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Algunos campos de concentración del franquismo en Andalucía eran peores que los campos nazis

Público, 23/02/2014 | 24 febrero 2014

canal-de-los-presosMedio millón de españoles pudieron pasar por los 188 campos de la dictadura, 55 de los cuales se ubicaron en territorio andaluz con cien mil presos

 

RAFAEL GUERRERO Sevilla

Los campos de concentración se suelen asociar más bien a los nazis, pero también fueron una realidad en la España de la postguerra, aunque su creación fue aún más temprana en las zonas ocupadas en los días o semanas posteriores al golpe militar del 18 de julio de 1936, como Andalucía occidental. Franco, de ese modo, se convirtió en alumno aventajado de Hitler, que recurrió a encerrar a opositores en recintos de concentración poco después de su nombramiento como canciller de Alemania.

Los investigadores calculan que medio millón de españoles pudieron pasar por los 188 campos de concentración del franquismo, 55 de los cuales se ubicaron en territorio andaluz con unos cien mil presos. La Sevilla de Queipo no tardó en verse “rodeada de una corona de espinas y acero” -en palabras de la historiadora sobre el trabajo esclavo Lola Martínez- formada por los campos de pueblos y áreas de su extrarradio como Guillena, Los Remedios, Heliópolis, Los Merinales, La Corchela, El Arenoso, Torre la Reina, La Algaba, Torre del Águila, Alcalá de Guadaíra, etc.

El desmedido afán represivo de los golpistas llenó rápidamente las cárceles y hubo que habilitar recintos adicionales para encerrar a los opositores como plazas de toros, cines, instalaciones industriales y hasta barcos como prisiones flotantes. José Luis Gutiérrez Molina, coautor del libro El Canal de los Presos (1940-1962). De la represión política a la explotación económica, explica que como la represión se cebó en los trabajadores y jornaleros, el régimen tuvo que recurrir a ellos para evitar un colapso total en la producción industrial y agraria, estableciendo como norma el trabajo esclavo de decenas de miles de presos políticos. Y antes incluso de que acabara la guerra, en 1938, Franco dio carta de naturaleza oficial a esta práctica con la creación del Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo que gestionaba movilización de millares de presos en colonias penitenciarias militarizadas o batallones de trabajadores como mano de obra barata en grandes obras públicas o privadas.

En Andalucía destacan especialmente dos grandes proyectos faraónicos. Por un lado, la fortificación militar del entorno del Estrecho de Gibraltar en la que participaron 15.000 presos republicanos, según el historiador José Manuel Algarbani, y el Canal del Bajo Guadalquivir, popularmente conocido como el Canal de los Presos, en el que trabajaron 2.500 presos para redimir penas a razón de una jornada de labor por dos o tres días de condena en presidio hasta 1962.

Harapientos en la Isla de Saltés como almas en pena

Dejando a un lado la norma general que relacionaba el sistema concentracionario y el trabajo esclavo, hubo también campos de concentración en los primeros años de la postguerra que se caracterizaron por la extrema dureza de las condiciones de vida para los internos. Ejemplos de ello son el recinto habilitado en Saltés, una isla de difícil acceso incluso para los mariscadores en plena marisma entre Huelva y Punta Umbría, rodeada de agua entre esteros y caños de marismas, fangosos e intransitables.

La población doón comida y enseres para los mas de 3.000  republicanos recluidos en la Isla de Saltés (Huelva)

El periodista onubense Rafael Moreno, en su reciente libro Perseguidos, aporta documentación y testimonios de testigos que dibujan un panorama apocalíptico para los miles de presos republicanos que, tras un penoso viaje en buques cargueros como si fueran ganado, llegaban al muelle pesquero de Huelva. “El de Saltés -dice Moreno- era un campo de clasificación donde se llegaron a hacinar casi 3.200 personas en los meses posteriores al fin de la guerra. No tenían ropa y la comida era un chusco de pan con agua salobre donde se cocían huesos podridos. La gente de Punta Umbría los veía desde la otra orilla deambulando harapientos como almas en pena”.

Siendo escaso el presupuesto oficial que la Administración franquista destinaba a estos recintos, no cuadraba con las infrahumanas condiciones de vida que padecían estos presos, que en su mayor parte eran excombatientes del Ejército republicano capturados en Catalunya y Levante en las últimas semanas de la Guerra Civil. Tanto fue así que la población del entorno tuvo que hacer un esfuerzo de solidaridad en aquellos años del hambre haciendo acopio de enseres, ropa y comida para evitar una auténtica catástrofe humanitaria.

Rafael Moreno reconoce que “muchos murieron de hambre o torturados en aquel recinto temporal, donde miles de personas permanecían durante meses en espera de traslado”, aunque matiza que “no está demostrado que hubiera un exterminio masivo”.

Murió de hambre y frío la mitad de los presos mendigos

Muy cerca de Sevilla, en el municipio de La Algaba, las autoridades franquistas de la provincia decidieron aprovechar en 1941 el recinto del campo de concentración de presos creado poco después de la rápida toma de la capital por Queipo y los sublevados para crear un campo de concentración para “mendigos reincidentes”, como señala la historiadora María Victoria Fernández Luceño, autora del libro Miseria y represión en Sevilla (1939-1950).

La investigadora contextualiza el problema: “La capital se había convertido en un polo de atracción de muchos perdedores de la guerra que llegaban allí llevados por la ilusión de rehacer su futuro pensando que Sevilla seguía ofreciendo oportunidades como en los años previos a la Exposición Iberoamericana del 29”. Y no era así.

La mitad de los encerrados en La Algaba murieron de frío y de hambre entre 1940 y 1941

El legado de Queipo era un legado de miseria, represión, luto y tristeza. “Gente joven procedente de toda Andalucía, muchos huérfanos a los que sus madres no podían mantener sólo podían mendigar y vagar por las calles. La policías los retiraba de las calles y los enviaba al albergue municipal donde podían permanecer como máximo tres días y luego volvía a lo mismo”, precisa Fernández Luceño. Es por ello que se crea el campo para mendigos reincidentes en el viejo campo de concentración de Las Arenas en La Algaba, donde eran enviados de forma definitiva para “depurar el paisaje urbano capitalino”.

Desde septiembre de 1941 hasta agosto de 1942 permaneció abierto aquel recinto infernal, por donde pasaron unas 300 personas, de las que algo más de 140 fallecieron de hambre, frío y enfermedades. Murieron casi la mitad. “Yo he visitado Auschwitz y otros campos nazis y el campo de La Algaba era muchísimo peor. Los internos no tenían para comer, iban medio desnudos con un baby harapiento y dormían sin techo. Aquel invierno morían varios cada día y la gente del pueblo se escandalizaba del trasiego constante de muertos”.

Aunque el médico ponía en sus informes que todo estaba perfecto, la verdad es que por ningún sitio se veía el dinero oficial destinado para el mantenimiento del recinto. “El celo profesional era tal que una vez fue dado por muerto un interno muy enfermo que “resucitó” cuando iba a ser enterrado, dando un susto de muerte al sepulturero”, añade la historiadora.

Los campos de muerte del nuevo Estado

Sin ser campos de exterminio propiamente dicho, como los grandes campos nazis de Auschwitz o Mauthausen, estos dos recintos franquistas fueron en gran medida campos de muerte a juzgar por la elevada mortandad por hambre, frío y enfermedades entre los internos, y porque las condiciones de vida para dormir, comer y vestir fueron bastante peores que las padecidas por los deportados en los campos de concentración de Hitler. Por si fuera poco el escaso presupuesto consignado para su mantenimiento se quedaba por el camino entre los encargados que gestionarlo y distribuirlo, evidenciando la esencia corrupta del régimen.

El  presupuesto oficial para alimento y mantenimiento no solía llegar a su destino

No hay que extrañarse de esta estrategia, ya que dirigentes falangistas españoles que, a la postre, eran admiradores del dictador del Tercer Reich, respaldaban la cruel política represiva del Nuevo Estado. “Tendréis envidia de los muertos” llegó a decir Ernesto Giménez Caballero como mensaje a los supervivientes vencidos.

O este amenazante y nada exagerado titular en grandes caracteres publicado en un diario falangista gaditano en 1937: “Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes, para políticos, para masones y judíos, para los enemigos de la patria, el pan y la justicia. En territorio nacional no puede quedar ni un judío, ni un masón, ni un rojo”. Toda una declaración de intenciones que distó poco de convertirse en realidad.

Las víctimas de los campos de concentración del franquismo constituyen otra gran bolsa de olvidados de la represión franquista, como recuerda el historiador gaditano José Luis Gutiérrez, “ya que no han sido reconocidos oficialmente ni indemnizados en España”, al contrario de lo que hizo el Gobierno democrático alemán con las víctimas del nazismo.

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