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Las voces fugitivas

| 25 febrero 2014

las_voces_fugitivasDe Alfons Cervera

 

 

 

645 páginas       15,5 x 23,5 cms. 22,00 euros. Piel de Zapa

Las voces fugitivas es una novela total donde se reúnen El color del crepúsculo; Maquis; La noche inmóvil; La sombra del cielo y Aquel invierno, las integrantes del conocido como ciclo de la memoria. El lector descubrirá cómo los personajes de una resurgen en otra y cómo las historias se entremezclan, configurando un texto unitario de enorme potencia y belleza.

La memoria no habla del pasado sino del presente. Indagar en lo que hubo antes es una manera de descubrir lo que nos pasa. Nadie puede vivir sin los recuerdos. Otra cosa es organizarlos, reflexionar sobre lo que esos recuerdos nos cuentan: aunque sólo sea para no mentir a quienes se los narremos en un libro o donde sea. En 1995 publiqué El color del cre­púscu­lo. Era una novela que hablaba de la “memoria histórica” cuando la memoria histórica aún no tenía nombre en la literatura española de aquellos años. A aquella novela, que cuenta el tiempo de la infancia en los años cincuenta del pasado siglo XX, poco después de la posguerra más inmediata, siguieron otras cuatro que formarían el ciclo de la memoria, nombre con el que se las conoce aquí y también en Francia, donde esas novelas son ampliamente conocidas y estudiadas en los dos idiomas. Lo mismo sucede –esta vez en castellano– en algunas universidades alemanas, inglesas, no­ruegas, irlandesas y de EEUU. El título –LAS VOCES FUGITIVAS– habla de huidas que siempre acabarán regresando al lugar de donde salieron. El silencio y el olvido son imposibles. Para eso escribimos. Por eso escribimos. Algunos pasajes han sido revisados para esta edición. Hay aquí cinco novelas, pero el sentido de totalidad lo encontrarán ustedes si las leen todas como una sola y única historia.

 

Una “novela total” sobre la guerra civil y la posguerra

Enric Llopis (Rebelión)

Ha militado muchos años en el oficio del periodismo y desde hace tres décadas –cuando escribió su primer libro, “De vampiros y otros asuntos amorosos” (1984)- se ha dedicado al arte de escribir. Pero Alfons Cervera no entiende estos quehaceres al margen del compromiso político, también de décadas, sea apoyando a los movimientos cívicos de la ciudad de Valencia (los “salvem” de los barrios, Radio Klara o los familiares de las víctimas del accidente de Metro de 2006), sea en el Fórum de Debats de la Universitat La Nau, donde coordina uno de las escasísimas ventanas de pensamiento crítico que existen en la ciudad.

Este periodista y escritor -que destila bondad y calidez humana, pero también contundencia en sus palabras- acaba de publicar su última novela, “Las voces fugitivas” (Ed. Piel de Zapa), presentada el pasado jueves en la Librería Primado de Valencia. Es un libro, o más bien una “heroicidad”, según su autor, por la extensión (651 páginas), cuando las novelas de Alfons Cervera nunca habían sobrepasado las 170. “Me cuesta esfuerzo reconocer que es mío”, ironiza, “yo que tanto he despotricado de los libros gordos”. Aunque, aclara de inmediato, “otra cosa es Guerra y Paz, la literatura francesa o la novela española del XIX”.

“Las Voces Fugitivas” recopila las cinco novelas del escritor de Gestalgar conocidas como “el ciclo de la memoria”, integradas por “El color del crepúsculo” (1995); “Maquis” (1997); “La noche inmóvil” (1999), “La sombra del cielo” y “Aquel invierno” (2005). Todas ellas se publicaron de manera aislada en Montesinos, la editorial de toda la vida del novelista y, pese a formar parte de un ciclo coherente, cada uno de los libros puede leerse de manera independiente.

La cocina de “Las Voces fugitivas” se ha desarrollado a fuego muy lento. Hace mucho que el maestro de periodistas (“escritor de periódicos”, se definía) Eduardo Haro Tecglen le sugirió a Alfons Cervera la publicación de la entonces trilogía. Eduardo Haro conocía las novelas y las había presentado en Madrid. Ocurría, sin embargo, que con el tráfago de escribir y escribir el escritor de la Serranía nunca encontraba el momento. Pero el pasado verano, Miguel Riera (“mi editor, mi amigo, mi familia”) recuperó la idea de publicar en una sola novela el “ciclo de la memoria”.

Un paréntesis. Alfons Cervera no trabaja con grandes editoriales: “Lo mejor es encontrar un editor y que sea el de toda la vida; transmite confianza, afecto, generosidad y lealtad, pero, claro, también buena literatura; te publicará aunque la novela le repatee”; “esto es algo que a veces el gremio de escritores no entiende”, agrega. Su editorial de toda la vida es Montesinos (Piel de Zapa, que edita “Las Voces Fugitivas” es también un sello de Miguel Riera).

El proceso de publicación de la novela continúa con la corrección. “Cuando te llega el archivo de 700 páginas es como el delirio, pues te entran ganas de cambiarlo todo; finalmente, prescindes de todo lo que no sean erratas”. Pero el trabajo de revisión -¡qué gran cambio, la corrección a ordenador, respecto a los tiempos en que se revisaban los textos a máquina de escribir o incluso a mano!- permite a veces encontrar diabluras. En “Maquis”, la novela de Alfons Cervera más conocida en España, Francia y Alemania, un guerrillero a pie de monte le interpela a otro, “¿Conoces a Franco?”. El interlocutor le responde que por el NO-DO, lo que por razones de pura coherencia temporal resulta imposible. La contestación extemporánea se mantuvo en varias ediciones de “Maquis”.

En “Aquel invierno”-otra novela del “ciclo de la memoria”- aparece el nombre de una mujer escrito de dos maneras distintas en una misma página (“Palmira” y “Paulina”). “El nombre de un personaje no es gratuito, con el nombre te ha de salir la cara del personaje, su manera de andar, el cuerpo, sus rasgos…”, apunta Alfons Cervera. Son veniales errores en los que han incurrido muchas veces los escritores (“Asesinato en el Comité Central” de Vázquez Montalbán, sin ir más lejos). Ahora bien, lo divertido, señala el escritor valenciano, es ver cómo después los estudiosos y los académicos analizan las modificaciones en la nomenclatura y establecen toda suerte de sesudas interpretaciones.

Y llegamos a la última fase del proceso de publicación. “Aunque sea el que hace veinte, cada libro de un escritor es como si fuera el primero; te entran unas ganas tremendas de ir a la imprenta y cogerlo. Quieres ir a ver y tocar ese objeto, como si fueras un primerizo”. “¿Cómo habrá quedado finalmente esa portada que había visto, ese papel que he elegido, ese tipo y cuerpo de letra”. Y también esto es importante porque, antes, cuando había costumbre de deambular por las librerías, cuando uno se perdía entre los libros, en la aventura de ver sus tapas, tocar sus lomos, comprobar sus letras y texturas, el acabado del libro orientaba al posible comprador. Como también lo hacía el librero con sus consejos.

Precisamente por azar, en una de esas visitas como las de antes a una librería de Barcelona, el profesor de Literatura Española de la Universidad de Grenoble, especialista en Juan Marsé y novela de la memoria (II República, franquismo y transición), Juan Vila, conoció la novela “Maquis”. Comenzó a estudiarla y a trabajarla, también alumnos suyos, a cuyo precedente se unieron después universidades como las de Montpellier, Perpiñán, París X-Nanterre y otras. Todo este esfuerzo lo prolongó Georges Tyras, también traductor y estudioso de la obra de Manuel Vázquez Montalbán y gran especialista en novela negra. Hoy, Maquis es todavía de lectura obligatoria en las oposiciones a Lengua y Literatura Española Contemporánea en las universidades francesas.

Concluso el proceso de producción, “Las voces fugitivas” figura ya en los anaqueles de las librerías. Son cinco novelas condensadas en una y que se leen como una sola, sin necesidad de transiciones. Ambientadas en el mismo lugar y la misma época (la posguerra española), con idénticos protagonistas que -al fusionarse el “ciclo de la memoria”- intercambian a veces sus roles: el principal en una de las partes de la novela puede ser un actor secundario en otras. La compilación también da lugar de manera azarosa a soluciones narrativas que el autor no había previsto. Por ejemplo, en la tercera parte de la novela se resuelven enigmas planteados en los dos apartados anteriores, pero sin que el narrador se propusiera introducir estos enigmas.

Otra cuestión es el contenido. Alfons Cervera lo define con pocas y rotundas palabras: “éste no es un libro de mercado sino de valores”. Hay quien utiliza la etiqueta de “literatura moral”. Pero lo importante es que, en los libros del escritor de la Serranía, la literatura no se agota en sí misma, ni en cuestiones puramente de lengua y estilo. “Hace mucho tiempo que eso no me interesa”, sentencia. “La literatura, al igual que la vida, ha de plantearse como conflicto, y ésta es la única manera de avanzar”.

Tampoco entiende Alfons Cervera qué quiere decirse con eso de que el compromiso del escritor es “con su obra”. “Para mí, el hecho de escribir bien resulta una obviedad”. El problema está en “qué hace el escritor, el guionista de cine o el albañil cuando no realiza su trabajo”. En otras palabras, ¿a qué se dedica el escritor cuando no escribe?

Y todas estas ideas se expresan en su literatura. Los personajes (“pequeños personajes”) de Alfons Cervera son gente sin sitio en el mundo, que viven en pueblos (Los Yesares, su localidad natal) y no en grandes urbes; encarnados en una realidad histórica conflictiva, que discurre desde la II República hasta nuestros días. Si esto se quiere entender de modo más sencillo, así lo explica el historiador leonés y amigo de Alfons Cervera, Secundino Serrano: “Cuando veo la palabra Historia escrita con mayúscula, saco la pistola”.

Ahora bien, es un posicionamiento que precisa destreza y oficio pues también entraña riesgos. En las novelas de conflicto y contenido moral “fuerte”, en las que se sacan a la luz historias silenciadas, hay que observar también el cómo se escribe. De lo contrario, “puede caerse en la trampa del panfleto”, afirma el escritor. Ciertamente, “cualquier historia se puede novelar, pero el problema es ¿cómo se construye esa narración? ¿cómo trata el autor a los personajes; porque no ha de olvidarse que la verdad que un escritor tiene para defender su historia es la escritura”. O, dicho de otro modo, “el arma del escritor es escribir bien esa historia”. También esto viene a cuento porque “muchas veces hay novelas de gente consagrada que las tienes que dejar porque no se pueden leer, y no se trata de deslices”.

Entre los grandes referentes literarios de Alfons Cervera destacan Juan Marsé, José Caballero Bonald y William Faulkner. En la presentación de “Las voces fugitivas”, Miguel Morata, amigo de Alfons Cervera y persona que regenta la librería Primado, ha destacado que el libro “rescata historias silenciadas o pronunciadas en voz baja durante años; el autor les da en sus escritos esa deriva poética narrativa que le caracteriza, pero es una poesía sin concesiones, sin metáforas, lo blanco, blanco y lo negro, negro, no caben banalidades ni adjetivos que no posean la rudeza de las aliagas de la Serranía”. Esta obra debe ser leída “como una reivindicación de unas gentes que no tuvieron demasiado eco en las crónicas ni en la literatura, o que directamente fueron acusados de bandidos y criminales”.

Las novelas del escritor valenciano se inscriben en la llamada literatura de la memoria. Pero esta acuñación requiere algunas precisiones. Tiene muy claro Alfons Cervera que hablar de “memoria” “no es referirse al pasado, sino al presente”. Y además, siempre que uno se sumerge en el pasado se enfrenta a riesgos. “No hay que buscar respuestas con la coraza puesta ni buscando refugios, la memoria es un lugar de intemperie e incertidumbre”. Quién sabe lo que uno puede encontrarse…En el caso del autor de “Las voces fugitivas”, empezó todo cuando encontró los “papeles” del juicio sumarísimo que le abrían a su padre y los de la puesta en libertad, doce años después. Se fue entonces al juzgado militar a buscar documentación, así, “a pecho descubierto”.

Cuando Alfons Cervera se aventuró a escribir “Maquis” sabía muy poco sobre los guerrilleros que se enfrentaban al franquismo en las montañas. Al final, salió una novela sobre el miedo, sobre el sufrimiento -fundamentalmente, el de las mujeres- en aquella época. Entre la argamasa con que el autor contaba para elaborar la novela figuraban expresiones populares como “o haces esto o vendrá el maquis y se te llevará”. Y también algunas anécdotas muy elocuentes. Tenía Alfons Cervera cuatro años e iba a la escuela, como cualquier niño de Gestalgar, cuando llegó la guardia civil al pueblo con dos caballos. Los menores se acercaron a la cuadra y asomaron las cabezas sobre la verja. Vieron entonces a un hombre, que levantó la cabeza llamado por la algarabía. Los niños echaron a correr. Alfons se metió en el horno familiar y le espetó a su padre, que estaba elaborando el pan: “Hemos visto a un maquis”. La mirada de su padre lo dijo todo sin abrir la boca: “¡Qué sabrás tú lo que es un maquis!”.

En “El color del crepúsculo” aparece otra pequeña historia que retrata una época. Un tipo inmenso recorría las calles del pueblo como un fantasma en determinadas épocas del año. Ante un gesto del hombre, los niños dejaban de jugar en la calle y se metían en el cuartel. Un día el guardia les advirtió: “Ese hombre es Franco y como os coja, os matará”. “Tienes cuatro años entonces, vas a la escuela y Franco es tanto el tipo que figura en los retratos como el personaje fantasmagórico que ves por la calle”, explica Alfons Cervera. Y así, “de engañifa en engañifa es como ibas creciendo”. “Esto es lo terrible, y lo que intentas contar en las novelas”, zanja el escritor.