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El cráter del régimen

El País, 14-12-2013 | 15 diciembre 2013

CarreroBlancoGrafico_2En el 40 aniversario del atentado de Carrero Blanco, el antiguo jefe de los servicios secretos vascos y un exetarra lo rememoran

 

LUIS R. AIZPEOLEA Madrid 14 DIC 2013

El 20 de diciembre de 1973 hacía una mañana gélida en Madrid. A las 9.35, un Dodge Dart negro avanza por la calle de Claudio Coello, en el barrio de Salamanca de Madrid, junto a un edificio de los jesuitas. En su interior se encuentra el presidente del Gobierno y delfín de Franco, almirante Carrero Blanco, acompañado de su chófer y un inspector de policía. A la altura del número 104, el coche se ve obligado a torcer a la derecha porque un Austin en doble fila le obstaculiza el paso. En ese momento, a las 9.36, el etarra Jesús Zugarramurdi, Kiskur, da la señal a su compañero José Miguel Beñarán, Argala,que, subido a una escalera y camuflado con un mono de electricista, aprieta el botón.

Al instante, el suelo se abre y el coche de Carrero con sus dos acompañantes se eleva 35 metros, salta por encima del edificio y se estampa en el alero del patio interior del convento. Se produce un gran estruendo, caen cascotes y se levanta una gran polvareda. En medio de la confusión, Kiskur y Argala gritan “¡gas! ¡gas!” mientras salen corriendo en dirección a la calle de Diego de León. En la esquina con Lagasca les espera al volante de un automóvil el tercer miembro del comando, Javier Larreategi, Atxulo. El coche enfila hacia la glorieta de Rubén Darío, y delante de la Escuela de Policía, en la calle de Miguel Ángel, los etarras cambian de vehículo y se dirigen a su refugio en la calle del Hogar de Alcorcón (Madrid), donde se esconderán durante varios días.

Mientras, en los alrededores de Claudio Coello el caos es total. Carrero, al que tardan minutos en localizar, muere a las 10.15 en el hospital. Lo mismo sus dos acompañantes. Los servicios de información no confirman la autoría del atentado hasta las cinco de la tarde. A las once de la noche, ETA, en un comunicado emitido por Radio París, lo reivindica, y una hora después lo confirma el vicepresidente del Gobierno, Torcuato Fernández-Miranda.

Los tres militantes de ETA permanecerán escondidos hasta fines de mes en el refugio de Alcorcón, del que les sacará su contacto en Madrid, Eva Forest, disidente del Partido Comunista de España. Un camión les trasladará luego a Hondarribia (Gipuzkoa). Desde allí alcanzarán Francia tras cruzar el río Bidasoa.

El magnicidio de Carrero conmocionó a la España franquista, poco habituada a la violencia desde que el PCE abandonó la lucha guerrillera y apostó por la reconciliación nacional en los años cincuenta. Era el segundo asesinato organizado de la historia de ETA —el primero fue el del jefe de Policía de San Sebastián Melitón Manzanas, en 1968— y el que hizo que el mundo conociera a la organización terrorista.

La historia de este magnicidio se remonta al año 1972. Ángel Amigo, militante de ETA entonces, detenido en 1973 y productor de cine desde 1980, con numerosos documentales y premios a sus espaldas, comenta que Argala, a sus 23 años, se había convertido en persona de confianza de los líderes de aquella ETA: Eustakio Mendizábal, Txikia; Txomin Iturbe e Iñaki Múgica Arregui, Ezkerra. Durante 1972 viajaba con frecuencia a Madrid con la triple pretensión de establecer contactos con la izquierda española, montar infraestructuras y tantear las posibilidades de atentar en la capital para quitar presión sobre su organización en Euskadi.

Argala encuentra lo que buscaba en Eva Forest, casada con el dramaturgo Alfonso Sastre, disidentes del PCE. Comparten la simpatía por los movimientos de liberación —en Vietnam, Latinoamérica, Palestina…— y Argala les convence de que ETA está inmersa en esa lucha antiimperialista, dice Amigo.

Eva Forest ofrece a Argala una información muy valiosa: Carrero, el sucesor de Franco, vicepresidente del Gobierno entonces, acude diariamente a misa, a la misma hora, en los Jesuitas y solo va acompañado de un escolta. Cuando Argala lo confirma en persona, se queda perplejo.

Amigo recuerda que en 1977 Eva Forest —fallecida hace seis años— le contó que escribió un relato del atentado, Operación Ogro, salpicado de pistas falsas para proteger a los participantes del atentado, entonces en la clandestinidad. Forest lo redactó con la participación de los miembros del comando, tan solo tres meses después del magnicidio, en la villa de Marc Legasse, en Ciboure (Francia), y lo publicó con el seudónimo de Julen Aguirre. Una de esas pistas falsas contaba que el comando huyó por Portugal cuando la realidad es que permaneció oculto en Madrid varios días.

Ella misma se camufló tras otra pista falsa. Para protegerse, creó un personaje literario al que atribuye la cita con Argala en la cafetería Mindanao, en la calle de San Francisco de Sales de Madrid, y la información sobre las sorprendentes rutinas de Carrero. De ese personaje nace la leyenda de que fue la CIA la que inspiró el atentado. Una leyenda porque en ningún documento de la CIA desclasificado existe referencia alguna al atentado, insiste Amigo. Sin embargo, proliferan los libros que señalan la autoría intelectual de la CIA.

El que fue jefe de los servicios secretos del País Vasco —el embrión del Cesid— entre 1972 y 1979, el general Ángel Ugarte, ya retirado, es rotundo: “El atentado contra Carrero Blanco lo ejecutó ETA con logística de los comunistas españoles”, en alusión a Eva Forest y su red de relaciones de la izquierda en Madrid. “Los etarras no sabían moverse bien en Madrid y fue Forest, muy bien relacionada en la capital, la que les hizo de guía”.

Otro argumento de peso que desmonta la hipótesis de la CIA como inspiradora del atentado es la actitud de ETA, añade Amigo: “Cuando Argala informa a los jefes de ETA —Txikia, Txomin y Ezkerra— de sus pistas sobre Carrero, lo que se plantean no es matarle, sino secuestrarle para conseguir a cambio la liberación de los 150 presos que tenía ETA”.

A fines de 1972, Argala, acompañado de Ignacio Pérez Beotegi, Wilson, y de Javier Larreategi, Atxulo, se instalan en Madrid para preparar el secuestro. Como son conocidos, la dirección de ETA, para justificar su ausencia, dice que están sancionados.

Calculan que para secuestrar a Carrero y neutralizar a su escolta dentro de la iglesia necesitarán tres comandos de cuatro personas. Alquilan casas nuevas y una tienda de ropa próxima al estadio Santiago Bernabéu con la pretensión de retener al secuestrado. Esos movimientos culminan en abril. Pero en abril ETA sufre dos contratiempos. La tienda de ropa es asaltada una noche por unos cacos, lo que les obliga a abandonarla, y Txikia, su jefe, muere en un enfrentamiento con la policía en Algorta (Bizkaia).

Tras el fallecimiento de Txikia, en mayo, la dirección de ETA tiene la osadía de convocar una reunión en Getafe (Madrid) para estudiar sus consecuencias. En esos meses, el trasiego de dirigentes y liberados de ETA a Madrid es constante, cerca de treinta. Así, para sustituir la tienda de ropa, construyen un zulo en un piso en la calle del Hogar de Alcorcón que ha proporcionado Forest, con la pretensión de encerrar allí a Carrero. Con Antonio Durán, albañil y exmilitante del PCE, trabajan en el zulo hasta una decena de etarras con Argala de capataz.

Ugarte, entonces jefe de los servicios secretos en el País Vasco, cree que “hoy sería impensable. La policía y la Guardia Civil tenían entonces un gran desconocimiento sobre ETA. La información era muy elemental y no había coordinación. Se despreciaba el peligro de la banda. Es falso que desde arriba se dejara hacer el atentado. Nadie se enteró de sus preparativos y puedo asegurar que nos cogió desprevenidos a nosotros y al régimen, que entonces estaba preocupado, sobre todo, porque Franco se moría”.

Ángel Amigo confirma, por su propia experiencia, cómo aquella policía solo utilizaba la represión, y no la información. Coincide con Ugarte en que a Txikia lo mataron cuando lo podían haber detenido. Y recuerda una anécdota surrealista cuando le detuvo la Guardia Civil en 1973. Le preguntaron “por dónde venían”, y al contestarles que “indistintamente”, le sacudieron hasta que dijo que “por los dos lados”, porque la respuesta anterior era de “intelectuales”.

El 9 de junio, ETA se encuentra con la sorpresa de que Franco nombra a Carrero presidente del Gobierno, lo que empuja a su dirección a aplazar hasta septiembre su decisión. Deciden que ese mes regrese el comando a Madrid, al que se le bautiza Txikia en homenaje al líder muerto. Wilson se queda en Francia por discrepancias internas y le sustituye Kiskur, que acompañará a Argala y a Atxulo con un nuevo responsable: Josu Urrutikoetxea, Josu Ternera.

El comando confirma que el ascenso de Carrero complica el secuestro al redoblarle la escolta. ETA se inclina por el atentado, pero duda cómo hacerlo. Ezkerra se traslada a Madrid para comunicarlo al comando. Al no ser ya necesaria tanta gente, abandonan todos los pisos menos los de Aluche y Alcorcón. El comando realiza algunas acciones para familiarizarse con Madrid: el 25 de septiembre asalta una armería y el 2 de octubre roba un fusil a un soldado de guardia en la Capitanía de Madrid, en la calle Mayor.

Es Argala quien despeja las dudas sobre cómo ejecutar el atentado. Al inicio de noviembre ve que en el 104 de la calle de Claudio Coello, por la que circula Carrero todos los días, se alquila un bajo. Vio enseguida el tipo de atentado. Excavar un túnel desde dentro hasta el centro de la calle y colocar allí un explosivo que haría saltar a Carrero a su paso. La dirección acepta la propuesta.

Atxulo se hace pasar por escultor para justificar el ruido para excavar el túnel desde el bajo alquilado. A fines de noviembre, Txomin y Ezkerra se trasladan a Madrid y comunican al comando que se ejecute la acción antes de fin de año. Excavan el túnel, con muchas dificultades, entre el 7 y el 15 de diciembre, aprovechando la experiencia de Argala, que en 1970 excavó en las cercanías de la prisión de Burgos otro túnel para tratar de liberar a los presos etarras. Ezkerra y Txomin traen los explosivos. Fijan la fecha para el 19 de diciembre, pero la retrasan al 20 porque se anuncia que ese día visita Madrid el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, y la Embajada norteamericana está muy cerca del lugar del atentado. Ese cambio hará coincidir el atentado con el inicio del Juicio 2001 contra los líderes de Comisiones Obreras, pero ETA no lo tiene en cuenta. Los días 17 y 18, los tres miembros del comando, que se quedan solos en Madrid, aprovechan para hacer las maletas y realizar un simulacro de la acción.

El 20 de diciembre, a las ocho de la mañana, visitan por última vez el agujero de Claudio Coello para colocar las cargas: 75 kilos repartidos en forma de T. Desde las nueve de la mañana, los tres miembros del comando se colocan en su posición para esperar a Carrero. A las 9.35 ven su coche enfilar la calle y un minuto después salta por los aires.

Ángel Ugarte admite que ETA logró tres objetivos: la venganza por sus militantes muertos, entonces nueve; un gran golpe de efecto que le diera proyección internacional y tratar de romper el régimen. Ugarte matiza lo último: “Con Carrero es posible que el régimen hubiera evolucionado de forma más lenta hacia la democracia. Pero el cambio de régimen era inevitable. Nosotros lo veíamos. El Príncipe era Rey in péctore y él lo tenía claro, y Carrero nunca hubiera ido contra él. Era muy disciplinado. Se hubiera sometido como hicieron otros”.

Ugarte se asombra aún de “la osadía y la locura” de aquellos jóvenes, con una media de 24 años. Pero no duda de que fue ETA con el apoyo de Forest y su red de la izquierda en Madrid. Amigo cree imposible algo parecido hoy por muchas razones: “Aquellos jóvenes vivíamos en una dictadura y habíamos mamado las historias de la Guerra Civil y de la represión. Creíamos posible hacer aquí lo que hacían las guerillas latinoamericanas. El impacto del Juicio de Burgos, de 1970, en el que los condenados de ETA salieron moralmente triunfadores, nos estimuló. La juventud y la audacia hicieron posible lo que hoy es imposible. Aquel referente no existe. Ha desaparecido la lucha guerrillera. La mayoría de los procesados de Burgos se reintegraron con la amnistía y hoy defienden sus ideas democráticamente. Y por encima de todo, Franco y la dictadura ya no existen”.

http://politica.elpais.com/politica/2013/12/13/actualidad/1386951906_963822.html