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Crónica de un entierro sin muerto

Diagonal.net, 25/10/13 | 29 octubre 2013

priebkeEl fallecimiento del nazi Erich Priebke ha dado lugar a un episodio esperpéntico que ha reabierto la herida de la memoria histórica italiana

 

Francescomaria Evangelisti

CONFLICTO EN TORNO AL SEPELIO DE UN EXJERARCA NAZI EN ITALIA

El pueblo italiano tiene una tradición peculiar a la hora de comportarse después de la muerte de un “malo”. El cadáver de Papa Formoso fue exhumado nueve meses después de su muerte, se le pusieron sus vestiduras pontificales, se le juzgó y se le trincharon, como castigo, los tres dedos que usaba para bendecir. Cola di Rienzo, después ser alabado como tribuno de Roma, acabó asesinado como Gadafi, vestido de cabrero y delatado por un brazalete de oro (aunque en esto puede que la fábula haya ganado a la historiografía) y su cuerpo quedó como blanco para las piedras de los pueblerinos. La semana pasada se ha muerto Erich Priebke y todavía no se sabe dónde acabarán sus restos.

Para los hispanohablantes que no están al tanto de lo que pasó en Italia en el tiempo que transcurre entre el cuerpo bocabajo del dictador [Mussolini] y la llegada de Carboni al Valencia, cabe recordar que en 1943 los amiguetes alemanes se dieron cuenta de que los italianos no eran tan fascistas como se creía en Berlín y ocuparon la península mientras los nuevos amiguetes de la otra orilla del Atlántico se enrollaban con la Mafia y lentamente subían desde Sicilia. En este contexto surgieron los “partisanos”, soldados y civiles que no apreciaban la ocupación o la oportunidad de morirse en los alrededores de Stalingrado por la cruz gamada y se fueron al bosque y al monte, armados, con el objetivo de trabajar desde detrás las líneas para crear problemas a los rubios invasores. Estos solían responder con represalias, sea cargándose 10 civiles por cada soldado muerto, sea aniquilando un pueblo entero debido a la mucha prisa y a la poca fantasía.

En Roma los nazis se lo pasaban pipa. El 16 de octubre de hace 60 años entraron en la judería y se llevaron todos los lugareños. Se fueron miles, volvieron pocos.

En 1944, unos partisanos urbanos, entre los cuales estaba uno de los padres de la República Italiana, escondieron una bomba en el cubo de un barrendero en vía Rasella, una calle por la que solían pasar los alemanes. Debido a que la detonación se llevó muchos amiguetes de habla germanica, las fuerzas de ocupación hicieron las cuentas: hacían falta 330 individuos para sacrificarlos en las “fosas ardeatinas” en nombre del Dios germánico de la venganza. En estas canteras cercanas a las catacumbas estaba el capitán Priebke, que se había apresurado en encontrar las víctimas y que, por la típica precisión alemana, se llevó cinco individuos más por si acaso. En la oscuridad revisaba las cuentas y disparaba a la cabeza de los presos. Acerca de este episodio de la historia reciente italiana hay visiones discordantes que son un reflejo de la relación entre los italianos y la historia: están los que consideran a los muertos como mártires y a los alemanes cómo asesinos y otra, compartida por menos gente (por suerte), que ve en actos como los de via Rasella una naturaleza “bélica” e interpreta como obvia y justificada la respuesta. A veces los que abogan por la segunda acaban culpando a los partisanos que “jugaban a la resistencia sin dar la cara y mirando sin hacer nada para parar la masacre de los civiles inocentes”.

Acabada la guerra y comenzado este debate historiográfico, Priebke consiguió escaparse en Argentina donde tuvo una hermosa vida en un pueblecito en el que viven unos amables ancianos que no recuerdan muy bien lo que hicieron entre el ’39 y el ’45. Su agradable existencia tuvo un rápido cambio en 1994, cuando un periodista se le acercó con un cámara y le preguntó si era quien era. Contestó que sí y entre pitos y flautas el viejecito llegó a un tribunal militar de Roma, explicó que no hizo nada más que obedecer a los órdenes, se rió en la cara de algunos familiares de las víctimas y se le condenó a cadena perpetua. Siendo tan viejecito y tan amable se decidió dejarle en arresto domiciliario, más precisamente se optó por situarlo a menos de un kilómetro de mi casa, hasta que se murió. El asesino, con el paso del tiempo y entre la general indiferencia, había conseguido el permiso de salir de casa, escoltado, con su acompañante del Este europeo a comer helado, a recibir gente y hasta a trabajar, casi con cien años, en el estudio de su abogado. Hasta ha festejado cumpleaños en restaurantes.

Por la necesidad de mover el foco lejos de la crisis económica y de gobierno, desde el encuentro entre el nazi y Caronte ha empezado la farsa mediatizar titulada “¿dónde metemos ahora al viejo?”

Si en España habéis tenido “la suerte” de tener un gobernante avispado que planeó dónde poner los muertos impresentables, aquí no ha pasado. En los cementerios de Roma, por razones evidentes, el viejo no se puede meter. En el de los caídos alemanes tampoco, porque fue reservado para los jóvenes enviados a morir en batalla y el cerdo tenía 103 años y probablemente se ha muerto poco después de haberse meado en un pañal viendo algún concurso en televisión. La farsa mediática se tiñe de tragedia evocando el “que decida la familia”; entonces su hijo propone Israel, alguien dice que “ha sido un hombre moralmente discutible pero era cristiano”, la iglesia se niega, atormentada por la duda de haberlo ayudado a irse a Latinoamérica y por la certeza de haberlo hecho con otros. El caso quiere que se haya muerto cerca del aniversario de aquel día triste de la judería. El espectáculo ha tomado nueva fuerza gracias a la llegada de los lefebvrianos, unos cismáticos “suspendidos a divinis” que opinan que el Concilio II fue demasiado progresista y que la misa se debe hacer en latín. Estos ilustrados propusieron celebrar el entierro en una capilla en Albano, pueblo a lado de Roma, “medalla de plata de la Resistencia”, honor que se da a quien se ha distinguido en la lucha contra el nazi-fascismo.

El alcalde del pueblo saca una orden para que la sombra de la caja del muerto no pise los límites municipales; el prefecto saca otra que dice que hay que celebrar el entierro; el alcalde va frente a la capilla y empieza a llegar gente común, familiares de las víctimas y antifascistas heterogéneos. Cuando pasa el coche, la masa corea eslóganes en contra del muerto, tira unas patadas, escupe. Entonces llegan unos cuantos que, por alguna extraña razón, lamentan la pérdida del verdugo y saludan ‘a la romana’ a los que están al otro lado del cordón policial. Los que auspician la vuelta al modelo económico y social del fascismo italiano –cualquier cosa hayan malentendido que fuese éste–, consiguen dar la vuelta y llegar a las espaldas de los que no quieren a un nazi en su pueblo y la lían parda. El prefecto se acuerda de que también Italia tuvo guerra civil y suspende el entierro. Y el viejo allí, en la madera, pudriéndose en el veraniego octubre romano.

Horas después lo cargan otra vez y se lo llevan al aeropuerto militar de Pratica di Mare donde permanece hasta que no desaparece, en el sentido de que mientras escribo estas líneas no se sabe su paradero. El gobierno alemán, que tendría la propiedad del cuerpo, dice que ellos no son los mismos de antes, que han cambiado de nombre y se han dado cuenta de que los esclavos trabajan mejor en sus países que en un lager en Polonia, añaden que éstas son historias viejas y que no tienen nada que ver y que si por ellos fuese, el problema se hubiera solucionado enterrándolo sin nombre en algún sitio desconocido para evitar que se transforme en destinación de peregrinajes.

Mientras el gobierno no se sabe si existe y depende de otro viejo juzgado culpable –y el Presidente de la República es convocado como testigo en la investigación acerca del acuerdo Estado-Mafia– y suben los impuestos, la pregunta que se empiezan a hacer las caseras y los de mi bar es: “quien patea un coche e impide que un cuerpo sea enterrado en un rito religioso, ¿es peor de uno que ha participado a la matanza de 336 inocentes?”.

Unos días antesde que el viejo se muriese, la Junta del Lazio concedió 63.000 euros para la construcción del “museo del soldado” a Affile, dinero que, se teme, acabe en las obras del mausoleo dedicado al general Graziani.

El oficial se distinguió por la crueldad aplicada en la guerra de Etiopía de 1935 y por la soltura en el momento de ordenar el uso de gases tóxicos en contra de soldados y civiles de aquellas tierras. Con la guerra terminada fue juzgado por un tribunal, que lo imputó por crímenes en contra de la humanidad. La misma suerte hubiera podido correr Badoglio, pero tuvo la clarividencia de pasarse al bando de los futuros jueces y su apellido sigue añadido al topónimo de su pueblo natal. Las fuerzas de derecha que gobernaban la región hasta 2012 pensaron que era una buena idea permitir celebrarlo con un templete, cuyo arquitrabe sigue celebrando el “honor” y de momento no se sabe si será derribado, como obliga la ley y el sentido común

La moraleja de esto es que, como por los camareros que no monitorean a sus clientes, la culpa no es solo de aquellos que han muertos de viejos en su cama sin pagar la cuenta, sino también de quien no se lo ha exigido.

http://www.diagonalperiodico.net/saberes/20440-cronicas-desde-entierro-sin-muerto.html