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¿Qué hacemos con Franco?, por Justo Serna

Justo Serna, 4 Diciembre, 2013 | 5 diciembre 2013

franco asesino2Empecemos con una definición muy sencilla, una síntesis que resuma aquello que pienso del régimen del general Franco

 

 

Estas ideas son propias y ajenas y quien mejor las resume es José Luis Ibáñez Salas en su libro sobre el Generalísimo. Lo que voy a decir no es nada original, pero parece que hay que repetirlo, dada la frivolidad con la que algunos historiadores presentan la vida del Caudillo. Pido disculpas a los lectores para quienes todo esto resulte conocido, archisabido.

¿Qué es el franquismo? Es una dictadura militar; pero es a la vez un sistema político unipartidista: vale decir, formalmente constituido por un partido único (Falange o Movimiento Nacional). A la cabeza hay una jefatura del Estado rodeada de plenos poderes: el régimen se calificará como un Reino sin Rey.

El franquismo es un régimen castrense o pretoriano que dirige un militar, un Jefe de los Ejércitos que es a la vez Jefe del Estado con el título de Generalísimo o Caudillo. Al Jefe se le rinde culto: ha ganado una Guerra Civil, una Cruzada, y por tanto ha probado su valía en el campo de batalla. Su inspiración es religiosa, nacional-católica.

El Alzamiento de Francisco Franco, que da lugar a la Guerra Civil, es tradicional y moderno. Primero, es una asonada típica del militarismo español. Segundo, es un movimiento de inspiración fascista.

Como otros países que han experimentado los efectos de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución de Octubre, la España que Franco se propone rehacer –la España de la quiere extirpar el marxismo y el liberalismo, la democracia y el parlamentarismo– es un país aquejado por una grave crisis económica; es un país alterado por crisis sociales duramente reprimidas y de consecuencias violentas; es un país que ha padecido derrotas militares (el africanismo) o amenazas revolucionarias (1934).

Los fascismos se presentan como una solución tajante a los males de la modernidad: el principal de ellos, la presencia de las masas. Pero a la vez los movimientos fascistas hacen uso de la técnica moderna, de la movilización intensa y extensa de la población: hay encuadramiento y hay represión feroz; pero hay también dominación ideológica, socialización política.

En los regímenes fascistas de Benito Mussolini o de Adolf Hitler, el partido y el Estado se confunden. Es por eso por lo que el totalitarismo –según la doctrina mussoliniana– tiende a eliminar las instituciones mediadoras. El objetivo es acoplar enteramente la sociedad al Estado, cuya encarnación es el Duce o luego el Führer. En la base del régimen de Franco hay un pequeño partido o movimiento de corte igualmente fascista y hay equivalencias o similitudes con los regímenes totalitarios.

Pero en el franquismo el régimen y el partido no son lo mismo. El sistema nace de una Guerra Civil y, por tanto, nace de una coalición de fuerzas combatientes y políticas que luego tendrán distinta influencia o predominio. Hay diversas familias políticas con ideologías variadas: desde el falangismo hasta el carlismo, pasando por el Opus Dei o los propios militares.

Es un régimen que dura y evoluciona. Dura gracias a la circunstancia estratégica que lo beneficia –particularmente la lucha occidental contra el expansionismo soviético– y evoluciona desde el totalitarismo de corte fascista hasta el autoritarismo: desde el sistema fascista de partido único hasta la dictadura unipersonal de pluralismo político limitado.

Pero lo que no dejará de ser el franquismo es un sistema represivo, antiliberal y antidemocrático, como otras dictaduras de origen fascista. El régimen del Caudillo añade el elemento religioso, propiamente reaccionario: el catolicismo ultramontano.

El régimen de Franco fue un sistema social y políticamente desastroso, una profunda grieta en la historia española de la que aún no nos hemos repuesto por entero. Combinó el fascismo violento y ornamental de Falange con el confesionalismo de la Iglesia católica y el militarismo de un ejército africanista.

Impuso primero la autarquía económica –de grandísimos costes— para  luego evolucionar liberalizando sólo en parte el mercado, un mercado frecuentemente intervenido: con numerosos frenos, con corrupciones.

Tal vez algún lector se pregunte por qué pongo la portada de ¡Hola! para ilustrar este post. La respuesta es bien sencilla. Resume la imagen que la dictadura quiso ofrecer al final. La moraleja sería más o menos ésta: hacia los años sesenta y sententa, España está dirigida por un viejo militar, un abuelo quizá algo severo pero capaz de sonreír, un soldado que aún viste de bonito aunque ya es sobre todo un civil.

O como dice José-Carlos Mainer y reproducen Gonzalo Pasamar e Ignacio Peiró en su Diccionario Akal de historiadores españoles (1999): Franco, en su vejez, se presenta como un “pulcro y distante anciano que alternaba el traje de tres botones, chaleco y sombrero breve, con los atuendos de patrón de yate, de sabio jugador de golf (según el modelo impuesto por Eisenhower), paciente pescador de salmón o cazador al rececho”.

Repaso todas esas imágenes y me doy cuenta de que son, precisamente, las que he ido poniendo en los últimos años cada vez que he escrito sobre el tirano (Las cacerías de Franco, Mundo bizarro, etcétera). Detrás de esa sonrisa bonachona que ¡Hola! reproduce están el autócrata, el dictador arbitral, el militar alzado en armas, el golpista.

El régimen del general Franco dura y se adapta a las condiciones del contexto internacional. Su prolongada supervivencia se basa, en primer lugar, en la autarquía: en el cierre del tráfico y en la restricción arancelaria, provocando una gran penuria; en segundo lugar, se fundamenta en el desarrollismo, en una apertura limitada del mercado, con monopolios y concesiones, con contratas y privilegios.

Pero la dictadura se prolonga gracias a la represión minuciosa y constante de los opositores; se basa en el miedo, en la delación, en la vigilancia. La policía cumple celosamente con su cometido y a la vez con gran ineficacia, cosa que obliga a demostrar mayores ferocidad y crueldad.

Se dice que Franco concibió España como un cuartel. Hay mucho de cierto en ello. En realidad, la vida en España se desarrolla exactamente en el patio de un cuartel: los individuos respiran aliviados por el simple hecho de estar vivos, de estar paseando, aunque sea con temores y con dolores; respiran si se les deja en paz, si no son directamente acosados, perseguidos, eliminados. Es posible sobrevivir malamente no significándose, pasando inadvertidos.

Hay mucha gente empapelada,  sí: muchas personas que desaparecen, que son ajusticiadas, personas no pueden oponerse a la firme y punitiva represión. De repente, en el patio de un cuartel, ciertos individuos ya no están. ¿A qué se debe?

Los vigilantes no responden o incluso amenazan, pero acaban estableciendo colusiones con ciertos internos. De esas  alianzas extraen beneficios unos cuantos.

Al principio, el único alimento permitido es lo que los propios internados cultivan en los pequeños huertos o lo que consiguen con la venta de lo que fabrican en los talleres penitenciarios: una magra cantidad que servirá de escaso sustento. Hay mercado negro y avispados que hacen negocios. Con los años, el establecimiento alivia las pésimas condiciones de vida. No cesa la persecución y una parte de esa población sigue pasándolas canutas. Pero la intendencia ha mejorado.

Al alcaide, que va envejeciendo, se le recuerda por la gesta originaria, por la guerra en que se batió; pero ahora suele presentarse sin uniforme, viéndosele como un anciano civil, como un padrecito que vigila a su prole, siempre dispuesta a los desmanes. Ha traído la paz entre los internos gracias a la supervisión, la persecución y la eliminación de los díscolos o rebeldes. Ha traído la paz…, eso creen él y sus funcionarios, y así se lo hacen creer a los presos gracias a la megafonía estridente.

Hay desde luego una cierta prosperidad: esa intendencia llega a casi todos y quienes visitan el patio se sorprenden de las buenas condiciones materiales, incluso de las vistas interiores de que disfrutan los ingresados.

Hay mejoría, sí, pero hay también una corrupción generalizada de la que no pocos internos participan. El alcaide, que lleva una vida austera, hace la vista gorda y deja hacer a sus subordinados: y deja hacer a su propia familia y allegados, que aprovechan esa cercanía para hacer pingües beneficios con la intendencia.

Pero todo acaba: ciertos internos, que no han conseguido escapar o que incluso han regresado, se organizan para terminar con aquello. Hay una ingratitud en la respuesta, piensan el alcaide y sus adláteres. ¿Ése es el pago a quien veló por todos ellos? ¿Hay que ser desagradecidos para oponerse a un régimen que ha facilitado una mejora y ha impuesto el orden.

Una grave enfermedad desarbola al alcaide. Todo se precipita…

Justo Serna

http://puntodevistaeditores.com/que-hacemos-con-franco-por-justo-serna/