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La(s) vida(s) de Santiago Carrillo

Fernando Hernández Sánchez. La Estación de Finlandia, 08-09-2013 | 9 septiembre 2013

i861-041211La lectura de El zorro rojo permite abrir interesantes hilos de debate

 

Cuando Stalin murió en marzo de 1953, el PCF encargó a Picasso un retrato para la portada del número conmemorativo de L´Humanité. El pintor, militante comunista, pretendió inspirarse en la imagen del líder soviético popularizada por el novelista Henri Barbusse:  cabeza de sabio, rostro de obrero, uniforme de soldado.  Pero el dibujo, ajeno al canon ortodoxo del realismo socialista, disgustó a muchos y Picasso fue objeto de acres críticas que sorteó sentenciando: “Algún día lo que me reprocharan es que haya retratado a Stalin”.

Los accidentes de la fisonomía real pocas veces complacen a quienes admiran o detestan a los ídolos. El trabajo del historiador no consiste en maquillar al modelo, sino en situarlo en su contexto. Exponerlo a la crítica de las fuentes. Revelar su historicidad. Esto es lo que ha acometido Paul Preston en El zorro rojo, su biografía de Santiago Carrillo. En ella traza el recorrido de una figura que, como ha señalado Ricard Vinyes para la generación de los años 30, protagonizó la “parte densa” del siglo XX. Otros contemporáneos  se quedaron en mitos de la guerra civil, en referentes del exilio o en iconos de la lucha antifranquista. Carrillo transitó en activo todas estas etapas del corto siglo XX español.  Por ello, su huella es más profunda y su valoración, controvertida.

El libro de Preston ha levantado algunas ampollas. Se ha reprochado al autor un supuesto oportunismo y presentar a Carrillo como un adicto al poder que no dudó en pasar por encima de los cadáveres –políticos unos, en sentido no figurado otros- de antiguos camaradas devenidos en adversarios. Una  carrera que arrancaría con la traición a su mentor, Largo Caballero, y a su propio padre, Wenceslao, y que continuó con sus promotores dentro del PCE (Pasionaria), viejos amigos (Fernando Claudín) o jóvenes delfines. Sin embargo, lo que Preston afirma de Carrillo palidece ante lo escrito por críticos y disidentes, de Líster a Semprún, o ante lo que  se escuchaba en el ámbito restringido de las agrupaciones del PCE y el PSUC en los crispados debates de los años 80. Hoy, cuando las pasiones se han amortiguado y las fuentes primarias están abiertas a consulta, no hay motivo para tener que elegir, necesariamente, entre la villanía y la heroicidad.

¿Cuántos Carrillos fue Santiago Carrillo?

Estudiar las relaciones entre un personaje, un sujeto colectivo y una época plantea el problema del ángulo de enfoque. Optar por el ángulo biográfico supone secuenciar los varios Carrillos que hubo en la vida Santiago Carrillo: el joven aprendiz socialista, el catecúmeno en guerra, el hombre en la sombra del primer exilio, el estalinista de puño de acero de los años 40 y 50, el impulsor del giro copernicano de los 60, el jugador frustrado de la Transición y el tótem cuasi senatorial  de sus últimos tiempos.

Santiago Carrillo nació con la generación deslumbrada por el Octubre soviético: una juventud numerosa, radicalizada, que irrumpía en la modernidad en medio de la depresión económica y el ascenso del fascismo. Carrillo dirigió el mayor movimiento juvenil de Europa, a excepción del Konsomol soviético: la Juventud Socialista Unificada (JSU). Aquella generación se vio abocada a ejercitar su músculo en el contexto de una guerra total, en la que Carrillo –y no exclusivamente- protagonizó uno de los episodios que ejemplifican la brutalidad de la confrontación política en los años 30: Paracuellos. Fue un actor del cuadro, pero no el director de escena: elementos más veteranos, cuadros especiales poco conocidos estimulados por un vector exterior corrieron con la responsabilidad de liquidar al enemigo interno antes de sumirse de nuevo en las sombras. La Causa General, consultable en Internet, no dedicó a Carrillo un dossier propio hasta que en 1946 entró a formar parte del gobierno Giral en el exilio. Para los inquisidores franquistas, los responsables principales habían sido José Cazorla y Serrano  Poncela. En principio, Carrillo no rehusó usufructuar en plena guerra  la fama derivada de aquella misión en beneficio de su ascenso en la jerarquía del partido. El resto de su vida, en sus distintas reelaboraciones autobiográficas, negó de distintas formas su cuota de responsabilidad en los hechos, probablemente sin convencerse siquiera a sí mismo.

En los años 40 y 50, Carrillo fue un aventajado estalinista. Preston no dice nada que no sea evidente. Pocos comunistas de aquella generación fascinada por la imagen de la bandera roja flameando sobre el Reichstag no lo fueron. Eminentes teóricos del policentrismo, como Togliatti, fueron en su momento entusiastas de Stalin y corearon los procesos de Moscú. Carrillo, y no la vieja guardia (Ibárruri, Uribe, Mije) fue el responsable de la estalinización del PCE. Desembarcado en Francia en 1944, llegó para ajustar el partido al modelo de status quo definido en Yalta y para procurar un nivel de incidencia en el interior de España que impidiera que los comunistas fueran preteridos en el diseño de una futura salida a la dictadura. Ducho en las artes de la lucha fraccional, desalojó a quienes habían dirigido la resistencia en primera línea (Monzón, Trilla) o pretendían hacerlo independientemente (Comorera). Disciplinó los frentes del interior –guerrilla y cárceles- mientras disfrutó de un cierto nivel de autonomía respecto a los órganos superiores de dirección, repartidos entre Moscú y México. Forjó un estilo de dirección propio, lo que sus adversarios denominaron “carrillismo”, mezcla a partes variables de personalismo, burocratismo, grandilocuencia táctica y una asombrosa capacidad para desarrollar como propias las ideas de los adversarios purgados. Con la colaboración de su amigo Fernando Claudín, posteriormente absuelto por la Historia, Carrillo aherrojó la organización del partido de manera implacable. Las fuentes de archivo, entre ellas las del propio PCE, son aún más duras que lo que el libro de Preston bosqueja.

Con un partido galvanizado en torno a un núcleo de cuadros curtidos en la lucha armada y en la clandestinidad, la dirección encabezada por Carrillo desconocía en gran medida las circunstancias de la realidad española. La convicción de que el desplome de la dictadura era inminente, por su propia descomposición, condujo a la comisión de errores de bulto. En su haber debe contar, sin embargo, la perspicacia para captar el potencial de iniciativas autónomas como las que alumbraron las CCOO, o para imprimir dirección a los frentes de masas que más contribuyeron a erosionar al Régimen: estudiantil, cultural y vecinal. Fue también por entonces, con un anquilosado bloque socialista fragmentado por el cisma chino-soviético y cuestionado por los movimientos sociales emergentes cuando Carrillo jugó la carta de la independencia de Moscú. Sin embargo, amparándose en las excepcionales características de la lucha clandestina, nunca dejó de gobernar la organización con un criterio de verticalidad autoritaria.

Carrillo logro articular el principal partido de oposición a la dictadura y, con ello, sostener la esperanza de que el franquismo no fuera más que un trágico y turbio  paréntesis en la lucha del pueblo español por la libertad. Pero, llegada la democracia, fue sacrificando pedazos de su identidad y refrenando su ímpetu, creyendo obtener así el peso específico en la gobernabilidad del país que las urnas y el modelo bipartidista le negaron sistemáticamente. Su carisma, valorado entonces por sus adversarios, no impidió que su liderazgo fuera cuestionado por unas bases cuyo desarme ideológico (República, memoria resistente, oposición a los pactos de la Moncloa, leninismo) fue metabolizado como un rosario de concesiones sin otra contrapartida que el esculpido del rostro del secretario general en el imaginario monte Rushmore de la Transición española. Quien en su tiempo  había acometido una renovación profunda de la dirección del partido no supo aceptar su propio relevo, dejando tras su forzada salida un paisaje de escombros.

No solo Carrillo.

El libro de Preston contiene, sin duda, valoraciones discutibles: la atribución al joven Carrillo de la colaboración en una destrucción del PSOE para la que los socialistas se bastaron solos, con su desorientación sobre la naturaleza de la guerra y sus banderías internas; o la evaluación negativa de la prolongación de la apuesta por la lucha armada, el fracaso de la Huelga Nacional Pacífica o la errónea apreciación de la correlación de fuerzas en puertas de la Transición. Puestos en comparación, no fueron menores los yerros de otras fuerzas opositoras: desde quienes rindieron un involuntario pero perdurable servicio a Franco poniendo fin a la resistencia republicana con el golpe de Casado hasta  los que se refugiaron en  el retraimiento mientras confiaban en la intervención aliada para desalojar al  dictador. Pasando por los viejos líderes socialistas que se aproximaron candorosamente a Juan de Borbón poco antes de que este mandase a su hijo a educarse en España bajo la tutela del Caudillo.

La lectura de El zorro rojo permite abrir interesantes hilos de debate. No es, ni creo que lo pretenda, ser la biografía definitiva de Santiago Carrillo. Tampoco sustituye la necesidad de profundizar en la historia del partido que dirigió durante un tiempo decisivo, cuya estructura se fue forjando a medida de pero también en no pocas coyunturas a pesar de y a veces en contra de su secretario general. El libro de Preston es extremadamente duro en sus conclusiones, pero eso constituye una invitación a no instalarse en el conformismo de los retratos estatuarios. No creo que algún día se le pueda reprochar haberlo escrito.

http://laestaciondefinlandia.wordpress.com/2013/09/08/las-vidas-de-santiago-carrillo/