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Tres lecciones argentinas

Julen Arzuaga. Gara, 27.12.2013 | 29 diciembre 2013

_PrGara.netRecién regresados de la capital porteña tras la delegación de acompañamiento a la Querella por los crímenes franquistas

 

JULEN ARZUAGA

EUSKAL PARLAMENTARIA

TRES LECCIONES ARGENTINAS

Los autores del artículo han compartido en Argentina una experiencia enriquecedora con los integrantes de la coordinadora estatal de apoyo a la Querella Argentina contra crímenes del franquismo (CEAQUA), de la que extraen tres lecciones que exponen en estas líneas y se comprometen a trasladar a su acción política.

Recién regresados de la capital porteña tras la delegación de acompañamiento a la «Querella por los crímenes franquistas» y tras digerir el cúmulo de acontecimientos e información acumulada, tres son las lecciones que quisiéramos reseñar.

La primera es, sin duda, la lección dada por la Coordinadora estatal de apoyo a la Querella Argentina contra crímenes del franquismo-CEAQUA. Un mosaico de hombres y mujeres que han tomado la determinación de que no quieren ni pueden olvidar el sufrimiento sin respuesta generado por décadas de franquismo. Una coordinación de diferentes plataformas territoriales (la catalana, la andaluza, la asturiana, la madrileña, la vasca…) y de otros grupos que trabajan ámbitos concretos de la represión franquista (desapariciones, tortura, masacres policiales, trabajo esclavo, robo de niños, exilio…). Una lección de constancia en la reivindicación de la verdad, aún oculta; de la justicia, aún inoperante; de la memoria, aún inacabada, que impera para las decenas de miles de víctimas de la dictadura golpista española. Un crisol de sentimientos que se verbalizan en reclamaciones con una claridad y una contundencia sorprendente: «ya no somos invisibles, ya no nos pararán». Claridad y contundencia ante la que las instituciones políticas no hemos conseguido todavía estar a la altura.

En la delegación de querellantes ha brillado con luz propia la Plataforma vasca. Personas de la altura de Andoni Txasko, Jon Arrizabalaga, Felipe Izagirre, Josu Ibargutxi o Mari Jose Zorroza y sus vivencias. El recién fallecido Sabin Arana, impulsor de esta iniciativa en Euskal Herria, acrecienta la intensidad de esa luz. Luz que no prescribe bajo leyes de amnistía, ni se corrompe por reconocimientos de segunda y menos aún se olvida en el sueño de los injustos. Esos injustos impunes al refugio del Estado. En las palabras de los querellantes no hay complejos, no hay dobleces, ni paliativos que puedan muñir la tragedia. Lo que sucedió fue pero no es, porque no hay una verdad oficial que muestre su extensión y su intensidad. Porque no ha tenido reconocimiento en justicia. Y ahora, lejos, pero encuentran quien les escucha.

La segunda lección nos la ha aportado la sociedad argentina. Charlar con ellos nos muestra un proceso no perfecto, pero perfectible, que tiene todos los ingredientes para cumplir su objetivo: establecer verdad, justicia, memoria. Conocer el centro de detención clandestino de la Ex-Escuela de Mecánica de la Armada, La Salve o el Intxaurrondo porteño, hoy convertido en museo de los horrores recientes, es una sonora bofetada comparativa. Al lado, el edificio principal de la ESMA ha sido recuperado como «un espacio para la memoria del terrorismo de estado». Sin medias tintas, sin paños calientes. El resto de las dependencias del predio antes ocupado por militares son empleados ahora por organismos de la sociedad civil para desarrollar acciones que ponen en valor la memoria y los derechos humanos. Su actividad pivota sobre el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, vértice neurálgico de actividades multidisciplinares con las que se quiere expresar de mil maneras que la sociedad argentina no olvidará recordar. Y que por eso no repetirá su pasado. Una adhesión diaria al compromiso de que nada de lo que ocurrió vuelva a suceder. Una lección de la que extraer profundas enseñanzas ante debates aquí pendientes sobre cómo queremos preservar la memoria y catapultarla hacia un presente de paz integral y un futuro de convivencia democrática. Lecciones que, de vuelta a casa, chocan con diseños de corto alcance de Institutos de la memoria extraídos de anteriores legislaturas y renovadas complicidades, del «tápame aquí, que yo te cubro allí» en Memoriales de víctimas teledirigidos desde Madrid. Una política popular de memoria (allí) frente a un caos memorialístico de élites (aquí).

Con esas herramientas, la sociedad argentina aparece cohesionada en torno a su pasado. Las decisiones adoptadas para hacer una transición de la dictadura a una democracia, sin duda mejorables, son una verdadera inspiración para quienes han visto o hemos conocido que el franquismo se autoamnistiaba. Para quienes hemos experimentado cómo la transición española, aún defendida como modélica, no era sino un cierre en falso de un régimen fascista que perduraría en su esencia. Para quienes visualizamos que sus principales poderes (ejército, policía) se trasponían al nuevo régimen sin depuración y que otras figuras cosméticamente reformadas (Monarquía, Cortes, Tribunal de Orden Público…) solo servían para asegurar atado lo bien atado. Nos avisaban los organismos internacionales: sin reconocimiento, sin reparación, sin rehabilitación no se garantizaría que lo que ocurrió volviese a suceder. Como después hemos podido vivir y sufrir en este país.

Allí se revocaron las leyes de punto final y de obediencia debida, espejo de la aquí vigente Ley de Amnistía de 1977. Y las autoridades políticas y judiciales operaron en consecuencia. Hostigando a los perpetradores de delitos de lesa humanidad en los tribunales y no permitiéndoles medrar en lo político. Exactamente lo opuesto a lo que ha sucedido aquí. Eso ha determinado una visión de la sociedad argentina, un relato, si se prefiere, común, compartido, vertebrador. Sana envidia.

Y esa es la tercera lección. La ofrecida por responsables judiciales que en vez de abrir caminos de impunidad para los perpetradores se vuelcan con las víctimas. Que escucha atentamente y con respeto sus tragedias y les asegura que «si bien son muchos los palos que se ponen en las ruedas, estas siguen avanzando». Que acogerá sus denuncias y les dará forma jurídica, apuntando responsabilidades entre ejecutores y también entre Ministros y responsables políticos que les daban las órdenes de proceder. Quienes nos reunimos con la jueza Servini de Cubría salimos sorprendidos lo que debería ser lo ordinario: un juzgado que promete investigar delitos que aún no han prescrito.

Tercera lección que tiene otra derivada. En las reuniones en las Comisiones de Derechos Humanos del Senado y del Congreso pusimos sobre la mesa dos cuestiones: el apoyo del Parlamento vasco y de instituciones locales a la querella argentina, pero la necesidad de que sean los querellantes quienes pongan palabras a su sufrimiento. Ellos y ellas fueron las verdaderas protagonistas. Nuevamente la respuesta de los legisladores argentinos sobrepasa las expectativas. Dirigiéndose a la Coordinadora de la Querella adoptaron el compromiso de «gestionar cualquier propuesta que ustedes nos trasladen, que la asumiremos como propia de este Congreso por medio del conducto legislativo adecuado». Un cheque en blanco dado por quienes atesoran incuantificables fondos de dignidad y de integridad por haber hecho razonablemente bien el cierre de un pasado horroroso. Porque si bien los muertos y desaparecidos por la dictadora Argentina, nominados en una lista aún creciente en el Parque de la Memoria no volverán, su recuerdo y sus ideas de libertad y democracia perduran.

Tres lecciones que con humildad interiorizamos y nos comprometemos a trasladar en nuestra acción política.

(*) También firman este artículo Santi Uribe (alcalde de Otxandio), Karlos Arranz (alcalde de Urduña) y Sabino Cuadra (diputado en el Congreso de Madrid).

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