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Un buen franquista y un gran demócrata

Antonio Avendaño. Andaluces, 24-03-2014 | 26 marzo 2014

FRANCO REUNION DEL CONSEJO NACI0NAL ARIAS NAVARRO  Y ADOLFO SUAREZSimulamos que Suárez apenas tuvo un pasado franquista, del mismo modo que simulamos no haberlo tenido nosotros como país

 

 

ANTONIO AVENDAÑO / 24 Mar 2014

Un buen franquista y un gran demócrata. Un franquista normal y un demócrata de excepción. Si el franquismo hubiera pervivido, Adolfo Suárez habría sido un gran ministro de Franco: menos franquista que un Carrero Blanco o incluso que un Fraga, pero franquista al cabo. El azar, o quién sabe si la necesidad, le encomendó la inverosímil tarea de desmontar el franquismo y montar una democracia y eso es lo que hizo.

Suárez es hijo del franquismo y la democracia es hija de Suárez; por tanto, la democracia es nieta del franquismo. Ese silogismo es algo más que un juego de palabras: es una descripción genealógica y es también taxonomía política. Suárez era hijo de Franco y nosotros somos hijos de Suárez, lo cual nos hace nietos de Franco. La democracia española es nieta de una dictadura. La democracia española mató al padre, pero no al abuelo. Se apresuró a matar a Suárez, pero nunca se atrevió a matar a Franco, que permanece enterrado con todos los honores en un sepulcro literalmente faraónico. En el Valle de los Caídos no yace solo Francisco Franco: yace también la España que no fue capaz de matarlo.

La muerte de Franco y la instauración de la democracia fueron casi instantáneas, sin solución de continuidad: de algún modo, todo quedó en familia. Aquella forma de hacer las cosas, cuyo artífice principal fue Suárez aunque no solo él, hizo que no nos matáramos de nuevo los unos a los otros, pero hizo también que no ajustáramos cuentas con el pasado. La democracia simuló que no era nieta de quien era, simuló que no tenía pasado. En cierta medida es lógico que así fuera: se trataba de un pasado, primero, demasiado atroz y, segundo, con demasiados cómplices.

La sincera unanimidad en el reconocimiento póstumo de la figura de Adolfo Suárez no se debe únicamente a las virtudes políticas –la ductilidad, el olfato, la audacia, la simpatía, el talento– del primer presidente de la democracia, que sin duda las tuvo. Se debe también al hecho de que Suárez somos todos.  Al salvarlo a él nos estamos salvando a nosotros. Suárez fue un demócrata sincero, pero también había sido un franquista sincero. España es una democracia sincera, pero no fue una dictadura hipócrita. La complicidad –sociológica, sí, pero no solo sociológica– de una gran mayoría del país con Franco y con el franquismo es imposible de borrar y problemática de administrar.

El país, sin duda, fue demasiado franquista durante demasiado tiempo como para sentirse orgulloso de su pasado, pero hay que reconocerle que dejó fulminantemente de serlo a la primera oportunidad que se le presentó. Hacia 1977 Adolfo Suárez era el político que más se parecía a España: un buen franquista dispuesto a ser el mejor demócrata. Fue tan buen demócrata que a todo el mundo se le olvidó que había sido franquista.  Durante muchos años, un cuarto de siglo tal vez, España simuló no haber sido nunca franquista y por tanto estaba de más ajustar cuentas consigo misma y con su pasado, pero lo cierto es que cuando, ya bien entrado el siglo XXI, intentó de verdad ajustar esas cuentas con el pasado la tarea se reveló no ya extremadamente complicada, sino cargada de riesgos.

En los obituarios de Suárez se recuerda más, muchísimo más su etapa demócrata que su etapa franquista. Es natural que así sea. Y es justo que así sea. Pero además de natural y de justo, es muy oportuno que así sea: nos viene bien a todos que así sea. Simulamos que Suárez apenas tuvo un pasado franquista, del mismo modo que simulamos no haberlo tenido nosotros como país. Pero si, personal y políticamente, Suárez logró redimirse de su pasado, España no ha logrado, en cambio, redimirse del todo del suyo. Es más: la derecha española, que tanto odió por cierto a Suárez, no cree que haya nada de qué redimirse. La izquierda también lo odió o al menos lo combatió con gran dureza, pero por razones opuestas. La derecha lo odió por haber dejado de ser franquista y la izquierda lo despreció por haberlo sido. Al final, el odio de la una y el desprecio de la otra convergieron en un sincero respeto y consideración, favorecidos ambos por su retirada política primero y por su enfermedad después, pero no solo por ellas. La derecha y la izquierda han acabado reconociendo que Suárez hizo un buen trabajo con España y, desde luego, un buen trabajo con el propio Suárez. No está claro que cualquiera de las dos pueda decir algo parecido de sí misma.

http://www.andalucesdiario.es/politica/un-buen-franquista-y-un-gran-democrata-2/