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Operación recuerdo: al rescate de los últimos españoles del Holocausto

El Confidencial-Cultura, | 24 enero 2014

vivos-en-el-averno-nazi-9788498926576Montserrat Llor entrevista a los supervivientes

 

 

Peio H. 24/01/2014

Sólo alguien que se apellida Bilbao es capaz de sobrevivir a los experimentos del Aribert Heim. El ‘doctor muerte’ -el criminal nazi más buscado y declarado muerto después de casi sesenta años de búsqueda- no acabó con la vida de Marcelino Bilbao (1919), que sobrevivió a las inyecciones de benceno que le inocularon cerca de su corazón. Junto a él actuaba Eduard Krebsbach, jefe de los SS médicos del campo e iniciador de la matanza masiva de presos por inyección letal. Por algo se le conocía como “Dr. Inyección”, aunque los españoles le bautizaron como “el banderillero”.

“Esta es la historia de un hombre que, como él dice, estuvo luchando sin parar casi una década. Es cierto, desde el 18 de julio de 1936, inicio de la guerra civil española, hasta el momento de la liberación nazi al finalizar la segunda guerra mundial en el año 1945. Su número de matrícula en el campo [Mauthausen], el 4.628”, escribe la periodista Montserrat Llor. Durante casi cuatro años ha recopilado los testimonios de los últimos supervivientes españoles al Holocausto nazi y ahora publica sus encuentros y sus memorias en Vivos en el averno nazi (Crítica). Eso sí, no ha podido cumplir con una entrevista imposible: hablar con los verdugos y los kapos, protegidos por la culpa y la vergüenza.

El que pinchaba a tantos hombres matándolos en segundos era muy joven, ahora tendría unos 93 años, estuvo poco tiempo allí, pero se sentaba en la barraca, tenía allí sus cacharros, pinchaba a los presos más débiles que hacían cola y adelante, a por el siguiente. Lo hacía en el pecho. Se hizo muy popular por lo criminal que era. Cuando a uno le decían de ir a aquella cola, ya sabía que le iban a matar…”, le cuenta Bilbao a Llor.

Este no es otro maldito libro sobre el horror nazi. Es un ejercicio de memoria necesario, una carrera contra el tiempo y la desaparición de la memoria de los que callan y son olvidados. Lo que ahora culmina Llor arrancaba en su propia casa, porque la memoria es tan hereditaria como la muerte. Los vínculos familiares con el dolor de los antepasados todavía late y las preguntas deben ser resueltas. La periodista recorrió Francia visitando el rastro del terror, con la intención de convertirlo en imborrable. El testimonio oral hace de esta obra una experiencia de crónica viva y fluida, que lo aleja de los tórridos manuales de historia. Estamos ante una reconstrucción emocional del pasado. Un terremoto que se desata cuando baja al despacho de uno de ellos y ve allí colgado, en las puertas del armario, uno de sus dos trajes de rayas del campo.

Después del silencio

Han estado años sin hablar. Unos no querían transmitir el horror, otros porque querían olvidarse de él y otros porque no sabían cómo expresarlo. “Son historia viva, pero en pocos años solamente quedará la información recopilada por los historiadores, los textos escritos y algunos documentales”, cuenta la autora. ¿Cómo sobrevivieron? “Haciendo dibujos pornográficos a cambio de un poco de comida, boxeando sin perder jamás, mostrando sus habilidades artísticas, haciendo contrabando de ropa y alcohol para los kapos del campo y los nazis, arreglando las botas de cuero de sus verdugos…”.

Trajeron diez putas, mujeres de la vida, creo que eran polacas o alemanas. pero las chicas no querían españoles. Había una morena muy guapa, parecía una gitana que ole, ole y tres veces ole. Una belleza

Llor se lamenta por la asimilación de las aberraciones nazis. Habla de la normalización del horror a golpe de narraciones de todo tipo. La sociedad ve como algo lejano todo aquello “y se ha habituado a oír terribles historias”. Puede que la voz de nuestros abuelos rompa con esa digestión perversa, que nos inmuniza e insensibiliza. Su recorrido vital arranca en la guerra civil, pasa por el exilio, los campos de internamiento en Francia y los campos de exterminio nazis.

Y ella los ha escuchado, con paciencia, con detenimiento, no quería que nadie se lo contase. Le mostraban sus carpetas repletas de recortes, fotos, recuerdos. “El promedio de edad en el momento de la entrevista oscila entre los 85 y los 100 años, por lo que, durante la guerra, unos eran niños o adolescentes, pero otros eran hombres en edad militar”. Algunos han fallecido al poco tiempo de sus entrevistas.

Prostitución en el campo

Cita otro nombre clave en sus encuentros: Francisco Bernal (1920-2013), dice que alucinó con él. Fue el único que le habló abiertamente de la prostitución. “Es la historia de un personaje grande y peculiar, zapatero de profesión, valiente, humano e ingenioso sin igual. Le llamé por teléfono un fin de semana y me pareció un hombre jovial, inquieto, con ganas de contar su experiencia”, escribe Llor sobre Bernal.

Cuenta el superviviente que su obsesión era buscar comida, que eran unos “muertos vivos” y que los palos ya no le importaban. “Llegué a perder la noción de la realidad. Me quedé como un esqueleto”. Estaba al borde de sus fuerzas. Dice que habría resistido poco más. Le llamaban el Gandhi…

La autora explica que todos los entrevistados recuerdan con amargura es la figura del jefe del block o barraca donde dormían. “Los jefes de la barraca eran chorizos, maleantes, mangantes con años de cárcel, llevaban un brazalete. A uno le llamábamos el Gary Cooper, ¡qué malo era! Pegaba, pegaba, pegaba y no paraba hasta que no veía sangre”. Vernal se ganó la confianza del capitán del campo gracias a su oficio de zapatero.

A los jefes les gustaban los chiquillos. ‘El jefe de barraca iba a la ducha, miraba a los jóvenes y luego llamaba al secretario y decía: oye, secretario, guárdame ese y después de la cuarentena me lo traes a mi barraca’

Llor preguntaba a todos por las mujeres presas y del barracón de prostitución con nulos resultados. Con Bernal pasó lo contrario. “Trajeron diez putas, mujeres de la vida, creo que eran polacas o alemanas. Cuando yo entré en la zapatería dije bueno voy a ver si puedo ir con ellas. Un preso normal no podía pedir sus servicios, tenías que ser kapo o jefe. Sí, sí… pero las chicas no querían españoles. Había una morena muy guapa, parecía una gitana que ole, ole y tres veces ole. Una belleza. Dijo no, no quiero españoles. El comandante le dice: “Tú irás con españoles, si no, otros seis meses que estarás aquí”. Las trajeron allí por seis meses, pero eran una tapadera para cuando venía la Cruz Roja Internacional porque así mostraban que había mujeres en el campo para evitar la degeneración entre presos, porque allí la degeneración era terrible”, explicaba el testigo.

Al parecer, contaba todo esto sin inhibiciones, sin vergüenza, sin titubeos. Incluso con tintes de ironía. Recordaba cómo a los jefes les gustaban “los chiquillos”. “El jefe de barraca iba a la ducha, miraba a los jóvenes y luego llamaba al secretario y decía “oye, secretario, guárdame ese y después de la cuarentena me lo traes a mi barraca”. A cambio de cigarrillos. Algunos jóvenes se dejaban hacer porque no veían salida.

El boxeador de Mauthausen

Las vidas al límite, intensas, continúan evitando la deriva política. Es el retrato desde el punto de vista humano y social. Nada más y nada menos. Paremos ahora en la vida de Segundo Espallargas (1920-2012), alias “Paulino”, el boxeador imbatido de Mauthausen y fallecido a las pocas semanas de la visita a su casa en las afueras de París. Era alto, de complexión fuerte y robusta, brazos largos y manos grandes. Durante los cuatro años en el campo nazi, trabajó primero en la cantera del campo. Luego, cargó mercancías pesadas en la estación del tren, especialmente piedra y granito. Más tarde puso carbón en las calderas del subsuelo.

“Pero algo le diferenciaba de los demás presos a ojos de los SS: sus puños. Los fines de semana los nazis montaban un cuadrilátero y Paulino debía luchar en aquel cruento ring. Combatió con boxeadores de diversas nacionalidades, prisioneros como él, a sabiendas de que una derrota podía conllevar su muerte inmediata”. Su misión era ganar, cuenta Montserrat Llor. Permanecer imbatido. Sobrevivir. Lo consiguió.

“Me decían: “¡Si no ganas, vas al crematorio!”, explicaba a la periodista. “A veces, depende de contra quién luchara en el ring, golpeaba fuerte, muy fuerte, con rabia por el maltrato dado a mis camaradas condenados. Descargaba mi ira y, en cierta forma, les vengaba… Boxeaba contra todas las razas. Los SS incluso apostaban sobre mí como boxeador. La mayoría de ellos apostaban por Paulino. En el campo boxeé siempre y cuando salí de allí mi oficio fue boxeador”.

Fue amigo del fotógrafo Francisco Boix, le reconoció en una foto, 60 años después de todo aquello. “Puedes olvidarte de muchas cosas, pero de este tema, nunca”.

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