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León de la Riva y su eterno odio a los mejores

Orosia Castán. Verdad y Justicia-Valladolid, 11 de junio de 2013 | 19 junio 2013

Antonio García QuintanaEl actual alcalde de Valladolid intenta manchar la memoria de don Antonio García de Quintana, alcalde republicano

 

De la Riva nos muestra sin querer la causa de su rechazo a la recuperación de la memoria histórica: la verdad le deja sin argumentario, y por esta causa intenta, un poco tarde, que personalidades como Antonio García de Quintana continúen sine die en la sombra en que hace más de setenta años intentaron colocarla sus asesinos.

| Fuente: http://www.ultimocero.com/blog/disc…

El actual alcalde de Valladolid, Javier León de la Riva, ha dicho públicamente unas palabras que intentan manchar la persona y la memoria de don Antonio García de Quintana, alcalde republicano elegido por los vallisoletanos en las urnas y fusilado por los golpistas mediante acusaciones no probadas. Lejos de argumentar, de la Riva insinúa que algo indeseable se oculta en la persona de Quintana, algo que es mejor no saber. Lo mínimo exigible es que diga en qué consiste eso que es mejor no saber, y que además nos demuestre la veracidad de ese algo. Lejos de eso, el alcalde nos dice, en su estilo abrupto, que “es mejor no profundizar demasiado en la figura de García de Quintana, no sea que encontremos algo que no nos va a gustar saber”.

Antonio García de Quintana fue el mejor alcalde que tuvo la ciudad de Valladolid. Lo fue según los parámetros que determinan la calidad de los mandatarios: un político honrado, un gran gestor, un alcalde preocupado y ocupado en la mejora de la ciudad y de sus habitantes; un hombre con conciencia y un ciudadano transparente, cuyas acciones, colocadas siempre bajo la luz, conocían todos los vallisoletanos.

García de Quintana resultó alcalde por elección en las urnas. Nadie, ni siquiera los que lo juzgaron y condenaron a muerte, pudo demostrar jamás que este gran alcalde y gran persona hubiera cometido delito alguno. Bien es verdad que aquellos remedos de tribunal condenaban a diario a ciudadanos intachables, culpables únicamente de estar posicionados del lado legal de la vida política; culpables de ser republicanos en un régimen en el que la legalidad era la República.

Los traidores, los que se sublevaron contra la legalidad, tenían prisa por eliminar a todos aquellos demócratas, temiendo su reacción, temiendo que se defendiesen; la solución fue eliminar a la mayor cantidad de ellos y en concreto a los que detentaban responsabilidades políticas o sindicales, que fueron detenidos y sometidos a toda clase de represalias.

Javier León de la Riva comparte cargo con aquel gran alcalde asesinado por los golpistas. Conoce sin duda la labor realizada por el señor Quintana, y habrá escuchado más de una vez elogios hacia su persona, pero no llega ni llegará jamás a alcanzar la estatura política ni moral de su predecesor. Quizá consciente de este hecho incontestable, de la Riva intenta manchar el buen nombre de don Antonio, aunque eso sí, sin precisar acusación alguna, valiéndose de la insinuación insidiosa, porque no puede esgrimir razón o hecho alguno que venga a demostrar ni la más mínima sombra sobre el buen nombre, el honor y la honra del gran alcalde republicano.

Es posible, eso sí, que de la Riva recoja y aplique aquellas formas rancias de los sublevados, obligados a justificar de alguna manera sus crímenes. Así intentaron destruir la memoria de las víctimas, sembrando sospechas, insinuando delitos, acusándolas traicioneramente de hechos inexistentes que jamás pudieron demostrar. Este es el motivo principal de la fiereza con que destruyeron todos los documentos que pudieron, prohibiendo y restringiendo el conocimiento de los archivos a los ciudadanos interesados durante años y años, tendencia que por inercia siguen manteniendo a fecha de hoy.

Antonio García de la Quintana ya ha sido estudiado en profundidad, tanto en su vida como en sus hechos. Su biografía ha sido publicada, y en ella aparecen todos los datos necesarios para que cualquiera pueda formarse una opinión personal. Toda la información está disponible en los archivos y hemerotecas. Nada reprochable aparece en ella, y a cambio queda a la luz la ignominia de su proceso penal, la endeblez de las motivaciones y argumentos jurídicos, la indefensión de la víctima y sobre todo la mezquindad de los acusadores y la insuficiencia moral de todos los que participaron en aquella mascarada.

Que a fecha de hoy alguien pueda mantener una actitud tan parecida a la de aquellos verdugos da horror. El odio, la envidia y el resentimiento son sentimientos que rebajan a cualquier persona, tanto más a una persona pública que públicamente se permite tan indigna conducta.

De la Riva nos muestra sin querer la causa de su rechazo a la recuperación de la memoria histórica: la verdad le deja sin argumentario, y por esta causa intenta, un poco tarde, que personalidades como Antonio García de Quintana continúen sine die en la sombra en que hace más de setenta años intentaron colocarla sus asesinos.

Ante su insinuación, tan mezquina como extemporánea, hay que recomendar lo contrario de lo que él aconseja: hay que profundizar en la figura y en los hechos del gran alcalde, cosa que tampoco a de la Riva le iría mal, sobre todo en orden a aprender algo acerca de una persona de bien, un hombre honrado y un gran gestor, una figura de la que la ciudad, mal que le pese al actual alcalde, se enorgullece y a la que no mancharán palabras o silencios malintencionados.

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