La memoria de las mujeres. Han de propiciar la recuperación de nuestro pasado, que pueden explicar mejor que los hombres
JOSÉ MARÍA Mendiluce - El Periódico de Catalunya - 03/11/2004
JOSÉ MARÍA Mendiluce Escritor
En las últimas semanas, distintos acontecimientos públicos y vivencias personales me han llevado a reflexionar de nuevo sobre la memoria. Sobre la mía, pero también la memoria de tantas personas anónimas, la de demasiadas historias personales con testigos y protagonistas, pero lamentablemente sin eco ni rastro en la historia asumida y aceptada. Revisar los archivos de la guerra de Bosnia, refrescar datos y hechos como testigo del Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia, no sólo me ha forzado al recuerdo, sino a revalorizar su importancia cuando se convierte en memoria, contrastable y documentada. He estado dos semanas largas declarando. Y he vuelto a apreciar la necesidad de los procesos judiciales, frente a las opiniones personales, que suelen llevar incorporada una mayor o menor carga de subjetividad o parcialidad. Juicios para hacer justicia, pero imprescindibles para la historia. Lo anterior ha coincidido con una serie de debates políticos y sociales sobre el mismo asunto --Lluís Companys, el desfile del 12-O (con un miembro de la División Azul incorporado), el lento aparecer de fosas comunes de la guerra o posguerra civil--, en los que lamentablemente, a falta de un ejercicio común y colectivo para el rescate de la verdad histórica, lo que se evidencia es cómo la amnesia colectiva provoca la polarización de acuerdo a referentes y referencias del pasado, de carga estrictamente ideológica. Si en Alemania hay una asunción colectiva del pasado nazi (incluso es delito la negación o la apología), en España se sigue escamoteando la posibilidad de un territorio común de hechos frente a opiniones muchas veces insultantes y a una canalización intolerable de nuestro pasado franquista. Sin asomo de justicia, la memoria siempre desestructurada se convierte en herida sin cicatrizar. Y hay que ver cómo se ponen los ganadores cada vez que aparece, raramente, un testimonio o exigencia de los vencidos.
HE TENIDO ocasión también estos días de conocer a algunas mujeres que lucharon en la guerra y el franquismo y que siguen luchando desde la libertad para que no se borre su historia, nuestra historia, y para que desde el reconocimiento del pasado se apunte alguna justicia tardía. Me ha impresionado su entereza y su visión de las cosas. Huyendo de la tan masculina épica, sus historias reflejan hasta qué punto la sensibilidad atraviesa cada una de sus vidas y cómo también, la mujer, en la guerra como en la paz, carga con doble peso. Combatieron, y eran madres o estaban embarazadas. Soportaban en la retaguardia la organización de la vida entre los escombros, cuidaban a los heridos y enfermos, se ocupaban de los niños, cosían la ropa de los combatientes y preparaban la comida de todos, sin comida. Ante esa imagen que se repite tantas veces en los medios de comunicación de madres desconsoladas con el hijo muerto en brazos, o llorando entre las ruinas de sus casas, o vestidas de negro enterrando a sus maridos, imágenes ciertas pero incompletas, en todas las guerras en las que he trabajado, me he encontrado siempre mujeres guerrilleras, mujeres intelectuales, y estrategas, mujeres convencidas y luchadoras que, para bien o para mal, eran decisivas en los procesos militares y políticos que vivíamos. Y que, además solían ser madres. Rescatar la memoria me parece imprescindible. Y sería bueno que, para ser más completa, incorporara mucho más la visión de las mujeres, cómo vivieron las cosas, desde parir en el campo de concentración, hasta abortar en la barricada. Así como su visión de los hombres, de los que pueblan la historia y las historias, pero que nunca se ocuparon de cómo sobrevivían o morían los civiles. Ni se zurcieron unos calcetines.
AHORA QUE,desde diferentes iniciativas públicas y privadas, hay una nueva mirada más respetuosa hacia el pasado, nada parece más indicado que sea una mirada de género la que revise nuestra historia más reciente. Con ella descubriremos a las ministras de la República, a las poetas olvidadas, a las mujeres aviadoras, a las milicianas, a las presas. Es imprescindible que mujeres historiadoras, mujeres en pie de guerra, mujeres lúcidas y combativas sean las protagonistas de esta recuperación de la memoria. Sin ellas, no sólo la historia sería coja o imparcial... sino que será otra, una vez más: la de ellos, la de los más fuertes, la de los violentos. No tengo dudas sobre lo digo. He visto niñas, mujeres, madres, y ancianas en varios países en guerra que se han llevado siempre la peor parte de los conflictos entre tanta virilidad asesina y criminal. Asesinadas, violadas como arma de guerra, abandonadas. Pero si añadimos a la muerte nuestro olvido, el daño es históricamente de un cinismo angustiante. Bienvenida la memoria. La de ellas. Explicarán mejor que ningún hombre nuestra historia, la de todos.
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