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16 sotanas vascas contra los crímenes del franquismo

El Diario Norte, 09/11/2013 | 13 noviembre 2013

curas-prision-zamora-L-aK8FZxLa juez argentina María Servini analiza en la querella la represión contra los curas vascos

 

 

Aitor Guenaga

“No han pedido perdón. ¡Es que han mirado para otro lado! ¡La iglesia oficial que bendijo la cruzada! El disgusto es con la jerarquía, sin duda”, se queja el sacerdote Patxi Bilbao.

La juez argentina María Servini analiza en la querella la represión contra los curas vascos, muchos de los cuales pasaron por la famosa cárcel concordataria de Zamora, que cumple ahora 45 años.

Juan Mari Zulaika no es de los que pone la otra mejilla. Y eso que ha sido franciscano buena parte de su vida. A sus 71 años, su poblada barba y el pelo cano recuerda mucho más a un viejo lobo de mar que a uno de los curas obreros que se enfrentó al franquismo en los años 60. Zulaika, Barbosa para algunos amigos, conoció de primera mano la famosa cárcel concordataria de Zamora, el penal donde el franquismo enviaba a los curas rojos que un buen día decidieron casarse más con la justicia social y los derechos humanos que con Dios.

Por sus manos han pasado los testimonios de los 16 sacerdotes represaliados, firmados con tinta azul, que forman parte de la extensa querella (4591/10) que investiga la juez argentina María Servini en relación con los crímenes de la dictadura franquista. Algunos, como el de Martín Orbe Monasterio: “Fuimos detenidos muchos, entre ellos  yo mismo y los sacerdotes José María Atxa, Pedro María Ojanguren y José María Ortuzar, Me infligieron torturas en la comisaría de Indautxu con objeto de arrancarme confesiones. En esta época, Mario Onaindia y Jon Etxabe fueron también torturados salvajemente. Las hay de muchos tipos: primero fuertes golpes en cualquier parte del cuerpo (…) reclinar las rodillas, doblar todo el cuerpo hacia delante, con las muñecas sujetas atrás de las rodillas y obligar a caminar a la velocidad que exijan. Seguido venía la tortura llamada ‘el quirófano’: echarte sobre una mesa, dejar colgar en su extremo de la cintura para arriba, sin permitir que te agarres a la mesa con las manos. Es esa postura, golpes de todo tipo sin darte tiempo a saber cuándo, de dónde y cómo serían. Sobre todo en el estómago, con los puños, con el libraco de la guía telefónica”.

Son páginas y páginas de ignominia. “La caza del cura”, como señala en su testimonio Josu Naberan, otro sacerdote represaliado. Multas, juicios sumarísimos, aplicación de la famosa Ley de Bandidaje y Terrorismo y, finalmente, la cárcel zamorana, penal ya desaparecido que cumple este año 45 años desde que abrió sus celdas por primera vez a los curas comprometidos con la democracia.

Cerca de un centenar de curas ‘subversivos’ fueron condenados y conducidos a la cárcel concordataria de Zamora. La gran mayoría eran vascos y sus delitos, políticos: sermones comprometidos, asistir al Aberri Eguna, retirar la bandera española del altar, denunciar las torturas en los cuartelillos, encerrarse en los locales del obispado, hacer huelgas de hambre, hablar en euskera… En definitiva, exigir libertad y situarse junto a los perseguidos por el régimen de Franco.

La dictadura, aposentada firmemente en el nacional catolicismo, persiguió a la disidencia con ahínco, se parapetara ésta tras una vietnamita, en una asamblea obrera o se ocultara bajo una sotana. La denuncia de la falta de libertades básicas, de los excesos policiales o las reivindicaciones nacionales pasaron factura también en las sacristías. Y todos los caminos de las sotanas rebeldes llevaban al penal de Zamora, aunque como alguien ha dejado ya escrito “toda España era entonces una cárcel”.

Entre ellos estaban Patxi Bilbao, el único que siguen siendo sacerdote y el decano de todos con 78 años, Josu Naberan, José Antonio Kalzada, de 74 años, y el propio Zulaika. Hoy se han reunido en Bilbao para recordar viejos tiempos. Alberto Gabikagogeaskoa, natural de Lekeitio, no ha acudido a la cita.

Este último forma parte ya de la historia por ser el primer cura que cruzó el umbral de una prisión que tenía un patio de 22 metros por 11, “con un rancho de malísima calidad”, sin apenas libros y con un frío que dejaba tiritando a sus moradores según caían las primeras hojas del otoño. “Por no hablar de la rígida censura”, rememora Zulaika. No les dejaban ni leer los boletines oficiales de las diócesis. “Maldita cárcel esta / Todavía seguimos sanos de la cabeza / Pero sobran motivos para enloquecer”, como la definió el bertsolari y entonces cura Xabier Amuriza, encerrado entre sus muros por primera vez el 15 de agosto de 1968 y uno de los sacerdotes que se amotinó y prendió fuego al penal para que la imagen de la vergüenza se extendiera por los medios de comunicación extranjeros.

No estará ya para contarle su caso a la juez Servini el cura Iñaki Aurtenetxe, fallecido recientemente. “Prohibí que se tocara el himno nacional en la consagración y el gobernador me impuso una multa de 25.000 pesetas (…) Me encerraron en una celda en la comisaría de Indautxu. Hasta seis curas coindimos en la comisaría encerrados.  De Ahí nos condujeron a la cárcel de Basauri, a celdas”. Su testimonio está entre la tonelada de papeles que siguen saliendo a la luz gracias a la investigación argentina. Historias que remueven sentimientos, pero que también refuerzan viejas amistades.

Josu Naberan, de 72 años, fue el artífice, junto a Jon Etxabe y Alberto Gabikagogeaskoa, del túnel por el que estos sacerdotes intentaron fugarse de la prisión. Corría el mes de septiembre de 1971. Lo tenía todo estudiado. “Hasta sabíamos qué guarda se quedaba dormido por la noche y qué foco de los del penal no funcionaba bien”, apunta Kalzada. “17 metros de túnel, imagínate. Utilizamos todo tipo de utensilios para quitar la tierra: cucharas, paletillas… Llegamos a ver la luz del exterior. Pero un funcionario descubrió todo el pastel”, recuerda Naberan.

– Y le dejamos encerrado al pobre Amuriza, añade entre risas Patxi Bilbao. “Trágica noche, sin luna, sin apoyo en el exterior”,  Todos sonríen esta mañana haciendo memoria de su paso por un penal que reforzó, aun más si cabe, su opción preferente por los mas necesitados y por la llegada de la democracia en España.

“Me resultaba insoportable ver que gente buena, comprometida, solidaria y bien preparada llevara más de cuatro años en aquella cárcel inhumana. Los momentos de debilidad y decaimiento los superábamos juntándonos para la realización de proyectos comunes”, ha escrito en su testimonio remitido a la juez argentina el sacerdote Pedro Berrioategortua.

Zulaika agarra con fuerza entre sus manos el libro Zamorako Apaiz-Kartzela (La cárcel de curas de Zamora). Lo levanta como si fuera un misal y es entonces cuando explica lo que parece su misión actual: “completar la memoria y hacer justicia”. Y ya de paso arrancar de la jerarquía eclesiástica  actual “cierto respeto y consideración a los vencidos, a los caídos en el olvido”. Las recientes imágenes de la beatificación de 522 “mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España”, según la terminología oficial, le enciende tanto o más que lo vivido durante la dictadura. “Esos son santos, ¿y los 17 sacerdotes asesinados, qué son para la Iglesia?”, se pregunta este exfranciscano, el menor de diez hermanos, que entró con diez años en Arantzazu y ser ordenó con 24. Aunque tuvo buenos abogados –Juan Mari Bandrés y Miguel Castells- no pudo evitar ser apaleado y enviado hasta tres veces al penal de Zamora.

El todavía sacerdote Patxi Bilbao sigue enfadado con la jerarquía católica. “No han pedido perdón. ¡Es que han mirado para otro lado. La iglesia oficial que bendijo la cruzada! El disgusto es con la jerarquía, sin duda”, se queja Bilbao.

Si se echa la vista atrás, los números marean: 16 sacerdotes fueron condenados a muerte, 278 encarcelados, 1.300 expulsados de sus diócesis y alejados de sus feligreses con los que, en gran medida, compartían un anhelo: el final de la dictadura.

Zulaika cree que, por ahora, va ganando la partida contra el olvido, aunque tampoco oculta su escepticismo ante los resultados que finalmente puedan llegar de tierras argentinas. Recoger los testimonios que ya están incluidos en la querella que investiga la juez argentina María Servini de Cubria no ha sido difícil. En realidad, era como un reencuentro con los viejos amigos. “Todos estaban dispuestísimos. Empecé con los listados, a llamar por teléfono, nos pusimos en contacto con la gente de La Comuna y, como ellos, pensábamos que no podíamos permanecer callados por más tiempo”, relata. Su entrada en Goldatu, la asociación de presos y represaliados vascos por la dictadura, hizo el resto.

¿Llegará la justicia de los juzgados argentinos?

Zulaika arquea las cejas y mira por encima de sus lentes cuando quiere expresarse con vehemencia. Es entonces cuando su ojo izquierdo le traiciona, como un Judas cualquiera, y se queda a medio abrir. Y es también cuando mirándote a los ojos responde: “No acabamos de tener la videoconferencia en la que íbamos a declarar ante la juez, está la Ley de Amnistía de 1977 y aquí hay un Estado español con el PP al frente, y eso es un bunker. Soy bastante escéptico. Hombre, a Martín Villa no le vamos a pillar y Fraga ya marchó. Hemos echado muchas horas de trabajo, gastado dinero y vamos a seguir poniendo toda la carne en el asador. Queremos que se anulen todos los juicios sumarísimos y los del TOP. ¿Quién iba a pensar que la juez se atrevería a imputar a estas cuatro personas, ordenar su detención y pedir la extradición?”, admite.

La partida está aún en juego y la bola de la memoria sigue rodando, al otro lado del charco, en un juzgado argentino.

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