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La Transición Soñada
Alberto Villanueva Arandojo - (Noticias.com) - 25/02/2005

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Cuando están cerca de cumplirse 30 años de la muerte del general Franco ya va siendo hora de que nos preguntemos por el verdadero significado de la Transición Española; y ,sobre todo, por la dinámica y agentes históricos que condicionaron dicho proceso. Va siendo hora, cuando la Democracia Española parece plenamente consolidada, de analizar desde una postura crítica los condicionantes y circunstancias que rodearon dicho proceso.

Desde algunos medios históricos españoles, especialmente desde aquellos afines a ciertos protagonistas del proceso, se ha venido difundiendo la idea de un cambio gradual y dirigido, del cumplimiento de un ajustado programa de renovación interna desde dentro del régimen franquista, del desarrollo de un plan que, en  última instancia, habría propiciado la construcción de un camino que habría de conducirnos hacia la democracia.  

La ficción histórica española ha querido transmitirnos la idea de que, en los momentos finales del franquismo, un grupo personajes afines al propio régimen, y que provenían de sus mismas estructuras, comenzando por el propio sucesor  del caudillo, se habrían conjurado para, de acuerdo a un “sabio" plan establecido, llevar a los ciudadanos españoles –siempre agentes pasivos y sin que éstos tuvieran que hacer nada por ello-  hacia la democracia después establecida. 

La historiografía sobre la transición que han querido elaborar sus protagonistas, y que las comparsas de entonces se han dado prisa en aceptar, esforzándose todos en salir bien parados del proceso, ha llegado al extremo de querer ser vista como un modelo exportable a otros países, ha llegado a codificarse como un modelo que se tiene la osadía de ofrecer a terceros como modelo a seguir.

En muchas interpretaciones históricas los reformistas del régimen franquista, los “azules", habrían propiciado desde adentro, conscientes de que la muerte de Franco abriría posibilidades reales para un cambio político, la transformación del régimen; y todo ésto de acuerdo a un minucioso programa cuyo objetivo final sería la transición desde un sistema dictatorial a uno democrático. El la práctica mantener esta postura; resulta ya insostenible.  

Algunos miembros del aparato estructural del franquismo, llegando casi al paroxismo, han tratado de revindicar su labor en pos de una transición pacífica hacia la democracia, así Laureano López Rodó  -uno de los más importantes tecnócratas del régimen y el creador del INI- ha tratado de convencernos de los esfuerzos que  realizó, en compañía ni más ni menos que del Almirante Carrero Blanco, en favor de la restauración de la monarquía; olvidándose  de decirnos también que el modelo de estado que pretendía no tenía nada que ver con una democracia, y que era poco menos que una monarquía autoritaria y corporativa. 

Para poder mantener dicha postura López Rodó se ve en la obligación, de afirmar que, en última instancia “El almirante no habría supuesto en realidad un obstáculo serio para la transición democrática del país[1]dados sus más que evidentes contactos y afinidad política con Carrero Blanco; y con algunos sectores próximos al “Bunker", afirmación que sabiendo quién era y qué pensaba Carrero Blanco simplemente no se sostiene, por mucho que el monarca actual se empeñe en compartirla[2].  

Carrero buscaba que Don Juan Carlos sucediese a Franco, pero sin permitirle apartarse ni un milímetro del guión prefijado. Carrero pensaba que Don Juan Carlos era torpe y manejable, pero si por algún motivo el monarca no se comportaba como el almirante esperaba esto tampoco debería de constituir un gran problema.

De hecho Carrero Blanco llegaría a decirle a Gabriel Cisneros, en referencia al entonces Príncipe de España,  “Le advierto a usted, Cisneros, que hemos tenido mucha suerte con este chico porque ha salido católico, patriota, y con una lealtad al caudillo fuera de toda duda. Pero si fuese de otro modo, tampoco habría graves motivos de preocupación con las leyes que tenemos[3]". Carrero Blanco les parecía inmovilista hasta a los propios miembros del “Bunker", e incluso a los norteamericanos. El día antes de su muerte el almirante había estado aleccionando sobre los peligros de la “guerra subversiva", y la infiltración comunista, que los Estados Unidos –en su opinión- no sabían combatir,  ni más ni menos que a Henrry Kissinguer.      

Algunos monárquicos tienden a olvidar fácilmente bastantes cosas, situaciones que van desde los contactos  Don Juan de Borbón-Ribbentrop de 1941, con vistas a la instauración de un régimen monárquico en España con apoyo nazi, régimen que entrase directamente en guerra al lado de los alemanes[4], pasando por las constantes aproximaciones  entre  Don Juan y Don Juan Carlos y el propio Franco, que fueron el motivo de la ruptura del pacto antifranquista Prieto-Gil Robles con vista a la reinstauración de una monarquía constitucional y democrática en España.  Y llegando a olvidar que el propio Don Juan Carlos I no es Rey de España por designio y elección de todos los españoles, sinó por la elección personal y directa de Francisco Franco Bahamonte, caudillo de España.

Quienes apuntan hacia una transición paulatina, quienes apuntan hacia un cambio programado e interno se van quedando cada vez con menos argumentos para defender sus tesis, y cada vez va quedando más y más claro que el proceso de la transición española, lejos de dirigido y pensado desde el interior, sólo atendió a un compendio de situaciones históricas, casi casuales, que forzaron a sus  actores a aceptar, ante la imposibilidad de actuar sobre ellos, los hechos tal y como se dieron, adaptándose a ellos como mejor pudieron.  

De igual manera quienes pretenden mostrar la existencia de un plan cuidadosamente estructurado de transición hacia la democracia, puesto en escena  por Torcuato Ferandez-Miranda  chocan con la dura realidad del papel real ejercido por éste, meramente secundario y parcial,  especialmente cuando el Rey decidió elegir a Suárez en lugar de a Fernández-Miranda para la presidencia del gobierno. Los defensores de Fernández-Miranda, en especial sus hijos[5], que revindican para éste un papel estelar en el camino de la transición, se olvidan también de decirnos que el modelo de estado que defendía Fernández-Miranda poco o nada tenía que ver con un estado democrático, y sí mucho con una tecnocracia autoritaria, como puso de manifiesto Osorio[6].

En todo caso parece claro que existen demasiados “protagonistas" empeñados en revindicar para sí mismos el papel de impulsores de la democracia, cuando lo cierto es que casi todos se limitaron a remar a favor de la corriente, dejándose llevar por los acontecimientos, y tratando de adaptarse a ellos. 

En la práctica existía dentro del franquismo un sector continuista, e incluso reaccionario, cuya fuerza era con mucho superior a la de cualquier tendencia reformista, y cuya fuerza dentro del aparato del régimen era superior a la de cualquier otra  familia del franquismo, incluso superior a todas las demás juntas. Puede verse en la composición de los últimos gobiernos en vida de Franco, compuestos por los elementos duros del régimen y prácticamente sin “azules" o tecnócratas.

La coalición de fuerzas continuistas se esforzaba desde el poder, y  con bastante éxito, en impedir cualquier cambio en sentido democrático. Puede verse en los textos y documentos de la época. En tales circunstancias quienes ostentaban la responsabilidad de la gestión política se encontraban nadando entre dos corrientes opuestas y polarizadas, sin saber muy qué depararía el fututo, sin tener capacidad para incidir directamente sobre los hechos,  y limitándose a adaptarse, de la mejor manera posible al transcurso de los acontecimientos.

Tras la muerte del dictador amplios sectores del Franquismo seguían combatiendo para impedir cualquier giro de corte democrático, mientras la vida política española andaba en pleno desconcierto, con la mayor conflictividad laboral de su historia, al borde de la insurrección directa y con posibilidades reales de un conflicto civil. Algunos sectores del ejército, ya antes incluso de la muerte del caudillo, trataban de reflejarse en el espejo portugués, y la amenaza de un golpe de estado de cualquier tendencia era una realidad pura y dura.

Por otra parte el presidente del gobierno, Arias Navarro, “el carnicero de Málaga", aunque consciente de la necesidad de cambiar algo era absolutamente incapaz de controlar la situación, optando únicamente por la mano dura como vía para mantener la estabilidad, lo que en la práctica sólo aumentaba la conflictividad y las tensiones.  

En la práctica fueron los propios políticos del tardo-franquismo, sin plan ni decisiones previas, los que se dieron cuanta de la necesidad de cambiar; el sistema estaba tan absolutamente corroído que ya ni reformándolo podría llegar a sostenerse. Había que construir un nuevo edificio, o el antiguo podría derrumbarse sobre las cabezas de los dirigentes del  régimen, como había sucedido en Portugal. “O hacemos el camino o nos lo hacen", llegaría a decir el propio Arias Navarro[7], sin llegar nunca a saber hacia dónde debía conducir ese camino.

Los políticos del régimen tardo-franquista eran conscientes de la necesidad de cambiar, pero no sabían muy hacia dónde cambiar. Frente a ellos existía aún una izquierda con un proyecto de sociedad alternativo, un PSOE que se situaba todavía a la izquierda del PC, en definitiva una izquierda en favor de la cual la correlación interna de la balanza de fuerzas en España se estaba empezando a oscilar. 

Tal vez la definición más lucida de lo que fue la Transición Española la hiciese uno de los miembros más duros del franquismo; el conde de Mayalde, como nos relata otro activo miembro del franquismo, Luis Guillermo Perinat, mientras Franco se dirigía por última vez a las masas aglutinadas en la Plaza de Oriente repitiendo machaconamente que los ataques que se hacían en Europa contra régimen eran fruto de una conspiración masónica-izquierdista en la clase política; en contubernio con la subversión comunista en lo social; “en el balcón, a mi lado, estaba Mayalde, ex-alcalde de Madrid, ex-embajador en Berlín, y ex-director general de seguridad. También se quedo mirando a la masa y pensativo me comenta: “Esto no significa nada, lo que hay que hacer ahora es convocar unas elecciones y ganarlas". Mayalde tenía razón porque el régimen estaba ya muerto[8]".

La transición para los elementos provenientes del franquismo significo la necesidad de montar algo, no importaba muy bien que fuera, que pudiesen ganar ellos, con el fin de asegurarse un futuro si represalias ni revisiones penales de su conducta. Y como expresa muy afortunadamente Fontana, “Así lo hicieron: las primeras elecciones de la monarquía las gana el último secretario general del movimiento[9]".     

Si bien los motivos que llevaron a la derecha española hacía la Transición son más o menos fáciles y claros de entender, los que forzaron a la izquierda a entrar en una dinámica en la que muy poco tenía que ganar; y si mucho a lo que renunciar son menos claros. Aunque se pueden resumir prácticamente en un único factor: Estados Unidos.

Por mucho que nos pese a todos los españoles lo cierto es que las decisiones que se tomaban en Washington o Berlín, probablemente condicionaron más el desarrollo de nuestra política interna que las decisiones que nuestros propios políticos pudieran tomar.  

Ya antes de que el régimen pudiera dar cualquier síntoma de política aperturista EE.UU. se había mostrado favorable al ingreso de España dentro de la estructura militar de la OTAN como miembro de pleno derecho, en parte para compensar la salida de Francia de dicha estructura, a lo que se habían opuesto algunos estados europeos, Francia y Holanda fundamentalmente.

España debía integrarse dentro del bloque occidental capitalista, daba igual si en forma de democracia o en forma de dictadura, y dentro de la OTAN, y simplemente, como le dejo bien claro Kissinguer a Felipe González, no existían más opciones. La opinión de los españoles, en última instancia, contaba muy poco. Era o una monarquía constitucional liberal y capitalista, o sangre, fuego y dictadura como en el caso de la Democracia Chilena. 

En realidad lo único que preocupaba a los EE.UU. era el riesgo de que  parte de su dispositivo militar en Europa, a la vez que su posicionamiento geoestratégico en una parte del Rimland de Spyckman, pudiera quedar comprometido por la llegaba al poder de un gobierno que tuviese la tentación de alinearse fuera de la OTAN.

Los EE.UU. no habrían consentido en ningún momento, llegando a la intervención directa si así era necesario, que ni España -ni Portugal- llegasen a alinearse con el bloque soviético; o simplemente se saliesen del bloque occidental. Sólo comprendiendo esto es posible acercarse con cierta coherencia a la evolución política de algunos partidos políticos, y las renuncias que debió aceptar la “izquierda" española a lo largo del proceso de transición,  y sólo así es comprensible la evolución de algunos políticos españoles.


[1] PREGO, Victoria (1995) Así se hizo la transición. Plaza & Janes, p. 22. El propio título de la obra, al igual que su contenido, es, como poco, tendencioso. Desde el mismo título se difunde la idea de un modelo dirigido y planeado, de un modelo “hecho"  por alguien; lo cual difícilmente se adapta a la realidad. Tal vez un Así fue la transición hubiese resultado bastante  más afortunado como título.

[2] “Pienso (…) que Carrero no hubiera estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiera opuesto abiertamente a la voluntad del rey (…) Simplemente hubiera dimitido"  De VILLALONGA, José Luis (1993). El Rey. Conversaciones con Don Juan Carlos I de España. Barcelona,Plaza & Janes, P 96. Citado de FONTANA, Josep (2000) en VV.AA, Por favor. Una Historia de la Transición. Barcelona, Crítica, p. 173.

Esta afirmación resulta en la actualidad insostenible, Carrero Blanco se hubiese opuesto a casi cualquier transformación  aperturista del régimen, por pequeña que ésta fuese, y por otra  parte antes de la muerte de éste ni Don Juan Carlos ni prácticamente nadie desde dentro del aparato franquista pensaba seriamente en llevar a España hacia un sistema democrático.

Tal vez la imagen más real sobre el poder e influencia que realmente podía ejercer  Don Juan Carlos nos la da Jaime Peñafiel, al explicarnos cómo el mismo 22 de noviembre de 1975, en el mismo momento que fue designado como Jefe de Estado Español, nadie acudió al palacio de la Zarzuela a cumplimentarle o presentarles respetos, como explica Peñafiel,  “yo permanecí allí una hora y media y en todo este tiempo no sonó el teléfono ni nadie acudió". (citado por PREGO, Victoria (1995) Así se hizo la transición, Barcelona, Plaza & Janes, p. 338.)

Ahondando en esta postura es imposible no recordar el discurso de 16 folios que pensaba pronunciar el propio Carrero el día después de su muerte, que lejos de referirse a la autorización, o flexibilización del marco, de la actividad de asociaciones políticas, como pretenden hacernos creer algunos, entre otros, se refería ni más menos que a la actividad subversiva de “comunistas y masones" prácticamente en su integridad.

[3] BURNS MARAÑON, Tom (1997), Conversaciones sobre la Derecha, Barcelona, Plaza & Janes, p. 110.

[4] Y que permitiese a la Alemania Hitleriana la adquisición de una posición estratégicamente favorable en el mediterráneo occidental; mediante la toma de Gibraltar y el afianzamiento del extremo sur  de Europa, y que además permitiese a los Alemanes acceder a unas bases navales que les permitirían increpar seria, y directamente, el siempre sensible comercio Británico.

[5] FERNADEZ-MIRANDA, Pilar y Alfonso (1995), Lo que el Rey me ha pedido, Barcelona, Plaza & Janes.

[6] OSORIO, Alfonso (2000), De Orilla a Orilla, Barcelona, Plaza & Janes.

[7] Alfonso Osorio citado por PREGO, Victoria (1995) Así se hizo la transición. Plaza & Janes, p. 129

[8] PERINAT, Luis Guillermo (1996), Recuerdos de una vida itinerante, Madrid, Compañía Literaria, P. 161.  

[9] FONTANA, Josep (2000) en VV.AA, Por favor. Una Historia de la Transición. Barcelona, Crítica, p. 181.