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La herida abierta continúa abierta

Gerardo Rivas. El Plural, 26/06/2013 | 27 junio 2013

1372169333393gerardo-rivas-abogado_642x300c4Ayer me tomaron declaración en un Juzgado de Madrid como imputado por un supuesto delito de injurias y calumnias a la Falange

 

Ayer me tomaron declaración en un Juzgado de Madrid como imputado por un supuesto delito de injurias y calumnias a la Falange por la publicación, el pasado 22 de marzo de 2012, de un artículo  publicado en este diario con el título “El vicepresidente de Gobierno de Madrid le pide el perejil a la hija de Franco” en el que afirmaba que esta organización tiene “un amplio historial de crímenes contra la humanidad”.

El 9 de septiembre de 2008 -hace ya la friolera de casi cinco años- publiqué también otro artículo en este mismo periódico que se titulaba “La herida abierta” que recobra hoy plena actualidad a la vista de lo que me ha acontecido y que reproduzco a continuación:

 

A pesar de los años transcurridos tengo una herida abierta en mis entrañas que sigue manando deseos de justicia. Algunos dicen que hay que mirar al futuro y no reabrir las heridas del pasado, pero es que la mía nunca se ha cerrado

Mi abuelo materno, que se llamaba José Rico Martí, fue asesinado recién iniciada la guerra civil en Paracuellos del Jarama. Era empresario y dirigía un negocio familiar heredado de su padre Vicente que aún hoy en día perdura. Uno de los trabajadores de esta pequeña empresa con deseos de venganza por rencillas anteriores, encontró el escenario ideal para que fuese señalado, juzgado y ejecutado sin que mediaran fuerzas del orden, juicio o sentencia condenatoria.

Al término de la contienda tuvo todo el reconocimiento del nuevo orden impuesto por las fuerzas sublevadas e, incluso, a mi abuela le fue concedida una administración de loterías en su condición de “viuda de guerra”.

Ni que decir tiene que durante mi niñez, allá por la década de los cincuenta, fui educado en el rechazo total hacia todo aquello que sonara a comunismo, socialismo o república. Franco era el gran salvador de un país que estuvo a punto de caer en las manos demoníacas de las fuerzas del mal y la Iglesia Católica era su máximo valedor.

En este sistema de valores, creencias y sentimientos en el que fui educado no tuvo nada de extraordinario la relación que establecí con un chico de mi edad que militaba en la pandilla del barrio que rivalizaba con la mía en protagonizar las fechorías propias de la edad. Su abuelo, como el mío, también había sido víctima del enfrentamiento cainita entre españoles. Pero con sustanciales diferencias: su abuelo había pertenecido al otro “bando”, su muerte tuvo lugar en los primeros años de la posguerra y, por último, según era público y notorio, no había sido asesinado sino “ajusticiado” por traidor a la patria en cumplimiento de una sentencia dictada por un tribunal sumarísimo.

Cuando le veía el odio se adueñaba de mi voluntad y mi comportamiento hacia él era todo lo cruel de lo que es capaz una mente infantil que carece de los amortiguadores de la conducta que aparecen con la edad. Pareciera como si el asesino de mi abuelo se hubiera reencarnado en su persona. Este sentimiento duró desde que tuve uso de razón hasta que empecé a tener conocimiento de lo que realmente había pasado y seguía pasando en aquella oscura España de los años sesenta. En aquel tiempo me enteré de que el abuelo de aquel chico había sido “ajusticiado” por la fidelidad a sus ideas y por su valentía en defenderlas. Pero ya era demasiado tarde y la herida que me provocó la mala conciencia por mi actitud ha perdurado hasta hoy en día.

 

No me acuerdo del nombre de mi pequeño enemigo y no he sabido nada de su vida desde que salí del pueblo para iniciar mis estudios universitarios, pero la deuda que tengo contraída con él por el odio sin sentido que le profesé sólo se saldará con el reconocimiento que se les debe a todos aquellos que durante tantos años sufrieron el desprecio de la sociedad porque ellos, o sus familiares, habían sido leales a una digna causa y la defendieron a costa de sus propias vidas. Las heridas no se reabren cuando éstas no han sido debidamente cerradas.

Gerardo Rivas Rico es licenciado en Ciencias Económicas

http://www.elplural.com/2013/06/26/la-herida-abierta-continua-abierta/