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Cuarenta años de lucha contra el franquismo. El asturiano Felipe Matarranz publica en Francia sus memorias como combatiente durante la guerra civil y la dictadura
La Nueva España - 24/10/2004

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Colombres (Ribadedeva)

Marije AMIEVA

Las huellas que la guerra civil dejó en nuestra sociedad no se han borrado aún. Republicanos como Felipe Matarranz, «El Lobo», son testigos directos de la barbarie que el conflicto bélico dejó en Asturias. Nació en La Franca (Ribadedeva) en 1915, pero se crió en Torrelavega. A los 15 años se acercó a las doctrinas izquierdistas. En un colectivo de izquierdas conocido como «Pioneros» se prendó de las bases del movimiento obrero. Así, en 1933, pasaría a militar en la Juventud Comunista y Socorro Rojo Internacional.

En estas fechas comenzó a trabajar en la difusión de periódicos y folletos que propagaban su ideología. «La situación de los trabajos empeoraba cada día, las fábricas cerraban y el paro obrero aumentaba», asegura Matarranz. Con esta crispación social llega Octubre del 34, acompañado de una importantísima huelga general, la «gran revolución». Felipe no se involucró tanto como quisiera en los acontecimientos revolucionarios, ya que en Torrelavega no tuvieron la trascendencia que alcanzaron en Asturias.

Luchó con sus «camaradas» para conseguir vencer en las elecciones del 16 de febrero de 1936. Por aquel entonces, y para aplacar «a los fascistas», ya se había creado un frente común: la Juventud Socialista Unificada. Las urnas dieron la victoria al Frente Popular, para alegría de Matarranz, y la amnistía general puso en la calle a los presos revolucionarios.

El primer enfrentamiento

Pero el júbilo de los republicanos tuvo sus días contados: «El 17 de julio de 1936 oímos por la radio que había un levantamiento militar en África». Matarranz, junto a otros compañeros de partido, tomaron esa noche el Ayuntamiento de Torrelavega. utilizando como armas dinamita de las minas. El 21 de julio tuvieron el primer enfrentamiento con el Ejército franquista, en la carretera de Burgos hacia El Escudo.

Tras la formación del comité de guerra de Torrelavega, Matarranz comenzó a trabajar como enlace. Su misión era trasladar partes verbales y escritos de una a otra parte: Tolosa, Tineo, Luarca, Irún... Tras su llegada al Cuartel del Alta de Santander, Matarranz se hizo con el cargo de cabo tirador de la primera compañía, primera sección, primera escuadra. «Controlábamos los puntos más transitados, como San Glorio», asegura el guerrillero, quien recibió el apoyo de otros luchadores históricos como «Verduguillo» o «Trabancas», que ayudaron a volar el campo enemigo al «Lobo», nombre que se le acuñó en un pasaporte falangista falso: José Lobo.

Su primer paso por la prisión tuvo lugar en 1937, cuando la esposa de un comandante franquista convenció a su marido para que llevara a Matarranz a Santander y luchara de su parte. Una vez en la capital, y tras registrarse en el Ejército, fue a ver a uno de sus «camaradas». Cuando iba a recoger su pasaporte, dos antiguos amigos que habían luchado a su lado le detuvieron. Habían cambiado de bando. Le trasladaron hasta la cárcel de Torrelavega, donde le condenaron a pena de muerte.

Cadena perpetua

Pero su castigo no llegaba. En 1939 lo llevaron a Santander para juzgarlo en Consejo de Guerra. Pese a que lo condenaron nuevamente a la pena capital, se le indultaron las dos y se le sentenció a 30 años de cadena perpetua, de la que se libró en 1942 por medio de un nuevo indulto, gracias a los esfuerzos de sus padres para que se enviaran informes favorables de su hijo.

A cambio de su libertad, Matarranz fue recluido en La Franca, pero incluso desde allí continuó en contacto con las guerrillas. Su lucha se concentró entonces en distribuir panfletos propagandísticos y servir de enlace entre los comités provinciales de Santander y Asturias con los guerrilleros. Sin embargo, Matarranz no tardaría en dar de nuevo con sus huesos en la cárcel. Sería en el año 1946, tras ser sorprendido en una reunión con otros guerrilleros. Tras ser detenido, pasó por los penales de Oviedo, Burgos, León, Palencia y Alcalá de Henares, donde pasó los siguientes doce años de su vida.

Tras su liberación definitiva, Matarranz siguió luchando «por la liberación de España». En 1960 entró en la empresa Dragados y Construcciones. Los trabajos clandestinos eran menos frecuentes, ya que sus enlaces estaban controlados y muchos de sus amigos guerrilleros habían caído. Con la muerte de Franco, en 1975, pudo deleitarse con los primeros pasos de España hacia la democracia. Hoy, a sus 89 años, vive en la residencia Ulpiano Cuervo de Colombres manteniendo vivos sus recuerdos gracias a los homenajes.

Felipe Matarranz publicó su biografía en Cuba, en 1987, bajo el título «Manuscrito de un superviviente». El libro se convirtió en un best seller: 10.000 ejemplares se agotaron en dos semanas. La publicación se convirtió en uno de los diez libros más vendidos. El mismísimo Fidel Castro le envió cincuenta puros de regalo y su agradecimiento por rechazar los derechos de autor. «Hay muchos Cristos», su segunda obra, donde narra vivencias y desvela los nombres y apellidos de todos sus compañeros caídos, se edita ahora en Francia. Con ellos pretende «que las nuevas generaciones no se olviden de la lucha que sus antepasados libraron».