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Ha muerto Armando López Salinas

Público, 25/03/2014 | 26 marzo 2014

20130920_armando_lopez_salinasEste escritor era considerado uno de los más insignes representantes del realismo social español

 

‘La mina’, su obra más significativa, ha sido reeditada, tras treinta años de silencio, en 2013.

DAVID BECERRA MAYOR Madrid

Ha muerto Armando López Salinas. Y con su muerte de pronto nos sentimos huérfanos. Acabamos de perder un referente político, pero también -y sobre todo- literario. Sus lectores y camaradas lamentamos su ausencia, tan inoportuna, ahora, precisamente ahora, que estamos tan necesitados de referentes… Aunque Armando trató siempre de ver la realidad con los ojos claros, eliminando las mediaciones que, como musarañas, nos enturbian lo real, hoy sabrá disculpar nuestra vista obnubilada, inundada por las lágrimas que, por fortaleza, esa misma fortaleza que él ha mostrado también en sus últimos días, tratamos de reprimir, aunque luchan por asomar por nuestros ojos cansados. Es preciso que no resbalen hasta caer en el teclado: hay que evitar los sentimentalismos, porque para hablar de Armando hay que recuperar, como él nos enseñó, la lucidez y el raciocinio.

Pero es inevitable. Cómo no llorar su muerte. Sus lectores y camaradas lo lloramos. Nos duele perder a uno de los nuestros. Otros, sin embargo, se sorprenderán ante la noticia, tal vez porque tras largos años de olvido y de silencio ya le daban por muerto.

Porque Armando López Salinas ya había conocido la muerte. La muerte literaria. Su obra fue desplazada de canon, y su autor condenado al ostracismo por una crítica literaria que despotricó contra su obra, contra su presunto mal estilo. Los casi treinta años sin reeditarse La mina, su obra más significativa, y su total desaparición de los manuales de literatura contemporánea son una evidente constatación. Justificado su destierro por medio de discursos aparentemente estéticos, que consideran que la técnica y el estilo de López Salinas hacían bien merecida su expulsión de canon literario, la crítica literaria en realidad escondía un prejuicio ideológico hacia la literatura política y social. Ya he escrito en otras ocasiones que la obra de Armando López Salinas -y concretamente La mina- ha sido olvidada y silenciada porque molesta. Y molesta porque La mina quiebra el relato de la Transición. El relato de la Transición, que en estos días trata de relegitimarse a raíz de la muerte de Adolfo Suárez, se ha construido sobre el mito de que grandes hombres con grandes gestos trajeron a España la democracia. Frente al relato legitimador, la obra de Armando López Salinas nos recuerda que la democracia fue consecuencia de la lucha de miles de hombres y mujeres -como los que La mina describe- que dieron su vida por la libertad y la dignidad de un pueblo subyugado; la lucha colectiva fue poco a poco erosionando un franquismo que no tuvo más remedio que cambiar de apariencia, optar por una forma democrática, para sobrevivir. La democracia no ha sido una concesión, sino el resultado de años de resistencia y de lucha. Un cambio en la correlación de fuerzas. Los gérmenes de esa lucha están presentes en La mina de Armando López Salinas.

De La mina de Armando López Salinas -y del realismo social en su conjunto- se dijo que su agotamiento -y su silencio posterior- respondía a que eran novelas incapaces de trascender el momento histórico para el que fueron escritas, que una vez despega la España del medio siglo hacia el desarrollismo económico, estas novelas pierden su razón de ser. Sin embargo La mina -y no tanto así las literaturas dominantes- ha demostrado que envejece muy bien. Porque muchos de los temas que la novela presentaba en 1959/60 -esos temas urgentes e incapaces de trascender su presente inmediato, que diría la crítica literaria- son, a día de hoy, más vigentes que nunca. Porque los problemas sociales sobre los que La mina situaba el foco de la denuncia no sólo han recuperado la vigencia y permanecen sin resolverse hoy, sino que se agudizan a medida que la crisis económica capitalista -española y global- se acrecienta.

El problema del campo español, tan bien descrito por Armando López Salinas en La mina, pero también en sus libros de viajes, sigue siendo de rigurosa actualidad como demuestra «la marcha obrera» que en verano de 2012 emprendieron los trabajadores del campo andaluz, liderados por Juan Manuel Sánchez Gordillo, Diego Cañamero y el SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores). El problema del desempleo y la emigración no es tampoco una cuestión exótica de La mina, en un país con seis millones de parados, donde los jóvenes en situación de desempleo no tienen más horizonte laboral que el que le ofrece la emigración. Como también persisten los mismos conflictos en el sector de la minería, como así lo evidenció la «marcha negra» que tuvo lugar durante el verano de 2012, en que mineros procedentes de todos los puntos de la geografía española, cruzaron España a pie hasta confluir todos ellos el 10 de julio en Madrid. Por no hablar de las Marchas de la Dignidad que nos han permitido volver a recitar, este pasado sábado 22 de marzo, aquellos versos de Antonio Machado que decían: «Madrid, qué bien suena tu nombre, rompeolas de todas las Españas».

Armando López Salinas ha fallecido hoy, pero habían tratado de deshacerse de él mucho antes. No creo en el cielo, pero sí en la memoria. Por eso haremos todo lo que esté en nuestra mano para que volvamos a leerle. El mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer sus obras. Es la única forma de que permanezca con vida después de la muerte. Con ese propósito transcribo los versos de Canto general de Pablo Neruda con los que se abre el tercer capítulo de La mina:

Yo no vengo a llorar aquí donde cayeron:

Vengo a vosotros, acudo a los que viven.

Acudo a ti y a mí y en tu pecho golpeo

Acudo a los que viven, les convoco en ese ahora, para que no olviden. Para que no olviden quienes son los que lucharon. A Armando López Salinas y a sus personajes de La mina, a los que estuvieron en las cárceles y a los que murieron, a los que fueron torturados, a los que conocieron el exilio, a los que no pudieron irse. A los que sufrieron la derrota. Armando López Salinas representa lo mejor de nuestra memoria, se nos ha ido, pero yo lo noto: sé que está, que sigue con nosotros. Sumemos fuerzas para que no se nos vaya del todo. De nosotros depende. Y mientras escribo estas palabras, una oleada de calor se expande por mi pecho. La angustia se deshace igual que un pedazo de hielo puesto al sol. Pero siento una gran paz y una tranquila serenidad. Una serenidad que llega desde muy hondo, desde la esperanza.

Armando López Salinas (1925-2014) ha sido uno de los más insignes representantes del realismo social español. Fue finalista del Premio Nadal en 1959 con La mina y recibió el Premio “Antonio Machado” en 1962, que concedía la editorial Ruedo Ibérico en París, con Año tras año, una novela que no se pudo publicar en España, durante la dictadura franquista, por “atentar contra el régimen y sus instituciones” y por ser “claramente filocomunsita”, como así rezaba el informe de censura. Armado López Salinas fue asimismo autor de tres libros de viajes: Caminando por Las Hurdes (1960), escrito con Antonio Ferres; Por el río abajo, (1966), con Alfonso Grosso, y Viaje al país gallego (1967), con Javier Alfaya. También publicó el ensayo Alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura (1977) y recientemente se ha publicado su libro Crónica de un viaje y otros relatos, escrito en 1964 pero que no salió a la luz en el tiempo de escritura por ser denegada su publicación por la censura.

La mina, su obra más significativa, y asimismo una de las obras más relevantes del realismo social en España, ha sido reeditada, tras treinta años de silencio, en 2013 por la editorial Akal, en coordinación con la Sección de Estética y Literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas.

http://www.publico.es/culturas/510242/ha-muerto-armando-lopez-salinas