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Memoria histórica selectiva

Jordi García-Soler. El Plural, 15/10/2013 | 16 octubre 2013

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Cada ceremonia de beatificación no hará más que hurgar en la herida de un conflicto que sigue pesando como una losa sobre nuestra sociedad

 

Escandaliza comprobar cómo muchos de aquellos que se oponen a la recuperación de nuestra memoria histórica más reciente –esto es, la de la incivil guerra civil española y su perpetuación durante la larga dictadura fascista que la sucedió- se complacen en preservar solo una parte –importante, sin duda, pero cuantitativamente ínfima- de esta misma memoria histórica que se empecinan en no asumir ni reconocer. Buena prueba de ello fue la ceremonia de beatificación de más de medio millar de sacerdotes, religiosos y fieles católicos que tuvo lugar el pasado domingo en Tarragona, a la que asistieron no solo un buen número de católicos procedentes de varios puntos del territorio español sino también numerosos altos cargos políticos, como el president Artur Mas, algunos ministros del Gobierno de España y muchos otros representantes institucionales, así como de gran número de cardenales, obispos y todo tipo de miembros de la jerarquía católica. Y todo ello con un muy amplio y potente eco mediático, con la retransmisión íntegra y en directo por parte de varios canales de televisión tanto públicos –La 2 de TVE- como privados –Intereconomía y 13TV

Aunque tanto el papa Francisco en su mensaje a los congregados como Jaume Pujol, anfitrión como arzobispo de Tarragona, insistieron en presentar esta masiva ceremonia de beatificación como un acto con voluntad de reconciliación, lo cierto es que el cardenal Angelo Amato, que fue quien llevó la voz cantante durante este acontecimiento religioso, lanzó una soflama incendiaria, en modo alguno de reconciliación y con una significación política inequívoca. “Los mártires –dijo en referencia a los nuevos beatos- no fueron caídos de la guerra civil, sino víctimas de una radical persecución religiosa, que se proponía el exterminio programado de la Iglesia. Estos hermanos y hermanas nuestros no eran combatientes, no tenían armas, no se encontraban en el frente, no apoyaban a ningún partido, no eran provocadores. Eran hombres y mujeres pacíficos. Fueron matados por odio a la fe”.

Nada dijo el cardenal Amato –como no lo hizo tampoco el papa Francisco ni el arzobispo Pujol, ni ninguno de los otros participantes en esta ceremonia- del indigno e indignante papel ejercido por la práctica totalidad de la jerarquía católica antes, durante y después de la guerra civil. Tampoco mencionaron a ninguno de los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos católicos represaliados por el franquismo, ni tan siquiera de los sacerdotes asesinados por el bando fascista durante e incluso después de la misma guerra civil. Tampoco hubo ningún recuerdo para los miles y miles de víctimas del franquismo causadas por acusaciones y denuncias surgidas de la misma iglesia católica, cuyos únicos “crímenes” habían sido, al menos en muchos casos, la defensa de la legalidad democrática y los derechos humanos.

Esta memoria histórica selectiva ejercida todavía hoy por la jerarquía católica española y mundial no tiene nada que ver con la necesaria reconciliación colectiva que debería cerrar, de una vez por todas, el gran trauma que supuso para el conjunto de España no solo la guerra civil sino también su perpetuación, durante casi cuarenta años más, a través de la cruel y sanguinaria dictadura fascista del general Franco, bendecida en todo momento por el Vaticano y por la gran mayoría de la jerarquía católica española. Esta necesaria reconciliación exige a la iglesia católica en su conjunto un reconocimiento público y claro de sus responsabilidades políticas antes, durante y después de la guerra civil. Un reconocimiento que requiere no solo la solicitud pública de perdón sino también la exigencia de que las autoridades públicas españolas den todas las facilidades necesarias para desenterrar los cerca de cien mil cadáveres dispersos por todo el territorio español, así como para reconocer y dignificar a todas las víctimas de la guerra civil y del franquismo, sin distinción de bandos ni creencias. Mientras esto no suceda, cada ceremonia de beatificación de mártires católicos no hará más que hurgar en la herida de un conflicto que sigue pesando como una losa sobre nuestra sociedad.

Jordi García-Soler es periodista y analista político

http://www.elplural.com/2013/10/15/memoria-historica-selectiva/