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Los viejos fantasmas del 23-F. Tejero y sus guardias encabezaron una intentona golpista
El Periódico de Catalunya - 22/04/2005



"¡Al suelo!" El teniente coronel Tejero irrumpe, pistola en mano, en el Congreso de los Diputados. Foto: ARCHIVO / EFE


La legalización del PCE, la pujanza del PSOE, la Constitución y los nacionalismos causaron alarma entre los sectores militares más inmovilistas

RAFAEL PRADAS
BARCELONA

La transición está llena de rumores cuartelarios, ruido de sables, como dicen quienes analizan cada gesto, cada palabra, de los mandos militares. El golpe llega, finalmente, el 23 de febrero de 1981, aunque ha habido otros intentos, en especial la operación Galaxia, en 1978, que quiere deponer a Adolfo Suárez aprovechando un viaje del Rey.
La legalización del PCE, el peso del PSOE, la Constitución, los nacionalismos, causan alarma entre los sectores más inmovilistas. Hay que añadir la debilidad de UCD y los efectos del terrorismo sobre el Ejército, la Policía y la Guardia Civil. En 1980 hay 120 muertos y los funerales se convierten en auténticos alegatos de sedición.
En febrero de 1981, Adolfo Suárez ha presentado la dimisión a causa de las luchas internas en UCD y las presiones externas. El 23 por la tarde, el pleno del Congreso, que ha de elegir a Leopoldo Calvo-
Sotelo como nuevo presidente, es interrumpido por un grupo de guardias civiles armados al mando de Antonio Tejero, que pronuncia la famosa frase "¡Todo el mundo al suelo!". Lo ocurrido es de sobras conocido gracias a las cámaras y los micrófonos de TVE y de la SER.

Silencios y amenazas
La diputada socialista catalana Anna Balletbó, que está embarazada, puede dejar el hemiciclo y se pone en contacto con el Rey para explicarle la situación. "Visto con perspectiva histórica --dice--, el 23-F es una potente sombra sobre la transición, un grave peligro de involución para la Constitución, los derechos humanos, los derechos nacionales y los de la mujer".
Se viven horas de incertidumbre, cuajadas de rumores, de espesos silencios y amenazas: en Valencia, el teniente general Milans del Bosch saca los tanques a la calle.
En Catalunya domina la inquietud, pero también la defensa unánime de la democracia. El presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, habla por radio y, de hecho, se dirige no sólo a los catalanes sino a todos los españoles: transmite un primer mensaje de tranquilidad de parte del Rey. Algunos partidos, sin embargo, deciden poner a salvo sus archivos y CCOO se prepara para la huelga general. En Barcelona, los concejales se mantienen en vela toda la noche en el ayuntamiento.
La aparición del Rey en televisión, ya de madrugada, en defensa de la Constitución liquida todas las esperanzas de los golpistas. Pero los amotinados no abandonan el Congreso hasta la mañana siguiente.
"El intento de golpe fue, en cierto modo, la radiografía de una parte de la realidad que existía y que desde la oposición no queríamos ver", opina Anna Balletbó. De pronto aparecieron los fantasmas de la guerra civil, más vivos de lo que se creía. "Descubrimos la fuerza de los involucionistas en contra de la historia, de la modernidad y de la voluntad de estar en Europa", continúa la diputada socialista.
El golpe no triunfa pero tiene sus efectos. Por ejemplo, los socialistas catalanes dejan de tener grupo propio en el Congreso y se aprueba la LOAPA (ley orgánica de armonización del proceso autonómico), luego anulada en gran parte por el Tribunal Constitucional.
Circulan toda clase de conjeturas sobre la autoría y desarrollo del golpe, pero sólo 32 militares y un civil se sientan en el consejo de guerra. De nuevo se pasa página. Es de suponer que la página definitiva.