Agenda
Artículos y Documentos
Federación Foros por la Memoria
Noticias
Videos de Memoria Histórica
Home » Artículos y Documentos

‘In Memoriam’. Julio Aróstegui: la busca de la verdad

Agustín García Simón. Cuarto Poder, | 2 marzo 2013

arostegui2Hace ahora un mes, el 28 de enero del corriente, murió en Madrid Julio Aróstegui Sánchez

 

28 DE FEBRERO DE 2013

Hace ahora un mes, el 28 de enero del corriente, murió en Madrid Julio Aróstegui Sánchez, “Aróstegui” para sus alumnos y amigos. Una muerte inesperada que, con su guiño siniestro, le privó de la celebración de su obra monumental (Largo Caballero. El tesón y la quimera, Debate, 2012) cuando apenas tuvo tiempo de hojearla entre sus dedos. Al final de tan largo empeño, Julio Aróstegui, ya hospitalizado, acariciaba la presentación de tan magna obra, pero sobre todo esperaba con impaciencia la acogida de este libro, la reacción de sus colegas y lectores interesados, luego del esfuerzo más costoso de su vida. Estaba muy ilusionado con la repercusión de su último trabajo, aunque ya se preparaba para las críticas inevitables, justamente cuando le llegaban los primeros elogios, que hablaban de “obra definitiva”. Su espíritu crítico le advertía que las críticas llegarían inexorablemente, y preparaba el terreno para el debate, el despliegue argumental, la dialéctica de la razón, las pruebas de la investigación y el método riguroso, todo ello flanqueado por su habitual compromiso cívico y la honradez intelectual que le acompañaron toda su vida, haciendo de su persona y obra uno de los más grandes historiadores españoles del siglo XX.

Lo dijo explícitamente el pasado 18 de febrero, en la presentación del libro, Juan Andrés Blanco, uno de sus discípulos más cercanos y queridos: “Aróstegui siempre aportaba su visión en la explicación de cualquier proceso, explicación que no entendía como definitiva y presentaba a la crítica de la comunidad científica. De esto me dio una última prueba cuando ya estaba en el hospital: comentando el libro que presentamos, ante la valoración de alguno como obra definitiva sobre este líder obrero, Aróstegui estaba especialmente interesado en las críticas que podría haber y que estaba seguro que las habría. Y eso que esta obra, por lo que aporta, si no definitiva, sin duda es de lo más relevante que se ha escrito en los últimos tiempos”.

Había nacido en Granada en 1939. Yo lo conocí en 1972, en Salamanca, en el instituto Fray Luis de León, donde fui su alumno en el Seminario de Historia, estrella de las asignaturas optativas de aquel curso de COU. Por entonces, don Julio Aróstegui ya desplegaba con atractiva soltura algunas de las características que harían de él el gran maestro de historiadores en que finalmente se convirtió. Lo primero que saltaba a la vista ante la presencia de Aróstegui, a la sazón, era una seguridad vocacional contundente, que transmitía de inmediato un entusiasmo benéfico, un estímulo fascinante por el estudio de la Historia contemporánea, por su necesidad y sus razones; estímulo impregnado de una voluntad crítica, de utilidad personal y social imprescindible. Porque lo que ya por entonces pretendía Aróstegui, siempre con una cordial cercanía y respeto por sus alumnos, era hacerles ver que la función del maestro se falseaba peligrosamente, si éste no se entregaba y vaciaba por completo en la transmisión y divulgación de su conocimiento; y que el valor de la Historia, su reflexión y explicaciones, podía ayudar grandemente en la capacidad de discernimiento personal y crítico, fundamental en la consecución de ciudadanos libres, conscientes de sus derechos y obligaciones en cualquier sociedad vertebrada.

En El valor de la historia. Homenaje al profesor Julio Aróstegui (Madrid, 2009), homenaje que con motivo de su jubilación académica le rindió la Universidad Complutense, de la que fue catedrático de Historia contemporánea y director de la cátedra de la Memoria Histórica del siglo XX, expresé el recuerdo imborrable que me dejó el magisterio de Aróstegui: “Como profesor, don Julio Aróstegui era por entonces un modelo rompedor. No tanto por su apariencia como por su personalidad. Ni el aliño indumentario, ni su presencia y trato tenían nada que ver con el marcado atuendo y la relación tradicional de profesores y catedráticos que en aquella época tenían conciencia de serlo, aunque su vestimenta fuera siempre discreta y en modo alguno llamativa o poco convencional. Lo que había de novedad en don Julio era la inteligencia y cercanía con que trataba al alumno sin perder un ápice de su autoridad, y la ilusión que contagiaba con su actitud decidida, con la solvencia y solidez de su palabra que movía al entusiasmo. Ajeno por completo a la pedantería, no le interesaba tanto la brillantez de su exposición -para la que ya por entonces estaba bastante sobrado- como la eficacia en la transmisión de su saber; pero, eso sí, siempre acompañado de una actitud formativa que insinuaba de una manera sugestiva la necesidad de un compromiso intelectual y una actitud cívica consciente, seria y crítica”.

Toda su trayectoria posterior no fue sino una perfección y desarrollo de tan sugerente y sólido bagaje. Desde su tesis doctoral, también rompedora, El carlismo alavés y la guerra civil (1970), hasta su Largo Caballero, la obra de Julio Aróstegui ha cultivado tres aspectos fundamentales del estudio de la Historia: la historia y memoria de la Guerra Civil española del siglo XX y el franquismo, la teorización e historiografía de la Historia del Presente (La historia vivida. Sobre la historia del presente, 2004) y la preocupación siempre constante en su quehacer historiográfico acerca de la teoría y métodos científicos de la Historia (La investigación histórica. Teoría y método, 1995). Y en todos ellos alcanzó el reconocimiento general de la excelencia.

Julio Aróstegui fue uno de esos hombres de carácter fuerte y, sin embargo, extraordinariamente ecuánime y sereno en la busca y apreciación de la verdad en la Historia y en la vida. Un hombre de tono duro, vehemente, ante la impostura y el camelo, o la simple desvergüenza, intelectual y cultural. Una de esas inteligencias soberanas que aprendió muy pronto a distinguir la mentira emboscada y la injusticia acechante o ya enquistada. Siempre las hizo frente con tenacidad y aguda inteligencia, dejando un reguero de honradez llamativo en medio de un patio de vanidades y apariencias. Nunca tuvo problema para reconocer el mérito ajeno, allá donde se encontrara y fuera quien fuera el que lo encarnara. El suyo propio lo consiguió con esfuerzo y clarividencia ejemplares. Y a ese ejemplo nos acogemos y agarraremos quienes tuvimos  la suerte de conocerle y disfrutar de  su magisterio y su amistad.

(*) Agustín García Simón. Escritor y editor. Su última obra publicada es Retrato de un hombre libre (Renacimiento, 2012).

http://www.cuartopoder.es/tribuna/julio-arostegui-la-busca-de-la-verdad/4043