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Atado y bien atado: el regreso del franquismo

Pedro L. Angosto. Nuevatribuna.es, 16 Abril 2013 | 17 abril 2013

_PrNuevaTribunaEl franquismo fue ante todo un régimen criminal en el que todas las maldades estaban permitidas y eran auspiciadas desde el poder

 

El franquismo fue ante todo un régimen criminal en el que todas las maldades estaban permitidas y eran auspiciadas desde el poder. No existía ley más que para cometer atrocidades, el asesinato, la persecución, la corrupción integral eran las insignias de un régimen ilegal que estuvo manchado por miles de hectólitros de sangre desde su nacimiento. Pero si fue atroz la sangre, la tortura, el miedo, el retroceso brutal al pasado más inhumano, no lo fue menos la prohibición de pensar que se instauró en España conforme los distintos territorios que la componen iban cayendo en manos de la ira nacional-católica o fascismo español. El pensamiento estaba relegado a la intimidad, a las alcobas escondidas donde en una radio de galena los más atrevidos se atrevían a conectar con Radio París o Radio Pirenaica. Eran pocos y sabían lo que se jugaban, por eso era un acto íntimo, más íntimo que el sexo que también había desaparecido.

No hemos llegado a esos extremos, no por falta de ganas de quienes hoy mandan, sino porque de momento el tiempo todavía no les es propicio, pero los modos, las maneras, los hábitos de la dictadura han pervivido entre nosotros gracias al pacto de la transición que permitió a los franquistas seguir en política como si aquí no hubiese pasado nada. Durante un tiempo estuvieron en la retaguardia, dedicados a sus negocios y chanchullos, disimulando, pero tras la llegada de Aznar al poder, pasaron a la ofensiva y comenzó a regresar lo que nunca se había ido, una forma de tratar a los ciudadanos como súbditos, una manera de entender la educación como adoctrinamiento ultraconservador propiciado al calor de la entrega de la enseñanza a las órdenes religiosas y de los medios de comunicación de masas a los sectores más retrógrados y una concepción de la moral privada como valor universal obligatorio que sólo es concebible en un país de mansos que tiene muchos motivos históricos para serlo y para tener el miedo en el tuétano de los huesos, en un país que jamás culminó la revolución democrática apartando de la vida pública a todos aquellos que eran incompatibles con la democracia, el derecho, la justicia, la igualdad, la fraternidad y la libertad. Sólo así es posible entender el grado de descomposición general que afecta hoy a casi todos los ámbitos de nuestra vida en común.

Nací en un pueblo de quince mil habitantes, capital de una comarca de más de cien mil. No había hospital ni nada que se le pareciese. Un harapiento ambulatorio que habría sólo por las mañanas y dónde dos practicantes te molían el culo a pinchazos antes de inyectarte. Si te pasaba algo grave tenías dos opciones, una morirte, la otra acudir al viejo hospital de la Arrixaca de la capital en el que unos cuantos magníficos médicos luchaban contra todo por cumplir con el mandato hipocrático, y otros te advertían de las ventajas que tenía que te tratase en la clínica privada en la que trabaja por una burrada de pesetas que no tenías. Eran los tiempos en que en los hospitales había una zona para los súbditos dónde todo dependía de la suerte que tuvieses con el galeno de turno, y otra para los pudientes, con alfombras persas, lamparones de cristal veneciano y los lujos consustanciales a un hotel de cinco estrellas. En esa parte no había listas de espera, ni gritos, ni malos modos, todo era dulzura, más cuanto más alto fuese el rango del enfermo o más abundantes los ceros de su cuenta corriente. Era la medicina franquista. Pueden preguntarle al Doctor Ramiro Rivera. Pero así era también la Educación, el servicio militar, el trato con el poder, los negocios, la vida pública y privada en general, un océano de mediocridad corrupta y biliosa en el que intentaban navegar, salvar su dignidad un buen montón de españoles que iban contracorriente y que tenían un altísimo y arriesgado sentido de la ética.

Existían las pensiones, sí desde 1908, y había pensiones, en las grandes multinacionales que se instalaron a partir de mediados de los cincuenta, para los funcionarios –miserables- y alguna persona más, pero la mayoría de los trabajadores cuando cumplían la edad para dejar el trabajo se encontraban con la tremenda sorpresa de que no tenían derecho alguno a la jubilación ya que sus jefes no habían cotizado un real por él. Las verdaderas pensiones venían de Alemania, Suiza o Francia, y las traían los tres millones y medio de emigrantes que fueron expulsados del país tras los planes de estabilización que sucedieron a la autarquía, planes que en mucho se parecen a los que ahora está implantando, a sabiendas de sus consecuencias dramáticas, el actual Gobierno.

No existía ningún derecho, ni de reunión, ni de manifestación, ni de expresión, ni de pensamiento. El derecho era consustancial y exclusivo de las clases dominantes. A los demás tocaba obedecer, callar y no hacer el menor ruido porque nadie podía estar seguro de lo que podía hacer o decir alguno de los “buenos vecinos” que todos tenían, infiltrados como un tumor maligno en el cuerpo social de la nación. El miedo guardaba la viña, y mientras tanto todo, absolutamente todo, estaba a merced del lucro de quienes habían ganado la guerra sin que el gobierno legítimo de la II República hubiese firmado jamás la rendición, y de sus compinches y amiguetes de juerga.

Hoy, treinta y ocho años después de la muerte del mayor asesino de nuestra historia, cuando algunos pensábamos que el pasado era pasado, vemos cómo quienes gobiernan intentan resucitar la oscuridad tenebrosa. Más de la mitad de los niños españoles estudian en colegios de curas concertados, es decir pagados con los presupuestos generales del Estado; el acceso a la Universidad se ha convertido en algo imposible para la mayoría de los ciudadanos debido al escandaloso precio de las matrículas y la menguada política de becas; los hospitales de la red pública de Sanidad –incluidos los del País Vasco y Cataluña- están siendo privatizados y entregados a empresas que anteponen el beneficio a la salud de los pacientes; no se considera la capacidad ni la preparación de una persona para acceder a un puesto público o privado, sino su relación amical, su nivel de indignidad, de sumisión, de crueldad para con los demás, y sobre todo, sus tragaderas para con todas las corrupciones habidas y por haber; los medios de comunicación de masas cada vez se parecen más a la prensa del movimiento porque apenas existen otros que los del régimen y los periodistas más díscolos han sido despedidos. Y, ¿qué decir de la policía? La policía ha vuelto a ser utilizada como guardia pretoriana por un poder que sabe que solo -¿solo?- se sustenta en su magnífica relación con los poderes fácticos, españoles o europeos. Un pacífico escrache es un acto violento, pero no es en absoluto violento echar de sus casas, trabajos, estudios, ilusiones a millones de personas, invitar forzosamente a la emigración a miles y miles de jóvenes, condenar al paro de por vida a quienes tienen más de cincuenta años, impedir a las mujeres que decidan sobre su maternidad imponiéndoles la moral inmoral de Rouco Varela y Papa Francisco. La policía te puede apalear en cualquier sitio, en la estación de Atocha, en la plaza de Cataluña, en la Rambla de Alicante, no pasa nada, la culpa es tuya, estabas muy bien en tu casita dejándonos a nosotros hacer como hemos hecho toda la vida desde que el mundo es mundo; los jueces tardan años en procesar y abrir juicio a los corruptos, tantos como sean necesarios para que los delitos prescriban, porque sí, aquí, queridos amigos, prescriben los delitos de los poderosos, no se piense que lo hacen los que usted y yo podamos cometer aun sin dolo. Y así podríamos seguir hasta el infinito.

Aquí, en España, no hay una crisis económica. Si sólo fuese eso, en una democracia verdadera se habría solucionado haciendo pagar la crisis a quienes la han provocado, y diciéndole a los matones de la UE hasta aquí hemos llegado. Aquí estamos ante una brutal crisis ética debida a eso que tanto nombran los actuales gobernantes: La herencia recibida. Se pactó con franquistas, y el franquismo y los franquistas, además de asesinos, eran la corrupción sublimada. El veneno se ha extendido convirtiendo a unos en indolentes, a otros en fracasados, desesperados, la autoflagelación se ha puesto de moda, y el protestante es un violento al que se apalea, se insulta, se multa administrativamente, se lleva a comisaria, se pisotea y demoniza. Entre tanto, quienes durante el franquismo hicieron los negocios de su vida, vuelven a hacerlos y se van de rositas de todos los lodazales en que se meten, dejándonos el lodo al común silencioso y resignado. ¿Quién da más?

http://www.nuevatribuna.es/articulo/espana/atado-y-bien-atado-el-regreso-del-franquismo/20130416161152091017.html