LA OTRA ESPAÑA. El país está recuperando su auténtica tradición de tolerancia, diálogo y humanismo
IAN Gibson - Historiador - El Periódico de Catalunya - 24/10/2004
Hace unos días José Luis Abellán retomaba, en un artículo periodístico, el título del conocido ensayo de Ramiro de Maeztu, Hacia otra España, para encabezar unas reflexiones sobre el estado de la nación en este insólito momento actual. Al leerlas no pude por menos de recordar al joven investigador --un poco mayor que yo-- que tuve la suerte de conocer en 1963 en el Departamento de Español de la Queen's University de Belfast --regido entonces por un hispanista y catalanista excepcional, el llorado Arthur Terry-- donde, supongo que para huir del ambiente asfixiante del franquismo, ejercía de lector. Abellán era un hombre de buen humor, con una simpática risita que conserva intacta 40 años después. Llegaba a Belfast con mucho trabajo ya hecho o en preparación, y con la vocación decidida de dedicar su vida a explorar en profundidad las raíces, las esencias y el desarrollo de la filosofía patria, proyecto que cuajaría, al correr de los años, en su monumental Historia crítica del pensamiento español.
GUARDO muchas anécdotas de la breve estancia de Abellán en Irlanda del Norte. Y también algún que otro testimonio escrito. Por ejemplo, el borrador de la carta enérgica que dirigió a la propietaria de la casa alquilada donde residía. En ella, en un inglés todavía vacilante, el futuro presidente del Ateneo de Madrid protestaba por las "insalubres" emanaciones de una chimenea de carbón que constituían, estaba convencido de ello, una sentencia de muerte segura para él y su familia. En aquellos tiempos Abellán tenía otra chimenea más personal, una pipa que fumaba con enorme delectación mientras, en nuestras innumerables conversaciones, discurría incansablemente sobre España, la dictadura, la Segunda República y, con particular énfasis, los escritores de la llamada Generación del 98. Tuvo mucha paciencia conmigo, porque mi conocimiento de tales autores era entonces mínimo y había leído poco más que En torno al casticismo e Idearium español. Ahora me doy cuenta de que aquella convivencia casi diaria durante un año influyó considerablemente en mi manera de entender a España. Por todo ello, y más cosas que no vienen aquí al caso, estoy muy en deuda con Abellán. Y he constatado con orgullo --aunque desde lejos, porque después nos veríamos poco-- la magna aportación que ha ido haciendo al conocimiento de este país tan complicado, tan entrañable y a veces tan arisco. Pero volvamos al punto de partida de estas consideraciones. En el artículo citado, después de repasar brevemente la trayectoria de Ramiro de Maeztu desde el "grito de rebeldía" de Hacia otra España (1899) hasta el canto fascista al imperio que es Defensa de la Hispanidad (1934), Abellán se centra en la situación hoy imperante en el país y afirma que la "otra España", tan largamente deseada, es ya una realidad. Por tres hechos principales. El cambio de la España rural a la urbana --con la modificación de mentalidad consiguiente--, la guerra civil de 1936-1939 y la imposibilidad de otra contienda parecida en el nuevo marco europeo y el fenómeno actual de la inmigración, absolutamente necesaria para que, entre otras razones, se pueda mantener el nivel de vida alcanzado.
UNA DE LAS consecuencias más deseables de la inmigración --fenómeno inusitado en un país tradicionalmente emigrante-- sería, según Abellán, ¿y cómo dudarlo?, una revisión a fondo de la historiografía española, dominada, durante siglos, por un integrismo católico empeñado en seguir viendo la península Ibérica como una plataforma "elegida por la Providencia" para el cumplimiento de una misión imperial y evangelizadora. Misión iniciada con el aniquilamiento de la coexistencia de cristianos, musulmanes y judíos, creadora, a lo largo de un milenio, de una cultura mestiza única en el mundo. Abellán no se avergüenza de proclamar su adhesión a las tesis de Américo Castro --que tanta rabia continúan provocando entre las huestes de la reacción-- y lleva décadas proponiendo la recuperación de la que tiene por auténtica tradición española: la de la tolerancia, del diálogo y del humanismo. Piensa que a partir de la Constitución de 1978 vamos en el buen camino: en lugar de la secular España vertical hay ahora otra más horizontal, y la conversión del Senado en Cámara legislativa territorial, impulsada por el actual Gobierno, será otro paso de gigante en la dirección correcta. Pero lo más importante de todo será la plena incorporación a esta otra España de los inmigrantes. ¿Tratarán de impedirla las derechas, "secuestrando una vez más el destino nacional"? José Luis Abellán, que las conoce bien, no lo duda. Aunque por suerte estamos en Europa, aconseja que no dejemos de estar en alerta. Y, claro, no se equivoca. Hace un año, con el país ya involucrado en la invasión de Irak, Abellán publicó en el mismo lugar un artículo titulado España contra sí misma. Allí razonaba que la participación española en empresa tan descabellada le parecía, a la luz de la historia, "totalmente injustificada e injustificable", recordaba la labor compartida de cristianos, musulmanes y judíos en la Escuela de Traductores de Toledo, "germen del renacimiento filosófico europeo del siglo XII", y razonaba que el pensamiento español, en su entraña más honda, es "una negación de la religión del éxito" y una afirmación de la dignidad esencial del hombre tal como se plasma en el Quijote, máxima expresión del humanismo español. Era una traición y una locura que José María Aznar nos hubiera metido en una aventura ilegal cuyo único saldo iba a ser el empeoramiento de nuestras relaciones con el mundo islámico. Hoy, tras la tragedia del atentado de Atocha y la pérdida de las elecciones por el Partido Popular, existe con nuestro vecino Marruecos una entente no sólo cordiale sino excelente. La retirada de las tropas españolas de Irak ha sido ejemplar. España ha vuelto al corazón de Europa. El reciente Premio de Cultura Árabe de la Unesco al decano de los arabistas españoles, Juan Vernet, propuesto por el Gobierno, es otro síntoma, entre muchos, de un cambio de clima radical. Es difícil no estar de acuerdo con José Luis Abellán: la otra España es ya una realidad.
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