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Aquel 1 de abril…

El País, 29-03-2013 | 2 abril 2013

pag_tema07_14La historia oral de la Guerra Civil se extingue. Setenta años después, algunos de los pocos testigos vivos recuerdan el fin de la contienda

 

TEREIXA CONSTENLA 29 MAR 2009

La noticia del final de la guerra viajaba en camión. El cabo José Luis Sampedro (Barcelona, 1917) y su decena de soldados vivían más preocupados por no sucumbir al frío que por romper el frente Madrid-Zaragoza desde el pequeño pueblo de Guadalajara al que les habían destinado en la primavera del 39. “Pasó un camión el 30 o 31 de marzo, nos dijeron que había acabado la guerra”, revive 70 años después frente al Mediterráneo.

La primera “preocupación” del cabo, que con los años se convertiría en un economista y escritor de prestigio, fue la celebración. En autoestop llegó a Sigüenza para comprar alcohol. La preocupación había sido universal. “No quedaba una botella de vino en casi ningún sitio, tuve que comprar de lo que había”. Amaneció el 1 de abril bañado en un líquido rojo que confundió con sangre hasta que descubrió que fluía de una bota de vino mal cerrada. En cuanto logró un permiso viajó a Madrid. El cabo Sampedro hizo su triunfal entrada en la ciudad, dividida entre el júbilo y el miedo, rodeado de pollos muertos en una furgoneta. “Llamé a la puerta sin saber lo que me iba a encontrar, me abrió una jovencita que tardé en reconocer como mi hermana. Hacía tres años que no tenía noticias de mi familia”.

“Había gente que se saltaba la tapa de los sesos delante de nosotros”, recuerda el comunista Marcos Ana

En aquellos tres años, José Luis Sampedro maduró de golpe. Hasta 1936, hijo de una buena familia sin notables implicaciones políticas, se había limitado a estudiar y aprobar unas oposiciones para funcionario de aduanas. Era vagamente conservador, es decir, más amigo del orden que del caos. La sublevación le pilló en Santander, su primer destino profesional, donde las autoridades republicanas le movilizaron. “Me mandaron a un batallón anarquista porque sospechaban que yo era de derechas. No les faltaba parte de razón”. Le armaron con un fusil, cartuchos y un casco de hierro, que no le protegía del miedo que le inspiraban sus compañeros de armas. “A los cuatro días éramos amigos. En el tiempo que viví con ellos, los anarquistas me parecieron extraordinarios por su respeto al ser humano y el rechazo del poder de la fuerza de un hombre sobre otro, tenían una gran dignidad”.

Sin embargo, cuando los sublevados tomaron Santander en agosto de 1937 y las milicias republicanas recibieron la orden de retirarse a Asturias, Sampedro eligió a los suyos. Se escondió en una casa y al día siguiente se presentó en la aduana. “Mi primer desencanto fue escuchar la arenga de un funcionario de Burgos que nos reprochaba a ocho funcionarios no haber sido capaces de conquistar Santander para Franco”. Hizo el resto de la guerra con el bando al que se consideraba naturalmente ligado a pesar de que le incomodaban cada vez más cosas. El papel de la Iglesia: “Me parecía monstruoso que los obispos bendijesen cañones, fuesen de quien fuesen”.

De su experiencia se nutrió su segunda novela, La sombra de los días (Alfaguara), escrita en 1945 y publicada medio siglo después. “La guerra me parece una barbaridad, la prueba de que una sociedad inmadura no sabe resolver sus conflictos. Pero, prescindiendo de juicios morales, es una experiencia de enorme intensidad por el miedo a la aventura o el contacto con la naturaleza. Para mí fue un descubrimiento la vida de los anarquistas y los campesinos”, reflexiona.

Pasó por ambos frentes con doble fortuna. No fue herido. Ni disparó un tiro.

La noticia del fin de la guerra también cruzó veloz la frontera. Los miles de españoles que estaban en Francia ni querían festejarla ni podían. Atrapados en campos de concentración, dormían a la intemperie, muertos de hambre, comidos por piojos y vigilados por soldados senegaleses sin ápice de compasión. “Éramos tratados igual que animales”, afirma María García Torrecillas (Albánchez, Almería, 1916), una de aquellas presas que subsistían casi de la nada en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. “Habíamos perdido la guerra y había mucha gente que se había quedado en España, como mi hermano, que pasó más de 20 años en la cárcel. Sentimos mucha tristeza al recibir la noticia”, relata por teléfono desde Monterrey (México).

En febrero de 1939, María García cruzó caminando a Francia. En el mismo campo donde recibió la noticia del final de la guerra se quedó embarazada de su marido. “Durante siete meses sobreviví comiendo al día un trozo de pan y un tomate que me daba una señora de fuera”. Hasta que Elizabeth Eidenbenz, la suiza que había fundado una maternidad para atender a las republicanas embarazadas, la descubrió y se la llevó con siete meses de gestación y 45 kilos de peso. María dio a luz a su hijo Felipe y comenzó a trabajar en la maternidad como encargada de la cuna. De los 598 bebés que nacieron, 400 eran españoles. Las refugiadas llegaban extenuadas, más muertas que vivas. “No parecían seres humanos, lo primero que hacíamos era bañarlas y desinfectarlas”, cuenta María García, que ha plasmado su experiencia en un libro, Mi exilio, editado hace año y medio en México.

La guerra terminó para el poeta y escritor Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920) un día antes. Para él y otros 20.000 republicanos que se habían apiñado en el puerto de Alicante confiados en huir de la derrota en algún barco amigo. Cuando comprobaron que por mar se acercaban dos minadores y el crucero Canarias y que por tierra les apuntaban las ametralladoras de los italianos de la División Littorio, cundió la desesperación y la amargura en aquella ratonera. “Había gente que se saltaba la tapa de los sesos delante de nosotros y otros que se tiraban al agua”, rememora. Había quien proponía desplegar una resistencia numantina, pero finalmente se impuso el desarme. Marcos Ana, hasta entonces instructor político en la 8ª División, desmontó su pistola y la arrojó al mar para evitar entregarla.

Los rojos, inofensivos ya sin armas, desfilaron hacia el campo de Los Almendros. Allí amanecen el 1 de abril de 1939 Marcos Ana, su hermano Fabricio y dos compañeros más. “El fin de la guerra me sorprende comiendo tallos tiernos y flores. Para nosotros estaba acabada, no necesitábamos el famoso parte”, cuenta. Hambrientos, los republicanos devastan aquel campo como una plaga de langostas. Trituran hierba, flores, cáscaras de almendras. Aun así, Marcos Ana hace hincapié sobre un hecho, que recoge en su biografía Decidme cómo es un árbol (Umbriel): la visita de unos reporteros italianos para filmar su desesperación. “Nos tiraron pan al suelo, pero algunos compañeros dieron voces para que no lo cogiéramos. Prevaleció la dignidad al hambre”, cuenta.

Los Almendros fue un encierro de tránsito. En pocos días, Ana, su hermano y sus amigos fueron encerrados en un vagón de mercancías rumbo al campo de Albatera. Comían, dormían, meaban y cagaban en el mismo sitio, encerrados con una alambrada y vigilados por guardias que les vendían puñados de alfalfa a cambio de relojes y chaquetas. A las necesidades físicas elementales se sumaba la inseguridad ante la supervivencia: grupos de falangistas llegados de todas partes examinaban a los presos para seleccionar a los rojos que conocían y llevárselos.

El joven Marcos Ana se hizo pasar por menor de edad y huyó. En Madrid permaneció escondido por su familia hasta el 28 de abril, tras ser delatado por un antiguo camarada con el que había contactado con la idea atolondrada de poner en pie la resistencia. Comenzó entonces una carrera infinita de torturas (“lo que más utilizaban era el apaleamiento frenético y repetido con fustas y vergajos de toro hasta dejarte macerado todo el cuerpo y seguir después, día tras día, golpeando sobre las llagas”), condenas a muerte y cárceles, que le convertirían en el preso político más veterano y símbolo internacional de la lucha contra la represión.

José Ramón Calparsoro Pérot (Tolosa, Guipúzcoa, 1908) hizo la guerra en defensa propia. Por miedo al otro. Los obreros de su fábrica le habían amenazado de muerte, así que en el 36 se ofreció como voluntario. Tenía 12 horas escasas de vuelo cuando se presentó en el aeródromo militar de Lasarte. En el libro José Ramón Calparsoro. Un piloto español en la Legión Cóndor (Quirón), escrito por Cecilio Yusta Viñas, cuenta que falseó su experiencia -dijo que tenía título- y que en octubre de 1936 se subió por vez primera a un ametrallador, un Fokker VII, con el que no llegó a disparar. En Tablada, la base militar de Sevilla, recibió una rápida instrucción, el grado de alférez y la primera orden: “Vaya a Don Benito y compruebe si hay caza enemiga en el aeródromo”. “A la orden, mi capitán; si no vuelvo es que sí hay”, respondió antes de subir a un Breguet XIX.

Y ya no paró. Fue el primer español en integrarse en la Legión Cóndor (el refuerzo enviado por Hitler a Franco), y el único que hizo un curso de vuelo sin visibilidad para bombardeos nocturnos. En febrero de 1939 hizo el último de sus 400 servicios sobre la bahía de Rosas. El 1 de abril estaba en Cariñena (Zaragoza), preparándose para volar con su escuadrilla a Madrid para celebrar la victoria. Una montaña frustró la expedición: murieron 11 tripulantes de los tres aviones siniestrados. Cuando Calparsoro al fin se presentó en Cuatro Vientos, se despidió de la guerra para siempre: “Mi coronel, he dejado mi aparato para el desfile, sobrarán voluntarios para pilotarlo, yo me voy”. Setenta años después, tras una intensa vida empresarial y aventurera, rehúye ciertos recuerdos. Tal vez sea sólo un parapeto tras el que protegerse. “La guerra es terrible”, afirma. Se pregunta sobre quién arrojaba las bombas y se contesta que sobre otros españoles. Pero eso no le hizo dudar sobre lo que estaba haciendo: “Siempre tuve la creencia de que si yo no me defendía, me liquidaban”.

http://elpais.com/diario/2009/03/29/domingo/1238302356_850215.html