El adiós de Aznar. Opinión: José Antonio Vidal Castaño
Las Provincias Digital - 04/03/2004
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El próximo cese –por decisión propia– de José María Aznar como jefe del Gobierno de España, además de concitar el desaliento o el regocijo (según desde la orilla ideológica que se contemple), invita a la reflexión crítica sobre la forma en la que se viene produciendo este mutis de los escenarios y foros de intervención política, y plantear, en uso de la libertad de expresión propia de un ciudadano libre en un estado democrático, ciertos rasgos que ilustran tanto esta simbólica y ruidosa retirada , como algunos de los efectos perversos derivados de su gestión al frente del Ejecutivo.
“ Ansar (por Aznar) es el único líder mundial capaz de engañar a un país sin dar explicaciones", dijo hace unos días –muy serio y con evidente acento tejano– el muñecote que representa a George Bush en el guiñol de Canal+. Nada más cierto. El muñecote de Aznar negó sus intervenciones a favor de la existencia de “armas de destrucción masiva" en Irak: “¿Yo lo dije? Zaplana dijo que yo no lo dije…". Es cierto: Zaplana lo hizo, ¿quién mejor qué él para mentir mucho y bien? Y el tejano Bush alucinando: “Qué desparpajo tiene el tío". En fin, una serie de bromas de teatrillo en un programa de la tele. Un programa que sería insultante y patético si lo que pone en boca de sus marionetas no fuera cierto. Pero lo es. La representación resulta tan verídica que muchos de los personajes reales acaban imitando o repitiendo el tic que se les atribuye. ¿Es ésta la realidad o ésta es fruto de su representación? ¿Cómo juzgar, si no es desde esta óptica, la aparición estelar del señor Aznar ante el Senado estadounidense.
El dirigente popular en un demencial discurso mezcla de banalidades y abstracciones, resucitó los fantasmas de las armas de destrucción masiva y de la guerra contra el terrorismo, interrumpido por continuas ovaciones (hasta 21) de un auditorio escogido: unos cincuenta miembros sobre los 500 componentes del Senado y numerosos invitados ejercieron de claque en la representación. Con el gesto falsamente austero y sinceramente prepotente, exento para la ocasión, de su habitual estilo sarcástico e insultante; con la disciplina que corresponde a un buen escudero capaz de llevar adelante las locuras de su señor cuando éste ha comenzado a desecharlas, el orador recitó su perorata con fondo de barras y estrellas y bajo la estricta protección de destacados halcones del imperio americano. Imbuido de su papel, con ese tonillo de arenga militar africanista tan español y patriotero, se desgañitó en defensa de los falsos motivos para una guerra de agresión y de rapiña en Irak, con la pedagógica repetición de sus ya tópicas mentiras. Actuación, entre lo chabacano y lo pueril; más ridícula que absurda; fuera de tiempo y lugar. A pocos metros en una sala contigua un alto dignatario imperial admitía la posibilidad de crear una comisión para investigar el supuesto poderío militar iraquí, incluso, la posible inexistencia, destrucción o traslado (¿?) de las fantasmales armas. Y así... lo del Papa y otras despedidas ¡Lástima! De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso, a veces, una delgada línea, azul en este caso.
El presidente Aznar ha trazado el mapa de su desaparición convencido de su poder de seducción, y con el amparo de potentes tácticas de desinformación masiva, pisa cada vez con mayor seguridad o al menos así lo cree, las negras baldosas de una pedante estética sin ética, de una corrupción galopante que viene sobrepasando todas las marcas anteriores. Su mutis está resultando patético. Es como ver un gran spot publicitario. Sabes de antemano que su contenido es más de un noventa por ciento engañoso, pero a fuerza de pasar una y otra vez ante nuestros ojos acaba por obtener cierto beneplácito del gran público (el menos exigente). Es él único integrante del tridente de las Azores que no está, por el momento, pagando el precio electoral por provocar una guerra; por mantenella y no enmendalla . Sus méritos son, cuando menos, similares a los de Blair cada vez más cuestionado tras el desgraciado caso Kelly y que Bush que va rezagado en su carrera con el demócrata Kerry por conservar el empleo.
La editorial Siruela ha reeditado uno de los textos más lúcidos de aquel talento de la ingeniería y la literatura que fue Juan Benet titulado La construcción de la torre de Babel . El autor analiza el conocido cuadro de Brueghel el Viejo del mismo título en el que el pintor recrea y culmina, con éxito, la construcción de la famosa torre que los arquitectos dejaron inconclusa en los tiempos bíblicos. Benet demuestra la falsedad de esta reconstrucción; destruye los argumentos sobre el poder de las apariencias; demuestra que en la brillante usurpación, por Brueghel, del proyecto divino inconcluso –más por la enigmática voluntad de su promotor que por la aparente confusión de lenguas– se esconden la ruina y el vacío interior. Una construcción imposible y caótica. El engaño consiste en presentar la fachada, el continente sin contenido como el único y verdadero proyecto.
La parábola que propone Benet puede aplicarse perfectamente al edificio de la aznaridad (genial Vázquez Montalbán para bautizar las coyunturas históricas). No hay más que aplicarse en la observación de la realidad circundante y repasar mentalmente desde Gescartera al chapapote; desde la guerra de Irak, hasta el incesante goteo de cadáveres africanos en las playas andaluzas; pensar en el avance de la xenofobia y el racismo, en la intoxicación ejercida por la jerarquía eclesial sobre creencias y actitudes, en los primeros puestos de las estadísticas de pederastia y violencia de género , en el deficiente estado de los servicios de uso público; en la escalada de privatizaciones; en el caos y abandono de la políticas sanitarias, educativas y culturales que han experimentado en menos de una década un alarmante retroceso; en la degradación y crecimiento artificial (provocado por la permanente especulación del suelo) de los espacios urbanos, y su deshumanización progresiva, presa del gigantismo y la mediocridad... Pensar en el perpetuo dogal de las hipotecas bancarias para los más jóvenes que aspiran a sobrevivir... sin trabajo o con contrato basura... Excepciones, claro está, aparte, confirman la regla general.
José María Aznar no es, por supuesto, el promotor de estos males. No obstante, él solito y casi sin ayudas ha hecho más que nadie por encrespar los ánimos de los nacionalismos exacerbados; él como nadie, con su lenguaje neofranquista, sobre “la ruptura de la unidad de España", “la marea roja" y otras insidias, posee la virtud de resucitar los fantasmas que quiere enterrar. Y Benet que sostiene: “La fachada es un postizo que sirve para crear una ilusión y ocultar el cuerpo que hay tras ella".
Con todo hay algo más grave y de difícil remedio que sí se está consiguiendo: el descrédito de las instituciones democráticas, de los partidos y de los discursos políticos... El todavía presidente Aznar cree marcharse por la puerta grande, pero me temo que el marco se ha ido estrechando y se aproxima cada vez más... al tamaño del ojo de una aguja.
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