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Pedro L. Angosto. Nueva Tribuna, 30.01.2013 | 5 febrero 2013

1867381El escándalo del “estraperlo” destruyó por completo al Partido Radical y a su jefe, hasta entonces uno de los mayores timadores de la historia de la democracia española


nuevatribuna.es | | 30 Enero 2013
El mayor escándalo de corrupción ocurrido durante la Segunda República tuvo lugar en 1935, cuando gobernaba la coalición antirrepublicana formada por el Partido Radical de Lerroux y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), que dirigía Gil Robles. De acuerdo con el Gobierno, Strauss, Perel y Lowan – empresarios judíos holandeses cuyas iniciales forman el acrónimo “estraperlo”- idearon un sistema para trucar las ruletas de los casinos de San Sebastián y Formentor, de modo que la banca –como ahora- ganaba siempre que así lo decidía, dejando suculentos porcentajes a Alejandro Lerroux, Joan Pich i Pon y otros destacados derechistas del momento. Pese a que la prensa republicana y de izquierdas estaba amordazada por la censura –ahora en papel no existe-, se supo del asunto porque Strauss, irritado con sus compañeros de estafa y con las presiones del Ejecutivo, entregó un dosier completo sobre la trama al Presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora, quién de inmediato llevó el “negocio” al Parlamento. Tras los debates que concluyeron con la culpabilidad del Gobierno, éste tuvo que dimitir y se convocaron las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular.

El escándalo del “estraperlo” destruyó por completo al Partido Radical y a su jefe, hasta entonces uno de los mayores timadores de la historia de la democracia española: Alejandro Lerroux, al que se conocía en Barcelona como el “Emperador del Paralelo”, un sinvergüenza sin escrúpulos que hizo de la demagogia y la mentira su verdadero motivo vital, llegando en su constante metamorfosis a apoyar el golpe de Estado de Franco, los militares africanistas, la Iglesia y la plutocracia española.

Alejandro Lerroux, conocido por los verdaderos republicanos como “El salteador de revoluciones y democracias”, cobijó en su partido a lo más granado de la derecha monárquica, dando lugar durante su gobierno a los mayores ataques antirrepublicanos ocurridos durante aquel régimen tan esperanzador como corto. El escándalo fue terrible, tanto que supuso la caída del Gobierno, pero comparado con lo que estamos viendo estos días, aquello fue un juego de niños. Por supuesto que tenía la suficiente entidad como para provocar la convocatoria de nuevas elecciones, pero en el último año de esta democracia monárquica de la transición han ocurrido cosas muchísimo más graves y aquí no ha dimitido ni dios. Y no es porque los sujetos que se dicen representantes del pueblo, que se llaman políticos aunque no tengan nada que ver con las “polis” ni con la “res púbica”, no quieran dimitir ni entrar en la cárcel en masa, sino porque son conscientes de su responsabilidad y están dispuestos –mal que les pese- a seguir sacrificándose por nosotros. Gracias, muchas gracias.

Cuando un señor reparte sobres de cuentas depositadas en bancos suizos entre determinados individuos que se dedican a privatizar nuestros servicios públicos y a recortar nuestros derechos constitucionales, no lo hace para enriquecerse porque en ese caso se lo habría quedado todo. Lo hace para demostrar a los ciudadanos que la solidaridad debe ser, en momentos tan graves y críticos como estos, el motor de nuestras vidas. Tampoco el pepero que privatiza la Sanidad o la Escuela tiene en ello interés personal alguno. Sabedor de los problemas que al Erario y al propio ciudadano crea la vejez, haciendo de tripas corazón y en plena posesión de sus facultades físicas y mentales, decide en nuestro nombre, para nuestro bienestar, que no es bueno que vivamos tanto y es por ello que entrega el cuidado de nuestra salud al lucro privado. Del mismo modo, al acometer la privatización y catoliquización de la Enseñanza, no lo hace por motivos ideológicos ni pecuniarios, sino porque está científicamente demostrado que una persona bien educada es más crítica y por lo tanto sufre más al contemplar las injusticias de este mundo. Si en esos procesos, cosa perfectamente natural, se producen acumulaciones de capital en manos del individuo privatizador y del gestor de lo privatizado son daños colaterales que en ningún caso menoscaban la bondad de la decisión. Sucede que somos muy mal pensados, tanto como ingratos, pues no sabemos agradecer como merece el sacrificio y los desvelos que los poderosos invierten en nuestra felicidad. Gracias, muchas gracias.

Se dice una y otra vez en la calle –cosas de modistillas- que los ricos no van a la cárcel hagan lo que hagan, mientras que un pobre entra en ella por llevarse unos pañales de un supermercado; que el Código Penal se hizo para los pobres y el civil para los ricos, sin que al afirmar tal cosa los maledicentes sean conscientes de que el rico no necesita alojamiento ni manutención del Estado porque tiene techos y víveres de sobra, mientras que el pobre, que no tiene casa y si la tiene puede ser desahuciado en cualquier momento, recibe un trato de favor al ingresar en la cárcel porque allí quedará a resguardo de las inclemencias del tiempo y de los furores del hambre. Las tasas judiciales de Gallardón, son otra obra de gobierno de enorme generosidad que goza de la incomprensión del ciudadano que no quiere ver el trasfondo del decreto: Si pleiteas con un rico por cualquier motivo, vas a perder el juicio, seguro. Es por ello que las tasas no hacen más que velar por tu hacienda y tu porvenir al disuadirte de un acto impropio que te causaría malestares y quebrantos. Lo mismo sucede con la que llaman brutal subida de las tasas universitarias. No, de brutal nada. Tu hijo, querido amigo, nunca podrá competir con alguien que tenga medios y pertenezca a la buena estirpe –asunto este muy bien estudiado por Rajoy y Fernández de la Mora- porque no lo van a enchufar, así que al ponerte una matrícula que no puedes pagar no sólo te ahorras ese pago sino también, los gastos de estudio, viajes, Erasmus, juergas, libros, pisos, en fin que podrás disfrutar tu dinero junto a los tuyos viendo la televisión, que por cierto hoy ponen Sálvame de Luxe todo el día.

¿Y qué decir de ese hombre que fue expulsado de la carrera judicial por investigar el franquismo y no sé qué cosa Gurtel? Garzón creo que se llama. ¿Es que no sabía quién ganó la guerra y la transición? Que no se hubiera metido en líos, ahí con los muertos, los desaparecidos, las cunetas, los dineros… ¿Es que eran tuyos? No haberse metío hombre. Oír, ver y callar, como hacen los otros y nadie se mete con ellos. Ese Adolfo Prego, ese De la Rúa, ese García Calvo, ese Saavedra, ese Fungairiño, ese Cardenal, si es hablar y no parar: ¡¡Qué saber estar!! “Panza de buey, paso de lobo y hazte el bobo”, ya está, así es la ley, y ahora estaría tan agustico, tomando cafelitos con los compis en la Audiencia y viéndolas pasar, como Dios manda.

¿Que los bancos nos han estafado, que son los causantes de la crisis por su codicia, que la deuda es suya, que se tragan todo el dinero del país, que dejan a la gente sin casa, que son los que mandan? Vaya leche, a ver si te crees que esto es la Unión Soviética. Esto es capitalismo, y aquí, como en los mares, el pez grande se come al chico. ¿Por qué? Está claro, porque chicos hay muchos más y cada uno va por su cuenta, y son muy chicos, y grandes hay pocos, actúan en cuadrilla y son muy grandes. Es la ley de la selva. ¿Hay mayor prueba de la perfección y bondad de un sistema que, pese a todas las dificultades, hace lo imposible por mantener viva la ley de la selva como prueba irrefutable de su interés por la conservación de la naturaleza? De bien nacidos es ser agradecidos, y yo, desde esta tribuna no puedo hacer otra cosa que arrodillarme y dar las gracias a quienes tanto hacen por todos nosotros, por el pueblo. Vaya desde aquí mi agradecimiento a los señores Botín, Fainé, Rato, Rajoy, Aznar, Pérez, Crespo, Alperi, Camps, Blesa, Pujol, Mas, Sebastián, Durán, Castedo, Bárcenas, Sanchís, Urdangarin, Borbón, Wert, Díaz Ferrán y tantos otros que con su buen hacer están a punto de conseguir que vivamos como en 1950. ¡Aquello sí que era vida!

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