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Hay que releer el 18 de Julio

Angel Viñas, | 15 enero 2014

viñasEn la fiesta exultante de la dictadura franquista se celebraba la renovación de España y su salvación de los horrores de la revolución

 

 

En la fiesta exultante de la dictadura franquista se celebraba la renovación de España y su salvación de los horrores de la revolución. Fue el símbolo del esfuerzo por superar los males de una República supuestamente dogmática, excluyente, dominada por la izquierda y proclive a las salvajadas que no quiso contener el Frente Popular. Terminó con el vil asesinato (en su momento se afirmó que con la connivencia del Gobierno) de José Calvo Sotelo, jefe de Renovación Española y líder del Bloque Nacional. El protomártir.

De todo ello apenas si ha quedado algo. Se ha analizado la interacción entre los círculos civiles de la conspiración (¿no dijeron los historiadores franquistas que se trató de un “movimiento cívico-militar, cosa que ahora ya parece que olvidan algunos?) y el encrespamiento dialéctico de la situación política. Se han escudriñado el número y significado de las víctimas de la violencia. Se han buscado vanamente los preparativos para una revolución de las izquierdas. Se ha contrapuesto la retórica de las derechas (destinada a justificar una sublevación que empezó a prepararse tras las elecciones de febrero de 1936) y el comportamiento real de las fuerzas políticas y sociales representadas en el Gobierno. El de Largo Caballero ha sido objeto de una biografía magistral del lamentado Julio Aróstegui. Finalmente, se han descubierto los contratos que para el suministro de material de guerra moderno firmó con los italianos uno de los allegados a Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, el 1º de julio de 1936. Pero ya se han levantado voces que, naturalmente, reducen su significación.

Esta es clara según los inefables criterios que el diario ABC expuso el 11 de enero de 1936 en un editorial. Lo tituló Alta traición y suponemos que representaba la opinión de su propietario, el marqués de Luca de Tena, mezclado hasta el tuétano en la posterior conspiración. Alta traición implicaba contribuir a que la Patria cayera en manos extranjeras, aliarse con Poderes foráneos, aceptar dinero y jefes de allende las fronteras. En resumen, “hacer pachas” con ¡Moscú!.

En “prueba” se acudió a la mejor propaganda nazi, orquestada por el maestro Goebbels, y se ampararon planes conspirativos “soviéticos” como los que desmontó Southworth. O escribieron otros adicionales para dárselos a los británicos mientras Calvo Sotelo  tronaba en las Cortes contra la “anarquía”.

Los autores franquistas y neoconservadores (cuando no neofranquistas) nunca repararon en que, gracias al dinero girado en marzo de 1936 a los conspiradores monárquicos por Juan March desde el extranjero, podían dar comienzo las negociaciones con los fascistas. O que Sainz Rodríguez ya se rodeaba de asesores militares. O que en el núcleo de la conspiración en Madrid figuraba un frecuente viajero a Roma, el general Alfredo Kindelán, experto en temas de aviación, que era el tipo de material que necesitaba Mola. Por desgracia se le olvidó citar el material italiano en sus famosas instrucciones. Omisión “probatoria” de su insignificancia aunque al redactar las últimas todavía no habían concluído las negociaciones en Roma y temía que alguna hubiese caído en manos del Gobierno.

Mientras tanto, tampoco otros monárquicos se habían parado en rositas. Nadie menos que Sanjurjo visitó Berlín en marzo de 1936. No para tomar el té de las cinco en el Hotel Adlon. El viaje, coincidente con la remilitarización de Renania, nunca pareció que diera muchos resultados. Hasta ahora.

Gracias a unos documentos que me ha proporcionado amablemente el historiador durangués Jon Irazabal Agirre sabemos que el 24 de julio de 1936 un millonario norteamericano hasta hoy desconocido, William Taylor Middleton, recibió la visita en su casa parisina, en el Quai d´Orléans, detrás de Notre Dame, del comandante Antonio Barroso. Este agregado militar acababa de pasarse a los sublevados y denunciado a la prensa derechista francesa la petición de armas hecha el 19 por el presidente Giral. Barroso pidió a Middleton que, dada la labilidad de la situación militar, convenía que se dirigiera inmediatamente a Alemania para hablar con Joachim von Ribbentrop, entonces consejero aúlico de asuntos exteriores de Hitler, y le recordase el envío de la “ayuda prometida”.

Middleton era un personaje poco recomendable. Tenía, sin embargo, una cualidad inestimable. El y la madre de Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes hitlerianas, compartían un antepasado común, signatario de la declaración de Independencia de Estados Unidos. Cabe pensar  que en alguno de sus viajes a Berlín, Middleton, casado con una dama francesa aun más reaccionaria que él, pudo a través de su lejana pariente conocer a von Ribbentrop.

Está por determinar a quién se prometió la ayuda nazi. Mola no pudo ignorar el viaje de Sanjurjo, de la misma forma que tampoco pudo desconocer –dados sus frecuentes contactos con Juan March en Biarritz y los que mantenía con el círculo en torno a Kindelán- la negociación con los italianos, lubricada por el dinero del banquero.

En ambos casos, con mayor fortuna (Italia) y con ninguna  (Alemania), es obvio que los conspiradores militares y civiles apuntaban hacia las potencias fascistas. Ocurrió, sin embargo, lo inesperado: Sanjurjo pereció en accidente y Franco, desde Tetuán, echó mano de un avión postal alemán, envió una minimisión a Berlín y esta, por los vericuetos del partido nazi, llegó a Hitler en cuestión de 24 horas. Al día siguiente de la visita de Barroso a Middleton, el Führer decidió ayudar a Franco. Cuando Mola envió otros mensajeros a Berlín la suerte ya estaba echada.

Los contactos con fascistas y nazis permiten plantear quiénes eran los enemigos de la República y quiénes internacionalizaron los acontecimientos que iban a producirse. Permiten reinterpretar las aportaciones monárquicas a la preparación de la sublevación. Permiten presentar los alegatos sobre los presuntos designios bolcheviques como un mero ejercicio de proyección y, no en último término, permiten iluminar al protomártir como una suerte de conde Don Julián de la España del siglo XX. No en la acepción de Goytisolo.

Ello no obstante, personalmente me encantaría que o bien Stanley G. Payne, historiador tan querido de nuestras derechas, o alguno de sus seguidores aportasen evidencia primaria relevante de época que echase por la borda lo que lleva a una relectura radical del 18 de Julio.

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* Uno de los coautores de Los mitos del 18 de julio, coordinado por Francisco Sánchez Pérez, Crítica, y autor de Las armas y el oro, de publicación en septiembre por Pasado&Presente.

(Publicado en EL CONFIDENCIAL, 18 de julio de 2013: www.elconfidencial.es)

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