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Gumersindo de Estella y la jerarquía religiosa

Emilio Sales Almazán, | 6 abril 2014

gumersindo-de-estellaEste religioso estuvo atendiendo espiritualmente a los condenados que iban a ser asesinados en Zaragoza desde 1937 a 1942

 

GUMERSINDO DE ESTELLA Y LA JERARQUÍA RELIGIOSA

El pasado 1 de abril se celebró un homenaje a Gumersindo de Estella (llamado civilmente Martín Zubeldía Inda, nacido en Estella, Navarra, el 11 de noviembre de 1880 y fallecido en Pamplona, Navarra, el 7 de noviembre de 1974). El acto tuvo lugar en Zaragoza en el cementerio de Torrero y consistió en el nombramiento de una plaza a nombre de este fraile capuchino. El acuerdo municipal para tal homenaje, aprobado por unanimidad de los miembros del consistorio, quiere hacer “recordar la figura de un hombre que sufrió y alivió penas dentro de las paredes del cementerio”. Este religioso estuvo atendiendo espiritualmente a los condenados que iban a ser asesinados en la cárcel de Torrero desde 1937 a 1942 y cuenta esa experiencia en un libro titilado “Fusilados en Zaragoza 1936-1939: Tres años de asistencia espiritual a los reos”. Estas memorias están escritas en 1945 y sus hojas guardadas hasta poco antes de morir que las puso en conocimiento de personas cercanas. Se editaron en el año 2003 y pude leerlas hace ya tiempo. No comparto la visión religiosa de su labor en esos momentos, me queda la duda si fue una consecuencia de una toma de conciencia de la criminal actuación de las autoridades fascistas y la jerarquía católica o un acto acorde con su misión como “reconductor” de los descarriados a la “verdad”, no obstante me parece una obra digna de ser leída y analizada, también es cierto que en algún momento se enfrenta a las autoridades y expone su punto de vista en desacuerdo con lo que estaba viviendo. Según los datos que se han estudiado puede que unas 1.700 personas fueron asesinadas en esas fechas y él las asistió en el “bien morir” (toma ya con la frase). Desde luego la mejor manera de no tener que salvar almas es no asesinando.

Hay detalles que merecen la pena reseñar en estas páginas. Una de ellas es como el “padre Gumersindo se siente apesadumbrado y lamenta que haya religiosos que se involucren de esa manera en la guerra. También narra como en lo alto de la capilla hay un retrato de Franco (es el año 38), colocado como si fuera un santo en el altar, que solivianta a los reos y que él pide retirar, pero nadie se atreve a hacerlo para que no los consideren desafectos y acaben ellos delante del pelotón”, tardó tiempo pero consiguió que se retirara. Esta parte significa cierta equidistancia con la jerarquía católica, pero también hay detalles que me hacen ver que otras actuaciones son dignas de reproche. En un trabajo de Iván Heredia Urzáiz hace referencia a la situación en la cárcel de El Torrero (Zaragoza). Dice así: “EL TERROR…Desde el inicio de la sublevación y a lo largo de los meses del verano y otoño de 1936, en las tierras aragonesas se llevaron a cabo centenares de fusilamientos “descontrolados” en cunetas, tapias, laderas de ríos o descampados. Frente a ese fusilamiento “arbitrario”, paralelamente se practicaron numerosas “sacas” que se llevaron a cabo desde la cárcel de Torrero. El primer punto de ejecución que se dispuso para el fusilamiento de los reclusos se localizó en el término de Valdespartera.  Posteriormente, las tapias del cementerio de Torrero, próximo a la Prisión Provincial, se constituyeron como escenario principal donde se tejió el drama de numerosos presos políticos a lo largo de toda la guerra civil. A pesar de las lagunas documentales existentes, sabemos que a mediados de agosto de 1936 ya s practicaban “sacas” que, aunque no muy numerosas, fueron haciéndose cada vez más frecuente y multitudinarias a lo largo del otoño de 1936 y cobraron un cierto protagonismo en el mes de diciembre, cuando de las 421 muertes violentas en la ciudad de Zaragoza, casi la mitad procedían de la Prisión Provincial. El ritmo de fusilamientos practicados desde la cárcel de Torrero sufrió una notable ralentización a partir de enero de 1937. Fue entonces cuando aquellas “sacas” de los primeros meses de la guerra, se convirtieron en “ejecuciones de sentencias”, penas de muerte que los tribunales militares comenzaron a dictaminar para dar una imagen de legalidad a unos procesos judiciales carentes de garantías para los acusados. Ejecuciones que comenzaron a ser precedidas por un ritual una “ceremonia de la muerte” que se repitió constantemente a lo largo de la guerra. Alrededor de las cinco de la mañana los reclusos condenados a muerte eran conducidos hasta el improvisado altar situado en la sala de jueces por la que tantos y tantos reclusos pasaron desde el verano de 1936. Allí desde mediados de 1937 y día a día, esperaba el padre capuchino Gumersindo de Estella quien, tras exhortarles a la confesión, les ofrecía la salvación de sus almas a cambio de besar la cruz. Una vez concluidos los  oficios religiosos, los presos eran atados de manos, se les leía la condena y posteriormente eran entregados a una pareja de la guardia civil. Un camión aguardaba en la entrada de la prisión para conducir a los agentes de la benemérita y a los reclusos condenados hasta las tapias del cementerio de Torrero. Generalmente, detrás del camión iba una comitiva formada por el director  el médico de la prisión provincial, algunos oficiales de prisiones, el juez ejecutor de la sentencia y su secretario junto con algunos miembros de la Hermandad de la Sangre del Cristo. Llegados al punto de ejecución, un pelotón de fusilamiento esperaba la hora de disparar. Los condenados eran colocados en fila, cara a cara con sus verdugos, hasta que el grito de ¡fuego! les anunciaba que había llegado su hora. En algunas ocasiones esas ejecuciones se convirtieron en una escena horrible, como la ocurrida en la noche del 27 de octubre de 1938, cuando el senteciado a pena de muerta Manuel Ferrer Jordana, vecino de Caspe, al proceder a salir de su celda para que le fuera leída la sentencia corrió hacia una pared mientras gritaba “a mi no han de matar esos verdugos”. Para sorpresa de todos, el recluso estrellando su cabeza contra el muro. Los funcionarios corrieron a prestarle la correspondiente asistencia facultativa, pero la dirección de la prisión ordenó que fuera “entregado a las fuerzas de la Guardia Civil para ser conducido al lugar donde había de llevarse la ejecución a cabo”. De esta manera, moribundo, subieron al preso en el camión. Una vez llegados a las tapias del cementerio lo bajaron y una vez colocado en tierra, le pegaron un tiro en la cabeza”.

Estoy convencido que hay muchos zaragozanos y muchas zaragozanas que merecen más que este siervo de dios, que lucharon por la legalidad y por la libertad, que fueron asesinados por un grupo sedicioso, fascista, que no solo dio un golpe de estado, que provocó una guerra civil y que tras “la paz” estuvo décadas reprimiendo al pueblo español y que exterminó a miles de personas. No obstante es recomendable conocer estas reflexiones que una persona que vivió tan de cerca el horror. Se calcula que más de 3.543 republicanos fueron fusilados en aquel muro desde la madrugada del 19 de julio de 1936 hasta el 20 de agosto de 1946, ni en nochebuena dejaban de “oficiar su ritual macabro”.

Pero al hilo de esta historia me gustaría venir a la actualidad, que según ciertos discursos, varía poco o nada del que la jerarquía de la iglesia católica ha mantenido durante décadas.

En estos días de vorágine patriota por la figura de Suarez, donde el mensaje único ha predominado ante cualquier crítica que pudiera haber de un personaje tan complejo como el expresidente de nuestro país, una figura política devenida del franquismo y que ahora concita la unánime adhesión (hace años una persona a la que siempre he admirado me dijo: “hijo, cuando veas que “todos” se ponen de acuerdo seguro que te quieren mentir”). Tras la muerte de Adolfo Suarez y todos los actos de homenaje y reconocimiento como el adalid de la democracia que según la recomendación oficial él y solo él forjo en el mundo feliz en el que nos encontramos, ha habido una culminación en el llamado funeral de estado que se ha oficiado en Madrid. Es curioso como en un estado que se llama aconfesional se puede celebrar una ceremonia religiosa para honrar a un personaje, sea cual sea. Es una de las múltiples vergüenzas heredadas del sistema franquista. Nada impide que la familia haga uso de su libertad religiosa para encomiar a su familiar y que a este asistan cuantos quieran a modo particular. Pero en este réquiem ha sobresalido la nefasta figura de unos de los representantes de la jerarquía eclesiástica católica. Como no, el ínclito arzobispo de Madrid Rouco Varela que ha aprovechado la ocasión para dejar la impronta de la posición que sigue manteniendo la “jefatura” de la iglesia católica, la misma que alentó el golpe de estado fascista, que colaboró como socio necesario en la represión y asesinato de miles de españoles, que estuvo al lado de los que violentaron la legalidad democráticamente elegida por el pueblo español. Tiene tal desvergüenza que al manifestar su sermón parece que su “asociación” nada tiene que ver en la historia reciente, en la trágica historia de nuestro pueblo, como demostrando que están por encima del bien y el mal. Dice el mandatario prelado en su ofensiva intervención: “la concordia fue posible con él. ¿Por qué no ha de serlo también ahora y siempre en la vida de los españoles, de sus familias y de sus comunidades históricas? Buscó y practicó tenaz y generosamente la reconciliación en los ámbitos más delicados de la vida política y social de aquella España que, con sus jóvenes, quería superar para siempre la guerra civil, los hechos que la causaron y que la pueden causar”. De entrada es un mentiroso y esos en su secta es un pecado. Manipula la historia a su antojo y eso es una falsedad y en su clan es una perversión.

Pero hay más. ¿Qué hacían ciertos personajes en este acto?, en el fondo se lo tienen merecido, ya podían imaginar que el discurso de uno de los jefes de la tribu iba a mantener la línea conocida. O quizás estoy equivocado y esos que luego se rasgaban las vestiduras ante ese discurso artero estaban en el lugar que les tienen asignado, al fin y al cabo la “sacrosanta” transición dejaba claro que todo estaba atado y bien atado y que hubo, hay y habrá vencedores y vencidos.

 

*Gumersindo de Estella (2003). Fusilados en Zaragoza 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos. Zaragoza. Mira Editores.

*”Génesis del modelo penitenciario franquista. Terror, miseria y “regeneración” en la cárcel de Torrero (1936-1939)” Iván Heredia Urzáiz.