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San Marcos. El campo de concentración desconocido

| 29 enero 2013

1De Tania López Alonso y Silvia Gallo Roncero. Prólogo de José María Calleja

 

 

498 páginas. 20,00 euros. Lobo Sapiens

 

UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN CON FACHADA PLATERESCA

José María Calleja

Hablamos del terror caliente, de los primeros días de sangre, dolor y mie­do después de que triunfara en parte de España el golpe de estado militar franquista contra la legalidad democrática de la Republica.

Hablamos de San Marcos, atroz campo de concentración, lugar de espera y tránsito hacia la muerte, escenario de sacas, paseos, pánico, mugre y frío; edificio singular de fachada plateresca, imponente albergue para los futuros asesinados en régimen industrial.

Hablamos de hospital de peregrinos, de iglesia, de monasterio, de instituto, de cárcel, del lugar en el que penó Quevedo, de depósito de se­mentales, de campo de concentración y cárcel de exterminio franquista, que todo eso fue San Marcos hasta convertirse hoy en hostal y parador.

León fue una de las ciudades en las que antes triunfó el golpe de estado franquista contra la República democrática. El sábado 18 de julio se escucharon los primeros disparos en la ciudad, buena parte de los mandos militares apoyaron una sublevación que pronto se contagió y dividió a la provincia.

La idea de los golpistas estaba clara desde un principio: aniquilar a cuantos más republicanos, mejor; exterminar a las autoridades: alcalde, go­bernador civil, militares republicanos; y también detener y matar a maes­tros, secretarios, militantes, a ciudadanos denunciados por otros, señalados por ser contrarios al Movimiento Nacional.

La pronta saturación de las cárceles llevó a habilitar el edificio re­nacentista –que en su último uso había sido depósito de sementales del Ejército– como enorme campo de concentración. San Marcos se convirtió en un lugar de internamiento ilegal, al que eran conducidos, por militares y falangistas, aquellas personas que habían sido marcadas como republica­nas, contrarias al golpe, gentes de izquierdas.

En San Marcos estuvieron al tiempo 7.000 hombres y 300 mujeres y llegaron a pasar por sus sórdidas estancias más de 20.000 personas entre 1936 y 1940. Allí se vivió el paso del terror caliente de los primeros meses del golpe, al terror institucional, programado, sistemático, implacable.

Las condiciones de vida en aquel campo de concentración eran atroces: hacinamiento, frío, nula higiene, paupérrimo rancho y, sobre todo, miedo, pánico a ser paseado, terror a ser fusilado o asesinado de un tiro en la nuca.

Cada día, una multitud de mujeres se agolpaba a las puertas de San Marcos, a esperar bajo su hermosa fachada la terrible noticia de la muerte de su marido, su hermano o su hijo. Aquella obra plateresca incorporaba entonces grutescos humanos de terror y gritos, figuras humanas que hacían cola para llevar ropa a sus maridos y recibían la respuesta de los guardianes: “No hace falta, donde va ir no la va a necesitar”. Mujeres que llevaban leche, comida, a sus maridos y que eran despachadas con la brutal indife­rencia del matarife de guardia.

Los que aguardaban su muerte dentro del campo comían un ran­cho infame, vivían ateridos, estabulados junto a enormes tinajas en las que se acumulaban sus heces. La diana sonaba a las seis de la mañana. Había mujeres que se negaban a tomar la bazofia con gusanos que les echaban de comida y eran entonces rapadas al cero. Cada tarde, todas sin excepción, a las siete, se extendía un silencio tétrico y entonces eran extraídos los ca­dáveres –ocho, nueve, diez– de los que no habían sobrevivido a aquellas condiciones infames, se sacaban los féretros de los que morían antes de la muerte que les esperaba.

Había un lugar particularmente siniestro dentro del horror, la car­bonera; una celda de castigo en la que se hacinaban setenta presos en un espacio de cuarenta metros. Los grilletes tenían agujeros para adaptarse a los diámetros de los distintos reclusos.

Los domingos, los miembros de la Legión Cóndor visitaban San Marcos, se fijaban en algunas mujeres, hacían fotos, sonreían. Los alema­nes se alojaban en el hotel Oliden de León.

Hubo mujeres presas en San Marcos que perdieron a sus hijos re­cién nacidos o de corta edad y que no volvieron a verlos después de que la monja que se los arrebató les dijera que habían muerto.

De San Marcos se trasladaba a los detenidos al campo de tiro de Puente Castro, lugar de fusilamientos en masa que se perpetraban después de juicios que eran otra forma de tortura: procesos sumarísimos, sin la menor garantía, sin testigos, sin posible recurso, puros trámites hacia la muerte.

Por el campo de concentración de fachada plateresca pasaron, ca­mino de la muerte, el alcalde de León, el gobernador civil, los militares leales a la República y miles y miles de leoneses, entre otros mi padre, Luís Fernández, y dos tíos míos, José María Calleja y Domingo Fernández, “Chomin”. El primero, superviviente; y los otros dos, asesinados.

Tengo el recuerdo de cómo se transformaba la cara de mi madre cada vez que hablaba, poco y entre lamentos, de San Marcos. El de mi pa­dre y mis tíos es un caso más y no creo exagerar si digo que no hubo familia republicana de León que no tuviera a alguno de sus miembros recluido en aquel lugar siniestro.

San Marcos era una referencia en las clandestinas conversaciones familiares que yo recuerdo en mi infancia. De aquello se hablaba en voz baja en casa y no se debía hablar en la calle, me decían. Tampoco se podían contar a nadie las críticas contra el dictador que eran frecuentes en mi familia. La cara de mi madre, las pocas veces que hablaba de San Marcos, reflejaba un dolor, un desgarro vivo e hiriente, a pesar del paso de los años.

Yo he conocido el Hostal de San Marcos cuando fue parador y siempre he sentido un calambre al contrastar la belleza imponente de su fachada con lo horrores que acogió en su interior. Mi padre me llevó un día al Hostal, inaugurado en 1965. En la puerta había un portero uniformado que preguntó dónde íbamos y mi padre le contestó: “Yo he estado pensio­nado por Franco ahí dentro”.

Mi padre se sabía de memoria el techo de artesonados de madera que estuvo viendo día tras día, todos los días en que estuvo encerrado allí, sabía los trozos que le faltaban a uno de los cuarterones y experimentaba una inquietud sin aspavientos al entrar en aquel lugar reconvertido en pa­rador de lujo, que fue lugar de sufrimiento, miedo y exterminio de tantos leoneses y asturianos.

Hoy, San Marcos esta en sus alrededores. Las secuelas de sus fusi­lamientos están en las fosas comunes en las que sepultaban a los paseados; fosas comunes en las que fueron apilados los cadáveres de leoneses y as­turianos que creían que les llevaban detenidos a San Marcos, cuando en realidad les conducían para luego sacarlos y pasearlos, para matarlos. Fosas como la de la Cenia, el puerto de Monte Viejo, Casasola, pinares de la Robla, alrededores del Monte de San Isidro.

Reconstruir lo que ocurrió en el llamado con atino campo de con­centración de San Marcos desde que Franco atentó contra la República hasta más allá de concluida la Guerra es el objetivo de este libro. Un libro necesario, que no hubiera sido posible sin la tenacidad y la calidad ciuda­dana de Encina Cendón. Un libro que deberían leer todos lo escolares para conocer el pasado y saber qué ocurrió en su país cuando la sangre ahogó la libertad. Un libro que cuenta lo que ocurrió, que narra la represión sistemática, la siembra de muerte y miedo por parte de quienes atentaron contra la libertad y establecieron una dictadura, un libro que cuenta una parte de nuestra historia, ahora que hay tantos que no quieren que se sepa de qué historia venimos.