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Historia de guerra y exilio

Julia Carabias. Nueva Tribuna, 02-01-2013 | 7 enero 2014

_PrNuevaTribunaMi familia, junto con otros 20 mil exiliados, se acogió a la generosa invitación del presidente Lázaro Cárdenas

 

 

nuevatribuna.es | Por Julia Carabias | México | 02 Enero 2014

Del medio millón de españoles derrotados y desesperanzados que salieron de España, mi familia, junto con otros 20 mil exiliados, se acogió a la generosa invitación del presidente Lázaro Cárdenas. Españoles convertidos en mexicanos, pero mexicanos que no dejaron de ser españoles ni tampoco de ser exiliados.

Soy nieta, hija, sobrina y prima de refugiados de la guerra civil española por el lado paterno y por el materno. Del medio millón de españoles derrotados y desesperanzados que salieron de España, mi familia, junto con otros 20 mil exiliados, se acogió a la generosa invitación del presidente Lázaro Cárdenas, gesto humanitario, político y social, para venir a México; pensaban que sería por una corta estadía.

Todos los hombres de mi familia estuvieron en el frente y casi todos lograron cruzar dramáticamente la frontera francesa al final de la derrota; sólo faltó el tío más joven, quien se mató en un bombardeo, piloteando un avión ruso. En Francia los esperaba el campo de concentración (mi padre escapó de uno con la moto del cartero) y la inminente Segunda Guerra Mundial. Por ello, ante la invitación del presidente Cárdenas, no dudaron en embarcarse rumbo a México, con un cúmulo de sentimientos encontrados: la desolación por la pérdida y la emoción y esperanza del futuro.

El abuelo Carabias, gobernador del Banco de España durante la República, fue invitado a asesorar la banca chilena. Pasaron primero por México, y mi padre y un hermano (casado y con una hija) decidieron quedarse; el resto de la familia continuó para Chile.

El abuelo Lillo tuvo la responsabilidad de asistir a los cerca de 6 mil refugiados que llegaron en el Sinaia, Ipanema y Mexique al puerto de Veracruz. Desembarcó en Nueva York con dos de sus hijas, una de ellas mi madre, y continuaron su ruta a México por autobús. En alguno de los barcos llegaron otros dos hijos, ya casados, ella con su primer hijo. Otra hija quedó en España; se había casado con un franquista. Poco después de su llegada el abuelo y su hijo murieron; su salud estaba muy deteriorada por la guerra; entonces inició la tumba familiar en el Panteón Español.

Los exiliados poco a poco fueron abriendo los baúles, echando nuevas raíces en el trabajo, con los hijos y nietos, con amistades mexicanas y construyendo su propia España en tierras mexicanas. Ninguno vino a hacer “las Américas”. La mayoría eran jóvenes, en el momento más creativo de sus vidas, con gran compromiso social, sed de justicia y lealtad a la tierra que los acogió. Desarrollaron sus capacidades y trabajaron arduamente en un clima de libertad y respeto, mientras que la España que los expulsó se sumergía en el oscurantismo. Fue con su trabajo y pensamiento que retribuyeron la hospitalidad mexicana.

Como bien expresó Adolfo Sánchez Vázquez: “El exiliado vive siempre escindido: de los suyos, de su tierra, de su pasado. Y a hombros de una contradicción permanente: entre una aspiración a volver y la imposibilidad de realizarla… De ahí su idealización de lo perdido… Idealización y nostalgia, nutriendo la comparación constante”. Y tal cual fue la historia de mi familia.

El exilio pudo haber terminado en 1975 con la muerte de Franco, al desaparecer los impedimentos de volver. Pero de mi familia nadie se decidió a hacerlo más allá de efímeras visitas. Mi padre volvió sólo para escupir en la tumba de Franco en el Escorial y para comer las croquetas y la tortilla de papa anheladas, pero comprobó que ningunas eran tan ricas como las de su casa en la colonia Juárez; las que hacia mi mamá y que durante más de 30 años había criticado. En sus viajes a España, mis tíos encontraban que cada vez más amigos habían fallecido. Para los años ochenta ninguno tenía ya el deseo de volver, ni siquiera de visita.

Españoles convertidos en mexicanos, pero mexicanos que no dejaron de ser españoles ni tampoco de ser exiliados. No hubo un solo cumpleaños, Navidad, Año Nuevo o reunión familiar donde no surgiera la nostalgia y el sentimiento de pérdida. Como una reacción a las carencias de la guerra, acumularon por décadas todo lo que en vida adquirieron; alguna vez algo servirá a los bisnietos, decían. A pesar de que su nueva patria era parte indisoluble de su vida y estaban profundamente arraigados a ella, nunca renegaron de sus raíces. Los bolillos, tortillas, paella y enchiladas eran cotidianos en la mesa, escuchando a Lucha Reyes, Sarita Montiel y las canciones de la guerra civil, y alternando con películas de Pedro Infante, el frontón y los toros.

El primero de diciembre, a sus casi 98 años, reunimos a Mane, la última tía, con todos los demás de su familia que desembarcaron en 1939, y la despedimos en la tumba familiar cubierta de flores rojas, amarillas y moradas. Para los que nacimos en México, el exilio español de mi familia terminó.

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