Agenda
Artículos y Documentos
Federación Foros por la Memoria
Noticias
Videos de Memoria Histórica
Home » Artículos y Documentos

Torturadores que dejaron una huella de sangre en Asturias

Fernando Romero. Asturias 24, 20-01-2014 | 21 enero 2014

grises criminalesLuchadores contra el franquismo como Gerardo Iglesias o Antonio Masip rememoran a los represores de los últimos años de la Dictadura

 

Entre ellos destaca el infame Pascual Honrado, que trabajó para el siniestro comisario Claudio Ramos, de la Brigada Político Social // Algunos de ellos fueron promocionados tras la llegada de la Democracia y mantuvieron sus empleos e incluso fueron ascendidos

Ser obrero o estudiante con ideas propias en los últimos años de la dictadura franquista tenía un coste. Apoyar unos panfletos, participar en una huelga ilegal, formar parte de un partido, grupo autónomo o de un sindicato clandestino, o simplemente ser amigo o familiar de algún enemigo del Régimen, podía ser motivo suficiente para acabar en la comisaría en manos de la temible Brigada Político Social, la policía política del caudillo, una especie de Gestapo a la española.

Y cuando uno era detenido por la “brigada”, como se la conocía “familiarmente” podría o no ingresar en la cárcel, pero lo que tenía garantizado seguro era una paliza, unas cuantas patadas y todo tipo de vejaciones.

Durante los años setenta del siglo XX salió a la luz un siniestro nombre: Luis Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño. Pero en cada pueblo y ciudad, comunistas, anarquistas, socialistas, cristianos o simplemente demócratas antifascistas tenían cerca un personaje similar, alguien que como Billy el Niño, poseía una acentuada personalidad sádica que encajaba perfectamente en los objetivos de la Brigada, que eran los del sistema represivo de Franco. Billy pasó por Asturias en los años 1974 y 1975, cuando el régimen del general agonizaba. Se cuenta que llegó a sacar una pistola en una manifestación en Oviedo.

En Asturias el autor intelectual de las torturas a los detenidos era el famoso comisario Claudio Ramos Tejedor. Pero él, hombre inteligente, no se manchaba las manos, para eso tenía a sus “cachorros” bien dirigidos por uno de los agentes “más bestias” del Régimen, en palabras de Gerardo Iglesias que lo sufrió en su propia carne: Pascual Honrado de las Fuente.

Pero nombres y motes de personajes ávidos de pegar palizas a aquellos que coquetearan con el antifranquismo había uno en cada pueblo. Y especialmente en Asturias, donde Franco se cebó en la represión, estaban algunos de los más crueles. Muchos de ellos ya venían de los años más duros de la década de los cuarenta, y siguieron torturando hasta su jubilación o impartiendo sus enseñanzas a los más jóvenes.

En 1975 se registró un llamativo aumento de las torturas, recuerda Antonio Masip

Ramos y Lafuente en Oviedo, Recaredo en Gijón, el cabo Pérez en Langreo (éste, de la también temida brigadilla de la Guardia Civil) junto a sus leales Amarillo y Canario, el cabo Carlos, El Sevilla en Mieres o Garrido. También había agentes que hacían el papel de “poli bueno”, como un tal José Luis que aparecía después de las palizas, agarraba con ternura a la víctima por el hombro y le daba consejos paternos. En el ámbito universitario sonaban los nombres de los secretas Severino, Sandoval, Delgado y Eloy.

Los decanos del sistema represivo asturiano eran, según las fuentes consultadas, Buznego (Langreo),  Sergio y Herminio de El Casar (Mieres), Gerardo y Agustín Argüelles (Los Pimpanos de la zona del Caudal), Gorgonio y el falangista Pachu Nadal, de Sama, entre otros muchos que el paso del tiempo ha ido desdibujando para satisfacción de muchos de ellos, que aún viven.

Según relata Antonio Masip, abogado de 27 de estas víctimas del franquismo, las torturas más duras ya habían remitido en los finales años de la Dictadura y entre 1973 y 1974 apenas se recogieron denuncias “pero curiosamente, en el año 1975, el último de Franco, detectamos un llamativo aumento de torturas, seguramente por el nerviosismo de muchos de los responsables policiales”. 1975 fue un año fatídico para los que albergaban la esperanza del cambio de régimen. Los decanos de la tortura habían impartido su “sabiduría” a un grupo de “cachorros”, los más jóvenes, que luego pasarían como si nada a ejercer sus labores dentro de la policía democrática. Allí  estaban Valverde, Balbuena, Fernando Caro Leiva, el cabo Blanco, Arce… nombres cuya sola mención todavía traen terribles recuerdos a muchas familias.

15 DÍAS SIN DORMIR

José Fariñas, profesor de Economía retirado de la Universidad de Oviedo y militante comunista vivió en su propia carne las torturas del franquismo agonizante. Fue detenido en Barcelona e interrogado por la Brigada sobre el paradero de dirigentes comunistas del momento. Recuerda bien el cuartel de la Vía Layetana. Luego fue enviado a la cárcel de Oviedo y tuvo el valor de denunciar sus torturas. Cuando llegó el comandante médico para examinarle habían pasado muchos días y las huellas eran ya difusas. “Me pegaron bien y a consecuencia de los dolores de las palizas estuve 15 días sin dormir y no paraba de sangrar. Lo hacían sobre todo en la barriga y en los testículos”, relata este luchador antifranquista, que pasó dos años y nueve meses en la cárcel por defender sus ideas políticas. Cuando llegó la Ley de Amnistía pudo salir pero nadie atendió su reclamación por torturas. En la cárcel de Oviedo conoció a mucha gente a la que, como él, habían torturado ya que “era una práctica habitual, una salvajada”.

Como su caso hay muchos. Denuncias de torturas sobre las que la Transición echó tierra encima. Unos años antes, tras la huelga de 1962 en la minería de Asturias, personas de toda condición e ideología, por el simple hecho de ser familia de mineros díscolos conocieron de cerca las torturas, como es el caso de Anita Sirgo La Perruca , de Lada o su amiga Tina, ya fallecida, a las que les raparon el pelo para escarnio público “por rojas”. Las llevaban al monte, las desnudaban y apaleaban y las dejaban allí medio muertas junto a otros represaliados como José el Gallego, Pepe Lada o Celso el de la Camocha.

Explica Antón Saavedra que, de las cuencas, el más sanguinario de todos era el cabo Pérez, agente que trabajaba a conciencia con el apoyo y la protección de Claudio Ramos y que “disfrutaba” dando palizas a los detenidos.

BORRAR EL PASADO

Es una investigación que sigue pendiente, porque muchos de estos torturadores borraron su pasado con la Democracia y siguieron gozando de la confianza de los nuevos representantes políticos. Está aún cercano el caso de Julio Obregón, destacado torturador de la Brigada Político Social. Este inspector fue promovido por Vicente Álvarez Areces (PSOE) en su segunda legislatura para dirigir la recién creada policía autonómica. Vicente Bernaldo de Quirós, periodista y que conoció personalmente las palizas de Obregón en su época de estudiante, explica que este individuo, después de haber estado con Claudio Ramos hizo un lavado de imagen en la Transición e incluso se afilió a un sindicato policial afín a la UGT “para crear una imagen de progre”. No llegó al puesto para el que le quería Areces porque se creó tal escándalo (tras una campaña de IU) que dimitió durante su comparecencia en la Junta.

Por eso, dice Gerardo Iglesias, es importante que tome cuerpo la investigación de las responsabilidades de la represión franquista “no por revancha sino por justicia, porque sobre todo esto se echó un velo durante la Transición y hay mucha gente aún en las cunetas y en fosas o que fue torturada y es una asignatura pendiente que hay que resolver tarde o temprano”.

Gerardo Iglesias, exsecretario general del PCE y fundador de IU, sabe bien de lo que habla, porque recibió muchas palizas de la Brigada Político Social. Por ello cree que investigar los crímenes de la Dictadura “independientemente de que vivan o no los culpables, es un deber por espíritu de Justicia y para reparar la memoria de las víctimas”.

Iglesias comienza relatando que en Asturias, al frente de todas las torturas de los últimos años del franquismo estaba el comisario Claudio Ramos Tejedor “un auténtico bandido que conocí en las numerosas ocasiones que pasé por comisaría” pero enseguida matiza que “el más bestia de todos era Pascual Honrado de la Fuente” que era su segundo (fue inspector de tercera y luego de segunda). “Era un especialista. Te tiraba al suelo y te daba puñetazos en el hígado”. Muchos de ellos, explica, siguieron luego con la democracia y recuerda que “un tal Palacios, que había sido torturador, fue llamado por Felipe González como jefe de la policía a la Moncloa, una total desfachatez”. El propio Ramos llegó a ser jefe de la policía en Canarias hasta que falleció. También Garrido, que fue de la Brigada de Ramos, fue promovido a jefe de la policía en Madrid aunque hubo protestas y finalmente fue destituido.

En el caso de Pascual Honrado de la Fuente, “un día me dijo que cuando muriera Franco ellos no iban a perder nada porque eran funcionarios”. De hecho, según pudo investigar Asturias24, en 1977, según recoge el Boletín Oficial del Estado, fue ascendido a mando de la policía tras sacar la segunda mejor nota de su promoción. Previamente, en 1967 y en 1969, Pascual Honrado de la Fuente recibió sendas cruces del Mérito Policial. Y es que, como explica Iglesias “consideraban normal un empleo que consistía en torturar o en pegar un tiro en la nuca”

Habla también del “poli bueno” un tal José Luis: “Tengo la imagen clara de él. Tendría unos 40 años, pelo blanco y ojos saltones”. Y luego estaban los cachorros, Valverde y otros. Muchos fueron luego polis tras morir Franco y te dirán que son muy demócratas”. En el caso de Balbuena, explica Iglesias “era un ser de bigote, estatura mediana y tirando a bajo. Este todavía vive y lo recuerdo porque pasé por sus manos”.

LOS CACHORROS DE LA POLÍTICO-SOCIAL

Las torturas de los últimos años del franquismo consistían fundamentalmente en palizas. Ya no se utilizaban los métodos de la represión de la posguerra como las descargas eléctricas o dejarte colgado de los brazos durante horas. “Te rodeaban una serie de gente y los cachorros te empezaban a interrogar y a una señal atacaban como bestias con puñetazos y patadas”, relata Iglesias.

Otra figura importante de la Brigada era Fernando Caro Leiva, uno de los artífices de la represión hacia los mineros en la huelga de 1962, junto al ya mencionado cabo Pérez. El día 30 de septiembre de ese año el Consejo de Ministros fue informado de la actitud brutal de estos agentes contra los mineros y sus mujeres en Gijón y Sama de Langreo. Las torturas se desarrollaban en el cuartel de la policía local de la calle Dorado y se llegó a redactar una carta firmada por 102 intelectuales en defensa de los represaliados.

Caro Leiva, que actualmente vive en Málaga, ascendió a teniente coronel con posterioridad. Otro represor destacado en estos años fue el cabo Blanco y Arce “tipos terribles”. Del primero, dice Iglesias que su hijo le salió rana y se hizo del Movimiento Comunista. Arce fue jefe de la policía secreta en Mieres “y actuaban como auténticos criminales”.

En época algo anterior las víctimas recuerdan a Buznego, en la zona de Langreo, que convocaba a los vecinos y los hacía subir y bajar todo el rato por el plano inclinado del carbón como castigo a su apoyo encubierto a los mineros. También tuvieron un papel muy destacado en la represión los falangistas, sobre todo en la primera,  porque tenían carta blanca para actuar hasta el punto de que no solo torturaban sino que asesinaban a los que consideraban sospechosos. De ellos Iglesias recuerda a Pachu Nadal “que hizo auténticas carnicerías”.

Pero volviendo a las últimas detenciones del franquismo, el exdirigente comunista explica que lo importante era resistir “porque como te desmoronaras estabas perdido y te hacían confidente”. “Nos daban paliza tras paliza y si te mantenías firme te ganabas una cierta autoridad”.

Las razones para la detención eran totalmente arbitrarias. “A mí me detuvieron con 16 años y me sacaron de casa a las tres de la mañana por haber participado en una huelga de la minería. Se inventaban cosas. Mi abogado era José Federico de Carvajal, quien luego fuera presidente del Senado y me contó que  le decían que me habían detenido con una carretilla y una máquina de escribir…”

La forma de proceder era brutal, explica el exfundador de IU: “en mi casa desde que yo tenía 3 años, mi madre siempre decía cuando nos acostábamos yo y mis tres hermanos, “a lo mejor hoy no vienen” refiriéndose a las incursiones nocturnas de la brigadilla. Pero todas las noches llegaban y levantaban colchones, rompían platos, manteniendo siempre una tensión que nos hacía relacionar la silueta de la guardia civil con algo terrible”.

En los años sesenta la Guardia Civil solía ir de tres en tres. “Llegaban a un chigre de las cuencas echaban a la gente del bar y a medida que salías los otros iban dando palizas. Si te encontraban de noche con una linterna te daban una paliza y si no llevabas linterna, también, por intentar ocultarte. Era totalmente arbitrario” explica Gerardo Iglesias.

LAS ÚLTIMAS TORTURAS, EN AVILÉS

Las últimas torturas se hicieron en Avilés, según han confirmado varias fuentes, entre ellas el abogado Antonio Masip, quien explica que Marcelo García, presidente del PSOE en Gijón, fue torturado incluso después de morir Franco hasta el punto que tuvo que intervenir la embajada de Alemania. Masip realizó en 1975 un informe personalizado de los 27 casos de detenidos torturados por la policía que envió a Amnistía Internacional y al Obispado de Oviedo. El entonces arzobispo Gabino Díaz Merchán, hombre bastante afín al movimiento obrero cristiano, no solo recibió al abogado sino también a algunos de los 27 torturados. Una de ellas fue una chica de Avilés a quien la policía obligó a comerse uno de los panfletos que estaba repartiendo.

Masip recuerda que la vida de estos últimos presos del franquismo era difícil dado que se les aplicaba la ley antiterrorista de 1965 que les prohibía ver a sus familiares “así que mi compañero y yo estábamos todos los días visitando presos porque solo podíamos ir los abogados”. Añade que dos o tres meses antes de morir Franco fueron momentos muy tensos y se recrudeció la tortura hacia los detenidos.

Otra persona que conoció personalmente a Claudio Ramos fue José Peláez Prado, el promotor de la reforma y acondicionamiento de la fosa común de Oviedo, en donde se enterraban a las víctimas de la represión franquista. Peláez cuenta que en el año 1966 se le acercó Ramos y le dijo que le iba a “dar una hostia” porque tenía la “lengua muy larga” y dijo que “le estaban usando los de izquierdas”. El tan solo contestó que su padre y abuelo estaban allí enterrados y quería dignificar su tumba. Para ello se atrevió a insertar un anuncio en La Voz de Asturias pidiendo donativos. El periódico asturiano estuvo a punto de cerrar por permitir este anuncio y el gobernador civil Mateu de Ros no lo cerró por los pelos.

Peláez describe a Ramos como “un paisano pequeño” aunque iba acompañado por un matón, otro más alto que cree que es Valverde y que atemorizaba más.

PISTOLA EN MANO

Sobre la situación de los últimos años del franquismo ofrece un testimonio de primera mano Alberto Rosón, que formaba parte de los grupos autónomos, estudiantes universitarios de inspiración anarquista. “Me cogieron en 1975. Fueron a registrar mi casa cuando se ejecutó a Puig Antich y  entonces decidí desparecer. Posteriormente me llamaron para medirme en la junta de reclutas del ayuntamiento y decidí acudir porque no podía seguir ocultándome. Yo llevaba entonces un abrigo largo, de estilo ruso y ropa prestada. Cuando me estaban tallando entraron dos secretas pistola en mano. Les habían informado de que yo que era peligroso. Estaban muy nerviosos porque debían ser municipales con poca experiencia. Montaron un show. Todo estaba lleno de reclutas y me llevaron esposado en el coche municipal, pero se pasaron el cuartel porque estaban muy despistados y cuando se dieron cuenta estaban ya en la carretera de Mieres.”

Finalmente encontraron su destino: el cuartel de la policía de Oviedo, frente al Reconquista. “Allí se dedicaron a darme hostias. Eran los integrantes de la brigada político social. La mayoría eran jóvenes, tenían 30 años. Recuerdo a uno que tenía la mano como un piano y me golpeó la cara dejándome sin dientes. Me empezaron a enseñar fotos de gente que no conocía y me di cuenta de que no tenían ni idea de nada. Me acusaron de acudir a manifestaciones ilegales, a asambleas… Pero el grupo en el que yo estaba era tan clandestino que no tenían conocimiento, y al ver su ignorancia sobre nosotros me alegré. Así que mi objetivo era aguantar al máximo hasta que me metieran preso y poder así descansar y dejar de recibir palizas”.

Posteriormente Rosón fue enviado ante el gran jefe, Claudio Ramos: “Después de haberme estado dando de hostias todo el día me di cuenta que la cuestión era aguantar, porque oí una conversación en el pasillo de que me iban a llevar a la cárcel. Ramos me interrogó. Yo lo veía con mis 21 años como un hombre mayor, traje de cuadritos marrones, color mierda. Mi estrategia fue estar el mayor tiempo allí alargando las respuestas para no volver con los otros bestias y entonces empecé a hablarle del budismo. Finalmente me negué a firmar la declaración que había hecho porque habían metido varias mentiras por el medio. Cuando se despidió de mí, Ramos me dijo que iba a tener un mes en la cárcel para pensar en el budismo”.

La segunda detención de Rosón fue tras la huelga de la construcción de 1977, ya muerto Franco. Quedaba una semana para las primeras elecciones democráticas. Hubo enfrentamientos en la calle Uría “y fueron expresamente a por mí”. Pasé la semana en el calabozo. Masip y el secretario de la CNT José Antonio Vergel hablaron con Ramos y preguntaron si me habían tratado bien. Él, por supuesto, dijo que siempre trataban bien a los detenidos y yo contesté que no era cierto. Por entonces andaba por Asturias Billy el Niño y cuentan que llegó a sacar la pistola en una manifestación entre el 74 y el 75. Yo no lo vi”.

http://www.asturias24.es/secciones/politica/noticias/torturadores-que-dejaron-una-huella-de-sangre-en-asturias/1390160911