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Dos tumbas de Madrid: la del dictador y la del partisano

Un paseo por la Memoria, 29-01-2014 | 30 enero 2014

cristino1En Madrid podemos encontrar la tumba de Ante Pavelic, o la de Cristina García

 

Nos encontramos en el Cementerio de San Isidro, en el distrito madrileño de Carabanchel. Los cipreses bailan sobre los panteones de artistas y aristócratas. Se trata del cementerio eclesiástico más antiguo de la capital y está catalogado como Bien de Interés Cultural y uno de los camposantos más valiosos de Europa. No tardamos en llegar al recinto más solemne e histórico del cementerio y nos topamos con las tumbas de Moratín, Canalejas o Cánovas del Castillo. Y entre todas ellas, la del dictador y genocida croata Ante Pavelic.

El 6 de abril de 1941, fuerzas de la Wehrmacht, junto con el apoyo de otros países aliados, invadieron Yugoslavia. Cuatro días después se proclamó el nuevo Estado Independiente de Croacia, un Gobierno títere controlado por la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, pero dirigido por Ante Pavelic, fundador de la Ustaša, una organización terrorista nacida en 1929 y basada en el nacionalismo croata y el racismo religioso.

Pavelic tomó el puesto de primer ministro y de ministro de Exteriores y ese mismo mes declaró la guerra a Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS. Desde un principió estableció un nuevo orden totalitario basado en el culto a la nación, el Estado y el caudillo que él mismo representaba.

La dictadura croata persiguió especialmente a los serbios, pero también a judíos, gitanos, comunistas y cualquier tipo de oposición. Las tropelías de los ustašas sobrepasaron todo límite imaginable. La desilusión de la población pronto se hizo evidente a consecuencia de los acuerdos de Roma y la cesión de territorios a Mussolini, la mala situación económica y las persecuciones indiscriminadas.Además, se promulgaron leyes antisemitas y se abrieron campos de concentración y de exterminio. En agosto de 1941 se estableció el mayor y más salvaje de todos ellos: Jasenovac.

En poco tiempo se construyó un complejo de cinco subcampos (Brocice, Krapje, Ciglana, Jozara y Stara Gradiska), repartidos en 240 km a orillas del río Sava. Sólo están documentadas unas 113.000 víctimas, aunque diversas fuentes estiman que hasta 700.000 personas fueron ejecutadas en el que está considerado como uno de los campos de exterminio más crueles de todos los tiempos.

Cuando el Plenipotenciario General del EIC, el alemán Edmund Glaise-Horstenau, visitó el campo en calidad de representante de Hitler en Zagreb, lo definió como “epítome del horror”. Denunció y se opuso a las atrocidades de la Ustaša en numerosas ocasiones pero fue en balde y la tensión entre él y Pavelic se hizo cada vez más profunda. En 1944 formó parte del complot Lorkovic-Vokic, con el propósito de derrocar el régimen y su sustitución por un gobierno pro-aliado, pero fracasó y Von Horstenau fue destituido. En mayo de 1945 fue capturado por Estados Unidos y un año después, ante el temor de ser extraditado a Yugoslavia, se suicidó en el campamento militar de Langwasser.

Volviendo a Jasenovac, la crueldad de los asesinatos que tuvieron lugar allí fue incluso más virulenta que la de los campos nazis. El procedimiento más habitual era el degollamiento con un cuchillo conocido como srbosjec (“raja serbios”). Durante el verano de 1942 llegó al campo un cargamento de 10.000 campesinos serbios. Los guardias organizaron un concurso que consistió en matar con el srbosjec al mayor número de personas posible. El ganador fue Petar Brzica, que logró asesinar de 1100 a 1360 personas, y fue premiado con un copioso banquete. Tras la guerra logró escapar a Estados Unidos y nunca pagó por sus crímenes.

Además de este procedimiento, también se asesinó quemando vivos a los prisioneros en grandes hogueras, ahogándoles en el río Sava o en pilas de cal viva, disparándoles tiros en la nuca, decapitándoles con hachas, envenenándoles, o golpeándoles en la cabeza con un enorme martillo y todo tipo de objetos contundentes. Además, se instaló una deficiente cámara de gas donde se asesinaba con dióxido de azufre o Zyklon B y se utilizaron los hornos de una antigua fábrica como crematorios. Por otro lado, la mayoría de prisioneros murieron de hambre o enfermedades (especialmente el tifus) y miles de mujeres fueron violadas con la mayor brutalidad, hasta el desmantelamiento del campo en abril de 1945.

El comandante en jefe de la red de campos croatas de exterminio se llamaba Vjekoslav Luburic. El que acabaría siendo descrito por los alemanes como “sádico extremo” se entrenó en Auschwitz y visitó varios campos de concentración alemanes para acabar tomando Sachsenhausen de modelo a la hora de construir Jasenovac. Un tiempo después, en una ceremonia celebrada en 1942, declaró con orgullo: “Hemos asesinado en Jasenovac a más gente que el Imperio otomano durante su larga estancia en Europa”. Tras la guerra pasó ilegalmente por varios países hasta que finalmente se instaló en el municipio valenciano de Carcaixent bajo el seudónimo de Vicente Pérez García y protegido por el régimen franquista.

Maks Luburic se casó con una española llamada Isabel Hernáiz, tuvo cuatro hijos y dirigió una imprenta en la calle Santa Ana de Carcaixent, desde la cual difundió propaganda nacionalista croata contraria a la federación socialista del Mariscal Tito. Lo vendieron como un general patriota y católico que había luchado contra los comunistas, tuvo una buena relación con las altas esferas, como Agustín Muñoz Grandes, y todo el mundo sabía que estaba protegido.

Sin embargo, el 20 de abril de 1969 fue asesinado por Ilija Stanic, un presunto agente de los servicios secretos yugoslavos que se había infiltrado como empleado de su imprenta. A día de hoy la tumba de Luburic sigue ocupando un lugar de honor en el cementerio de Carcaixent, del mismo modo que ocurre con la de Ante Pavelic en el cementerio de San Isidro.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial Pavelic huyó de Zagreb a Austria y de ahí a Roma, donde el Vaticano lo ocultó a pesar de su condición de criminal de guerra. Los americanos supieron en todo momento que estaba escondido allí, pero decidieron no detenerle por su condición de anticomunista. En 1948 huyó a Argentina bajo el asilo de Perón, del mismo modo que otros tantos criminales nazis y ustašas. Allí estuvo a punto de ser asesinado por los servicios de inteligencia del Mariscal Tito, de modo que acabó estableciéndose en España bajo la protección de Franco hasta su muerte en el antiguo Hospital Alemán de Madrid.

“En Madrid hay una tumba de oro y en ella descansa Pavelic, caudillo de todos los croatas. Levántate Pavelic, por ti moriremos todos”. Esta es una de las estrofas del himno más cantado por el ejército croata durante la Guerra de los Balcanes. Por su parte, en ciudades croatas como Zagreb o Split , la Iglesia sigue celebrando misas para homenajearle en cada aniversario de su muerte. Su tumba es un lugar de peregrinaje de los nacionalistas croatas y en ella nunca faltan flores frescas. Su hija Juana se encarga de ir una vez a la semana para limpiar la tumba de hojarasca y encender un par de velas, por él, su esposa María y su hijo Velimir. El viento se encarga de volver a ensuciarla y apagar las débiles llamas.

A cinco kilómetros de allí se encuentra el cementerio de Carabanchel Alto. Un mar de tumbas y nichos, todos similares entre sí, en el que no hay monumentos, ni panteones. Sin embargo, en un columbario de ladrillo y humildes lápidas de imitación marmórea está grabado el nombre de Cristino García Granda. Sus cenizas descansan junto las de otros dos compañeros de lucha: Alfredo Ibias Pereiras y Francisco Esteban Carranque. Los tres fueron fusilados por Franco en 1946, aunque no fueron los únicos. Hay casi 50 cuerpos de antifranquistas asesinados entre 1945 y 1949 en este cementerio, pero tan sólo una discreta placa puesta por Izquierda Unida y la Fundación Domingo Malagón en 2012 los recuerda.

Suelo mencionar a Cristino García en conversaciones con mis conocidos. Ninguno de ellos ha oído jamás hablar de él, a pesar de que muchos de ellos están bastante familiarizados con los conflictos bélicos del siglo XX. Sin embargo, si cruzamos los Pirineos es muy posible que acabemos cruzando una calle que lleve su nombre. Las localidades francesas de Nimes, Saint Denis, Drancy, Eaubonne, La Courneuve, Le Perreux-sur-Marne, Raismes y París tienen calles llamadas Cristino García. E incluso La Madeleine hay una lápida que reza “Honneur a Cristino García, chef de maquis“. Es nuestro héroe olvidado y esta es su historia.

Cristino nació en la localidad asturiana de Ferrero. Al comenzar la Guerra Civil Española se incorporó en el batallón minero 46 de Asturias y no tardó en destacar como especialista en incursiones en la retaguardia y acciones especiales. A finales de 1937 pasó a formar parte de la unidad de élite 235 Brigada del XIV Cuerpo Guerrillero y poco después llegó a comandarla, ascendido a grado de teniente. Durante la contienda llegó a capturar, por orden del general republicano Vicente Rojo, a un general y a un coronel de la Legión Cóndor para acallar al Ministro de Exteriores británico, Anthony Eden (uno de los principales impulsores del Acuerdo de No Intervención), y demostrarle que los alemanes estaban participando activamente en el apoyo al bando nacional. En cualquier caso, en ese momento el frente de Cataluña ya se estaba desplomando y la República estaba perdida. En febrero de 1939 Cristino García cruzó la frontera hacia Francia.

Allí fue internado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Este campo fue construido por el gobierno de Francia en una playa de la localidad para albergar a 100.000 de los más de 550.000 refugiados que traspasaron la frontera tras el fin de la Guerra Civil. Tras once meses de penurias provocadas por la hambruna y las epidemias, pudo salir para trabajar con minero y poco después formar parte de la dirección del Partido Comunista Español clandestino en Grand Combe. La Segunda Guerra Mundial ya había comenzado y los nazis fueron extendiendo sus tentáculos por Europa hasta que en noviembre de 1942 ocuparon la Francia de Vichy. La Resistencia francesa también fue creciendo y en enero de 1944 Cristino se puso al mando de la 3ª División de Guerrilleros Españoles, con Carlos Alonso como jefe del Estado Mayor.

La noche del 4 de febrero de ese mismo año Cristino realizó su primera gran gesta: el asalto a la Prisión Central de Nimes. Esta cárcel estaba considerada poco menos que inexpugnable y su administración era una de las más duras de todos los penales del país. Con mucho ingenio y valentía, Cristino logró liberar con tan sólo trece hombres a cientos de brigadistas que iban a ser enviados a los campos de exterminio nazis.

Tres meses después el cuerpo fue absorbido por la Agrupación de Guerrilleros Españoles y Cristino se puso al mando de la 158ª División, llegando a alcanzar el grado de teniente coronel. Mes tras mes no descansó en su combate contra las tropas alemanas y realizó todo tipo de sabotajes, destrucción de campos minados y emboscadas a las tropas alemanas.

En agosto de 1944 formó parte de la segunda acción por la que es recordado: la toma de un auténtico hervidero nazi: la ciudad de Foix, capital de Ariege. Sirviéndose de un único batallón disponible llevó a cabo la antigua táctica de fingir un ataque por una zona y descargar el golpe en otra. De modo que un pequeño grupo atacó el puente a la entrada de la ciudad y cuando los alemanes reforzaron esta posición, lanzó al resto del batallón contra las posiciones retiradas, provocando una aparatosa retirada del enemigo. Mientras tanto, el capital Abascal y otros tres hombres inmovilizaron un convoy de suministros de la Wehrmacht en la estación de trenes y forzaron su rendición, a la que siguió la del resto de soldados alemanes que tomaban el pueblo poco después. Por el bando alemán, 80 muertos y 200 prisioneros. Por el bando de la Resistencia: 2 muertos y 2 heridos.

A finales de ese mismo mes, Cristino organiza la emboscada que desembocará en la Batalla de La Madeleine, una de las mayores proezas de la historia de la Resistencia. La misión consistía en detener una columna de la Wehrmacht que se dirigía a París para luchar contra los Aliados en Normandía. El principal problema es que la 21ª Brigada de la 3ª División de Guerrilleros estaba compuesta por sólo 34 partisanos, mientras que los alemanes tenían 60 camiones, 3 cañones, 5 blindados y unos 1600 soldados. Sin embargo, Cristino contaba con el factor sorpresa, de modo que escogió el cruce de la Madeleine, en las cercanías de Tomac.

Allí tomaron posiciones en las alturas colindantes a un castillo y colocaron cargas explosivas debajo de los puentes y las vías del ferrocarril. De esta forma inmovilizaron a eso de las tres de la tarde la caravana alemana y comenzó un duro combate que se prolongó durante horas. Hubo varios intentos de negociación y treguas rotas, pero finalmente a los alemanes no les quedó más remedio que levantar la bandera blanca y rendirse sin condiciones a la mañana siguiente. Sorteando innumerables soldados de la Wehrmacht muertos o heridos, el teniente coronel alemán Konrad A. Nietzsche se encontró con los maquis que le habían derrotado. Hundido por el pánico y la vergüenza, decidió desnudarse y quemar su uniforme y documentación. Acto seguido se duchó con gasolina, se prendió fuego y se pegó un tiro.

Acabada la Segunda Guerra Mundial, el PCE cometió el gran error de ordenar a Cristino regresar a España para organizar una guerrilla. El pueblo español no estaba preparado para llevar a cabo un movimiento de resistencia que hiciera frente al franquismo. La sociedad estaba dominada por el terror de una dictadura terriblemente represora. Sin embargo, él no cuestionó las órdenes y se encaminó a Madrid para proseguir con su lucha contra el fascismo. Allí encontraría su trágico final.

El 18 de octubre de 1945 fue apresado en la Plaza Mayor de Madrid y conducido a los calabozos de la Dirección General de Seguridad, donde fue torturado salvajemente antes de ser conducido a la Prisión Provincial de Madrid: la cárcel de Carabanchel. Fue juzgado junto a otros nueve compañeros, a los que se acusó del asesinato de tres guardias civiles, el atraco a las oficinas de ferrocarriles del paseo Imperial y de una agencia del Banco Central y de la muerte de dos comunistas acusados de traidores. Estas fueron sus palabras en el tribunal: «He sido herido cinco veces en la lucha contra los nazis y sus lacayos falangistas. Sé bien lo que me espera, pero declaro con orgullo que cien vidas que tuviera las pondría al servicio de la causa de mi pueblo y de mi patria […] El fiscal nos llama bandoleros. No lo somos. Bandoleros son quienes nos acusan, quienes martirizan y matan de hambre al pueblo. Nosotros somos la vanguardia de la lucha del pueblo por la libertad. Este juicio es una farsa en la que se nos acusa de delitos que no hemos cometido. Pero tenéis prisa por deshaceros de nosotros. No queréis que el mundo vea nuestros cuerpos martirizados. Queréis ensuciar con este juicio el glorioso movimiento guerrillero».

En la madrugada del 21 de febrero de 1946 fue fusilado junto a sus compañeros frente a las tapias de la cárcel y después se arrojaron sus cuerpos a una fosa común. Once años después sus familiares y la organización clandestina de Madrid lograron identificar los restos y colocaron sus cenizas en este columbario.

Su asesinato causó una oleada de indignación y manifestaciones en Francia y su Gobierno decidió cerrar sus fronteras con España y cortar las relaciones económicas durante dos años. Churchill se negó a hacer lo mismo con Gibraltar. Al día siguiente, en un acto oficial, Franco declaró “a nosotros no nos arrebata nadie la victoria”.

En 1946 el Estado Mayor de la IX Región Militar de Francia concedió a Cristino García a título póstumo la Cruz de Guerra con estrella de plata y el grado de Héroe Nacional de Francia. Setenta años después, el país por el que dio su vida sigue guardando silencio. Mientras tanto, delegados y ministros del gobierno continúan celebrando actos de homenaje a la División Azul y renovando los marquesados a los criminales de la Guerra Civil. Esta es nuestra historia. Esta es nuestra vergüenza.

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