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¡Franco, presente! Ruta por Toledo, la provincia con más calles dedicadas al Caudillo

El Español, 09-09-2108 | 10 septiembre 2018

Según los datos del Instituto Nacional del INE, es la provincia que menos cumple la Ley de Memoria Histórica

9 septiembre, 2018  Brais Cedeira  @BraisCedeira Toledo

Según los datos del Instituto Nacional del INE, es la provincia que menos cumple la Ley de Memoria Histórica. Tiene hasta 123 calles con nombres relacionados con el fascismo y con el dictador.

EL ESPAÑOL recorre cinco de esos pueblos: uno fue borrado del mapa por el dictador, otro tiene 17 calles en su honor, en otro perdura la calle “General Franco”, en otro el apelativo de Caudillo.

La fecha de la exhumación de Franco aún no está sobre la mesa, pero en pleno s. XXI, hay vecinos que siguen viviendo en la calle General Franco.

Desde hace más de cuarenta años, el nombre de Francisco Franco perdura en la provincia de Toledo como el elefante que está dentro de la habitación. Allí continúa instalado; nadie le ha podido sacar. Múltiples son los símbolos que todavía hoy hacen referencia al dictador, más allá del famoso Alcázar de Toledo, reconvertido en museo del Ejército. En pleno 2018, no resulta extraño encontrarse en Toledo con calles que hacen referencia directa al hombre que se refería a sí mismo como el “Caudillo de España”.

Estos hechos van más allá de la opinión o de una impresión esbozada a vuelapluma. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la provincia de Toledo es la que menos cumple la Ley de Memoria Histórica de toda España. Se trata de la región en la que más vías con nomenclatura franquista permanecen en su callejero. Hasta 123, aunque desde el Foro por la Memoria Histórica, según aseguran a EL ESPAÑOL, opinan que han de ser muchas más. “Ese estudio solo incluye los nombres más importantes”.

Cuando la exhumación del dictador ya ha sido aprobada, aunque sin fecha, tras el decreto del Gobierno de Pedro Sánchez, EL ESPAÑOL realiza el último jueves de agosto una ruta por cinco localizaciones distintas de una provincia en la que se puede encontrar de todo: pueblos que Franco borró del mapa y a los que le cambió el nombre, localidades creadas de la nada con el apellido de “Caudillo”, ayuntamientos con todos los generales del régimen en su callejero, etc.

Estamos, no en vano, ante una provincia cuya Diputación mantuvo, hasta el año pasado, una Medalla de Oro que se le concedió al dictador, en pleno ocaso del régimen, el 17 de diciembre de 1972. 17 votos a favor y cero en contra sirvieron para darle la primera medalla de la provincia “como Generalísimo y Caudillo de los ejércitos, por encarnar todas las esencias de las virtudes señeras y representativas de los más altos ideales de la Patria”.

Con el debate de la Memoria Histórica de nuevo sobre la mesa de operaciones quirúrgicas, en Toledo ya han pedido que se exhumen del Alcázar de Toledo los restos de los militares José Moscardó y Jaime Milans del Bosch, que fueron enterrados allí. Toledo es tal vez, la provincia en la que Franco, de algún modo, todavía no ha muerto.

Numancia de la Sagra: la historia borrada del mapa

Población: 4.755 habitantes

Andrés Cenamor todavía declama los sonetos que le escribe a un pueblo que ya no existe. Se trata de un lugar que desapareció del mapa porque fue borrado de los atlas de la provincia hace exactamente 72 años. Los suyos son sonetos caseros pero sentidos, concretos pero sinceros, poemas clásicos cuyos versos ha ido puliendo con el paso de los años. Los conserva en una carpeta plastificada al modo en que se guardan las cosas importantes, intentando que el folio, la rima y las palabras no pierdan la fuerza del primer día. Y que nada caiga en el olvido.

En 1936 existía un pueblo llamado Azaña tal y como había existido en 1836, en 1736 e incluso en 1436. El mismo nombre, las mismas familias de siempre. En realidad, Azaña es un lugar que todavía perdura en el corazón de la provincia de Toledo y que posee 800 años de historia a sus espaldas. El pueblo prosiguió su vida llámándose de otra manera, Numancia de la Sagra. Fue Franco quien le otorgó un nuevo nombre en “honor” al regimiento que lo conquistó en octubre del año 1936, cuando empezó la guerra. Lo hizo a la vez que borraba del mapa la antigua denominación de la villa. Y así permanece desde entonces. Para Franco, era imperdonable que el nombre del pueblo coincidiera con el del líder político de la II República.

El debate se viene acentuando los últimos años en el pueblo hasta dejar un panorama dividido en cuanto a esta decisión, obligada, en teoría, por la Ley de Memoria Histórica, que lleva más de una década sobre la mesa. “Está hablándose tanto que antes del verano hasta la radio local hizo una pequeña encuesta para ver qué era lo que opinaba la gente del pueblo”, explica Andrés. Pero son más los que prefieren dejar las cosas como están que los habitantes de la antigua localidad toledana de Azaña.

Quedan pocos con vida que naciesen antes del estallido de la guerra. Por eso, Andrés y otros muchos del pueblo (aunque no tantos como quienes prefieren dejar las cosas tal cual se encuentran) se muestran mayormente pesimistas ante la posibilidad de que el nombre del pueblo vuelva a ser el que era, el original. “Si se hiciera un referéndum por el nombre, sería para ganarlo”. Desde su sillón del ayuntamiento, Miguel Ángel Fuerte, el alcalde del PSOE, dice a este periódico que “hay que escuchar a los vecinos, y para muchos es simplemente un nombre. No tiene la connotación que pueden tener otros lugares”.

Azaña no se llama Azaña desde el 19 de octubre de 1936. Ese día, el comandante en jefe Velasco, a cuyo cargo estaba el escuadrón Numancia, emitió un comunicado en el ayuntamiento. Días atrás, sus hombres habían conquistado el pueblo. Al descubrir el nombre de aquel lugar, se pusieron a pegar tiros contra el cartel de la entrada del municipio como si estuviesen tiroteando al mismísimo presidente de la Segunda República, Manuel Azaña. El acta extraordinaria de aquel día de otoño recoge el cambio del nombre. “Recogiendo el sentir del pueblo se acordó por unanimidad que esta villa lleve el nombre de Numancia de la Sagra por el hecho trascendental de haber sido reconquistada por los gloriosos escuadrones del Regimiento de Numancia”. Así llevan desde entonces.

De aquel modo, Franco pretendía comenzar a aplicar su particular ley de la memoria. Lo hizo despojando a aquel lugar de los vestigios de su antiguo nombre, que nada tenía que ver, en realidad, con el del político republicano. El nombre de la villa deriva del árabe al-sāniya, que quiere decir noria, o molino de agua. Una de las primeras ocasiones en las que el nombre se menciona en los documentos históricos es en el año 1186, cuando el papa Urbano III ratifica que Azaña e Illescas pertenecen a la iglesia de Toledo.

Apenas quedan ya símbolos o vestigios que hablen solos de la historia del pueblo como tal. Casi todo lo que queda, a modo de testimonio de un lugar que ya solo existe en los archivos antiguos, es la plaza de la Noria. En el centro, un pequeño molino de agua a modo de fuente emula el símbolo de la localidad, presente de forma innegable en el escudo. Hay una enorme placa y mosaicos en los bancos de ladrillo cubiertos de inscripciones y dibujos que hablan de la historia del lugar.

Mientras el sol aprieta, Andrés rememora la pregunta que se llevó al Congreso de los Diputados de la mano de Gaspar Llamazares en el año 2009. Han pasado casi 10 años y todavía no ha logrado recuperar el pueblo de sus padres, el mismo en el que ahora vive, pero con un nombre diferente. Le queda, nada más, la opción irremediable de refugiarse en sus sonetos, esos que contienen la verdadera esencia del pueblo de Azaña, la estela de un pueblo borrado de la Historia.

Azaña mantiene su semblante / saliendo de la historia con aprieto / llamándola Numancia por decreto / teniendo que aguantar de mal talante.

Fuensalida: las 17 calles franquistas

Población: 10.976 habitantes

Si uno se quiere coger una casa en el centro histórico del municipio de Fuensalida, lugar archiconocido como un espléndido enclave para conseguir zapatos elaborados a mano, existe una alta probabilidad de que le toque vivir en una calle que evoque a la mitología bélica de la dictadura de Franco. Si uno está en la plaza del ayuntamiento se encuentra, en realidad, en la “Plaza del Generalísimo”. A ella se accede por la calle “6 de octubre”, la fecha en la que entraron los nacionales en el pueblo. A su vez, este estrecho callejón comunica con la “plaza José Antonio Primo de Rivera”. Más allá, se encuentra la “calle Héroes del Alcázar”. Y así hasta más de 15 nomenclaturas similares.

“Tenemos todo un surtido: “18 de julio”, “Calle de la Victoria”, Onésimo Redondo, general Yagüe, Queipo de Llano… Todos los generales habidos y por haber”. Patricia Ballesteros, concejala de Izquierda Unida en el ayuntamiento, tiene su casa en la calle General Mola. “A mí me dicen que solo queremos desenterrar el pasado y nos acusan de querer conseguir réditos políticos con esto. Cuando alguien viene al pueblo a mí me da vergüenza que todavía, en pleno 2018, se sigan manteniendo calles a este señor”.

¿Cuál es la razón de que toda esa simbología en la provincia haya perdurado de tal forma? Zira Box es profesora del departamento de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Valencia. Su libro España, Año Cero. La construcción simbólica del franquismo (2010, Alianza Editorial), arroja algunas claves para entender este fenómeno. En gran medida, episodios como la defensa del Alcázar, que hasta generó poemas en tono de alabanza a Franco, tienen un peso considerable. “Es uno de los más utilizados y más importantes, al menos en el primerísimo franquismo. Se trata de una mitificación del episodio que permite desarrollar un relato maniqueo de heroicidad con el componente emocional. Está también la cuestión más amplia de qué usos históricos permite Toledo (es la ciudad de los 18 concilios, que es Castilla, que transmite sobriedad, que ejemplifica el triunfo del cristianismo…)”, explica a EL ESPAÑOL.

El PP gobierna en Fuensalida desde el año 1983. De las 123 calles con nombres franquistas, el 10 % se encuentran en el propio municipio; hay hasta 17. Mariano Alonso, el actual alcalde popular, explica que en este momento tienen abierta una demanda en el juzgado de lo Contencioso Administrativo Número 2 de Toledo por el cual se exige que se cumpla la ley de Memoria Histórica y que se retiren todos los nombres de las calles que exalten la dictadura.

La Fundación Francisco Franco se ofreció para asesorarles pero lo rechazaron. “Lo que dicte el juzgado lo acataremos. Tenemos como obligación la resolución de servicios, pero el interés que se advierte sobre este tema es puramente electoral, pero hay cosas más importantes”.

¿Soluciones? De momento, pocas. Ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder. Izquierda Unida sí que está esbozando una idea que quizás se convierta en propuesta dentro de unas pocas semanas. “Nuestra idea es desterrar la connotación política de esas calles, así que queremos proponer que se cambien por los nombres de mujeres que han hecho historia o que han sido un ejemplo para todos. Mataríamos dos pájaros de un tiro. Mujeres como Ana Orantes, Margarita Salas o Clara Campoamor aparecerían en nuestro callejero y, a la vez, eliminaríamos esa politización de los nombres que se colocan en esas calles”.

Hasta entonces, cada vez que uno quiera ir a comprar zapatos a Fuensalida como si aquello fuera la calle Preciados tendrá que adentrarse por una plaza, la del ayuntamiento, que continúa homenajeando la efigie del dictador.

Alberche del Caudillo, el pueblo que surgió de la nada

Población: 1.693 habitantes

No hay un alma en la calle a las cuatro y media de la tarde en la localidad de Alberche del Caudillo. El pueblo entero se guarece a esa hora en sus casas o en las terrazas, situadas en los soportales, para combatir los casi 40 grados de calor que azotan sus extensas llanuras. Lo hacen con el ventilador de toda la vida, con una gélida cerveza o con suaves licores servidos con mucho hielo. Con ello tratan de desprenderse del bochorno, algo tal vez más sencillo de quitarse de encima que ese apellido de la localidad que evoca indudablemente al dictador.

Pero los habitantes del pueblo están cansados del debate y no parecen querer que las cosas cambien. Tres chicas que prefieren no decir sus nombres toman el café, fuman y reciben a los periodistas en la terraza de una cafetería en la plaza principal del pueblo mientras debaten sobre la polémica.

-No hace daño a nadie un nombre. Yo no veo que el pueblo sea un lugar súper facha. Es solo un nombre. Sin más.

-Es historia- sentencia la segunda de ellas.

-Le dio vivienda a muchísimas familias. Muchos de los que se quejan ahora viven aquí gracias a que Franco les dio una casa aquí.

-¿Entonces preferís que se quede como está?

– Si quieren hacer una votación, que la hagan. Pero me parece una tontería gastar dinero en unas votaciones.

Alberche del Caudillo conserva el nombre desde el día en que Franco lo fundó, hace ahora 62 años. Fue el último de los pueblos construidos tras la guerra por el Instituto Nacional de Colonización. 270 colonos se instalaron como inquilinos primigenios de un pueblo levantado de la nada junto al cauce de los ríos Tajo y Alberche.

Los documentos sonoros y visuales del NO-DO (el noticiero semanal del régimen que todavía se puede consultar en la Filmoteca Española), todavía recogen en la hemeroteca la jornada en la que el dictador inauguró el pueblo. El locutor describía así el primer día de la vida de este pueblo: “Grandes extensiones de terreno se han puesto en cultivo en las proximidades de Alberche del Caudillo donde se asientan los colonos para recibir afectuosamente al Jefe del Estado”. Aclamado por miles de personas, Franco se dirige brevemente a la multitud enfervorecida: “Es la revolución por la grandeza del pueblo la que se está cumpliendo inexorablemente”.

Pero todo esto pasó hace mucho tiempo, dicen ahora en Alberche. Más allá, en el bar, donde no golpea el calor de la solana , don Manuel juega al dominó con otros vecinos del pueblo. Llegó al pueblo a los 14, cuando ya se llamaba así. “Yo no soy político. A mí me daba lo mismo antes, como ahora. Si quieren sacarlo, que lo saquen. Necesitamos en el pueblo que se ocupen de cosas más importantes”.

En diciembre de 2016, la alcaldesa de Alberche del Caudillo, Ana Rivelles, acudió a una cena de la Fundación Francisco Franco en la que recibió un premio por“incumplir la Ley de Memoria Histórica y honrar al dictador”, según publicó La Marea. Rivelles dijo que acudió a aquella cena a título personal y porque se le dijo que recibiría información de los procedimientos judiciales abiertos en algunos municipios al hilo de la Ley de Memoria Histórica. También negó que en aquella reunión exaltase en modo alguno la figura del dictador.

Antes de salir del pueblo, varios vecinos realizan una sugerencia no prevista en la ruta original: “Tenéis que ir a Marrupe. Creo que allí está, directamente, una calle que es la calle General Franco. No queda lejos”.

Marrupe: “Yo vivo en la calle General Franco”

Población: 163 habitantes

Marrupe es una Comala manchega. La calle está plagada por el silencio vespertino y el sonido inaudible de unos rayos de sol tan intensos como en los mismos desiertos de Sonora. En medio de ese erial, hay dos vías que discurren paralelas hasta desembocar en el ayuntamiento. Por la izquierda, la calle General Mola. Por la derecha, la calle del General Franco. confluyen de forma inexorable en la plaza del consistorio, la plaza de Adolfo Suárez. Por el otro lado, a la casa del pueblo queda atrapada entre las calles Héroes del Alcázar y la calle José Antonio.

Llegar hasta este pequeño rincón en la comarca de la Sierra de San Vicente resulta una auténtica odisea en la que se atraviesa una vasta extensión de terreno moteada de rocas pulidas y grandes que están desperdigadas de forma arbitraria, como si alguien las hubiera arrojado directamente desde el cielo. Al final del camino se halla este pequeño rincón de apenas 10 kilómetros cuadrados de extensión y elevado 584 metros sobre el nivel del mar.

Apenas hay un alma en el pueblo a las seis de la tarde. Sí se escucha desde la calle la radio encendida de Norio Jiménez, el vecino del número 7 de la calle General Franco. Tiene 85 años y esa es su casa de toda la vida en el pueblo. Nació en Marrupe en diciembre del año 1933, en esa misma misma vivienda. “Sí, yo vivo aquí. Ahora estoy jubilado, pero siempre arando y segando, con las labores del campo de toda la vida. Yo me quedé sin padre a los ocho meses de nacer. Se murió de apendicitis en agosto del 34”.

Norio se viste con un pantalón de traje de color negro y una camiseta de asas para combatir el calor. También él opina sobre la polémica de los símbolos franquistas como el que da nombre a la calle en la que reside. No está entre sus prioridades. “Me da igual como se llamen las calles, que Pedro, que Juan, que lo que sea. Pa mí, lo principal es que todo el mundo pueda vivir bien hoy. Salud y trabajo. Y gracias a Dios yo estoy bien”.

Cuando el sol cae, de vuelta de Marrupe, el camino transcurre por una carretera que atraviesa el pueblo de Cervera de los Montes, apenas 500 habitantes. El automóvil se introduce por la plaza del ayuntamiento para advertir ya la última hipérbole de los símbolos franquistas en la provincia. El nombre del ágora del quinto pueblo, enmarcada por la iglesia románica, algunos bares y el propio consistorio, está plasmado en tres placas distintas, cada una en un extremo de la plaza, por si a alguien se le olvida, con un mismo título: “Plaza del Generalísimo Franco”. El elefante sigue dentro de la habitación.

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