservera de Carnota. Cuando llegaban los falangistas al pueblo en búsqueda de los huidos, las mujeres izaban una especie de sábana blanca para avisar a los huidos de que no podían bajar al pueblo. “Las familias escondían la comida en lugares determinados, pero cada día era más complicado. Había que actuar”, prosigue Cerqueiro.

Un asalto planeado

El plan de huida definitiva de El Catelo y sus hombres tardó un año en llegar. Cada noche, desde lo alto de los montes de Pindo, los jóvenes divisaban en las Islas Lobeiras, un archipiélago situado frente a la costa de Carnota, dos buques que faenaban en la zona. La huida pasaba por el mar.

En el verano de 1937, el grupo de 12 hombres liderado por Catelo, descendió hasta el puerto de O pindo, que se encontraba sin vigilancia esa noche, y cogieron dos pequeñas barcas con las que acercarse a los buques faeneros. “Habían negociado con el vigilante del puerto para que este se marchara a Santiago con la disculpa de un familia enfermo para que nadie denunciase la falta de las lanchas”, explica Luis Lamela.

Con la ayuda de las dos barcas, los doce jóvenes asaltaron a punta de pistola el buque faenero ‘El As’ y mandaron a toda la tripulación al segundo buque, al que quitaron toda el gasoil para que no pudieran dar la voz de alarma. “Fueron robando el combustible que podían para hacer la travesía. Salieron a mar abierto y pusieron rumbo a Inglaterra”, apunta Lamela.

Días más tarde, sin combustible, con el puño en alto y cantando la Internacional los doce jóvenes llegaron al puerto de Bristol (Inglaterra). Pero no fue el final de su viaje. El destino les tenía reservada una sorpresa. Inglaterra acogiéndose al pacto de No Intervención les dio dos opciones: Volver a la España sublevada o, por el contrario, regresar a la España republicana. Los doce jóvenes, que habían huido de Galicia para no combatir en la guerra, fueron repatriados al bando republicano donde combatieron frente al ejército sublevado de Franco.

La causa militar no pudo condenar a nadie porque “no se puede tirotear a un pueblo entero”

“Ellos querían huir de la guerra y quedarse en Inglaterra. Pensaban que el golpe de Estado sería una ‘Sanjurjada’ pero el destino les jugó una mala pasada. Se sabe que uno de ellos terminó en un campo de concentración francés desde donde pudo embarcar en el Winnipeg y exiliarse en Chile. Otro murió en el campo de concentración nazi de Mauthausen. Y del resto se fue perdiendo la pista”, resume Lamela.

Sin embargo, Catelo consiguió retornar a su Galicia natal tiempo después tras una larga estancia en la cárcel. Augusto Castro, su hijo, relata a Público que en su casa casi nunca se ha hablado de la huida de su padre. Él murió cuando Augusto tenía solamente un año y medio. Su madre le relataba la historia pero siempre “con muchos parches”. “Lo único que sé de mi padre es que trató de huir a Inglaterra en barco y que las autoridades inglesas lo deportaron a España a través de Francia. Después, tras estar en la cárcel volvió y cuando yo era un recién nacido él murió de una pulmonía”, cuenta Castro.

Una causa militar y un pueblo unido

La huida de los doce jóvenes no pasó desapercibida para las autoridades militares del régimen de Franco. Se inició una causa militar para depurar responsabilidades por la huida y secuestro del buque. “En la causa militar, las autoridades tratan de investigar quien del pueblo los ha ayudado porque no podían hacerlo solos. Estaban convencidos de ello”, asegura a Público Andrés Domínguez Almansa es Doctor en Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela.

Sin embargo, la causa quedó en nada. Los investigados aseguraron no saber nada de los huidos en la montaña y las autoridades tuvieron que dar su brazo a torcer ante la imposibilidad de condenar a un pueblo entero. “No pueden tirotear a todo el pueblo. Las autoridades están convencidas de que el pueblo los ayuda. Y es así. Es el pueblo entero quien parece actuar. Hay que tener en cuenta que a todos los unen lazos familiares y de vecindad. Por encima de la tragedia que vivieron los escapados, esta es una historia de solidaridad de un pueblo con sus vecinos”, sentencia Domínguez.

http://www.publico.es/espana/444760/el-asalto-al-barco-del-exilio